“¿Se incrementan las agresiones al colectivo LGTB?”, por Rubén López

REUTERS/Maxim Shemetov

Desde la eliminación del delito de escándalo público en 1988, comenzó una etapa legal en España de asentamiento de los derechos del colectivo LGTB que se expandió notablemente con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo o la ley de cambio registral de personas transexuales y que podría culminar ahora con la ley de protección integral del colectivo LGTB, que saldaría las deudas sobre todo con las personas transexuales. Sin embargo, en los medios escuchamos cada vez más incidentes homófobos que se producen, y sobre todo en grandes ciudades, como Madrid, Málaga o Barcelona.

Algunas personas asisten extrañadas a este incremento de agresiones y se escudan en un “Es que ahora se denuncia más” para poder seguir en la inacción constante frente a los delitos de odio, pero lo cierto es que no se denuncia más. Nada hace indicar que hay más denuncias pero que antes ocurrían las mismas agresiones. Y lo que es peor: ¿estamos insinuando que antes ocurrían de forma habitual este tipo de palizas y agresiones en las calles y ningún poder público o ninguna ONG hacía nada?

Desde el Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia creemos, según las atenciones que manejamos, que efectivamente están aumentando las agresiones al colectivo LGTB. La razón es muy clara: en este clima de aceptación y reconocimiento de los derechos de las personas LGTB, por primera vez nos empezamos a considerar miembros de una ciudadanía de primera y dejamos de sentirnos como minorías discriminadas institucionalmente o perseguidas por las fuerzas y cuerpos de seguridad, como ocurría hasta finales de los 80. Esto se ve sobre todo en los más jóvenes: por primera vez las y los adolescentes LGTB se muestran visibles y cada vez más jóvenes en las aulas.

Esta visibilidad es clave para nuestra dignidad, es fundamental que nos comportemos como cualquier otra persona, que nos demos un beso con nuestra pareja de forma espontánea o que llevemos las manos cruzadas mientras paseamos por el parque como cualquier otra pareja. Es imprescindible que las personas trans vistan como les dé la gana y vayan por la calle tranquilas. Pero aún no lo hacemos completamente.

Sin embargo, el incremento de la visibilidad es un hecho en los últimos años. Este incremento, para los intolerantes, se entiende como “una provocación” y deciden agredir, ya sea verbal o físicamente, a quien consideran que no se ajusta a su norma cisheterosexual. Además, se sienten rodeados: ya no están bien vistos sus comentarios homófobos ni sus bromas. Y esto les hace que se sientan más enrabietados. Eso, junto con nuestra mayor visibilidad, hace que esta lacra no haya desaparecido, sino todo lo contrario: ha aumentado.

¿Esto es típico de España? ¿Es un fenómeno carpetovetónico o algo más extendido, fruto del reconocimiento de derechos y el incremento de la sensación de seguridad? En mi opinión, es algo que está ocurriendo en toda Europa. Desde hace varios años estamos viendo cómo de vez en cuando chicos gais muy jóvenes cuelgan una foto en Instagram o Facebook con las heridas que les han infligido unos delincuentes, que no unos simples gamberros… Estas fotos vienen de EE. UU., de Reino Unido, de Italia u Holanda. En cambio, no vienen de países con una sociedad mucho más conservadora, como las ex repúblicas soviéticas o Polonia y Hungría, en pleno corazón de la UE.

En el último año hemos sufrido dos golpes ultraconservadores que han hecho tambalear nuestros principios de libertad e igualdad, ambos en el mundo anglosajón, como son el brexit del Reino Unido y la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. Estos accidentes que parece que no tienen en principio nada que ver con la LGTBfobia se ha demostrado que puede que tengan una relación muy cercana.

Al pasar tres meses, los hechos muestran que el brexit ha tenido consecuencias preocupantes también para los ciudadanos LGTB en el país británico. Los registros de la asistencia prestada por la organización Galop revelan que las agresiones de motivación homófoba o tránsfoba registradas se incrementaron considerablemente, en concreto de 72 a 187, es decir, un incremento de un 147%.

En EE. UU. también aumentaron las agresiones tras la victoria. De hecho, una de ellas se produjo para celebrar la victoria del conservador. Como narraba uno de los afectados: “Para celebrar el triunfo de Trump, anoche algunos de sus seguidores decidieron romper una botella de cerveza en la cabeza de mi querido amigo por ser gay y lo enviaron a urgencias. ‘Tenemos un nuevo presidente, malditos maricones’ era una de las expresiones que gritaban”.

En Holanda, país de referencia en los derechos LGTB, donde hasta la ultraderecha tenía un candidato gay, la ideología ultraconservadora se va afianzando y estuvo a punto de que el Partido de la Libertad de Geert Wilders ganase las elecciones. Aunque no parece que directamente ataque al colectivo LGTB, cualquier movimiento ultraconservador, tarde o temprano, recorta nuestras libertades y da un mensaje de búsqueda de la normalidad, concepto en auge por el que se exige el cumplimiento de unos cánones para poder ser aceptado socialmente y en el que al colectivo LGTB, por regla general, le es difícil de encajar.

La próxima batalla ahora mismo se centra en Francia, donde la radical Marine Le Pen sigue la primera en las encuestas para conseguir ser presidenta de la República Francesa; sería la primera vez que un ultraconservador y ultranacionalista ocupa el cargo. Ocurre lo mismo que con otros movimientos de ultraderecha: parece que las críticas al colectivo LGTB son más suaves que a otras minorías, aunque en ningún momento se ha mostrado favorable a la adopción ni a que la unión entre personas del mismo sexo se llame matrimonio. Ha intentado hacer guiños al colectivo, como también hizo Trump antes de ganar; después el estadounidense comenzaría con sus directrices contra la igualdad y nombrando a magistrados ultraconservadores y homófobos para lugares claves en la lucha por las libertades. Son lobos —en este caso, loba— con piel de cordero que quieren mostrar una apertura irreal que, en cuanto empiezan a gobernar, sale a la luz.

Sobre el fenómeno Trump hubo varias investigaciones que concluyeron que había mucho voto de hombre blanco heterosexual que fue a parar a él porque empiezan a estar agotados de “andar pendientes constantemente de las minorías”. Algunos argumentaban en redes sociales que, después de ocho años hablando de un negro —racismo puro y duro—, lo que nos faltaba ahora era una mujer —machismo diáfano— que está siempre destacando su apoyo al colectivo LGTB y a la comunidad latina. Sorprendentemente, al hombre considerado en literatura anglosajona con el rol de WASP —‘blanco, anglosajón y protestante’; faltaría heterosexual— salir del centro de atención constante le molesta considerablemente. En muchos casos, están acostumbrados a poder decir y hacer lo que quieran, hacer chistes de colectivos vulnerables y mirarse el ombligo. Esto no ocurre con todos los hombres que encajan en estas características, pero sí con un amplio sector de hombres a los que estar en lo más alto del escalafón social les hace ver que la igualación es una pérdida de su posición y les irrita.

Para muchos WASP, incluso con la etiqueta de progresistas, llega un momento en que se cansan de estar siempre pendientes de los colectivos más vulnerables y entran en la dialéctica de que se dedica demasiado tiempo o recursos a los colectivos marginados. Esto rompe con la estrategia de lucha de las últimas décadas, donde, como no se conseguía apenas ningún avance, todo eran apoyos sociales. Ahora ya no. En nuestro país, por ejemplo, llevamos desde 2005 con la cantinela de que dejemos ya de reivindicar la libertad LGTB porque “ya podéis casaros”. A veces parece que hay un cierto sector que no ha entendido nada.

En Francia, cuando se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, según la organización SOS Homophobie, se incrementaron las agresiones homófobas registradas en más de un 200% debido a la visibilidad, por el hastío de una parte de la población que nos veía orgullosos y felices en los medios de comunicación.

Hay otro factor y es el haber entrado en lo políticamente incorrecto. En las últimas décadas, los chistes homófobos han pasado de aparecer en prime time en las teles públicas a estar proscritos, como corresponde. Los comentarios homófobos son criticados, y esto se suma a la irritación de vernos espontáneamente en Juego de Tronos, Pop Idol o The Walking Dead. Todo esto se va sumando y hace que, cuando un intolerante ve a una pareja del mismo sexo o una persona trans, se produzca la agresión.

De esta forma, tenemos dos factores: el incremento de nuestra visibilidad y, al mismo tiempo, la mayor irritación y rabia acumulada del sector agresor e intolerante. Estos dos conceptos conjugados hacen que en las sociedades más avanzadas se empiece a notar un incremento de las agresiones al colectivo LGTB.

Hay países como Reino Unido o Noruega que lo han puesto como una prioridad y sus avances en la lucha policial están siendo muy importantes, aunque hay una labor educativa y formativa a largo plazo imprescindible. No es solo en el ámbito penal donde hay que cambiar, sino en todos los poderes públicos, para poder modificar una mentalidad que se resiste a desaparecer y que puede involucionar, como pudimos ver con el salvaje atentado de Orlando y las incitaciones en redes sociales a repetirlo, en varios países como el nuestro, amparándose en un desgraciado lema de “Stop heterofobia”.

Lo cierto es que, mientras sigamos siendo más visibles, habrá agresiones. Si nos ocultamos, habrá otras consecuencias peores, como la marginación, una dignidad cercenada e incrementos de tentativas de suicidio. Holanda o Reino Unido manejan las cifras más elevadas de delitos de odio hacia el colectivo LGTB de toda Europa, casualmente dos de los países más valorados como igualitarios en tema LGTB por ILGA Europa.

En manos de los poderes públicos está resolver esta involución. Echar balones fuera o pensar solo en la inmediatez no va a hacer sino permitir que siga creciendo esta bola de nieve. Hay que recordar que las conquistas recientes de los derechos no se mantienen solas, como se pudo ver en la sociedad de principio del siglo XX y cómo entraron luego en el segundo tercio del siglo y cómo se desarrolló el principio del último tercio, con Reagan, Juan Pablo II y Thatcher dominando mediante sus posiciones netamente conservadoras.

Hay una reflexión del malogrado Paco Vidarte que quería transmitir que no hay avance social si no escuece mucho a la población generalista. Si no hay una contestación social a nuestros avances como LGTB, es que solo se nos está dando caridad. Parece que por fin estamos llegando al avance social. Y ahora os necesitamos como aliados.

El Orden Mundial en el Siglo XXI no se hace responsable de las opiniones vertidas por los autores de la Tribuna. Para cualquier asunto relacionado con esta sección se puede escribir a tribuna@elordenmundial.com

Acerca de Rubén López 1 Article
Ingeniero de telecomunicación y licenciado en Derecho. Voluntario como activista LGTB desde 2005 en Arcópoli, Bolo Bolo y FELGTB. Responsable de la manifestación del Orgullo, así como de Derechos Humanos y Deportes en FELGTB. En Arcópoli, tras haber sido coordinador general durante cuatro años, es vocal de Delitos de Odio y máximo responsable del Observatorio Madrileño contra la LGTBfobia desde su creación, en la que participó activamente.

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