“Tayikistán y la consolidación de la dinastía Rahmon”, por Antonio G. Maldonado

Tayikistán es un país pequeño, de poco más de 8,2 millones de habitantes, que muestra bien la importancia del enfoque geopolítico al analizar la estabilidad de una región. Rodeado de vecinos poderosos o inestables —o ambas cosas a la vez—, lo que acrecienta su importancia exponencialmente, Tayikistán está en el camino de diversas rutas comerciales formales —la nueva Ruta de la Seda que impulsa China o las de tránsito de energía de este a oeste y norte a sur—, informales o ilegales —tráfico de drogas y armas— y de ideas —políticas y religiosas—. Así, a pesar su escasa población, de su menor extensión en comparación con sus vecinos y de ser el más pobre de la región, este país centroasiático parece haberse convertido en una de las piedras de toque de la estabilidad regional.

Fuente: Brookings

Es legítimo y urgente, por tanto, analizar si el actual presidente, Emomali Rahmon, y su régimen iliberal y dinástico, heredado de la implosión soviética de principios de la década de 1990, podrán garantizar dicha estabilidad a través de su consolidación en el poder. Esta estabilidad parece conditio sine qua non para su consolidación, aunque es la propia amenaza de inestabilidad la principal baza del régimen para legitimar sus políticas represivas e incluso su existencia ante la comunidad internacional. En esta paradoja, que deviene en un frágil equilibrio político interno, se mueve el futuro de Tayikistán y de la región que lo acoge, y sobre ese equilibrio habrán de hacerse las consideraciones finales.

El hecho diferencial de la Historia tayika

Tayikistán forma parte del grupo de ex repúblicas soviéticas centroasiáticas nacidas o al final o tras la caída de la URSS y comparte con ellas algunos rasgos generales: la permanencia en el poder de los antiguos cuadros comunistas, reconvertidos ahora en élites dinásticas y nepotistas con discursos entre nacionalistas y providencialistas; el culto a la personalidad de líderes autoritarios, perpetuados en el poder; la represión de la disidencia política bajo la fachada de un régimen democrático; la inestabilidad económica, y, finalmente, la influencia o el padrinazgo político-económico ruso —y, en menor medida, chino, indio y kazajo—. No obstante, Tayikistán tiene hechos diferenciales importantes que deben ser tenidos en cuenta al analizar su futuro inmediato.

A diferencia de los presidentes de los dos vecinos grandes de la región, Kazajistán y Uzbekistán, el presidente Rahmon no gobierna desde 1991, año del colapso soviético, aunque sí formaba parte de la élite comunista de la república soviética tayika. Nursultán Nazarbáyev en Kazajistán e Islom Karimov, fallecido en septiembre de 2016, son los líderes prototípicos de la región y con los que, instintivamente, se asocia a Rahmon. Sin embargo, Rahmon llegó a la presidencia tras unos comienzos de década altamente inestables en Tayikistán e inaugurando una guerra civil.

En 1991, el líder comunista tayiko Qahhor Makhkmov apoyó el golpe de Estado contra Gorbachov de la línea dura del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), ante cuyo fracaso fue forzado a dimitir. El que fuera líder comunista entre 1982 y 1985, Rahmon Nabiyev, ganó las primeras elecciones presidenciales y firmó la entrada el país en la Comunidad de Estados Independientes. En 1992, espoleadas por anhelos democráticos y en contra de la corrupción y la mala situación económica, estallaron protestas en la capital, Dusambé, que devinieron en una guerra civil entre los partidarios gubernamentales y la oposición, compuesta por islamistas y grupos prodemocracia. Nabiyev dimitió y en noviembre de 1992 Emomali Rahmon —entonces Emomali Sharipovich Rakhmonov—, uno de sus aliados comunistas, tomó el mando del país.

Según Acnur, unas 50.000 personas perdieron la vida entre mayo y diciembre de 1992, alrededor de una décima parte de la población estaba internamente desplazada y al menos 80.000 buscaban refugio fuera del país, sobre todo en Afganistán. La guerra continuó hasta el Acuerdo de Paz de 1997 entre el Gobierno y la Oposición Tayika Unida (OTU) que se firmó tras el alto el fuego auspiciado por la ONU. Entre tanto, en 1994 Rahmon estableció un sistema presidencialista, ganó las elecciones y una justicia cooptada ilegalizó todos los partidos salvo el comunista. Un año después, los partidarios del presidente ganaban abrumadoramente las elecciones legislativas.

Pese al acuerdo de paz, la guerra mostró el resurgir del islamismo en el sur del país y de los problemas en una frontera —de 1.300 km— tan sensible —por el radicalismo religioso, pero también por el tráfico de drogas y la inestabilidad política— como la que comparte con Afganistán y China, en cuya región fronteriza bullía la disidencia uigur. Hechos esenciales, y diferenciales respecto a la región, para entender y analizar el futuro de Rahmon y la estabilidad de su régimen.

El régimen de Rahmon y su consolidación en la pos guerra civil

La guerra civil y los traumas generados por ella han ayudado a la consolidación del régimen. El miedo a una vuelta a la violencia juega aquí un papel similar al que el recuerdo de los atentados islamistas del Frente Islámico de Salvación (FIS) ha tenido en la Argelia de Buteflika durante la primavera árabe. Existe un efecto vacuna que el régimen de Rahmon se encarga de recordar y utilizar en su favor.

Esto, no obstante, no ha impedido que haya habido y hayan aumentado los brotes de violencia, especialmente en la frontera sur con Afganistán, relacionados en su mayoría con la oposición islámica interior, en mayor medida que con grupos a favor de la democracia y los derechos humanos. La “sensación de calma” de la que hablan think tanks de distinta orientación, lejos de negar un problema de seguridad y estabilidad en el país, señala la improbabilidad de un estallido de la violencia generalizado, apoyado multitudinariamente y que pudiera poner en peligro la estabilidad del régimen, pese a que el país suele ser calificado como “bomba de relojería” o apelativos similares. A afianzar esta confianza en la estabilidad del régimen dinástico de Rahmon ayuda la situación geográfica clave de Tayikistán, así como el excelente manejo tayiko de sus bazas diplomáticas ante los intereses de las dos potencias que están interesadas en su sostenimiento: Rusia y China.

Existen violencia y represión interna, y esa secuencia de acción-reacción-acción se ha visto incrementada en los últimos años con el aumento de la hostilidad del régimen hacia el principal partido opositor, el ilegalizado Partido del Renacimiento Islámico de Tayikistán (PRIT) y sus principales líderes. Aunque el Acuerdo de Paz de 1997 le reservaba un 30% de representación política, este punto ha sido incumplido sistemáticamente, hasta llegar a la proscripción total del partido, que fue declarado “organización terrorista” por el Tribunal Supremo tayiko en 2015.

No existe, por tanto, una oposición política formal y articulada legalmente. Rahmon y su régimen han ido cercenando los espacios de libertad al mismo tiempo que han incrementado la represión y la retórica antiterrorista. A esto ha ayudado el resurgir del terrorismo islamista como uno de los ejes de la política internacional tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center en Nueva York. No es extraño, pues, que Rahmon fuera de los primeros gobernantes en sumar Tayikistán a la coalición internacional con la que Estados Unidos respondió a los atentados en el vecino Afganistán. El resurgir del fanatismo islamista violento extramuros refuerza los brotes violentos intramuros, pero esto legitima a su vez el discurso en pos de la firmeza y la estabilidad, que se traduce aquí en represión política, violación de derechos humanos y perpetuación en el poder de Rahmon y su familia.

Es en este contexto de violencia latente y de miedo a la inestabilidad en el que hay que entender dos decisiones políticas trascendentales para el futuro de la dinastía y el régimen dinástico de Rahmon. En primer lugar, los referéndums de 2003 y 2016 que el régimen convocó y ganó para, respectivamente, permitir a Rahmon dos turnos presidenciales de siete años consecutivos y eliminar los límites a los mandatos presidenciales, entre otras reformas que consolidaban el poder presidencial. Así, formalmente Rahmon está habilitado para volver a presentarse en 2020. En segundo lugar, los nombramientos nepotistas en los principales cargos políticos y empresariales del país. Así, el pasado mes de febrero el presidente nombró a su hijo Rustam Emomali, de 29 años, alcalde de Dusambé. Anteriormente, Rustam había dirigido la agencia tayika de supervisión financiera y contra la corrupción. Además, Rahmon había nombrado semanas antes como ministra de Asuntos Exteriores a su hija Ruhshona Rahmonova. En febrero del año anterior ya había nombrado a otra de sus hijas, Ozoda Rahmon, como su jefa de gabinete.

La oposición islamista violenta como principal riesgo

Algunos analistas de organizaciones y think tanks con enfoques opuestos están de acuerdo en relacionar los nombramientos de los últimos dos años con el impacto que supuso para Rahmon la deserción en mayo de 2015 de Guldmurod Khalimov, jefe de las Fuerzas Especiales tayikas, quien hizo pública a través de un vídeo su incorporación al ISIS. No ha habido un comunicado expreso del grupo terrorista que aclare el cargo formal que ocupa Khalimov en la estructura de ISIS, aunque los funcionarios de inteligencia de Estados Unidos —país en el que se formó para labores de seguridad gracias a programas de asistencia y formación— lo sitúan como comandante en la cúpula. Ese conocimiento adquirido es susceptible de usarse para crearles problemas, como admitió un alto mando militar de Estados Unidos, país que ofrece una recompensa de tres millones de dólares por información que ayude a su captura.

Para otros analistas, este nombramiento en ISIS también está relacionado con el dato sorprendente que hizo público hace unas semanas el Centro Internacional de Contraterrorismo de La Haya: Tayikistán fue en 2016 el país del que más terroristas suicidas provenían, pese a su escasa población, por delante de Arabia Saudí, Marruecos, Túnez y Rusia, hecho que lleva a pensar que los tayikos están siendo reclutados específicamente para este tipo de misiones debido a la influencia de Khakimov.

La insurgencia islamista interna preocupa al régimen de Rahmon y a las potencias que lo apoyan, aunque la prohibición y la represión de la oposición islamista y prodemocrática no violenta ha generado dudas entre los analistas. La proscripción del PRIT empuja toda oposición islamista a la clandestinidad, lo que reduce la capacidad del régimen para tomar el pulso real a la contestación política antigubernamental con motivaciones religiosas.

Fuente: Foro Egipto

Rusia y China, elementos estabilizadores en busca de influencia

La estabilidad aparente sería irreal sin la posición geoestratégica de Tayikistán y el favor que gracias a ello buscan Rusia al norte y China al este. Rusia es aliada histórica de Tayikistán y está presente en la república exsoviética con una base que acoge a la que fue la división motorizada número 201, presente en el país desde 1993 gracias a un acuerdo que fue renovado en 2012 y que garantiza la presencia rusa en el país hasta 2042.

La estabilidad económica y política tayika ha estado garantizada por una Rusia más pendiente de sus intereses estratégicos que de la expansión de los derechos humanos y las libertades. Asia central, histórica zona de influencia rusa, gira económica y políticamente —pues media en conflictos de frontera o energéticos, entre otros— alrededor de la Unión Económica Euroasiática que Moscú creó a comienzos de 2015 junto a Kazajistán y Bielorrusia. Posteriormente, Armenia y Kirguistán se han unido a un organismo al que Tayikistán aspira a entrar con cierta urgencia, dadas las cifras macroeconómicas. No obstante, las sanciones impuestas a Rusia tras la anexión de Crimea y su papel en la soterrada guerra civil del este de Ucrania han disminuido el atractivo de la alianza rusa, cuya crisis económica ha obligado a disminuir la ayuda y el apoyo militar a Tayikistán. Hay, además, algunos recelos nacionalistas hacia la influencia rusa, algo que se visibilizó en el cambio que el propio presidente hizo de su nombre, del Rahmonov de resonancias rusas, al más inmaculadamente tayiko de Rahmon.

Fuente: Stratfor

China ha sabido aprovechar esta situación. En su particular aplicación del soft power a través de las inversiones económicas, Pekín ha insistido en incluir a Tayikistán en el trazado de su estrategia comercial de la nueva Ruta de la Seda, algo que se suma a las inversiones en infraestructuras y controles fronterizos que lleva desplegando con más insistencia desde hace al menos un lustro, coincidiendo con la crisis económica rusa. Los intereses chinos, no obstante, no son esencialmente económicos. Su creciente atención hacia Tayikistán tiene que ver con dos aspectos que tienen una potencial repercusión interna ante la que Beijín parece alerta. El primero es el control del tráfico de drogas en la frontera, que ha tenido buenos resultados según las agencias internacionales que lo evalúan. La cercanía con países productores de opio como Afganistán y el creciente uso del dinero proveniente del tráfico de drogas para financiar a grupos insurgentes o al crimen organizado preocupan a China.

También está el potencial contagio del radicalismo islámico entre un inestable Tayikistán y la región fronteriza de Sinkiang, de mayoría musulmana, en China. Los levantamientos contra el poder central chino y con motivaciones religiosas y culturales han sido constantes desde hace décadas en la región. Es un conflicto previo a la revolución de Mao de 1949, aunque los últimos años han conocido episodios de especial virulencia, como el del verano de 2014, que dejó un centenar de muertos, según reconocieron las propias autoridades chinas. Por un lado, la estabilidad general de Tayikistán presupone un mayor control de la influencia insurgente islámica; por otro, China externaliza un problema interno y alivia algo la presión internacional, que denuncia constantemente la represión en la provincia musulmana. Tayikistán juega aquí un papel de bálsamo legitimador de su política represiva contra lo que ahora es un problema no interno, sino internacional.

El futuro de la dinastía

Tayikistán se mueve en un extraño equilibrio interno sostenido por dos potencias que, aunque rivalizan entre sí, garantizan la estabilidad del régimen de Rahmon y su dinastía, apuntalada con el nombramiento de sus hijos en los puestos clave del país. Internamente, la oposición ha quedado laminada y el recuerdo reciente de la guerra civil parece dar carta blanca a cualquier política que se justifique con la búsqueda de un concepto tan sujeto a interpretaciones como el de la estabilidad o la paz social. No obstante, la proscripción de la oposición islamista ha dejado en la penumbra el alcance real de la misma, y hechos recientes como la deserción del jefe de las Fuerzas Especiales hacen pensar que la contestación interna es mayor de lo que se percibe. Sin embargo, estos hechos sirven a Dusambé para explicar a las potencias vecinas lo indispensable de su existencia y de su política represiva. Este frágil y paradójico equilibrio se antoja esencial para analizar la estabilidad y el futuro de Tayikistán.

Una estabilidad que, basada en dicho equilibrio precario, parecería el anuncio de la fragilidad del régimen dinástico de Rahmon y que sin embargo no lo es. El excelente juego diplomático desplegado por Tayikistán ha dado la vuelta a esta situación: China y Rusia son conscientes de la importancia de la estabilidad tayika y ambas asumen que es el régimen de Rahmon el único capaz de garantizarla. Por tanto, la rivalidad geoestratégica sino-rusa no se manifestará aquí en apoyos a distintos sectores de la sociedad y de las fuerzas políticas —porque Rahmon, además, se ha encargado de que no haya sociedad civil ni opositores políticos reales—, sino en un intento de influir en el propio régimen, algo que pasa por apuntalarlo con inversiones y legitimidad y adularlo con medallas y reconocimientos.

Rahmon ha sido condecorado en los últimos años por ambos países y no parece que su puesto, ni el de sus hijos, esté en juego. Rusia y China están de acuerdo en que sus intereses regionales pasan por Tayikistán y que quien mejor los defiende, en ambos casos, es el régimen dinástico de Rahmon, quien a su vez mantiene la tolerancia de Estados Unidos. Una estrategia diplomática excepcional por parte de Tayikistán que garantiza la perdurabilidad de su sistema y de los Rahmon pese a posibles rebrotes de violencia interna islamista o de improbables protestas pro democracia y derechos humanos.

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Acerca de Antonio García Maldonado 1 Article
Málaga, 1983. Adjunto a la dirección e investigador en la cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos de la URJC y mánager y analista de inteligencia competitiva en The Search Group (Belgrado). Entre 2006 y 2014 trabajó como consultor y analista en Argentina, Nicaragua, Colombia y México. Escribe en El País, El Asombrario y The Objective, así como en otros medios latinoamericanos. Además es habitual colaborador de la International Review of Intelligence, Security and Public Affairs. Twitter: @MaldonadoAg

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