Taiwán, el polvorín de las relaciones sino-estadounidenses

Fuente: South China Morning Post

En este artículo analizamos la historia del conflicto que mantienen Taipéi y Pekín desde 1949 hasta hoy. Taiwán sigue constituyendo uno de los principales puntos calientes del sistema internacional al ser también un enclave estratégico protegido por EE. UU. Ello, sumado al auge del independentismo taiwanés y a la creciente asertividad china, hace que las perspectivas sobre un posible conflicto en la isla sean cada vez más plausibles.


Nota inicial: Este artículo incluye nombres propios chinos romanizados según las recomendaciones de Fundéu. Dado que se respeta el orden habitual de la onomástica china, los apellidos aparecen antes que los nombres de pila.

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Se dice que cuando los portugueses avistaron por primera vez las costas de Taiwán en 1582, su asombro por la belleza natural de la isla los llevó a denominarla Ilha Formosa (‘isla hermosa’ en español). Ubicada frente a las costas de Fujian (China) y bañada por las aguas del Pacífico y el mar de China Oriental, la isla de Taiwán también está rodeada por las islas de la prefectura de Okinawa (Japón), el estrecho de Luzón con Filipinas y, por supuesto, el estrecho de Taiwán. Por ello, su privilegiada situación geográfica ha convertido a este territorio de 23 millones de habitantes en un enclave estratégico codiciado internacionalmente.

Fuente: Mapa Planisferio

Probablemente como consecuencia de su posición, Taiwán ha sufrido a lo largo de su historia la presencia de numerosos colonizadores. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales o el Imperio español —que estableció su gobernación en el marco de la capitanía general de sus colonias en Filipinas— fueron algunos de los que se dejaron seducir por los encantos de la isla. Sin embargo, no fueron los únicos: el Imperio chino, bajo la dinastía Qing, dominó Taiwán entre 1683 y 1895, hasta que se vio forzado a cedérselo al Imperio japonés, que pasaría a administrar el territorio hasta la llegada de la República de China (RCh) al final de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, Taiwán ha sido y sigue siendo objeto de importantes enfrentamientos.

Las complicadas relaciones sino-americanas

Taiwán se encuentra políticamente anclado en un dilema que nace tras la conclusión de la guerra civil china (1927-1949). El triunfo del maoísmo en la China continental provocó que el derrocado Gobierno nacionalista de la RCh, liderado por Chiang Kai-shek, se viese obligado a huir del país y buscar refugio en la provincia de Taiwán. Es ahí donde el Kuomintang (KMT) establecería su Gobierno provisional de la RCh declarando la ley marcial y erigiéndose como frente de resistencia ante el Partido Comunista Chino (PCCh) de Mao Zedong. No obstante, este escenario fue rotundamente negado por los comunistas, que intentaron invadir Taiwán para poner punto final a la guerra civil con una anexión y reunificación del territorio bajo el nuevo gobierno de la República Popular China (RPCh).

La empresa reunificadora no tuvo los efectos deseados para Mao, ya que el presidente estadounidense Harry S. Truman decidió enviar a la Séptima Flota estadounidense a proteger Taiwán. Aunque en un principio Truman se había mostrado reticente a tomar cartas en el asunto, el apoyo de Mao a la insurgencia comunista norcoreana durante la guerra de Corea (1950-1953) hizo que el Gobierno norteamericano reconsiderase su apoyo a Taipéi. Así, la intervención logró enfriar algo la agresiva campaña militar del Ejército de Liberación Popular (ELP), a pesar de que el clima a ambos lados del estrecho de Taiwán siguió manteniéndose en un estado de beligerancia permanente.

La RPCh no renunció en ningún momento a volver a la carga cuando le resultase posible y entre 1954 y 1955 provocó la crisis de Formosa después de que el ELP lanzase un ataque sobre la isla de Quemoy. No obstante, las fuerzas de EE. UU. lograron neutralizar la situación con su apoyo a Chiang Kai-shek, con el que el presidente Eisenhower había firmado en 1954 un pacto de defensa mutuo. La conferencia de Bandung, celebrada en 1955, también contribuyó a modo de foro de mediación en el conflicto, aunque con resultados limitados.

Chiang Kai-Shek y Dwight Eisenhower, reunidos en Taipéi en 1960. Fuente: Taipei Times

Ello se debe a que Mao no desistió en su empeño de derrotar al Gobierno taiwanés. Por esa razón, en 1958 la RPCh decidió volver a emprender una nueva ofensiva bombardeando las islas Matsu y Quemoy, con resultados similares a los obtenidos tras la primera crisis del estrecho de Taiwán: una vez más, la cooperación militar de Eisenhower con los nacionalistas fue suficiente para impedir al ELP alcanzar la victoria. Esto permitiría articular un nuevo statu quo donde Taiwán lograría comenzar a despegar económicamente gracias al apoyo financiero y militar de Washington. Es así como Taipéi se comenzaría a perfilar económicamente como uno de los primeros tigres asiáticos, pero especialmente como un peón clave en el tablero geopolítico internacional de la Guerra Fría.

EE.UU. y Taiwán: una amistad con los ojos vendados

A principios de los 70, el contexto internacional comenzó a cambiar con la aplicación de la doctrina de la distensión por parte de la Administración Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger. Se ponía fin así a la política de contención de la etapa inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial en las relaciones estadounidense-sino-taiwanesas. La apertura a China a través del comunicado de Shanghái de 1972 y la diplomacia triangular buscaban así el aislamiento de la URSS, pero también el impulso de un nuevo período en las relaciones sino-estadounidenses.

Como resultado de la política de apertura, la Administración Carter decidía dar un giro estratégico en 1979 a la política exterior que había mantenido EE. UU. con China y Taiwán. Ese mismo año, Washington establecía relaciones diplomáticas con Pekín mediante la publicación de un comunicado conjunto que vendría a configurar el nudo gordiano moderno de las relaciones sino-estadounidenses: EE. UU. aceptaba la política de “Una China” defendida por Pekín y dejaba de reconocer oficialmente al Gobierno de la RCh como su homólogo oficial. Sin duda, esta controvertida decisión no fue sencilla para Carter, que se decantó finalmente por un ejercicio de pragmatismo estratégico y reelaboración del interés nacional estadounidense, priorizando el favor de Pekín frente a Moscú en un momento donde las posibilidades reales que poseía el KMT de recuperar China eran prácticamente nulas.

La nueva posición de EE. UU., en la que se daba por terminado el Tratado de Defensa Mutua de 1954, sentó como un jarro de agua fría en Taipéi. Además, la RCh perdería también su asiento como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en favor del Gobierno de Pekín. Sin embargo, por razones diferentes, ni EE. UU. ni Taiwán estaban dispuestos a renunciar a su acomodación de intereses mutuos. Taiwán no podía permitirse renunciar al apoyo de Washington, ya que ello le expondría a una vulnerabilidad total frente a una hipotética invasión china. EE. UU. también poseía intereses estratégicos en mantener su alianza con Taipéi.

Por ello, tras el reconocimiento estadounidense de la RPCh en 1979, el Congreso de los EE. UU. aprobó el Acta de Relaciones con Taiwán. En este documento, Washington se reservaba la opción de velar por la defensa y seguridad de la isla, a la que seguiría suministrando cuantiosas cantidades de armamentos y material militar. Comenzaba así la política estadounidense de la “ambigüedad estratégica” con el objetivo de mantener un statu quo capaz de disuadir a Pekín de invadir Taipéi y a Taiwán de independizarse de iure frente a la RPCh. Esta posición ha sido mantenida hasta nuestros días por todos los presidentes, incluido Obama, quien en 2015 anunció la venta de armamento por valor de 1.800 millones de dólares a Taipéi con objeto de contribuir a su disuasión frente a una cada vez más probable invasión china.

Taiwán tiene una dependencia irreemplazable, y cada vez más incierta, con respecto a EE. UU. Fuente: Watching America

Pese a que EE. UU. no renunció a proteger a Taiwán con su reajuste estratégico de 1979, la muerte de Chiang Kai-shek en 1975, su relevo en el poder por Chiang Kai-Chuo y el cambio de contexto internacional hicieron que Taiwán sintiese la necesidad de adoptar una política más asertiva. El nuevo presidente taiwanés implementó así la famosa política de los tres noes hacia Pekín: no a un compromiso, no a mantener contactos y no a negociar. Tal posición duraría hasta finales de los 80, cuando comenzó a atisbarse una ligera apertura en las relaciones entre China y Taiwán. Su escenificación más tangible suele situarse en el Consenso de 1992, que ponía de manifiesto el acuerdo alcanzado por China y Taiwán con respecto al principio de “Una China”, a saber: ambas partes reconocían que solo existe una China, aunque ninguna de las dos estuviese de acuerdo sobre cuál era el Gobierno legítimo del país. En Taiwán, este Consenso todavía es objeto de controversias nacionales, mientras que para la RPCh su importancia es capital por una sencilla razón: al resaltar el principio de “Una China”, el documento sirve para justificar la contención del independentismo taiwanés e incluso tantear el terreno de cara a una posible aplicación del principio de “un país, dos sistemas”.

La nueva política de los girasoles

El siglo XXI ha sido testigo de profundos cambios en el seno de la escena política taiwanesa. La mayor de estas transformaciones ha sido sin duda la presencia cada vez más arraigada de movimientos independentistas articulados bajo el paraguas del Partido Demócrata Progresista (PDP), fundado en 1986. Este hecho no debe sorprender, ya que en 2016 más de un 60% de la población de la isla se veía exclusivamente representada por su identidad taiwanesa.

El independentismo taiwanés ha experimentado un auge en la última década. Fuente: CFR

El origen de esta identidad se puede rastrear probablemente en el incidente del 28 de febrero de 1947, cuando alrededor de 28.000 taiwaneses fueron asesinados durante las revueltas masivas contra la fuerte represión y corrupción que el KMT había institucionalizado en la isla tras la retirada de los japoneses en 1945. Las masacres sufridas sembraron un sentimiento étnico diferenciado de China entre muchos taiwaneses que habían vivido el período anterior a la llegada de la RCh. Sin embargo, este sentimiento identitario no pudo expresarse democráticamente hasta 1996, cuando la isla celebró sus primeras elecciones presidenciales en un régimen que por fin había legalizado los partidos políticos como el PDP a finales de los 80 y principios de los 90.

Desde entonces, el KMT ha comenzado a toparse con una oposición política más soberanista y que interpreta la política de “Una China” y el Consenso de 1992 con la RPCh de una forma completamente diferente. Esto ha inquietado sobremanera a Pekín, que históricamente ha insistido en que recurrirá al uso de la fuerza en caso de que los independentistas taiwaneses intenten llevar a cabo un acto de secesión. Para dar credibilidad a esta postura, la RPCh trató de intimidar a la población taiwanesa durante las primeras elecciones presidenciales democráticas de 1996, lo que daría lugar a la tercera crisis del Estrecho entre 1995 y 1996 con la realización de unas pruebas de misiles que fueron rápidamente respondidas por la Administración Clinton mediante el despliegue de las fuerzas navales estadounidenses en el estrecho de Taiwán.

Pese al aviso de Washington, las tensiones se multiplicaron en 2000, cuando Chen-Sui Bian se convertía en el primer presidente taiwanés proindependentista y opositor del Consenso de 1992. La reacción inmediata de Pekín fue llevar a cabo maniobras militares a modo de simulación de una posible invasión de Taiwán. Con este clima regional, las relaciones sino-taiwanesas revivieron algunos de sus momentos de máxima tensión. Tanto es así que en 2003 el Parlamento taiwanés aprobó una ley que le permitía declarar la independencia en caso de ataque chino, mientras que China promulgaría su ley antisecesión de 2005, por la que autorizaba la invasión de Taiwán en caso de que proclamase su independencia de iure. Sin embargo, el mandato de Chen-Sui, caracterizado por sus feroces críticas a la RPCh, al KMT y a la matanza del 28 de febrero llegaría a su fin sin mayores contratiempos en 2008, cuando los nacionalistas alcanzaron en las presidenciales de marzo la mayoría necesaria para volver a gobernar.

La llegada al poder de Ma Ying-Jeou (KMT) supuso un alivio para Pekín. El nuevo presidente taiwanés deseaba reconstruir las relaciones entre Taiwán y China sobre la base de la ambigüedad acordada en el Consenso. El principio de “Una China” se mantendría y los contactos no oficiales entre ambas partes volvieron a intensificarse, con una mejora de las relaciones sino-taiwanesas. Este incremento de los contactos fue particularmente visible en el terreno económico, donde China ha tratado de explotar su creciente potencial comercial para influir en la inversión y población de la isla. De hecho, la inversión china en Taiwán era en 2014 de unos 198.000 millones de dólares, cifra que se vio favorecida durante el mandato de Ma por la firma de acuerdos entre Taiwán y China en numerosos sectores diferentes. El más importante fue sin duda el Acuerdo para el Establecimiento de un Marco de Cooperación Económica (EFCA, por sus siglas en inglés), que permitía reducir las barreras arancelarias entre ambos lados del estrecho.

Sin embargo, muchos veían en estos acercamientos a China el riesgo de una creciente dependencia y vulnerabilidad económica de la isla. El Movimiento de los Girasoles de 2014 nació precisamente como reacción ante esta situación. Cientos de activistas y estudiantes taiwaneses ocuparon el Parlamento al grito de “Taiwán no se vende”, en clara referencia al alineamiento de Ma con Pekín. Y, a pesar de que las movilizaciones no impidieron la histórica reunión de Xi y Ma en la isla de Singapur hacia finales de 2015, sin duda sirvieron para allanar el camino para la llegada al poder de la nueva presidenta proindependentista del PDP, Tsai Ing-wen, en 2016.

Los últimos resultados electorales muestran un claro triunfo del independentismo en Taiwán. Fuente: The Economist

Taiwán en el regazo de Trump

En una comparecencia de prensa oficial, Xi fijó 2049, año del centenario de la fundación de la RPCh, como la fecha límite para la reunificación nacional de Taiwán. Sin embargo, la llegada al poder de Tsai está reorientando la política taiwanesa hacia el rechazo del Consenso de 1992 y la renovación de los compromisos tradicionales de cooperación con EE. UU. en materia de seguridad y defensa. Para contrarrestar esta situación, la RPCh está adoptando un tono más agresivo para intensificar su presión económica sobre Taiwán. Además, no parece descabellado pensar que si Tsai se mantiene firme en su rechazo del Consenso o resulta reelegida en 2020, el ELP emprenderá una ofensiva militar total para recuperar el territorio en 2021 en previsión de que, con el incremento que ha experimentado en sus capacidades militares durante los últimos años, la Administración Trump no se atreverá a intervenir y Taiwán carecerá de los medios para protegerse.

El desequilibrio militar sino-taiwanés dejaría a Taiwán completamente incapacitado para defenderse ante una invasión china sin el apoyo estadounidense. Fuente: Statista

En este contexto, la reciente llamada telefónica entre Tsai y Trump tras el nombramiento de este como presidente de los EE. UU. no ha podido ser más inoportuna para Pekín. Las declaraciones del nuevo presidente han servido para amenazar a la RPCh con romper el reconocimiento estadounidense a la política de “Una China” si Pekín no cede a sus exigencias comerciales, una postura que podría entrañar graves riesgos para las relaciones sino-estadounidenses y para la propia estabilidad regional e internacional.

Taiwán es un importante socio comercial para los EE. UU. de Trump. ¿Bastará esto para que el nuevo presidente siga subsidiando la defensa de Taipéi? Fuente: Statista

Pese a ello, Xi considera a Taiwán un interés vital irrenunciable para el prestigio nacional y la supervivencia de la RPCh, así como para asegurar la legitimidad del PCCh ante sus ciudadanos. Es previsible, por tanto, que el discurso nacionalista de Xi recalque en futuras reuniones con sus homólogos estadounidenses el carácter innegociable y doméstico de la cuestión taiwanesa. Mientras tanto, las expectativas de la población de Taipéi con respecto a la presidencia de Tsai son altas, aunque el panorama estratégico se antoje cuando menos oscuro en el futuro cercano si el PDP no calcula bien sus movimientos.

Taiwán es un peón relativamente indefenso en el gran tablero global en el que están inmersos EE. UU. y China. Por ello, la supervivencia futura de la isla estará estrechamente ligada a los volátiles compromisos y decisiones de la Administración Trump y a la capacidad de Tsai para mantenerse sobre la cuerda floja. Con este panorama, la pregunta que quizá deberíamos hacernos es si estaremos asistiendo al preludio de un conflicto anunciado.

Acerca de Diego Mourelle 6 Articles
Vaduz (Liechtenstein), 1995. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y beneficiario de la beca Erasmus+ en la Universidad de Manchester. Ha realizado prácticas en la embajada de España en Berlín. Interesado en temas de Diplomacia y Seguridad Internacional, especialmente en el área de Asia-Pacífico y Unión Europea.

5 comentarios en Taiwán, el polvorín de las relaciones sino-estadounidenses

  1. Excelente análisis del pasado y presente geopolítico de Taiwán. Sin lugar a dudas la isla merece ser reconocida como un país soberano y sobretodo ser aceptada en las Naciones Unidas. Hoy en día existe un fuerte sentimiento nacional que comparten y defienden los isleños para reivindicar la identidad taiwanesa, que crece día a día, y que de a poco va alzando su voz para ser escuchada por el resto de las naciones que llevan el espíritu democrático.

  2. A grandes rasgos, uno podría pensar que Taiwan es algo así como la Cuba de China, haciendo una somera analogía con la época de la Guerra Fría, y la situación y posición que ocupaba el país del Comandante Castro con respecto a los EEUU (y su firme alianza con el gran adversario geopolítico) En este caso, con los papeles tornados, claro.

    Buen análisis, da gusto leer textos así.

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