Explorando el matriarcado: de Sumatra a Juchitán

Una vela o fiesta en Juchitán. Fuente: WorldPub

Frecuentemente percibimos la Historia desde un desarrollo lineal de acontecimientos y entendemos lo tradicional como una fase similar por la que todas las sociedades pasan. Aquí se exploran sociedades tradicionales matriarcales, en concreto la de los minangkabaus y la de la Ciudad de las Mujeres en Juchitán, que escapan a esta lógica.

Mefistófeles: No me gusta descubrir tan alto misterio. Hay diosas que reinan sentadas en soledad en sus tronos. A su alrededor no hay espacio, ni mucho menos tiempo. Hablar de ellas es muy dificultoso. Son las Madres.

Fausto(asustado) ¡Las Madres!

Fausto – J. W. von Goethe

Rastreando el origen de la desigualdad

Buscar el origen de las relaciones de poder entre géneros es una tarea tan difícil como polémica. Las pistas que deja el Paleolítico dan lugar a múltiples interpretaciones que apuntan a un preámbulo de división de las esferas de lo público —cazar— y lo privado —crianza en el hogar—. El Neolítico vendría a romper esta división y la mujer empezaría a jugar un papel en la provisión de sustento al clan, uno más estable y controlable que la carne de caza: el cultivo. Asimismo, asistimos a una divinización de la fertilidad de la mujer, que se viene a vincular con los frutos de la tierra. Sobre esto, de nuevo encontramos interpretaciones de todo tipo: algunas que apuntan a la formación de sociedades matriarcales en las que la mujer se veía como una diosa de la creación y aquellas que veían a la mujer como una suerte de vasija, pero creyendo en la existencia de una Tierra Madre.

Para ampliar: La creación del patriarcado, Gerda Lerner, 1990

La Venus de Willendorf, una escultura que muestra los atributos reproductores de la mujer. Fuente: AWS

Territorio engorroso el de buscar ese origen primero de la brecha de género. Más consenso existe en torno a las corrientes que impulsaron con la Ilustración la artificial división racional-masculino y emocional-mujer o entorno público-hombre, entorno privado-mujer. O la posición de los teóricos marxistas, que lo analizaban según las relaciones de (re)producción. En cualquier caso, analizar qué es matriarcal lleva inevitablemente a plantearse qué significa tener una posición de poder en las estructuras sociales. Partir de su origen semántico, del latín mater —‘madre’— y el griego árkhein —‘mandar, gobernar’—, nos lleva a plantearnos si existen de facto sociedades matriarcales en las que se dé, como en la patriarcales, una relación de dominación.

Seguir la evolución histórica del papel de la mujer lleva inevitablemente a prestar atención a su atributo diferenciador: el aparato reproductor o matriz —también de mater—. Parece que hay acuerdo en que en sus primeros momentos el linaje era matrilineal —definido por la línea materna—, ya que en un principio no era conocido el papel de los hombres en la reproducción. Así, las religiones más antiguas mantenían el carácter matrilineal de los lazos de sangre, como es el caso del judaísmo. Especialmente relevante es cómo la herencia sanguínea se extrapola a lo material, es decir, la herencia de bienes a través de la línea materna. Esto empieza a cambiar en el mundo clásico hasta prácticamente universalizarse la herencia por línea masculina, primero de padres a hijos y después a través de la preferencia por el primogénito.

Existen, sin embargo, sociedades en las que esta regla no se cumple y que han mantenido su carácter matrilineal. En ellas, el carácter de propietarias de bienes que ostentan las mujeres junto con su importancia simbólica como eje articulador del clan las han situado en una posición de poder y responsabilidad dentro de su comunidad. Su papel difiere en mucho de las aspiraciones del feminismo contemporáneo, aunque tampoco se ajusta al papel asignado tradicionalmente a la mujer en las culturas mayoritarias.

Pueden encontrarse numerosas sociedades matriarcales en el mundo con poco que ver entre sí salvo que comparten una forma de vida tradicional, una economía aislada con respecto a la economía global y unas estructuras sociales bastante igualitarias. Aquí se pondrá el foco sobre las minangkabaus de Sumatra y las indias zapotecas de Juchitán, escogidas más por sus diferencias que por sus semejanzas y por ser ambas comunidades relativamente grandes.

Para ampliar: Matriarcados, serie de reportajes de Anna Boyé

Matriarcas en el islam: las minangkabaus

Grupos étnicos en Sumatra (minangkabaus en color ocre). Fuente: Wikimedia

Un archipiélago y 243 millones de personas componen uno de los países más diversos y complejos del mundo: Indonesia. Con más de 400 lenguas regionales, los elementos que mejor amalgaman a este pueblo tan dispar son el islam y el nacionalismo. Casi el 90% de la población es musulmana, religión que empezó a llegar a mediados del siglo XIII a través del comercio de pimienta y oro hasta convertirse hoy en uno de los rasgos de la esencia indonesia.

Las formas de adopción de este credo son sin embargo tan dispares como la población que habita estas islas. Las tradiciones ancestrales, el animismo, el hinduismo y el budismo conviven con frecuencia entremezclados con rasgos puramente musulmanes. Así, al oeste de la isla de Sumatra vive hoy una etnia con más de cuatro millones de personas que recibe una atención especial por sus atípicas prácticas tradicionales. Se trata del matriarcado de los minangkabaus, una etnia musulmana que presume de ser el casamiento entre lo patriarcal —el islam— y lo matriarcal —el adat o credo ancestral—.

Mujeres minangkabaus. Fuente: Matriarcados

Lo ancestral: el nexo con la tierra 

Perseguidos durante décadas por apostasía por los sectores más ortodoxos del islam, los minangkabaus insisten en un discurso integrador de las prácticas ancestrales con la Sunna —tradición de la ortodoxia islámica—, en el entendimiento de que la mujer representa el nexo histórico entre el pasado y la modernidad. La importancia de la mujer en ese vínculo con la tradición —concebida como periodo preislámico— se evidencia en la herencia de la propiedad, que es matrilineal —de madres a hijas—.

Además de conceptuar a la mujer como el vínculo entre lo ancestral y lo moderno, la herencia matrilineal se justifica con la necesidad de las mujeres de tener un hogar asegurado con el respectivo apoyo familiar para poder atender y cuidar a su descendencia. La causa de ello, aunque actualmente se percibe como una consecuencia, es el hecho de que es frecuente que los hombres minangkabaus emigren y vayan a estudiar y buscar trabajo fuera. Esta relativa diáspora es hasta incentivada, porque se considera que trae nuevas ideas y prácticas que pueden ir en beneficio de la comunidad, ya que la educación es un pilar fundamental.

El adat o tradición espiritual que se mantiene hoy, si no de forma íntegra, sí en su esencia tiene más de 2.000 años y guarda relación con los pueblos austronesios, que vinculaban la fertilidad de la mujer con la de la tierra, interpretación similar a lo que manejaban algunas comunidades neolíticas.

Algunas prácticas derivadas de esta tradición han posibilitado la supervivencia de unas costumbres a menudo chocantes con el orden imperante en el resto del archipiélago. Durante el periodo preislámico se dieron una serie de reinos en la isla de Sumatra en los que se ejercía un poder autocrático y patriarcal, pero que convivía con una sociedad igualitaria y matriarcal a escala local. Más adelante llegaría el islam, que sería además adoptado e interiorizado por la etnia minangkabaus, hoy profundamente musulmana, pero encajándose en la estructura matriarcal presente. Uno de los rasgos distintivos de la expansión del islam en Indonesia fue que se realizó a través de hermandades, redes de hombres que se organizaban y creaban estructuras de orden garantes de la seguridad y el cuidado de sus miembros. Aquello chocaba con el papel de las mujeres, que según el adat eran las vertebradoras de su propio orden clánico.

La colonización holandesa y las ideas occidentales tuvieron también una profunda influencia en esta sociedad. En un principio, los colonizadores vieron a los hombres minangkabaus como posibles aliados: su mayor formación y su tradicional rol de comerciantes los convertía en buenos interlocutores con la metrópoli. Además, habían sido perseguidos por los sultanes musulmanes por considerarse paganos, y los colonos querían acabar con el sultanato. Pero esta mayor formación de los hombres minangkabaus se tornaría en su contra y muchos de ellos encabezarían el movimiento independentista contra los colonos holandeses.

Sobreviviendo a la modernidad

Tras la independencia de Indonesia en 1945, los choques continuaron. El encaje de estas tradiciones con las leyes nacionales y los intentos de centralización dieron lugar a una rebelión en los años 50. El contexto de Guerra Fría y el hecho de que muchos minangkabaus simpatizaran con la causa comunista no favoreció tampoco su situación —Indonesia protagonizó una cruenta represión contra el socialismo—.

Para ampliar: The act of killing, Joshua Oppenheimer, 2012

Pero quizá fueron las últimas décadas del siglo XX las que parecía que iban a asestar el golpe final a la adat: la emigración de muchos jóvenes que iban a estudiar a la universidad en Yakarta, la urbanización de gran parte del oeste de Sumatra y la pérdida de importancia de la agricultura como motor central de la economía apuntaban a la extinción definitiva de tan largo legado.

El Estado indonesio decidió dar oxígeno a estas culturas fomentando en parte la autonomía de estos territorios y promoviendo la cultura de etnias locales como rasgo distintivo nacional. Así, a partir de los años 90, en la escuela se volvieron a enseñar las prácticas y rituales del adat, que iba adquiriendo aún más peso en su contacto con la modernidad y la globalización. Esto no quiere decir que estén más vivas que nunca, pero sí que se vuelven a poner en valor y son defendidas por la diáspora minangkabau, que hoy cuenta con muchas mujeres en sus filas.

Traje tradicional minangkabau; en los días ordinarios llevan velo. Fuente: Pinterest

Entre otros rasgos, los hombres que se casan suelen ir a vivir con la familia de su mujer. Además, los chicos de una familia tienen importantes y definidas responsabilidades en el cuidado de los niños, especialmente de sus sobrinos. Existen diferencias manifiestas en la puesta en práctica de las tradiciones del adat según el clan, pero en general se trata de una sociedad bastante igualitaria, en la que incluso la lengua tiende a evitar usos jerárquicos y autoritarios.

Casi todos los antropólogos que estudian esta sociedad coinciden en la importancia del consenso para esta comunidad. Para los temas relativos a la convivencia, las mujeres se reúnen en una suerte de consejo en el que debaten los conflictos y buscan soluciones consensuadas. La figura de la Bundo Kanduang, que suele ser una mujer de edad respetada por la comunidad, dirige estas reuniones y los temas que tratar en la agenda. Las mujeres expresan sus puntos de vista y deciden conjuntamente cómo resolver las controversias. No falta la simbología: durante la puesta en común de argumentos se cocina un dulce de coco que representa el consenso.

Existe una diferenciación entre tierra heredada por línea materna, que es comunal en tanto que pertenece a un clan, y tierra adquirida por compraventa individual, que se considera espiritualmente inferior, aunque tras varias generaciones en nombre de un clan pasará a un nivel superior. Muchos hombres emigran para ganar dinero y conseguir comprar estas tierras inferiores.

Esta sociedad tradicional sobrevive a través de la adopción de aquellos rasgos que van llegando de los diferentes periodos históricos y adaptándolos a lo que existía previamente. La tradicional división de roles de género en esta cultura no deja de sorprender: las mujeres cultivan la tierra, se reúnen en consejos para discutir cuestiones de la comunidad y heredan las propiedades. Los hombres se educan durante más tiempo, suelen dedicarse al comercio y participan más que en otras sociedades en la crianza de los niños, especialmente los de sus hermanas. A pesar de la importancia de los consejos de mujeres, los hombres tienen hoy una mayor presencia política y en las decisiones regionales de alto nivel.

Los valores del adat están tan interiorizados que, aunque la sociedad va abriéndose a nuevas ideas y planteamientos alejados de lo ancestral, algunas costumbres se ponen en valor como elementos propios de la identidad minangkabau. Incluso aquellos miembros de esta etnia que viven fuera de Indonesia o de la región defienden el inusual carácter igualitario y comunitario de su tradición.

Las negociadoras de Juchitán

Fuente: Inafed

Cruzando el Pacífico y cambiando al hemisferio norte, se llega a otro ejemplo de sociedad matriarcal. La ciudad de Juchitán, en el estado de Oaxaca, es conocida por muchos como la Ciudad de las Mujeres. La tradición para estas indias zapotecas es muy diferente de aquella compartida por la mayoría de mexicanas: sus madres, abuelas y bisabuelas se encargaban en la familia de los negocios, ámbito juzgado más apropiado para las mujeres por considerarse más aptas en la gestión de recursos y el comercio. El campo, el arte y la política son en cambio el terreno de los hombres dentro de esta tradición.

El rol de la mujer no es el único rasgo inusitado de esta ciudad, que tiene el honor de contar con la esperanza de vida más alta del país y un índice de desarrollo humano muy superior al del resto del estado de Oaxaca, uno de los más pobres de México. Para los estudiosos del tema, existe en Juchitán otra circunstancia merecedora de atención: las llamadas muxes o tercer género. Se trata de hombres que o bien se consideran mujeres o bien no tienen clara su identidad de género o bien son homosexuales. Las muxes participan en las actividades económicas con las mujeres y comparten el espacio socioeconómico con ellas. La homosexualidad ha sido considerada una circunstancia natural en esta comunidad desde tiempos inmemoriales. Más recientemente se ha ido naturalizado el travestismo, fruto de la lucha de muchas activistas muxes que empezaron a travestirse y reclamar que se sentían mujeres.

Aunque esta aceptación de otras orientaciones sexuales e identidades de género resulta sorprendente en una sociedad tan tradicional, hay numerosos aspectos que quedan en el olvido. El establecimiento de parejas homosexuales estables se antoja todavía poco frecuente y la comunidad de mujeres lesbianas sigue en gran medida en la sombra. Con todo, es considerado dentro de México un oasis de tolerancia y respeto.

Grupo de muxes vestidas con trajes típicos zapotecos en el interior de una iglesia. Fuente: Triángulo Magazine

El concepto de consumo es muy diferente en esta ciudad que en el resto del país. El comercio se concibe como una transacción social entre personas, algo que por ejemplo se traduce en la ausencia de hipermercados. El funcionamiento de la economía es muy personal, y esto es quizá lo que más amenazado esté dentro de esta comunidad.

Lo indígena y lo (pos)colonial conviven en sincronía, como en el resto de la región oaxaqueña. Las velas o festividades a santos específicos también son eventos sociales centrales que se celebran con una alta frecuencia en Juchitán. En ellas tienen lugar una misa, un desfile, un baile y largas comilonas en las que se da de facto una redistribución de la riqueza: aquellas mujeres con más ingresos contribuirán más en las fiestas para la comida y bebida. Otro rasgo fundamental: las muxes tienen su propia vela dedicada a san Vicente Ferrer, conocida y apreciada por toda la comunidad LGTB del país.

Como los minangkabaus, esta comunidad ha sabido encajar las diferentes corrientes ideológicas y espirituales en su propio orden social. Sus tradicionales actividades económicas contrastan con su elevado índice de desarrollo y su tolerancia ante ciertos temas aún tabúes en muchos otros estados mexicanos.

Extremos que no se encuentran

Estos viajes casi antropológicos muestran un cambio de roles inusitado en lo que se entiende en gran parte del mundo como tradicional. En ambos casos, esta asignación de responsabilidades parte de la problemática situación de muchas mujeres que se ven sin sustento ni hogar durante la crianza de los hijos. La necesidad de un entorno seguro que permita la preservación del clan ha llevado al establecimiento de unas estructuras sociales ajustadas a las necesidades poblacionales.

A pesar de que los roles de género en estos casos suponen una variación en cuanto a las responsabilidades y al poder de la mujer en el entorno social, utilizar la fórmula matriarcado resulta dudoso, especialmente si se quiere entender matriarcal como concepto diametralmente opuesto a patriarcal. La herencia matrilineal convierte a la mujer en una figura clave dentro de estas comunidades, pero ello no se ha traducido en una relación de dominación, sino en una asignación de responsabilidades diferente y más igualitaria.

Matriarcal y patriarcal, extremos que no se encuentran nos hablan de la posibilidad de un cambio en sociedades aún claramente patriarcales a otras que no sabemos si llamaremos matriarcales, pero que indudablemente tendrán otras reglas.

Acerca de Inés Lucía 14 Articles
Inés Lucía Orea (Madrid, 1992). Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense. Máster en Gobernanza Global y Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha realizado prácticas en el Institut de Drets Humans de Catalunya. Twitter: @inesorea

4 comentarios en Explorando el matriarcado: de Sumatra a Juchitán

  1. Me gustaría aportar humildemente mi visión como objeto de enriquecer o crear un debate que deja el artículo en su trasfondo.

    Creo que se aplica una cosmovisión de género que no se corresponde con la realidad de estos lugares.
    Por una parte el concepto “matriarcal”, que indudablemente está construído sobre el género, es una idea occidental, y conlleva una serie de valoraciones que, extendido al resto de culturas, pueden ser peligrosas o al menos explicar una realidad de manera sesgada.

    Me refiero sobre todo a que se afirma que son sociedades más igualitarias, y se rodea todo de una aparente homogeneidad en la que todos los actores están en una armonía que se deriva de ese orden que provoca la estructura “matriarcal” (bien apuntada la reflexión de que podría llamarse de otra manera).
    El punto clave está aquí, y está en exportar los conceptos de “igualdad” y “desigualdad” nuestros, a sociedades que posiblemente tengan otros en las antípodas de estos.

    Algo que se ha venido haciendo desde siempre, y lo que ha diferenciado a la antropología de otros estudios, ha sido la metodología en las investigaciones.
    Para construir herramientas analíticas que se aproximen a la realidad, me parece imprescindible un trabajo de campo que recree de la manera más aproximada la ideología de la sociedad estudiada (con el hándicap de que siempre quedará un pelín limitado al tener que ser explicado en nuestros términos).
    Pero ese ejercicio me parece crucial.

    Puedo equivocarme, pero la sensación es que la reflexión que comparte el artículo no está acompañada de un trabajo de campo.
    Ese ejercicio nos llevaría a descubrir que quizá esas sociedades no son tan “igualitarias” como nos parecen desde fuera (utilizando muestro concepto).

    Un punto que ofrece duda es el que dice “La causa de ello, aunque actualmente se percibe como una consecuencia, es el hecho de que es frecuente que los hombres minangkabaus emigren y vayan a estudiar y buscar trabajo fuera.”
    ¿Por qué es la causa y no la consecuencia?

    Para explicar por qué tienen el orden que tienen, me parecería interesante profundizar en sus relaciones de parentesco, el papel del simbolismo, el papel del lenguaje (¿no tienen un lenguaje que diferencie género porque así lo han decidido o tienen sus propias categorías para designarlo: persona con pelo largo-persona con pelo corto, por ejemplo? ¿Podrían considerarse categorías de género, tal y como lo consideramos aquí, que está anclado a una categoría sexual?) y sobre todo, el que parece más importante aquí, la religión.

    No parece que sean las relaciones de género las que provoquen una sociedad “igualitaria” sino el papel de la religión como imperante de este orden.
    Y esto lleva a otra pregunta:

    ¿Han decidido esa “igualdad” porque son más buenas personas y están empoderadas para decidir que lo más funcional es esta manera y lo “justo” (aqui la asociación entre justicia e igualdad es puramente fruto de la Ilustración) es mantenerla? ¿Tienen el mismo concepto de “igualdad” que el nuestro?

    Quedará la duda de, si esos hombres a través del ejercicio racional que acompañó a las sociedades occidentales en otros períodos, una vez que concluyan que son capaces de transformar el órden de su sociedad sin consentimiento de los dioses ni consecuencias funestas, lo harán, o seguirán como hasta ahora.

    En otro punto se afirma que “A pesar de la importancia de los consejos de mujeres, los hombres tienen hoy una mayor presencia política y en las decisiones regionales de alto nivel.”
    ¿Es que debería ser más importante lo segundo que lo primero? Quizá para nosotrxs sí, pero, en su cultura, ¿no puede ser que tengan más importancia los consejos de mujeres y el simbolismo que ello encierra?

    Sólo lanzo la pregunta para profundizar en el tema, y sacar de nuevo la importancia de un trabajo de campo intenso y duradero en el tiempo.

    La conclusión final:
    “La herencia matrilineal convierte a la mujer en una figura clave dentro de estas comunidades, pero ello no se ha traducido en una relación de dominación, sino en una asignación de responsabilidades diferente y más igualitaria.”, pienso que vuelve a caer de manera inconsciente en esta trampa del etnocentrismo al afirmar que se trata de una asignación de responsabilidades más igualitaria.

    Espero que la párrafada se entienda como un aporte que, desde otras disciplinas como la antropología, pueda contribuir a un tema tan interesante como éste, y que simplemente trata de visibilizar asuntos que pueden no tenerse en cuenta.
    Al igual que sería guay leer una opinión desde otra perspectiva diferente a estas dos.
    Desde luego a mí me han entrado ganas de conocer aquello 😉

    Un saludo, genial página!

    • Muchas gracias por tu aportación y disculpa que responda después de tanto tiempo. Estoy completamente de acuerdo en que la visión antropológica aporta matices y profundidad a la cuestión y creo que un trabajo de campo puede servir a este propósito. De hecho, entre la fuentes vinculadas encontrarás los estudios de campo de Anna Boyé y otros que profundizan en el contenido religioso.

      En cuanto a la cuestión de exportar conceptos etnocentristas en el análisis, confieso que me parece imposible escapar de esta limitación y que, como bien subrayaba la teoría post-colonial, meramente podemos ser conscientes del sesgo y reconocerlo: el mismo calificativo de matriarcal tiene una fuerte impronta occidental. Aún así, creo que es interesante dar peso a la aportaciones que investigaciones como esta pueden aportar al estudio de nuestra propia sociedad.

      Preguntabas por la afirmación de “La causa de ello, aunque actualmente se percibe como una consecuencia, es el hecho de que es frecuente que los hombres minangkabaus emigren y vayan a estudiar y buscar trabajo fuera.” Esto es un poco el dilema del huevo o la gallina: ¿se generaron esas estructuras sociales porque emigraban los hombres o los hombres emigran porque se les excluye de parte de la herencia y buscan riqueza fuera?

      Discutir sobre los conceptos de igualdad y justicia y si estos pueden o no exportarse en un debate interminable, pero proyectar estos conceptos en una sociedad que percibimos como diferente hace que nos replanteemos el origen de las desigualdades en nuestra sociedad.

      De nuevo, gracias por tu interesante reflexión. ¡Un saludo!

1 Trackbacks y Pingbacks

  1. Explorando el matriarcado: de Sumatra a Juchitán

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!