El nuevo Israel: Viraje al conservadurismo y nueva diplomacia (2/2)

Jerusalén, agosto de 2016. Foto: Esther Miranda

Autores/as: Esther Miranda y Daniel Rosselló

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En las casi siete décadas transcurridas desde la creación del Estado, la política interna israelí ha cambiado enormemente. A los cambios demográficos y la creciente y a menudo conflictiva diversidad de la sociedad israelí se suma la nueva hegemonía de la derecha conservadora, encabezada por Benjamin Netanyahu, con nuevas alianzas y dinámicas de gobierno que influyen tanto en el ámbito nacional como en el exterior. Oriente Próximo tampoco es hoy el mismo que hace 70 años e Israel está aprovechando el reordenamiento de las relaciones en la región para reposicionarse y diversificar sus alianzas.

Con la victoria de Menachem Begin en 1977, el líder de la nueva coalición derechista Likud comenzó una transformación política que resultaría imparable y cuya máxima efervescencia la encontramos hoy en día. Fue Begin quien forjó los primeros vínculos entre los judíos conservadores y los más religiosos —a quienes hizo numerosas concesiones— y entre conservadores y colonos residentes en los asentamientos, cuya expansión se ha visto acelerada a raíz de esta alianza. El Likud ha gobernado la mayor parte del tiempo desde entonces. Como resultado, la élite de izquierdas israelí, fundadora del Estado, ha asistido a la pérdida progresiva de su influencia y su salida de las instituciones, un proceso que está hoy cerca de culminar.

Fuente: Forward

Benjamin Bibi Netanyahu gobernó por primera vez en 1996, por un periodo de tres años. Entonces se presentaba como un centrista moderado, reacio al conflicto. Más tarde, en 2009, volvería a gobernar, esta vez por tres mandatos, incluyendo el actual. Y es en el mandato actual cuando Bibi ha podido dar rienda suelta a sus verdaderas ambiciones y terminar la incompleta revolución de Begin, esto es, transformar el establishment israelí. ¿Ha cumplido este objetivo? En gran medida, sí. Ahora, ¿por cuánto tiempo? Un discurso nacionalista excluyente, una creciente influencia de la religión en la política, la perdurabilidad de un conflicto que se extiende casi siete décadas y las medidas antidemocráticas de Bibi están contribuyendo a aumentar la inviabilidad de un Estado estable.

Para ampliar: “The End of the Old Israel”, Aluf Benn en Foreign Affairs

El tablero de juego

El escenario político israelí está tan fragmentado que hacen falta coaliciones de gobierno para determinar quién será primer ministro tras las elecciones a la Knéset o Parlamento israelí. Las últimas fueron en 2015, en las que Netanyahu se quedó a 31 asientos de la mayoría. Se le presentaron entonces dos opciones: formar una coalición de unidad nacional con el Partido Laborista y los ultraortodoxos o formar una alianza más minoritaria, pero más cohesionada, con pequeños partidos de centro y de extrema derecha.

Harto de mostrar su cara más moderada, Netanyahu escogió la segunda opción. Esta acción le concedió la mayoría por un escaño, pero también la oportunidad de culminar con la transformación del establishment israelí de una vez por todas. Y, aunque secular y askenazí, los nuevos vínculos de su partido con los mizrajíes —tradicionalmente apartados de los centros de poder— y los colonos se han probado fructíferos. A cambio, Netanyahu se ha mostrado propenso a una política de asentamientos que haga de la ocupación algo permanente e irreversible, lo cual demuestra que la solución de los dos Estados no es siquiera una opción encima de la mesa.

Durante su mandato, los colonos se han convertido en la punta de lanza de la dominación de Israel sobre los territorios ocupados palestinos, una carta de enorme importancia en las negociaciones de paz y la clave para justificar las medidas de protección de la seguridad de Israel en Cisjordania y dentro del propio Estado. Además, los ultraortodoxos y extremistas judíos no dejan de aumentar en ellos y, así, también su influencia política, autoproclamados como los únicos y verdaderos sionistas.

Para ampliar: “Leave or let live? Arabs move in to Jewish settlements”, Reuters

¿Qué hay de la representación de las minorías árabes? En enero de 2015 se unieron bajo una Lista Conjunta para jugárselo todo a una carta en las elecciones de marzo y, a pesar del boicot discursivo por parte de Netanyahu, obtuvieron un éxito relativo en la cámara: el 82% de los votantes árabes israelíes los eligió y llegaron a ser la tercera fuerza de la cámara después del Likud y la Unión Sionista. La participación respecto a la convocatoria anterior ascendió un 7%. La coalición de Netanyahu respondió con una serie de medidas para debilitar la posición política de los árabes, entre ellas facilitar la suspensión de representantes en caso de negar el carácter judío del Estado o incitar de algún modo la violencia.

Israel en el nuevo Oriente Próximo

La nueva política de Israel no se reflejaría solo de puertas para adentro, sino en su proyección en el escenario internacional. A lo largo de sus casi siete décadas de Historia, el joven Estado de Israel desarrollaría una imagen de sí mismo como, en palabras del exministro de Asuntos Exteriores Ehud Barak, “una moderna y próspera villa en medio de la selva”. Esta imagen permearía profundamente en la psique de la sociedad israelí, así como el discurso institucional y los medios de comunicación mayoritarios. Se concebía así una perspectiva de Israel como un ente permanentemente amenazado y rodeado de enemigos, como un oasis de paz en medio de un entorno permanentemente hostil. Asimismo, a pesar de gozar de multitud de apoyos internacionales y del favor —tácito o explícito— de las grandes potencias internacionales, Israel se considera aislado internacionalmente, permanentemente acosado y ciertamente ignorado e incomprendido por un Occidente que sigue considerando antisemita, una tendencia que parece haberse exacerbado durante la época Obama. En estos términos, la única salida para Israel es defenderse por sus propios medios, puesto que, si baja la guardia, sus enemigos al completo —sin tener muy claro cuál es el peor, aunque han manifestado preferir enfrentarse al ISIS en el Golán que a cualquiera de los aliados de Irán— se abalanzarán sobre su vulnerable paraíso democrático, a sus ojos la única y verdadera democracia de Oriente Próximo.

Países escalados en función de la ayuda militar que reciben de Estados Unidos (noviembre de 2015). Fuente: Howmuch.net

Lo más llamativo de este discurso es que Israel no había gozado jamás de un potencial militar tan alto ni había sido tan próspero ni tan poco amenazado como en la actualidad. Ni siquiera tiene un verdadero riesgo de entrar en guerra directa con ninguno de sus enemigos. De hecho, el caos que asola la región puede haber mejorado la posición de Israel al haberse mantenido, en general, al margen y fuera del punto de mira de sus enemigos más directos, que, como Hezbolá e Irán principalmente, tienen ahora mismo otras prioridades.

Más allá de la paradoja entre el discurso esgrimido y la realidad, lo cierto es que Israel ha desarrollado unas astutas y excelentes relaciones diplomáticas y de seguridad con base en este escenario y aprovechándose de sus alianzas, apostando siempre por el caballo ganador y dando menos de lo que se le ofrece.

Para ampliar: “Israel Among the Nations”, Robert M. Danin en Foreign Affairs

El reacercamiento árabe y la amenaza iraní

Si bien la Liga Árabe continúa sin mantener relaciones formales con el Estado judío desde que Sadat firmara los acuerdos de Camp David en 1978 y posteriormente Jordania reconociera a Israel en 1994, una brecha se abriría en la diplomacia árabe frente a Israel. Por una parte, las relaciones con Egipto, el país más poblado del mundo árabe y epicentro cultural y político, no dejarían de mejorar, especialmente a partir de la deposición de Morsi en 2013, colaborando incluso en contra de la facción palestina de Hamas. El caso jordano sería similar: tras el acuerdo de paz de los 90, a lo largo de los años no dejaría de reforzar su papel como garante de la seguridad de Israel sirviendo tanto para calmar tensiones en los lugares sagrados de Jerusalén, que mantiene a su cargo, como tapón contenedor del terrorismo y refugiados procedentes de Siria e Irak. El reino hachemita ha llegado incluso a convertirse en suministrador de energía para el Estado judío.

Fuente: Russia Now
Fuente: Russia Now

No obstante, sería ya bien entrado el siglo XXI, con la intensificación del papel de Irán como potencia regional, cuando el bloque suní dirigido desde el golfo Pérsico por Arabia Saudí encontraría un nexo con Israel en su animadversión hacia los chiíes y el Gobierno de Teherán, si bien desde la revolución islámica de 1979 ya había estallado la alerta.

En aquel entonces, países como Israel y Arabia Saudí, que consideraban el nuevo sistema iraní como peligroso para su ideología y existencia, empezaron a acercarse entre sí. El régimen de Al Saud, encabezado en la década de los ochenta por el entonces monarca Fahd bin Abdelaziz, anunció un plan de paz para estrechar relaciones con Israel y, tras la Conferencia de Madrid en 1991, ambos fortalecieron aún más sus lazos y formaron cinco grupos de trabajo en diferentes ámbitos, como la crisis relacionada con el agua, el medio ambiente, la economía, los refugiados y el control de armas, entre otros.

Con los EE. UU. buscando sin descanso una salida del polvorín de Oriente Próximo para centrar su potencial diplomático y económico en una región de Asia-Pacífico en la que China parece extender sus tentáculos sin encontrar apenas resistencia, para los estrategas de Jerusalén los saudíes supondrían, junto con los Emiratos Árabes, un sustituto evidente, más aún a medida que se multiplicaban los renglones torcidos de las revueltas árabes y especialmente tras la firma del acuerdo nuclear en verano de 2015.

Iraníes celebran la firma del acuerdo nuclear en Teherán. Fuente: Newsha Tavakolian (NYT)
Iraníes celebran la firma del acuerdo nuclear en Teherán. Fuente: Newsha Tavakolian (NYT)

En este contexto, en 2002 Riad sostuvo que, en caso de que Israel se retirara hasta las fronteras el 4 de junio de 1967 y se resolviera el caso de los refugiados palestinos con la Resolución 194 de la ONU, se normalizarían sus relaciones con el mundo árabe. Además, desde inicios de 2014 han mantenido cinco reuniones en las que han analizado los métodos para frenar lo que consideran la creciente influencia de Irán en Oriente Próximo e incluso han hablado de planes para cambiar el régimen iraní.

Por todo ello, queda claro que, a pesar del no reconocimiento oficial, la maquinaria diplomática está en marcha para combatir al enemigo común y la cooperación e intercambios comerciales de tipo militar han proseguido, con los israelíes apoyando a los saudíes en su campaña en Yemen a cambio de la multimillonaria ayuda armamentística de los wahabíes para enfrentar la amenaza procedente de la fronteriza siria. Además, la cooperación en materia de inteligencia sigue progresando e incluso se han iniciado conversaciones para vender el sistema de Iron Dome a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Omán, Qatar y Kuwait.

La sombra de Israel se extiende por África y Asia

Israel ha sabido explotar sus conocimientos técnicos para expandir sus alianzas más allá de los tradicionales centros de poder en Europa y Norteamérica. Con unos Estados Unidos retrocediendo hacia el este, Israel ha posado sus ojos en países en vías de desarrollo. El caso de África ha sido especialmente llamativo. Los 54 países africanos suponen un peso muy importante de votos en las conferencias internacionales y le permitirían bloquear las mayorías de facto de los países árabes —algunos países africanos han llegado a proponer la reinclusión de Israel como Estado observador de la Unión Africana, posición que perdió en 2002 al asumir Sudáfrica la presidencia— y la posibilidad de extender el cinturón de seguridad de Israel Nilo arriba. Israel, con Netanyahu al timón, ha comprendido que sus amplios conocimientos técnicos, especialmente en materia de gestión de aguas y en agricultura, además de su conocimiento especializado en materia de seguridad, son una carta de presentación sin precedentes en el continente africano. Todo ello constituye un esfuerzo por bloquear la internacionalización del conflicto palestino.

Netanyahu durante su visita a Kenia durante el verano de 2016. Fuente: The Jerusalem Post

La cooperación también se ha fraguado con la India multiplicando los lazos comerciales —especialmente en el ámbito de las tecnologías—, armamentísticos —Israel es el segundo exportador de armas de la India, con ventas anuales de hasta 1.500 millones de dólares— y diplomáticos. Ello les consigue otro voto de favor importante en las conferencias internacionales, sobre todo en cuanto a la cuestión palestina se refiere, ya que ambos países comparten una agenda de combate contra los movimientos islamistas.

China tampoco queda fuera de la ecuación de la política exterior israelí: es el segundo socio comercial de Israel y se encuentra en medio de la negociación de un acuerdo de libre comercio. Las dos potencias siguen desarrollando lazos en materia de ciberseguridad y defensa, con un Israel proclamado autónomo frente a los intereses de EE. UU., que ya no debe preocuparse por contentar a Washington y que incluso vende armas de fabricación estadounidense al gigante asiático, algo que ha servido también de advertencia a EE. UU.

Los enemigos están en casa

Queda claro que los factores desestabilizadores de Israel no vendrán tanto de fuera como de dentro. Con unas capacidades militares fuera de serie y unas alianzas estratégicas y diplomáticas totalmente envidiables y en progresiva mejora entre las potencias emergentes tanto a nivel regional como internacional, parece poco probable que en el corto plazo una fuerza exterior vaya a suponer una verdadera amenaza para la seguridad del Estado judío. Algo paradójico teniendo en cuenta que los israelíes nunca se habían sentido tan inseguros, considerados bajo la amenaza constante de ataques terroristas.

No obstante, la obcecada negación de la igualdad de derechos de varios millones de palestinos, ya sea de los que viven bajo su ocupación en Cisjordania, en permanente asedio en Gaza, o bajo un sistema de inherente racismo como ciudadanos israelíes, sí que podría llevar al país al colapso y al advenimiento de insurgencias no tanto territoriales como ideológicas, lo cual minaría la cada vez más insostenible conceptualización de Israel como un Estado pura y exclusivamente judío. De la misma forma, con un movimiento de boicot, desinversión y sanciones (BDS) cada vez más influyente en Europa y Estados Unidos y con enemigos como Hezbolá entrenándose en la guerra de alto nivel, la reanimación de las negociaciones con los palestinos se hace necesaria para evitar un desenlace desastroso en el largo plazo.

Por otra parte, como otras potencias medias, Israel no puede afrontar sus retos de seguridad a solas y deberá fraguar las alianzas necesarias, especialmente en el ámbito militar, para asegurar su supervivencia. Ya está moviéndose en esa dirección, estableciendo vías de comunicación directa con el mando militar ruso —además de una representación militar permanente en Tel Aviv— y acercándose a India o China; sin duda, una estrategia excelente que demuestra la inteligencia de los analistas israelíes. En definitiva, Israel deberá buscar la forja de alianzas que, si bien supondrían una menor independencia en materia de seguridad, asegurarán una relación de defensa mutua y más garantías y favorecerán a los interlocutores dialogantes frente a los belicistas.

También los cambios internacionales en el apoyo social a Israel están cambiando. Así, uno de los principales apoyos históricos, los judíos estadounidenses, parecen estar virando su apoyo hacia las posturas palestinas. Está claro que las posturas republicanas, claramente islamófobas, y una oposición demócrata ferviente defensora de Israel evidencian que el cambio no es aún extremo. No obstante, con una ideologización cada vez mayor de la cuestión palestino-israelí y una efervescencia de los movimientos progresistas y de izquierdas en el seno de la sociedad estadounidense, podríamos ver el surgimiento de una izquierda antisionista, como ya está ocurriendo en el ámbito universitario.

Acerca de Daniel Rosselló 17 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

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