La militarización del espacio, última frontera de las power politics

El espacio exterior constituye la última gran frontera de las luchas de poder entre las grandes potencias globales. Tradicionalmente dominado por EE. UU., el espacio se ha convertido hoy en un objetivo prioritario para China y Rusia, pero también para nuevas potencias regionales. Así, Pekín y Moscú están tratando de minimizar su inferioridad estratégica en el espacio a pasos agigantados. La pregunta es: ¿lo lograrán sin que se produzca un conflicto espacial?

Generalmente, cuando se habla de la militarización del espacio, lo primero que nos viene a la mente es alguna película de la famosa saga de George Lucas La guerra de las galaxias. Y, aunque parezca mentira, esta relación que se establece en el imaginario colectivo no es del todo desacertada. No en vano, la franquicia puesta en marcha en 1977 con el estreno de Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza responde a un determinado contexto del sistema internacional donde la carrera espacial entre los EE. UU. y la URSS se había intensificado a marchas forzadas en pleno corazón de la Guerra Fría.

Así, mientras generaciones enteras soñaban con poder ser astronautas y seguir los pasos de Neil Armstrong, Edwin Aldrin, Valentina Tereschkova o Yuri Gagarin, las dos superpotencias competían por alcanzar una superioridad militar estratégica para la que el espacio exterior se había convertido en pieza fundamental. Sería esta una rivalidad en la que los soviéticos habían comenzado con ventaja a finales de los 50 y principios de los 60 para posteriormente ir perdiendo terreno en favor de la progresiva hegemonía norteamericana. Siguiendo esta tendencia, desde los años 70, EE. UU. iría consolidando gradualmente un poderío militar que ha logrado pervivir hasta nuestros días. De tal forma, la militarización —que no necesariamente la armamentización— del espacio es una realidad que está cada vez más presente y juega un rol esencial en el panorama de la seguridad internacional y, por tanto, en las relaciones exteriores de las principales potencias nucleares del mundo.

Los orígenes de la militarización del espacio

En primer lugar, hay que aclarar que militarización y armamentización del espacio son dos conceptos diferentes. El primero implica la utilización del espacio con fines militares. El segundo se refiere al despliegue de armamento en el espacio, aunque también hay quien considera los sistemas de armamento ubicados en tierra, mar y aire con capacidad destructiva ultraterrestre como ejemplos de armamentización espacial.

En 1954 se publicaba el cómic Las aventuras de Tintín: Aterrizaje en la luna, del escritor belga G. Hergé. Fuente: Editorial Juventud
En 1954 se publicaba el cómic Las aventuras de Tintín: Aterrizaje en la luna, del escritor belga G. Hergé. Fuente: Editorial Juventud

Aclarada esta diferencia, se puede situar el inicio de la carrera por el control del espacio exterior en el lanzamiento del satélite soviético no tripulado Sputnik I el 4 de octubre de 1957. Este hecho se producía en un contexto de competición armamentística entre las dos superpotencias en la que la amenaza de una guerra nuclear servía como principal dispositivo de disuasión mutua. Por ello, los éxitos cosechados por los programas espaciales soviéticos en los 50 y 60 sembraron una notable preocupación en Washington. La respuesta de la Administración Eisenhower fue casi inmediata: crear en 1958 la Agencia Espacial de los Estados Unidos (NASA por sus siglas en inglés). A ello seguiría la programación, ya durante los mandatos de John F. Kennedy, Lindsay B. Johnson e incluso Richard Nixon, del plan “Nueva Frontera” para desarrollar hacia finales de los 60 un programa espacial —Apolo— que, por un lado, lograse llevar al hombre a la luna y, por el otro, lanzase un mensaje contundente de superioridad a Moscú.

De manera aparejada a estos desarrollos se encontraban los intereses que tanto estadounidenses como soviéticos poseían en asegurar su dominio estratégico fuera de la órbita terrestre para alcanzar el anhelado control de los espacios —command of the commons— y extender su dominio a todos los entornos de batalla: tierra, mar, aire y espacio. Bajo esta lógica, las dos superpotencias desarrollaron los primeros misiles antisatélites defensivos, conocidos como ASAT. Además, por parte soviética, se impulsarían armas orbitales como la primera serie de misiles balísticos intercontinentales (IBMC en inglés) o los sistemas de bombardeo fraccionado orbital (FOBS en inglés), mientras que los estadounidenses desarrollarían los misiles antibalísticos Nike Zeus y Nike X, así como los programas Sentinel o Safeguard, pensados para neutralizar posibles ataques de IBMC soviéticos y proteger las capacidades de disuasión nuclear de EE. UU.

Un momento clave en este proceso se produce durante la Administración Reagan con el anuncio del lanzamiento de su Iniciativa de Defensa Estratégica (SDI en inglés) en 1983, conocida como “Guerra de las Galaxias” por la trilogía original. Con ella se buscaba desbordar las teorías de la represalia masiva y de la destrucción mutua asegurada (MAD en inglés). Así, con la colaboración del físico Edward Teller, Reagan pretendía articular un complejo sistema de defensa capaz de anticipar y eliminar amenazas nucleares mediante el desarrollo de ICBM con trayectoria orbital y misiles balísticos lanzados desde submarinos (SLBM en inglés). Estas capacidades conformarían un escudo de defensa espacial antimisiles habilitado para detectar y destruir los misiles disparados por los enemigos en sus dos etapas de lanzamiento y navegación, lo que imposibilitaría un ataque por sorpresa de Moscú. No obstante, a pesar del eco alcanzado, la iniciativa terminó por ser fuertemente criticada y descartada por su inviabilidad técnica.

Un F15 Eagle estadounidense lanzando un misil ASM-135 en 1985. Fuente: Ejercitos.org
Un F15 Eagle estadounidense lanzando un misil ASM-135 en 1985. Fuente: Ejercitos.org

Algunos años después, tras la desmembración de la URSS, se produciría un cambio de contexto ideacional y material en el que la defensa antimisiles pasaría a ser de menor importancia estratégica para los EE. UU. Ahora bien, la hegemonía norteamericana en la batalla por el espacio se había consolidado ya y dotado al país de un dominio absoluto que le permitió articular sendas Estrategias de Seguridad Nacional en 2002 y 2006 bajo la doctrina second-to-no-one, que establece que EE. UU. no puede estar en inferioridad militar con ninguna otra potencia en el mundo. Esta dinámica se ha mantenido hasta nuestros días, aunque cada vez son más los países que intentan disputar la preponderancia estadounidense en el espacio.

La doctrina espacial de EE. UU. en el siglo XXI

El siglo XXI comenzó para EE. UU. con el espejismo unipolar y su superioridad absoluta en el espacio. Con la llegada de George W. Bush al poder, esta “última frontera” dejaría de ser vista por el Pentágono como patrimonio de la humanidad para transformarse en un nuevo apéndice de luchas geopolíticas que tenían como finalidad difundir la pax americana “hasta el infinito y más allá”.

En la doctrina Bush, plasmada inicialmente en la Quadrennial Defense Review de 2001, cualquier traba para la libertad de acción de EE. UU. en el espacio resultaría inaceptable y violaría su soberanía nacional. Es por ello que, tan solo dos meses después del 11S, Washington decidió retirarse del Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM en inglés) establecido con la URSS en 1972. El objetivo último era desarrollar un escudo antimisiles que protegiese a EE. UU. por todos los medios a su alcance contra hipotéticos ataques procedentes de Estados canallas. Bajo este pretexto se desarrollarían sistemas láseres a bordo de naves espaciales (ABL en inglés), nuevos ASAT y otros instrumentos para proteger las infraestructuras satelitales norteamericanas frente a un posible “Pearl Harbour espacial”. Semejantes iniciativas provocaron que numerosos sectores acusaran al Gobierno de emprender una carrera de armamentos de forma unilateral y contraria a las regulaciones internacionales vigentes sobre el uso pacífico del espacio. Sin embargo, en su Política Espacial Nacional de 2006 la Administración Bush manifestó que, al no disponer de armas en el espacio, tampoco habría necesidad de regular su uso a través de acuerdos internacionales, una postura que se mantuvo hasta el fin de su mandato, especialmente tras los ensayos ASAT chinos de 2007.

El test ASAT chino de 2007 obtuvo respuesta al año siguiente con la destrucción del satélite USA-193 por parte de EE. UU. En la imagen, el lanzamiento de un SM3 desde el buque Lake Erie (CG70), del Aegis. Fuente: U.S. Navy

En 2010, con la Estrategia Nacional del Espacio presentada por la Administración Obama se cambiaban ciertas formas de esta doctrina. Esta afirmación no debe invitar a pensar que EE. UU. estuviese o esté dispuesto a asumir a la ligera un marco jurídico vinculante sobre la regulación de armamentos espaciales. De hecho, la línea de Obama se mantiene continuista con la importancia de asegurar la ventaja estratégica estadounidense en el espacio. No deben extrañar, pues, los ensayos con los misiles SM3 incorporados a los buques del sistema de combate Aegis (ACG en inglés) o el lanzamiento del avión espacial X-37B de Boeing. Pero lo que sí cambia es la voluntad de solucionar los problemas de seguridad espacial a través de una cooperación transnacional reforzada, más multilateral, y no solamente por la vía unilateral de su predecesor. En este sentido, la doctrina Obama se ha mostrado ligeramente menos reacia a posibles regulaciones de armas espaciales, siempre y cuando tales disposiciones sean equitativas, verificables y aumenten la seguridad nacional de EE. UU.

El objetivo es evitar en lo posible una futura carrera de armamentos, preferiblemente mediante acuerdos políticos, aunque, si finalmente esta resultase inevitable, la prioridad sería mantener la superioridad espacial frente a sus competidores. De este modo, la Administración Obama no ha renunciado a reforzar, a través de la Iniciativa de Innovación de Defensa de finales de 2014, las capacidades ofensivas y defensivas espaciales que aseguran el dominio estratégico norteamericano. Es más, su principal preocupación recae sobre la ausencia de una disuasión efectiva contra posibles ataques enemigos hacia su constelación de sistemas espaciales. La razón es sencilla: hay capacidades que solo EE. UU. posee en este campo y, por tanto, la represalia tendría que ser necesariamente asimétrica. Sin embargo, cada vez son más los críticos que sostienen que esta superioridad estratégica no se podrá mantener por mucho más tiempo con la insuficiente inversión actual y los veloces avances rusos y, sobre todo, chinos en este campo.

La batalla sino-rusa por destronar a EE. UU. de su hegemonía espacial

China y Rusia son los dos principales candidatos para tratar de limitar —o, si se prefiere, desgastar— la superioridad militar, tecnológica y estratégica de EE. UU. fuera de la órbita terrestre. Ambas potencias son conscientes de que las infraestructuras espaciales poseen cada vez más importancia para el desarrollo de operaciones militares, localización, identificación y destrucción de objetivos, navegación y comunicaciones, pilotaje de drones o lanzamiento de misiles, entre otras funcionalidades. A sabiendas de ello, China y Rusia se han convertido en las principales defensoras del establecimiento de marcos jurídicos internacionales sobre desmilitarización espacial, apoyados en el Tratado del Espacio Exterior de 1967. El ejemplo más evidente lo constituyen las sucesivas Comisiones de Desarme de Ginebra, en las que estos países han abogado en más de una ocasión por la no militarización del espacio y la prohibición de instalar sistemas armamentísticos en la órbita ultraterrestre.

Esta estrategia ha sido percibida por las diferentes Administraciones estadounidenses como un caballo de Troya con el que ambas potencias pretenden reducir la brecha tecnológica que mantienen con Washington. Tales sospechas se acentúan al constatarse que tanto China como Rusia están desarrollando también capacidades militares habilitadas para operar contra objetivos terrestres y ultraterrestres.

Países con capacidades de lanzamiento orbital. Fuente: California Tecnology Institute
Países con capacidades de lanzamiento orbital. Fuente: California Tecnology Institute

China, por ejemplo, ha venido desarrollando pruebas con misiles ASAT desde 2007, con los que han logrado la destrucción, mediante un misil balístico cinético KKV, del viejo satélite meteorológico Fengyun 1C. Semejante logro fue un auténtico golpe de efecto que ocasionó una fuerte protesta internacional al no haber sido anunciado previamente. Paralelamente, el ensayo lanzó un mensaje al mundo en general y a EE. UU. en particular: China había entrado de lleno en la competición por la militarización del espacio.

El test ASAT de 2007 fue la primera gran advertencia china en el espacio. Fuente: Stratfor
El test ASAT de 2007 fue la primera gran advertencia china en el espacio. Fuente: Stratfor

Esta realidad se confirmaría en el Libro Blanco de la Defensa, publicado por el Ejército de Liberación Popular (ELP) en 2015; en él se define el espacio como la “cúspide de la competición estratégica internacional”. Por ello, China está interesada en modernizar sus capacidades espaciales mediante el desarrollo de su propio sistema de posicionamiento global, el BeiDou, así como nuevos ASAT cinéticos y cibernéticos, armas de energía dirigida (DEW en inglés) y avances en el sistema C4ISR (Comando, Control, Comunicaciones, Computadoras, Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento). Incluso hay quien señala que el país busca emprender el desarrollo de un Programa Espacial de Energía Solar (SBSP por sus siglas en inglés) para saciar su demanda interna de energías limpias aprovechando recursos solares desde el espacio. Con este mismo fin, Pekín está tratando de impulsar programas de minería en la cara oculta de la Luna y en diferentes asteroides, por no mencionar sus intenciones de construir su propia estación espacial, la Tiangong, en 2020.

Según el analista chino Dean Cheng, algunas de estas medidas están enfocadas a desarrollar capacidades de lanzamiento temprano de misiles espaciales, sistemas de vigilancia espacial, vehículos de destrucción cinética y otras capacidades tanto ofensivas como defensivas. Con ello, China busca alcanzar el dominio del espacio y, sobre todo, de la información a través de estrategias asimétricas e intentar así desbordar la superioridad de fuerzas convencionales estadounidenses en un hipotético conflicto sobre Taiwán. Además, China está tratando de explotar al máximo las vulnerabilidades que observa en la dependencia estadounidense de sus satélites de extrema alta frecuencia avanzada (AEHF en inglés). Por ello, el Gobierno de Xi Jinping parece haber dotado de un mayor protagonismo a la esfera espacial, donde sabe que puede obtener mayores ventajas competitivas frente a lo que para muchos puede ser el cabello de Sansón de Washington.

En el caso ruso, las pretensiones de acortar la brecha espacial con EE. UU. no distan mucho de las chinas. Tras el desplome de la URSS, el país ha pasado por años difíciles; pese a ello, sus analistas de defensa han coincidido en señalar que las nuevas guerras se caracterizarán por la creciente preponderancia del ámbito aeroespacial. Esto se debe a que es en esta dimensión donde se ubicarán los sistemas de información satelitales, indispensables para el desempeño de los combates, cada vez más robotizados y automatizados, del siglo XXI.

El espacio se ha convertido en una pieza clave del pensamiento estratégico de las grandes potencias. Fuente: Russia Today
El espacio se ha convertido en una pieza clave del pensamiento estratégico de las grandes potencias. Fuente: Russia Today

Actualmente, la Doctrina militar de Rusia de 2010 y su revisión de 2014 consideran la militarización del espacio y el despliegue de armamento estratégico convencional de precisión como una de las principales amenazas para la seguridad nacional del país. Así, Rusia asegura rechazar tajantemente el despliegue de armas en el espacio. Es por ello que ha estado tratando de impulsar los distintos borradores del Tratado de prevención contra el despliegue de armas en el espacio exterior y la amenaza del uso de la fuerza contra objetos del espacio exterior, de 2014. Además, la preocupación de Moscú se acentúa especialmente por la mala calidad de sus infraestructuras espaciales y por el relativo infradesarrollo de sus sistemas de información satelital, en muchas ocasiones herederos poco modernizados de los antiguos modelos soviéticos.

Sin embargo, esto no ha sido un obstáculo para que el Gobierno de Putin tratase de incrementar sus capacidades militares, orientadas hacia el espacio exterior en los últimos años. Amén del desarrollo de misiles ASAT, láseres o robots espaciales destructores, Rusia ha intensificado desde 2007 sus programas militares de alerta temprana, reconocimiento óptico, inteligencia o comunicaciones y navegación. Todos estos instrumentos tienen un alto valor operativo, con los sistemas satelitales de alerta temprana como especialmente relevantes para una potencia como Rusia, cuya disuasión sigue descansando sobre sus fuerzas nucleares estratégicas. Además, al igual que Pekín, Moscú ha buscado consolidar su propio sistema de posicionamiento global, conocido como Glonass. En este aspecto, incluso se han alcanzado acuerdos de utilización conjunta de este GPS ruso con India, Kazajistán, Ucrania o Cuba. Aun así, en términos comparativos, Rusia sigue bastante por detrás de EE. UU. y China en cuanto a las dinámicas de militarización del espacio.

Número de satélites militares por país y su régimen de utilidad en 2012. Fuente: CIC
Número de satélites militares por país y su régimen de utilidad en 2012. Fuente: CIC

Los riesgos de la multipolarización del espacio

La basura espacial puede constituir una amenaza de primera magnitud en el futuro cercano. Fuente: NASA
La basura espacial puede constituir una amenaza de primera magnitud en el futuro cercano. Fuente: NASA

Las amenazas de una armamentización y lucha por el control del espacio son cada vez mayores. Las principales superpotencias son los actores más importantes para evitar tales dinámicas, aunque no los únicos; al fin y al cabo, cada vez son más los países que, como Israel, Irán, Japón o India, están poniendo su punto de mira en las estrellas.

La multiplicación de riesgos que esto entraña no es menor y el desencadenamiento de dilemas de seguridad en el espacio podría tener efectos devastadores para todo el planeta. Mientras esto ocurre, potencias defensoras del Derecho suave —soft law—, como la UE o Canadá, están intentando ejercer su liderazgo diplomático mediante mecanismos multilaterales y normativos como el Código Internacional de Conducta sobre Actividades en el Espacio Exterior de 2014, aunque de momento los resultados son limitados por las luchas de poder entre Estados.

Ante este panorama, es necesario profundizar el conocimiento de esta realidad para comprender unos riesgos que trascienden, con mucho, la seguridad nacional de las principales potencias globales. Hoy más que nunca, las consecuencias que depara una posible carrera de armamentos en el espacio suponen una amenaza para la seguridad de la ciudadanía mundial en su conjunto.

Acerca de Diego Mourelle 5 Articles
Vaduz (Liechtenstein), 1995. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y beneficiario de la beca Erasmus+ en la Universidad de Manchester. Ha realizado prácticas en la embajada de España en Berlín. Interesado en temas de Diplomacia y Seguridad Internacional, especialmente en el área de Asia-Pacífico y Unión Europea.

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