Entrevista a Pilar Requena: “La mayor víctima de una guerra siempre es la verdad”

¿Cómo fueron tus inicios en el mundo del periodismo?

Pues fueron en El País, donde primero hice prácticas en la sección de Internacional. Fue en 1985, justo cuando acababa de terminar cuarto de carrera. Posteriormente, en 1986, hice prácticas en Televisión Española, también en la sección de Internacional, concretamente en el matinal Buenos Días. Después, al no haber posibilidad de contrato, volví a la facultad con una beca de investigación. Mi intención era hacer el doctorado, pero cuando estaba haciéndolo me llamaron de nuevo de Televisión Española para hacer unas pruebas y entré definitivamente en el Buenos Días.

En realidad, siempre he estado involucrada en el mundo internacional. Desde primero y segundo de carrera ya comencé a participar en el departamento de Relaciones Internacionales en Navarra, donde estudié los tres primeros años. Luego, cuando bajé a Madrid, hablé con el profesor Calduch para ver si podría trabajar con él en el departamento de Internacional. Siempre he dicho que igual ya me pusieron en el biberón “más allá de las fronteras”, pues siempre me ha gustado dedicarme a ello. Dudé entre la diplomacia y el periodismo y al final opté por la segunda opción, pues de diplomática tengo bastante poco.

¿Y cómo es la redacción que te encuentras en aquellos momentos?

En esos comienzos, me encuentro con una redacción como las que aún existían: con máquina de escribir, con papel y boli para hacer las coberturas… lo que podríamos llamar el “periodismo clásico”. Era un periodismo de salir a la calle y buscarse la vida, pues los contactos que podías hacer eran mínimos, la mayoría por teléfono; luego, a principios de los noventa, vinieron los ordenadores y los móviles, de tamaño enorme. La mayor parte de las veces llegabas a los sitios un poco a ver lo que te encontrabas, y lo que hice prácticamente hasta 1999 eran telediarios.

Era un periodismo más de calle. Muchas veces sin pactar nada con la redacción o cambiando lo pactado, pues en definitiva las crónicas dependían de lo que se encontraba sobre el terreno, que podía ser muy distinto de lo que se había hablado con la redacción a las nueve de la mañana. Mucho más creativo y menos esclavo de la redacción central y de los teletipos. Sin un 24 horas que quería que entraras 40 veces por la mañana y que te permitía hacer tu trabajo de manera más independiente.

¿Qué experiencia personal o qué momento histórico fundamental subrayarías?

Por emocionante y por las relaciones que tengo con Alemania —pues estudié en el colegio alemán y soy bilingüe en alemán, por lo que puedo afirmar que soy bicultural—, el acontecimiento que más me gustó cubrir fue la unificación alemana, sin lugar a dudas. También la guerra del Golfo, las elecciones en Turquía durante el ascenso de los islamistas o las elecciones austríacas durante el ascenso de Haider.

¿Y cómo se cubrían aquellos eventos? La guerra del Golfo, por ejemplo.

En el año 91 hacíamos crónicas del telediario, directos y especiales durante todo el período de guerra alrededor de las cuatro y media de la tarde, hora española, además de especiales según se desarrollaban los acontecimientos. Si Sadam hacía unas declaraciones, por ejemplo, o a la inversa, algo que podía pasar a cualquier hora del día. Luego teníamos los directos desde el estudio, para los cuales buscabas la noticia, las reacciones de la población o de los políticos.

También, durante los bombardeos de scuds iraquíes sobre Israel, intentaba constantemente entrar en los Territorios Palestinos Ocupados, a pesar de que estuvieran totalmente cerrados para los periodistas. El día a día era muy variable, pues si había un ataque con scuds todo se movía alrededor del ataque. Fue un momento en el que estuvimos sometidos a censura militar. Se nos daban unos comunicados que decían dónde había caído el scud y ya está. Algo normal, pues Israel no quería darle más información al enemigo. No obstante, jamás acepté la ocupación e invasión de los territorios palestinos, por lo que me detuvieron en varias ocasiones.

¿Qué ha cambiado el mundo del periodismo?

Yo creo que una de las cosas que ha llevado al cambio ha sido la necesidad de inmediatez, junto con la aparición de las redes sociales, que parece que se han convertido en medios periodísticos cuando en realidad no lo son. Pero lo que más ha determinado el periodismo ha sido la competitividad. El hecho de quererlo todo al instante está impidiendo que se contextualice y analice, y queda todo en la superficie. Se busca también el espectáculo, sobre todo en televisión. Y es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero lo que no se puede hacer es supeditarlo todo a una imagen; se debe explicar en qué contexto ha ocurrido esa imagen. Todo esto está haciendo que muchos acontecimientos, sobre todo crisis y conflictos, se estén cubriendo de manera equivocada. Una inmediatez a la que se suma la falta de conocimientos de muchos compañeros, que son enviados en paracaídas a los sitios sin tener el conocimiento adecuado de la zona. Además, las zonas en las que están ocurriendo los conflictos de hoy en día —Oriente Medio, por ejemplo— son de las más complejas del mundo. Puedes llevar 30 años dedicados a la región y aun así no entenderla del todo, no conocer a todos los actores, teniendo en cuenta además que siempre surge uno nuevo.

Yo creo que la cobertura de las primaveras árabes demuestra fehacientemente este camino equivocado que llevamos en el periodismo. Hubo una valoración totalmente errónea de esas primaveras, y aquellos que advertimos que no se trataban de las revueltas del mayo del 68 árabe, sino que había islamismo de por medio y otros actores que en definitiva iban a determinar lo que iba ocurrir, los que advertimos de que íbamos a crear Estados fallidos, como ha ocurrido en Libia o en Siria, nos llamaron prodictadores, nos acusaron de no querer la democracia para el mundo árabe. Y lo que veíamos era que los sitios que conocíamos personalmente no estaban derivando hacia la democracia. Los medios se equivocaron porque no se contextualizó, investigó ni profundizó suficiente. Aunque es cierto que una parte de la sociedad buscaba la democracia y el cambio, no era la mayoría y no era ese el sentir general.

La plaza de Tahrir albergó a dos millones de egipcios, pero estos no representaban a los alrededor de 80 millones de egipcios que pueblan el país, y bastaba irse a Alejandría o a cualquier otro barrio de El Cairo para comprobar que quien tenía una mayor influencia eran los Hermanos Musulmanes. Y eso lo demostraron las elecciones. Lo mismo ocurrió en Libia. Cualquier persona que hubiera estado en Libia sabría que en Bengasi, donde estallaron las revueltas, se encontraba la oposición islamista —a diferencia de Misrata, donde sí había oposición secular— y, además, que la oposición emergente estaba integrada por figuras que habían formado parte del grupo de Combatientes Islámicos Libios y que incluso habían formado parte de Al Qaeda antes de ser reinsertados por el régimen de Gadafi —con el visto bueno de Francia y Reino Unido, además—. Cualquier persona que conociera realmente la sociedad y la política libias habría hecho saltar las alarmas.

Y ¿para qué hablar de la forma en que se están cubriendo los atentados terroristas? El espectáculo en el que se están convirtiendo, algo que viene como anillo al dedo al Dáesh y a cualquier otro grupo terrorista. El componente simbólico y simbiótico entre medios de comunicación y terrorismo se está pasando por alto al dar una cobertura ilógica a determinados atentados, multiplicándose el efecto del atentado y dándoles publicidad, que es lo que buscan. Eso sí: lo que nos pilla cerca, los miles de muertos que está habiendo en los países musulmanes, no nos interesa. Parece que no tienen el mismo valor que los muertos de Europa.

Y, con todo esto, ¿qué ha cambiado?

Pues que a día de hoy los periodistas se quedan en un centro de prensa donde hay una conexión de internet clara o por satélite, algo que antes era imposible; te debías mover tanto para encontrar la información como para enviar la noticia. Ahora es cierto que se pueden enviar noticias desde cualquier lugar y momento, especialmente las agencias con muchos medios. ¿El problema? La exigencia de total y constante disponibilidad, pues se exige entrar al instante, lo que te impide tener tiempo y libertad suficientes para buscar tu propia información y te obliga a estar conectada todo el día vía móvil para que elijan por ti lo que tienes que contar. Ya no te dejan perderte, debes estar permanentemente localizable. Desde que existe el teléfono móvil, las intervenciones vía teléfono se han multiplicado como una maldición.

Aquí es donde entra en escena uno de los factores más problemáticos y limitantes para el periodismo internacional: el tiempo. No hay tiempo ni para investigar la noticia ni para hablar con los afectados o víctimas de un suceso. Otro gran problema son las guerras híbridas y el terrorismo, pues obligan a beber de fuentes que son activistas, no periodistas. Además, antes se sabía perfectamente dónde estaban los frentes, lo que te permitía saber dónde posicionarte, aunque no signifique que no corrieras riesgos. Pero ahora nosotros, así como los trabajadores humanitarios, incluyendo la Cruz Roja y la Media Luna Roja, somos objetivo directo de ataques, secuestros y asesinatos. Todo ello está limitando aún más el acceso y emisión de información. La mayor víctima de una guerra siempre es la verdad, y en estos momentos aún lo es más que antes, y más lo será en el futuro.

En los demás acontecimientos no relacionados con la guerra, todo sigue más o menos igual que antes, con la diferencia de que ahora se tiene acceso inmediato a toda la información de las agencias. No obstante, de nuevo, esto supone una pérdida de libertad, de libertad para elegir tu propia información y crear tu propia historia bajo la influencia de las agencias y grandes medios.

¿Cuál es el papel de las grandes agencias en la configuración de esta situación?

El problema es que precisamente está primando el negocio, considerando la información como una mercancía en vez de una obligación social que tiene todo medio de comunicación, tanto privado como público, y que no puede ser mercantilizada. Se está buscando la audiencia, el beneficio… y eso no puede hacerse en periodismo. Y todo ello es culpa tanto de los propietarios y directivos de los medios como de los periodistas, que no nos plantamos ante los que nos pagan o ante los políticos.

Por ejemplo, las ruedas de prensa sin preguntas. ¿Qué es una rueda de prensa sin preguntas? Eso es una declaración, así que no vayamos; dejamos las cámaras en la puerta y los bolígrafos y el papel y no entramos. Si quieren hacer una mera declaración, redáctenla y envíennosla. Debemos exigir responsabilidades a todos, pero debemos luchar por ella, no podemos escudarnos en la posible pérdida de nuestro puesto de trabajo. Debemos unirnos por ello, porque tenemos una responsabilidad social que cumplir. Y yo creo que ha llegado el momento.

Por otra parte, ya no se comprueban datos e informaciones, se llevan a cabo noticias falsas tomando las declaraciones de ciudadanos como si fueran de periodistas cuando los ciudadanos no son periodistas, sino fuentes. ¿Dónde ha quedado la responsabilidad ética y profesional de contrastar fuentes? Opino lo mismo que dijo en su día Rosa María Calaf: “Si te tienen que operar, ¿quieres un cirujano o un ciudadano cirujano?”. Pues lo mismo ocurre con la información. Y algo similar ocurre con los activistas, muchas veces tratados como información cuando sus datos pueden estar sesgados.

Y, sabiendo esto y la gran cantidad de información que recibimos por multitud de medios, ¿es necesaria la prensa pública?

¿Qué prensa pública? Solo quedan radio y televisión, y en Estados dictatoriales también están controlados por el Gobierno. Sí, es cierto que en las democracias sí que tienen responsabilidad social; tenemos la BBC, ZDF…, que sí que están cumpliéndola; otros están más limitados, tanto por el Gobierno como por la financiación, a veces dependientes de tasas de los ciudadanos y no con presupuestos generales. Además, deberían ser siempre públicos y no dependientes de ningún Gobierno, como ocurre en España a día de hoy.

Los medios públicos están para garantizar mejor información y todo tipo de información, cubriendo todos los espectros, algo a lo que no están obligadas las agencias privadas. Pero también es verdad que la sociedad debe apoyar esos medios públicos de manera activa, exigiendo su existencia y reclamando buenas coberturas. Y el problema es que la sociedad no percibe muchas veces la importancia de los medios de comunicación públicos. Y hay que ser conscientes de que los medios de comunicación públicos deberían ser tratados como otros servicios sociales, como la educación y la sanidad, al tener una labor social fundamental, y la sociedad debería apoyarlos y luchar por ellos, pues son fundamentales en toda democracia.

El periodismo debe recuperar su papel de observador y analista de la realidad, de informador y de fuente de formación y denuncia, como controlador del resto de poderes: del legislativo, del ejecutivo y del judicial. Cuando todo el mundo duerme en la misma cama y come en el mismo plato —hablando de los poderes y de los periodistas—, mal vamos, y se hace demasiado en España. Hay que recuperar el papel del periodismo como cuarto poder.

¿Qué opinas de la figura del freelance?

En cuanto a la figura del freelance, tengo opiniones encontradas al respecto, pues es una buena figura por una parte, pero creo que deberían, como ha ocurrido siempre, estar asociados a un medio, un medio que les facilitaba la supervivencia y una vida laboral digna. Ahora el asunto se ha convertido en una locura colectiva: empiezan a ir a ver qué pillan y se crea una competencia salvaje que ha empeorado la calidad de los reportajes y lo que se les paga por la información. Y al final todo ello está acabando con la figura del freelance y con el periodismo.

Estar asociado a un medio da seguridad y garantías. No se puede permitir que se vaya a conflictos y guerras de cualquier manera. Los grandes medios han decido no ir por falta de seguridad y por no poder hacer buenas coberturas; un periodista muerto no sirve para nada. Pero esos mismos medios que no envían a sus propios periodistas envían a freelance en su lugar, les pagan una miseria por jugarse la vida y cogen cualquier cosa que se les envía.

Creo que es una figura que debe existir, pero debe repensarse para proteger a nuestros compañeros freelance sin que pierdan sus derechos y su valor profesional. En cualquier caso, es un tema que está en discusión permanente y se debería tener un ámbito, un espacio, en el que llevar a cabo esos debates. Un colegio de periodistas, por ejemplo, que permitiera debatir, pedir amparo y proteger la profesión.

¿Y hacia dónde crees que evoluciona todo esto? ¿Qué tipo de periodismo podemos esperar en el futuro? ¿Cómo se pueden superar los retos que vienen?

Yo espero que en algún momento reconduzcamos la situación y volvamos al periodismo de toda la vida, al periodismo de calle, al periodismo de análisis, de contextualización, que dejemos de lado la inmediatez y la mercantilización de la información. Si no, seguiremos golpeándonos contra las paredes, vamos a seguir equivocándonos completamente en los acontecimientos y luego nos vamos a llevar las manos a la cabeza.

Las elecciones en EE. UU. han sido un claro ejemplo de esta situación, de cómo los medios de comunicación apostaron por una candidata y denigraron al otro —que bien daba todas las razones para denigrarlo— sin querer ver la realidad que subyacía a ese candidato, a esa parte de América que se sentía identificada con Trump y la cual hubiéramos visto si los grandes medios no nos hubieran cegado con su deseo de que ganara Hillary Clinton. Una equivocación absoluta de falta de análisis, de patear, oler, hablar con la gente y, a partir de ahí, sacar conclusiones, contextualizar y analizar.

Si seguimos así, las sorpresas de Trump y el Brexit no van a ser nada frente las que vienen. Pero para eso es necesario que los periodistas se formen, que lean, que contrasten fuentes, que pregunten, que analicen y que no se haga un espectáculo de la información. Estamos ahora mismo en el punto de inflexión, de seguir hacia la locura o de pararnos a pensar y retroceder para recuperar el buen periodismo y la información. Una sociedad es una sociedad democrática si está formada, educada y también si está bien informada. Y parece que se está buscando todo lo contrario, tal vez porque así las sociedades son más fáciles de manipular.

Y, ya para finalizar, ¿qué consejo le darías a alguien —por ejemplo, un recién graduado— que quiere dedicarse al mundo del periodismo?

A mí no me gusta dar consejos, pero yo sí le diría que, si te quieres dedicar en cuerpo y alma a esta profesión, debes estar dispuesto o dispuesta a realizar enormes sacrificios. Y hay que querer saber qué está ocurriendo, querer estar informado y querer contarlo de manera honesta. Hay que querer traspasar las fronteras y conocer al otro. Si no te gusta viajar ni conocer otras culturas ni pasar situaciones duras, no te dediques al periodismo internacional. Debes tener curiosidad y, sobre todo, leer, leer y leer, sin estar nunca satisfecho con lo que sabes. Y hay que amar al prójimo, y no lo digo en sentido religiosos, sino en el sentido humano. Amar al prójimo no quiere decir que seas activista o trabajador humanitario; el periodista es el que observa, analiza y trasmite de la mejor manera posible, y ahí está nuestra misión.

Es un oficio apasionante, te va a dar mucho; te va a dar vida y quitártela también, y eso exige conseguir un equilibrio. Vas a conocer a gente extraordinaria que te va dar grandes lecciones de vida, y eso te lo vas a llevar. Pero en cada fase del camino vas dejando parte de tu vida, y debes estar dispuesto a hacerlo. También estudiar idiomas, pues hablar con los sujetos en su propio idioma cambia mucho las cosas, además de tener la capacidad de adaptarse a distintas culturas, respetando siempre las costumbres locales.

Yo siempre cuento como anécdota que en Pakistán, cuando me ofrecieron por primera vez entrar en las áreas de la casa segregadas y reservadas para las mujeres, al principio fui reticente, pues no podía aceptar que las mujeres permanecieran segregadas en sus propias casas, pero luego me di cuenta de que, además de que fuera un honor para ellas y ellos, era una oportunidad única de acceder a una parte de la sociedad inaccesible para los compañeros hombres. Y te darás cuenta de que eso supone también poder aportar un granito de arena, al hacer que ellas puedan conocer a una mujer que tiene una vida distinta. Les haces creer que es posible cualquier forma de vida para las mujeres. Todo ello sin olvidarnos de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

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Pilar Requena. Periodista. Enviada especial con RTVE a distintos momentos históricos clave, como la unificación alemana o la guerra del Golfo.Desde septiembre de 2004, reportera del Programa de TVE “En Portada”. Es además doctorada en Relaciones internacionales, y ha trabajado como docente en la universidad Complutense, así como como en la IE University y en la Universidad Francisco de Vitoria, entre otras.

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1 comentario en Entrevista a Pilar Requena: “La mayor víctima de una guerra siempre es la verdad”

  1. Enhorabuena. Habéis traído a la Tribuna a una periodista referente en España en temas internacionales, con una seria y larga trayectoria, que ha aportado y sigue aportando mucho al periodismo. Me ha parecido muy interesante la entrevista.

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