La ocupación tras el arcoíris

Eliad Cohen (imagen) es el embajador oficioso del Israel gay. Conocido por presentar las fiestas orientalistas Arisa, se ha encargado de promocionar el Orgullo de Tel Aviv y ha recorrido diversos países para apoyar actividades del Ministerio de Turismo orientadas al público LGBT. La revista española OhMyGod le define como “el nuevo mesías gay de Israel”. Fuente: Tumblr

El Gobierno israelí instrumentaliza el relativo desahogo de su colectivo LGBT para practicar un lavado de imagen, conocido como pinkwashing. Se atrae a los turistas occidentales, que ignoran que Israel sigue teniendo muchos ciudadanos y leyes discriminatorios, y se consigue ocultar que los palestinos no están invitados a esta fiesta de la diversidad sexual.

“¿Cansado del frío y de la aburrida noche gay cuando el invierno llega a Londres, Nueva York o Madrid? ¿El cemento mojado por la lluvia te provoca nostalgia de los desfiles veraniegos? Hay una alternativa al aburrimiento. Es una ciudad costera enclavada sobre las dunas del Mediterráneo oriental. Con 19 °C de promedio en noviembre, el invierno de Tel Aviv supone apenas un soplo antes de seguir bailando bajo las palmeras.

Declarado “Mejor destino gay” de 2011, aquí se dan cita homosexuales de todo el mundo. Vienen a Hilton Beach a disfrutar del sol y, cuando atardece sobre el Mediterráneo, empiezan decenas de fiestas diseñadas para los que vienen con ganas de divertirse: discotecas con salas exclusivas para el público gay que solo al final de la noche abren sus puertas a los que el alcohol ha vuelto curiosos; shows de drag queens y locales orientados a diferentes ‘tribus’, con fiestas de temática militar u oriental; saunas, sex shops, cuartos oscuros, lugares de cruising… También hay love hotels por horas, inspirados en el modelo nipón, para los que dejan atrás quienes son en su vida pública o conyugal y caen en la tentación.

Gracias al calendario de Atraf, el turista no se perderá un evento de la ciudad, ni siquiera a los telavivíes. Para ello, Atraf cuenta con una aplicación para smartphones similar a Grindr, pero a escala local. El aburrimiento no tiene cabida, pues la actividad en esta y en otras aplicaciones de citas, como Tinder, es frenética. Gracias a Tel Aviv, Israel se presenta cada mañana al mundo como el gran destino gay de Oriente Próximo y un faro de esperanza para la comunidad LGBT de la región”.

Guía vacacional (ficticia) de Tel Aviv orientada al público LGBT

Los palestinos no van al cielo

Vídeo promocional de Arisa, autodefinida como “la primera fiesta gay con temática de Oriente Próximo del mundo”. A pesar de las recurrentes referencias a la cultura popular árabe (por ejemplo, la melodía), el público suele estar formado por judíos y turistas occidentales. Los roles estereotipados del vídeo evidencian que la ocupación en Palestina permea cada capa de la sociedad israelí.

A solo 14 kilómetros al este del hedonismo de la Ciudad Blanca, se encuentra el territorio formalmente administrado por la Autoridad Nacional Palestina. La cacareada multiculturalidad de Tel Aviv no incluye a los homosexuales de las tres piezas de Palestina —Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este—, que raramente podrán unirse a la fiesta.

Cisjordania está separada de Israel por un muro ilegal que llega a triplicar al de Berlín, emplazado por los israelíes dentro del territorio cisjordano —es decir, más allá de la línea del armisticio de 1967—. Detrás habitan 2,5 millones de palestinos, aislados entre sí por un complejo sistema de muros y puestos de paso conocidos como checkpoints —‘puestos de control’—, que dividen Cisjordania en zonas económicamente inviables e incomunicables a voluntad. Las minorías sexuales no podrían acceder a esta Meca gay aunque lo desearan, porque la ocupación impide acceder a Israel, salvo en casos excepcionales, previa tramitación. Por su parte, Gaza —a 50 kilómetros de las elitistas fiestas de Tel Aviv— está sitiada por tierra, mar y aire desde 2005 y prácticamente nadie puede salir. La comunidad internacional, a través del Consejo de Seguridad y la Corte Internacional de Justicia, ha calificado la situación de estos dos territorios de “ocupación”.

Ambos son cárceles a cielo abierto a merced de las autoridades israelíes, que, negando que pueda adjudicárseles el estatus de territorio ocupado, califican Cisjordania de “territorios disputados” y reivindican haberse “retirado” de Gaza. De hecho, esta ocupación ha llegado a un estado tan avanzado —difícilmente puede calificarse de temporal una ocupación que dura 49 años— que muchos arguyen que Cisjordania se encuentra en su mayoría anexada por Israel. Pero el Derecho internacional va con retraso.

La red de muros dentro de Cisjordania, a la altura de Belén, separa un vecindario de los que hasta hace no mucho eran sus olivares. Fuente: Marcos Bartolomé
La red de muros dentro de Cisjordania, a la altura de Belén, separa un vecindario de los que hasta hace no mucho eran sus olivares. Fuente: Marcos Bartolomé

La guerra terminológica no es baladí, pues, de aceptar que somete a Palestina a ocupación, Israel estaría reconociendo graves violaciones del Derecho internacional humanitario. Especialmente relevante es convertir en papel mojado el IV Convenio de Ginebra, que vincula jurídicamente a todos los Estados. Aunque las infracciones israelíes tienen lugar en relación con numerosos artículos, nos detendremos solo en algunos.

Primeramente, el convenio prohíbe transferir población civil del Estado que realiza la ocupación al territorio ocupado, algo que Israel realiza constantemente a través de los asentamientos judíos en Cisjordania. Es precisamente bajo el pretexto de garantizar la seguridad de los habitantes judíos de los asentamientos, cuya convivencia se rige por la ley civil israelí, que se ha creado el sistema de muros y puestos de control contra palestinos, sobre los que se ejerce la ley marcial.

Hay que sumar los castigos colectivos, tanto en Gaza como en Cisjordania, consistentes en responder a un comportamiento realizado por un individuo o grupo de ellos represaliando a la totalidad de la población. Este fue el caso de los bombardeos que asolaron toda la Franja de Gaza durante el verano de 2014, pero también el del casi completo cierre de Gaza desde 2005 y de Cisjordania en numerosas ocasiones, muchas sin ofrecer explicaciones.

Adicionalmente, la sección III del convenio establece que el Estado ocupante es responsable del bienestar general de la población ocupada. Sin embargo, Israel entorpece y deniega los suministros de agua, luz, telecomunicaciones e incluso los servicios de salud y educación.

Las restricciones de movimiento, las transferencias de población civil —que incluyen la confiscación de tierras—, los castigos colectivos que matan a cientos de palestinos al año y la obstaculización del acceso a servicios básicos son contrarios a los derechos humanos. Las personas son una suma de identidades y, antes que miembros de una determinada orientación, los individuos LGBT son seres humanos, cuyos derechos fundamentales se ven violados en tanto que palestinos. Una prueba es la venta de software espía a Uganda, que presuntamente podrá ser empleado para identificar homosexuales, castigados con cadena perpetua en el país. Si Israel estuviera genuinamente comprometida con los derechos de la comunidad LGBT, como pregona, nada de esto ocurriría; las bombas y las balas no usan un radar para evitar a las minorías sexuales.

La propaganda —hasbara— repite que Israel es el único país donde el colectivo LGBT tiene cabida de todo Oriente Próximo. No es de autoafirmación, sino basada en denostar al otro, al árabe. En innumerables ocasiones, viene acompañada de “Son retrógrados” o “El islam —mayoritario en Palestina— es una religión intolerante”. La transferencia de culpa redunda en un mayor odio palestino a la causa LGBT por asociación. Podría pensarse que de aquí derivaría una política de brazos abiertos hacia solicitantes de asilo palestinos en Israel, pero nada más lejos de la realidad: cuando un palestino gay busca refugio en Israel de la homofobia imbricada en su sociedad, seguramente seguirá sufriendo discriminación.

La situación es tal que, descubierto por la inteligencia israelí, probablemente sea chantajeado como informante, según testimonios de homosexuales palestinos y militares israelíes. Si las autoridades israelíes le descubren, posiblemente sea reenviado a Cisjordania, la misma sociedad de la que huye; si tiene éxito, deberá llevar una vida de secretismo junto a los 2.000 homosexuales palestinos viven clandestinamente en Tel Aviv. ¿Es legal enviarlos de vuelta a Palestina? No, al menos según el Derecho internacional. ¿Es digna su vida en Israel? Muchas veces, tampoco. Las probabilidades de ser captado por redes de prostitución masculina son elevadas y los clientes frecuentemente se recrean en sus fantasías demandando practicar dinámicas sexuales de dominación en las que uno es el palestino oprimido y otro, el judío opresor, o viceversa.

Israel es parte de la Convención de la ONU sobe el Estatuto de los Refugiados (1951) y sucesivos textos de ampliación. En ellos se establece que quienes huyen de la violencia homofóbica y no son protegidos por su Estado son, por definición, refugiados. Los Estados tienen prohibido pronunciar reservas sobre qué colectivos entran dentro de la definición; dicho de otro modo, Israel no tiene permitido interpretar el concepto de refugiado para denegar el asilo al colectivo LGBT. Esto es especialmente grave, pues viola el principio de no forzar a los solicitantes a volver a territorios en los que estarían en peligro.

La convención obliga a Israel a aplicar el tratado sin distinciones de raza, religión o país de origen. Sin embargo, ningún palestino puede solicitar el estatus de refugiado en Israel debido a la cooperación entre el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Junta para el Reconocimiento de Estatus de Nacional Israelí. En resumen, la ONU boicotea su propia convención ayudando a Israel a infringir el Derecho internacional con discriminaciones. Una de las razones de que se implante la convención de 1951 de manera selectiva es que el Gobierno aúna solicitantes de asilo con los que podrían, en un futuro hipotético, ser beneficiarios del derecho al retorno. Es incoherente, pues a los solicitantes de asilo y de derecho de retorno les son aplicables diferentes normas jurídicas: los primeros se acogen a la Convención de 1951 y acuden a Israel en calidad de nación extranjera, mientras que la base de las demandas de los segundos es la inviolabilidad de la propiedad privada y la Resolución 194 de la ONU.

Para ampliar: Nowhere to run: Gay Palestinian Asylum-Seekers in Israel, Michael Kagan & Anat Ben-Dor, Universidad de Tel Aviv

Exportar un producto defectuoso

¿Es verdaderamente Israel un lugar en que la homosexualidad y otras minorías sexuales se respetan? La respuesta a esta pregunta es un sí con asterisco. Ante la comparación regional, Israel se sitúa holgadamente en la primera posición como el país más avanzado en cuanto a derechos LGBT en Oriente Próximo. Heredó del mandato británico la ley responsable de que casi seis de cada diez estados que castigan la homosexualidad estuvieran bajo su dominio. Fue eliminada en 1988, y en 1992 se prohibió la discriminación por razones de orientación sexual.

En cuanto a los casamientos, aunque no se realizan entre parejas del mismo sexo, se registran los realizados en el extranjero sin reconocerlos: en la práctica, estas parejas solo disfrutan de una fracción de los beneficios legales que el matrimonio provee. El matrimonio igualitario no parece factible en el corto plazo: en Israel, incluso los matrimonios civiles —legales solo desde 2010— apenas pueden ser practicados entre dos personas no adscritas a ninguna religión —algo muy infrecuente— y se deben realizar según las reglas impuestas por las confesiones aprobadas.

En cuanto a la adopción por parte de las parejas, el proceso es complejo, pero factible: Tel Aviv reconoce a las parejas no casadas como unidades familiares y proporciona descuentos para servicios municipales como guarderías o instalaciones deportivas.

Finalmente, a la población LGBT se le permite servir abiertamente en las Fuerzas de Defensa de Israel —obligatorio durante dos años para judías y drusas y tres en el caso de los varones—, pero no donar sangre.

Mapa de la aceptación de la homosexualidad en la cuenca mediterránea y su entorno. Israel se encuentra a medio camino en la muestra. Fuente: The Global Divide on Homosexuality, Pew Research Center, 2003
Mapa de la aceptación de la homosexualidad en la cuenca mediterránea y su entorno. Israel se encuentra a medio camino en la muestra. Fuente: The Global Divide on Homosexuality, Pew Research Center, 2013

A pesar de estos derechos, una brecha separa la sociedad israelí de sus pares más avanzados en Occidente: solo un 40% de los israelíes cree que la homosexualidad es tolerable. Algunas democracias occidentales, como España o Alemania, duplican sobradamente esta cifra.

Desde el punto de vista institucional, el enfoque es hipócrita: al día siguiente del primer Día de los Derechos LGBT, Israel vetó cinco leyes que buscaban mejorar los derechos de dichos colectivos, que incluían el reconocimiento de uniones civiles, la prohibición de la terapia de conversión en menores y hacer que los médicos estudiasen la orientación sexual.

Las celebraciones del Orgullo LGBT no siempre suceden sin incidentes en Israel, donde los judíos ortodoxos se manifiestan frecuentemente en contra organizándose en reuniones paralelas a los desfiles.  En 2005, tres personas fueron apuñaladas durante el Orgullo de Jerusalén y otras seis en 2015 a manos del mismo judío ultraortodoxo o jaredí —los sectores más practicantes del judaísmo tienden a una homofobia que puede ser muy exacerbada—. 2009 vio cómo Tel Aviv se teñía de sangre cuando una persona abrió fuego en un centro para jóvenes gays, donde mató a dos e hirió a otros 15, y este año 2016 el Orgullo de Beersheva fue cancelado por cuestiones de seguridad.

Trapos sucios y detergente rosa: el pinkwashing

“Una estrategia deliberada para ocultar las continuadas violaciones de los derechos humanos de los palestinos detrás de una imagen de modernidad, significada por la vida gay israelí”

Sarah Schulman

La falla en igualdad para el colectivo LGBT no impide a Israel exagerar e instrumentalizar los por otra parte destacados avances, conseguidos con esfuerzo. El Gobierno de Jerusalén ha hecho del gay una herramienta de relaciones públicas en un proceso conocido como pinkwashing. Este fenómeno cobra sentido en el marco del homonacionalismo: la instrumentalización de la homosexualidad para justificar posiciones nacionalistas que rechazan la inmigración extranjera y, frecuentemente, islamofóbicas. Así se entiende el fenómeno Gays for Trump: para el homonacionalismo, la llegada de musulmanes perjudica las conquistas LGBT. El homonacionalismo supone el desmarque del colectivo gay de otras minorías sexuales y de luchas que buscan el fin del racismo, el clasismo, la islamofobia o el sexismo. La homosexualidad se incluye en el círculo de los privilegiados, siempre que el individuo sea blanco, varón, de clase media… Supone un abandono de la interseccionalidad y de las posiciones reivindicativas aun cuando ningún país del mundo ha logrado la igualdad real. En Israel, el homonacionalismo niega el proceso emancipador a los homosexuales árabes —20% de la población— o judíos etíopes.

El pinkwashing israelí se originó en 2005 cuando, tras un proceso de consultoría del Ministerio de Asuntos Exteriores, el primer ministro y el Ministerio de Finanzas durante varios años con la empresa líder en imagen de marca Young and Rubicam, se comenzó la campaña “Brand Israel”, dirigida a jóvenes de entre 18 y 34 años. Se buscaba dar una imagen relevante y moderna, y el público que más interesaba era el progresista, dado que entre ellos Israel estaba peor considerada a causa de su adscripción generalizada a la causa palestina. El desafío es grande: en 2011, Israel puntuaba como la 150.ª —por detrás de Eritrea o Sudán del Sur— en la clasificación de percepción de naciones elaborada por el East West Global Index.

Pronto se decidió que la mejor manera era enfatizar el lado gay de Israel y, sobre todo, de Tel Aviv: en 2010, esta ciudad dispuso de más de 90 millones de dólares para posicionarse como un destino vacacional para homosexuales. De estos, se entiende que son turistas urbanos, que forman vínculos con las comunidades que visitan y que son un público influyente en tendencias e ideas, y que pueden, por tanto, ejercer de embajadores de los derechos de Israel. La identificación de un individuo gay con Israel es susceptible de ocurrir a causa de una conexión emocional por el recuerdo de la homofobia que casi todo homosexual ha experimentado.

Los eventos promocionados por el Estado son multitud: un simposio de la International Gay and Lesbian Travel Association (IGLTA), el Mes del Orgullo Israelí en San Francisco, la petición del Ayuntamiento de Tel Aviv para acoger el Orgullo Mundial en 2012… El Gobierno israelí consigue incluso que sus cantantes y otro tipo de artistas sean invitados a eventos internacionales de relevancia; a cambio, estos deben firmar un contrato en el que entienden que, a pesar de que deben guardar silencio al respecto, se les invita para que hablen bien de Israel.

Para ampliar: “A documentary guide to ‘Brand Israel’ and the art of pinkwashing”, Sarah Schulman en Mondoweiss

Pareja del mismo sexo de Jerusalén Este. En ocasiones, la total ausencia de debate público en torno a la homosexualidad proporciona un vacío que puede aprovecharse sin levantar demasiadas sospechas. Fuente: Marcos Bartolomé
Pareja del mismo sexo de Jerusalén Este. En ocasiones, la total ausencia de debate público en torno a la homosexualidad proporciona un vacío que puede aprovecharse sin levantar demasiadas sospechas. Fuente: Marcos Bartolomé

Ante el poderoso megáfono de la comunicación israelí, la visibilidad de la lucha social de los queers palestinos por sus derechos palidece en la arena internacional. Pero no por ignorada y poco apoyada deja de existir. Colectivos como Al Qaws —‘arcoíris’— o Aswat —‘voces’— aportan una contranarrativa muy valiosa, que intenta evitar que los LGBT palestinos se vean en la disyuntiva de tener que decidir entre su cultura y la minoría sexual a la que pertenecen. Aunque en un estadio aún embrionario y completamente obstaculizados por la ocupación israelí y la intolerancia del Gobierno palestino, estos colectivos luchan por proveer un discurso alejado de la perspectiva salvadora neocolonial del modelo LGBT israelí —copiado de Occidente—, que supone la deserción efectiva de la liberación de Palestina por parte de quienes la adoptan. En palabras de un joven palestino, “soy árabe, soy palestino, soy gay. Mi paraíso no es un desfile de purpurina en Tel Aviv, es una Palestina libre”.

Nota del autor: Este artículo ha sido posible gracias a la ayuda que la organización Horizons | Youth for justice, equality and cultural understanding me ha prestado en la investigación. Agradezco su compromiso en la construcción de sociedades justas y equitativas a partir de un diálogo intercultural que desafíe modelos de interacción etnocéntricos y paternalistas.

Acerca de Marcos Bartolomé 4 Articles
Oviedo, 1995. Periodismo y Relaciones Internacionales. De Portugal a Irán con escala en los nórdicos. El mar, Mediterráneo si puede ser. Para conocer a un pueblo lo mejor es hacer lo que el camaleón: ponerse en su piel. Twitter: @Markhorchata

2 comentarios en La ocupación tras el arcoíris

  1. Me ha gustado el artículo, me parece un tema bastante interesante, aunque tengo una seria desinformación sobre el Estado de Israel

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