Oro intravenoso: geopolítica del opio (2/2)

Una niña afgana recoge opio en la provincia de Badajshán (1992). Fuente: Steve McCurry (The Guardian)
Una niña afgana recoge opio en la provincia de Badajshán (1992). Fuente: Steve McCurry (The Guardian)

Para leer la primera parte del artículo aquí

Más de tres décadas de guerra han convertido Afganistán en un narco-Estado construido sobre la economía del opio. Analizamos cómo se ha configurado dicho sistema, los factores económicos y sociales que lo han hecho posible y las opciones que tiene el pueblo afgano para dejar de ser la principal fuente de heroína del planeta.

II – La Media Luna Dorada de Afganistán: un narco-Estado a la sombra del Hindukush

Retrocedemos en el tiempo hasta la década de los 80 del pasado siglo. Las tropas soviéticas han ocupado Afganistán para asegurar la supervivencia del Gobierno afín y Washington ha puesto la maquinaria en marcha para apoyar a la resistencia armada. Se trata de una de las últimas grandes batallas que se librarán durante la Guerra Fría, y en ella los EE. UU. pondrán toda la carne en el asador, hasta tal punto que la operación de la CIA, asentada en la capital del país vecino, Islamabad, se convertiría en uno de los centros de operaciones de inteligencia más grandes del mundo.

Aprovechándose de las porosas zonas fronterizas entre Afganistán y Pakistán, al margen de la ley de los Gobiernos y dominada por las relaciones tribales, la CIA iniciaría una guerra sucia contra los soviéticos apoyándose en su homólogo pakistaní, el ISI (Inter-Services Intelligence) y utilizando el opio como combustible. El cultivo de la amapola adormidera era perfecto para un contexto bélico, pues requiere poca inversión, crece a enorme velocidad y es fácil de transportar. A medida que los muyahidines iban ganando terreno a los rusos a lo largo de los años 80, irían introduciendo las semillas, fomentando su cultivo mediante créditos y estableciendo el sistema de impuestos a los agricultores. El comandante muyahidín Mullah Nasim Akhundzada sería el pionero de este sistema. Estas dinámicas se darían especialmente en el valle de la región de Helmand, el cual concentra actualmente alrededor del 50% de la producción de opio del país. Cuarenta años antes, en lo que fuera una zona desértica en la orilla este del río que da nombre al valle, la Agencia de los EE. UU. para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), en búsqueda de imponer su influencia frente a la URSS, había llevado a cabo megalómanos proyectos de irrigación de la zona con el fin de hacerla idónea para la agricultura y motivar la sedentarización de tribus nómadas procedentes de todo el territorio afgano.

Propaganda antisoviética de los muyahidines. Fuente: History in Posters
Propaganda antisoviética de los muyahidines. Fuente: History in Posters

Con el inicio del conflicto bélico, las caravanas entrarían en Afganistán cargadas con armas y municiones procedentes del puerto de Karachi para salir después cargadas de opio. A lo largo de los más de diez años de guerra, los servicios de inteligencia estadounidenses promocionarían la apertura de una masiva red de laboratorios de síntesis de heroína a lo largo de toda la frontera afgano-pakistaní —hasta 200 a finales de los años 80—. Aunque si bien el opio siempre se había cultivado en la zona, siempre se había destinado a los mercados locales y nunca se había llevado a cabo una producción de heroína a nivel local. Con la guerra, de las cien toneladas anuales producidas en los 70, se pasaría a las dos mil. Con ello, Afganistán se convertiría en el principal productor de heroína —aún no de opio como tal— del mundo: en 1984 aportaba el 60% del mercado norteamericano y hasta el 80% de la demanda europea. Además, entre 1979 y 1985 el número de adictos a los opiáceos en Pakistán pasaría de virtualmente cero a 1,3 millones. La pieza final la pondría Irán, desde cuyas permeables fronteras el cargamento se proyectaría al resto del mundo y fluiría por los corredores del tráfico ilegal hasta llegar a los mercados europeos —a través de la ruta de los Balcanes—, al golfo Pérsico, a África o a través de Asia central hasta alcanzar el mercado ruso. Había nacido la región de la Media Luna Dorada.

Tras la retirada de las tropas soviéticas en 1989, una cruenta guerra civil estallaría entre los distintos señores de la guerra que habían participado del conflicto en un país que arrastraba ya más de un millón y medio de muertos y el doble de refugiados. En este contexto, los agricultores tendrían bien claro qué cosecha elegir: la adormidera crecía más rápido que cualquier otra planta, requería nueve veces más empleados —algo excelente para los millones de refugiados que regresaban a sus hogares— y suponía unos beneficios económicos asombrosos, con lo que aseguraba la supervivencia de la empobrecida clase campesina. Si la producción ya había alcanzado niveles históricos, durante la primera mitad de los años 90 se duplicaría. Mientras tanto, el ISI pakistaní buscaría que sus aliados pastunes, armados a cambio de seguir llenando de suministros los laboratorios de heroína, ocuparan el Gobierno de Kabul, lo que llevaría al infructuoso bombardeo de la capital entre 1992 y 1994. Todo cambiaría con la aparición de un grupo militante pastún, los talibanes, nacido de diversos grupos fundamentalistas educados en escuelas coránicas, quienes demostrarían una capacidad para el combate inusitada y tomarían Kabul en 1996. También estos fomentarían el cultivo de la amapola y llegarían a elevarlo hasta suponer el 75% de la producción mundial.

En búsqueda de reconocimiento internacional, en 2000 los talibanes prohibieron la producción, algo que les valió la recepción de 43 millones de dólares en ayuda humanitaria por parte de EE. UU. No obstante, para ese momento la economía afgana era prácticamente de monocultivo y la prohibición, impuesta a sangre y fuego, supuso que 3,3 millones de personas —el 15% de la población del país— sufrieran una violenta bajada en sus ingresos. A pesar de todo, la organización no perseguía ni el tráfico ni el procesamiento de heroína, con lo que, tras el asalto a los laboratorios por parte del Gobierno pakistaní, estos se trasladaron a territorio afgano. Con menos materia prima en el mercado, los precios se elevaron exponencialmente y la producción de heroína, que aporta diez veces más beneficios que el opio puro, empezó a llenar las arcas de los talibanes.

Cuando un año después EE. UU. invadió el país, el cultivo volvió a su máximo esplendor para financiar la resistencia, con el aliciente de que ahora el país controlaba también la producción de los derivados del opio. A pesar de que los talibanes serían destronados en pocos meses, nunca desaparecerían, y para 2008 se calcula que controlaban ya el 98% de los campos de amapolas de todo el país y hasta 50 laboratorios de heroína —que ahora valía diez veces más—, por lo que consiguieron de nuevo el favor de millones de agricultores. Esto les supuso más de 400 millones de dólares solo en impuestos y la capacidad de proseguir el reclutamiento de combatientes al ofrecer sueldos de hasta 300 dólares mensuales, muy por encima de los ingresos medios del país.

Por su parte, para combatir a los talibanes, los EE. UU. apoyarían a señores de la guerra enemigos y harían la vista gorda en cuanto a su financiación, por supuesto ligada íntimamente al tráfico de opio, a cambio también de que les proporcionaran información sobre el paradero de Osama bin Laden. Todo ello ocurría a la vez que promocionaba políticas para la reconversión de la economía a un modelo no ligado a los estupefacientes. Aunque es cierto que finalmente el proceso de construcción estatal llevado a cabo durante esta década haría que la dependencia económica del cultivo de la adormidera se redujera de un 63% del PIB en 2003 a un 13% en 2014, los viejos señores de la guerra aliados de los invasores serían los que ocuparían las posiciones de poder en las instituciones estatales recién creadas, lo que ligaba indisolublemente el opio con el poder en el naciente sistema político.

Arquitectura de un narco-Estado

Actualmente, más de 200.000 hectáreas afganas son destinadas al cultivo de la adormidera y el tráfico de opio en Afganistán se entrelaza de manera inseparable con la financiación de los grupos insurgentes de todo tipo y con la corrupción sistemática en las instituciones. Es, además, fuente de ingresos imprescindible para hasta 500.000 familias —el 20% de la población afgana—, así como otra de las causas que llena los cementerios afganos y el frágil pilar de vida de un número creciente de adictos, que alcanzó el millón en todo el país en 2010, con una tasa de hasta un 8% de drogodependientes entre la población adulta —el doble que la media mundial—, lo que también ha potenciado el aumento de casos de ETS. Con todo ello, Afganistán ostenta el dudoso honor de concentrar el 90% de la producción de opio mundial —seguido de Myanmar, México y Colombia—, la cual supone hasta el 15% del PIB del país. Solo en 2014 se calcula que la industria del opio afgana generó más de 400 toneladas de heroína —más que la demanda mundial— y beneficios de hasta 850 millones de dólares —el doble que en 2009—, de los cuales solo 60 millones se quedaron en el país.

Fuente: El Orden Mundial en el Siglo XXI

Claramente, los desorbitados beneficios que genera el opio son más que suficientes para continuar con el negocio. Un edificio construido sobre los pilares de la corrupción y la precariedad hace que la rueda siga girando. Según Transparencia Internacional, Afganistán tiene una de las tasas de corrupción más elevadas del mundo, y uno de sus más conocidos marcadores es el hawala, un sistema informal de intercambio de capitales cuyos orígenes se remontan al siglo VIII y que conecta el dinero de las transacciones ilegales en la oscuridad de la frontera con paraísos fiscales en las Islas Caimán. El alcance de dicho sistema es tal que se calcula que solo el 35% de los movimientos de capital dentro de Afganistán se llevan a cabo por la vía legal, de manera que en ocasiones es imposible diferenciar dónde empieza el sistema bancario formal y termina el hawala al tener los intermediarios cuentas en bancos tanto nacionales como en el exterior y producirse los pagos tanto en efectivo como en bienes físicos.

Por otra parte, a pesar de la importancia que se suele dar al tráfico ilegal de opio como pilar de financiación de los talibanes y otros grupos terroristas, lo cierto es que solo entre un 10 y un 15% de los ingresos del grupo dependen de la adormidera. El resto lo consiguen de donaciones que envían organizaciones no gubernamentales falsas, de secuestros y del contrabando de madera o minerales. Así pues, si el sistema continúa hacia adelante es porque todos los estratos de la sociedad afgana, y no solo los grupos criminales, se benefician de él.

El primero de estos grupos, la clase campesina, se encuentra abajo en la jerarquía social afgana y al principio de la cadena de producción del opio. El cultivo de la adormidera no solo les proporciona unos ingresos mayores que los de cualquier otra actividad que pudieran elegir para subsistir, sino que además les supone una garantía de seguridad en un ecosistema marcado por la guerra y en el que el Estado está ausente en gran parte del territorio. Los talibanes y los líderes tribales implicados en el lucrativo negocio del opio se aseguran de que sus trabajadores permanezcan a salvo de toda amenaza ajena a ellos mismos, algo que, en un país en el que suplir las necesidades básicas no está al alcance de todos, es una bendición.

En el vértice opuesto de la pirámide social, todos los rangos de la clase política afgana beben de una u otra forma de los beneficios de la amapola, desde la familia y aliados del expresidente Karzai hasta los mandos policiales de las provincias y los jueces. Cuando los grupos armados son expulsados de una zona, su lugar es simplemente ocupado por el de los funcionarios de la Administración local o de la Policía, lo cual genera un clima de impunidad y corrupción absolutas en el que el dinero del opio se sobrepone a la aplicación de la ley y a la rendición de cuentas y en el que resulta imposible encontrar incentivos para poner fin a su cultivo. A esto se añade la facilidad con la que los amos de la droga pueden exiliarse en los países aledaños —principalmente Pakistán, India e Irán— para huir de los tribunales afganos.

La Media Luna Dorada y sus flujos hacia el subcontinente indio. Fuente: India Times
La Media Luna Dorada y sus flujos hacia el subcontinente indio. Fuente: India Times

Políticas millonarias e inútiles

Desde que EE. UU. invadiera Afganistán en 2001, la inversión en programas para combatir el narcotráfico ha sido de dimensiones millonarias y de carácter inútil, pues aparentemente solo han beneficiado a las empresas contratadas para la aplicación del programa. Por un lado, las dificultades impuestas al cultivo arruinaban la vida de cientos de miles de familias empobrecidas de las zonas rurales afganas, mientras que por el otro lado los señores de la droga simplemente cambiaban su lugar de residencia o sus líneas de negocio. Todo ello a la vez que los precios de la heroína en el mercado internacional se disparaban, lo que incentivó aún más su tráfico y multiplicó, en consecuencia, el número de muertes derivadas del consumo —que solamente en EE. UU. triplican a las muertes en combate de soldados estadounidenses—.

Todo ello plantea la necesidad de encontrar tanto alternativas materiales como incentivos morales, utilizando la educación como pilar fundamental de la erradicación y el planteamiento de alternativas. Considerando el enorme volumen de la producción de adormidera del país, así como la total dependencia económica de este cultivo, la transformación se plantea imposible en el corto plazo. Sin embargo, canalizar los gigantescos beneficios hacia un mercado legal otorgaría mayores beneficios, tanto para el Estado afgano como para los agricultores —que podrían ver sus ingresos aumentados un 4.000%—, al incrementar la capacidad de inversión en infraestructuras y la implementación de programas de desarrollo y de desintoxicación, atacando con ello todas las facetas del problema simultáneamente. Aunque la mayor parte del opio del planeta se cultiva en estas tierras, el 50% de los opiáceos, imprescindibles para la medicina moderna —e inaccesibles para el 80% de los afganos—, se producen en Australia y Francia, lo cual aporta bases suficientes para plantear un cambio de estrategia. Al producirse localmente, los afganos podrían acceder a medicinas a menos de la mitad de precio que en el extranjero y beneficiarse de un excedente más que de sobra para suplir la demanda mundial, lo que les permitiría adquirir una enorme masa de capital imprescindible para la industrialización del país.

Para ampliar“Azafrán: la alternativa a la producción de opio en Afganistán”, Vice, 2016

La idea no es revolucionaria, con ejemplos históricos como Turquía, que realizó en los 70 un viraje hacia la producción legal y se convirtió así en un líder mundial en el campo. También Irán es un excelente ejemplo a seguir en este aspecto. Allí, el régimen de los ayatolás comenzó aplicando políticas basadas en la criminalización y la represión, con castigos como la pena de muerte o los trabajos forzados para los traficantes. No obstante, ante la inutilidad de las mismas y el imparable aumento de adictos y de casos de VIH, los líderes de la república islámica decidieron cambiar de estrategia. Su solución sería la de invertir más del 50% del presupuesto antinarcóticos en políticas de prevención y educación social para combatir el consumo de drogas, a la par que se multiplicaban los centros de rehabilitación y desintoxicación, facilitando incluso el acceso a jeringuillas limpias y tratamientos con metadona. Con ello, Irán consiguió reducir los infectados por sida a la mitad entre 2004 y 2010 —en la población de las prisiones, incluso más— a la vez que daba una oportunidad a los adictos para reintegrarse en la sociedad. Tener como ejemplo dos países de mayoría musulmana debería ser de gran utilidad y servir de ayuda para los afganos a cargo de la reforma del sistema político, que, en vez de mirar hacia Washington o Londres, tendrán tal vez que seguir los pasos del más cercano Teherán y potenciar la creatividad en el diseño de sus políticas.

Acerca de Daniel Rosselló 17 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

1 comentario en Oro intravenoso: geopolítica del opio (2/2)

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!