El sexismo en la cima: mujeres, liderazgo y poder político

Desde que las primeras mandatarias llegaran al poder hasta la actualidad, las mujeres han tenido que gobernar bajo la sombra de un liderazgo que se concibe solo en masculino. Hoy las mujeres en política siguen teniendo que lidiar con estereotipos que a menudo difuminan sus ideas, su trabajo y su imagen.

Theresa May se crio en la década de los cincuenta en el seno de una familia anglicana de una pequeña ciudad del sureste de Inglaterra. Tras licenciarse en Geografía en Oxford, trabajó como consultora financiera durante dos décadas, tras las cuales inició su andadura política en el Partido Conservador y se dio a conocer como una de las defensoras de la línea dura en cuanto a inmigración. Hoy es la segunda mujer en acceder al cargo de primera ministra en Reino Unido y la gestora del controvertido Brexit.

Ada Colau nació en Barcelona unas dos décadas más tarde. Dejó la carrera de Filosofía a 30 créditos de conseguir la titulación y trabajó como encuestadora, azafata, profesora, animadora infantil y actriz de televisión. Se dio a conocer, no obstante, a través de su activismo social, especialmente por la reclamación del derecho a la vivienda digna, la movilización contra los desahucios y su portavocía de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Hoy es la alcaldesa de Barcelona y la cabeza del partido Barcelona en Comú.

Resulta evidente que los perfiles de May y Colau no tienen nada en común; es más, costaría encontrar dos trayectorias más opuestas tanto en ideología política como en la trayectoria que las ha llevado al cargo. Pero, con escasos meses de diferencia, ambas serían objeto de dos juicios bastante similares: antes de las elecciones, el anterior alcalde de Barcelona decía de Colau que era “una señora muy mandona”, mientras que Theresa May era calificada al postularse para el cargo de primera ministra como “una mujer extraordinariamente difícil” por otro miembro del partido.

A pesar de la carga negativa de los comentarios, en ambos casos se estaban refiriendo a lo que, en otras circunstancias, se hubiera podido llamar capacidad de liderazgo en el primer caso o de decisión en el segundo. Las circunstancias concretas que lo impedían seguramente sean lo único que comparten Theresa May y Ada Colau: que no son hombres.

Como en cualquier otra área del ámbito profesional, aquellas mujeres que intentan abrirse camino en política se enfrentan a obstáculos reservados especialmente para el sexo femenino: en un mundo en el que el poder aún es masculino, las percepciones anticuadas en cuanto a la naturaleza de la feminidad y del liderazgo a menudo ensombrecen las ideas, el trabajo y la imagen de las políticas.

Para ampliar: “El problema de llamar ‘mandona’ a Ada Colau”, Raquel Piñeiro en Verne (El País)

Un liderazgo masculinizado

La cifra de mujeres en los Parlamentos de todo el mundo ha pasado de un 13,1% en el año 2000 al 22% en la actualidad. La buena noticia es que la situación ha mejorado; la mala, que si no incrementamos el ritmo de mejora tardaremos nada menos que casi medio siglo —47 años, según Women in Parliaments— en alcanzar la paridad en la representación política. El llamado techo de cristal persiste y es más resistente cuanta más responsabilidad implique el puesto.

Presencia de mujeres en Parlamentos nacionales. Fuente: El Orden Mundial en el Siglo XXI

A día de hoy, el reto no lo presenta —al menos la mayor parte de las veces— una negativa abierta a reconocer el derecho y la capacidad de las mujeres para ejercer puestos de responsabilidad política, sino más bien un sesgo inconsciente en contra de todo lo que se aleje de la figura tradicional de líder, asociada a la de una persona decisiva, resolutiva y fuerte, ambiciosa e independiente. Cuando estas características se contrastan con aquellas socialmente asociadas a la masculinidad —agresividad, competitividad, independencia y disposición para defender sus creencias— y a la feminidad —compasión, honestidad, sensibilidad, empatía y disposición para cuidar de los demás—, se comprueba que, a pesar de que el liderazgo está en teoría al alcance de todos por igual, la visión de este se inclina en gran medida hacia el lado de la masculinidad: es lo que se conoce como la masculinización del liderazgo. Por oposición, las características femeninas tienden a verse como negativas y como símbolo de debilidad. Aunque no solo se ven perjudicadas las mujeres de esta creencia errónea ­—por ejemplo, un hombre con características consideradas femeninas podría ser también juzgado como menos capaz para el liderazgo—, es a ellas a las que mucho más a menudo se les asocian por defecto.

Este estereotipo plantea a aquellas mujeres que aspiren a puestos de responsabilidad una vieja trampa que rara vez se consigue evitar: las mujeres que pretendan ser vistas como aptas para puestos de liderazgo deben enfatizar dichas características masculinas, pero, si lo hacen, son percibidas como alejadas de su condición de mujer por su falta de feminidad y, a menudo, criticadas y alienadas por ello. Es en este punto donde aparecen todos esos adjetivos que solo parecen concebirse en femenino: la capacidad de liderazgo se convierte fácilmente en “ser mandona”; la decisión, en “una personalidad difícil”, y la ambición, en “arrogancia” o “falta de escrúpulos”.

Para ampliar: “Man enough? Masculinity, Media and the American Presidency”, Meredith Conroy en The Blue Review

Curiosamente, parece que las mujeres en posiciones parlamentarias tienden a ser más colaborativas y flexibles que sus compañeros masculinos, excepto en el caso de que se encuentren en una posición de poder; entonces tienden a ser partidarias de un estilo de gobierno duro, inflexible e incluso agresivo.  Lo cierto es que la figura de la política más dura, estoica e inflexible que cualquier hombre resulta familiar a todos: se trata del arquetipo de dama de hierro, que encarnaron Margaret Thatcher, Golda Meir e Indira Gandhi en la segunda mitad del pasado siglo. La minimización de la importancia del sexo y el esfuerzo por que no afectara a la imagen de autoridad que debían proyectar fue un denominador común en todas ellas; todas rechazaron la etiqueta del feminismo e incluso lo consideraron un movimiento prescindible. Ninguna de ellas promovió políticas orientadas a los derechos de las mujeres; las tres son recordadas, entre otros motivos, por desafiar la noción de que las mujeres eran por naturaleza menos belicistas que los hombres.

El cliché de la dama de hierro

Como no podía ser de otro modo, el caso de Thatcher, la Dama de Hierro por excelencia y una de las políticas más poderosas que han existido, es especialmente paradigmático. Se la suele recordar como la aliada de la causa feminista que pudo haber sido y nunca quiso ser; siempre prefirió relacionarse con hombres y las mujeres brillaban por su ausencia entre sus ministros. Esta es una visión indudablemente cierta, pero no se ha de relegar a un segundo plano la demonización que sufrió por no cumplir las expectativas de lo que debía representar una mujer. Los periódicos afirmaban que Thatcher “era mejor política que madre y esposa” y se cuestionaba irónicamente su sexo afirmando que “Reino Unido aún no tiene una mujer como primera ministra; al menos, no una de verdad”, dado que se había comportado “como un hombre” en su ascenso al poder, es decir, a costa de sacrificar una familia feliz, el cuidado de sus hijos y la defensa de su sexo.

Fue menospreciada en referencia a su sexo y su supuesta masculinidad por la prensa, líderes internacionales y miembros de su propio Parlamento, que se refirieron a ella como “el Hombre de Hierro” o “Atila la Gallina” —gallina es una manera informal de referirse a una mujer en inglés—. El presidente francés Jaques Chirac se refirió a ella despectivamente como “un ama de casa que quería sus pelotas en bandeja”.  Curiosamente, así se esforzaba en presentarse ella: como un ama de casa más, a pesar de su ocupación política; que cocinaba para su marido y limpiaba los fines de semana, cuando no estaba ocupada dirigiendo una de las principales potencias mundiales. Esto debía cumplir el doble propósito de apelar electoralmente al olvidado grupo de las amas de casa y de alejarla de esa imagen de mujer desnaturalizada en la que tanto se insistía. A pesar de ello, las afirmaciones de que Thatcher, una de las primeras dirigentes mujeres, tenía en el fondo más de hombre que de mujer siempre fueron constantes.

Las reticencias respecto a su forma de expresarse también fueron objeto de críticas. Su primer discurso fue calificado por el entonces director de comunicaciones del Partido Laborista como “estridente e intimidante”. La estridencia femenina de la voz de Thatcher se reveló como un obstáculo en su aceptación hasta el punto de que contratara un logopeda para suavizar y modular su voz. Las elecciones presidenciales de Estados Unidos, con sus críticas a una Hillary Clinton que gritaba demasiado y no sonreía lo suficiente, han puesto de manifiesto hasta qué punto la popularidad de una candidata sigue pasando por hacer tolerable su presencia según unos rígidos estereotipos.

Para ampliar: “Over 70 Nations Have Been Led by Women. So Why Not the U.S.?”, Katrin Bennhold y Nick Gladstone en The New York Times

No fueron pocos los medios que sucumbieron a la tentación de declarar a Angela Merkel “the iron Frau”, la sucesora de Thatcher, al igual que sucedió hace unos meses con Theresa May. En el primer caso, el hecho de que ambas sean conservadoras e hijas de pastores que se habían abierto camino hasta el poder en un partido de hombres hacía la comparación demasiado seductora, aunque no por ello menos simplista. Thatcher fue el adalid del individualismo, la desregularización y el libre mercado, además de una figura marcadamente belicista, frente al austero pragmatismo y pacifismo de Merkel. Tenían, además, diferencias fundamentales en cuanto a proyectos políticos clave, como la reunificación alemana o la integración europea.

Ni siquiera la comparación entre May y Thatcher se sostiene más allá de que ambas son del mismo partido e ideología liberal. May atribuye la mala fama del Partido Conservador británico como el nasty party —‘partido despreciable’— al legado thatcherista y cree necesario que el partido cultive una imagen más agradable; asimismo, ha encabezado una iniciativa encaminada a promover el aumento de las mujeres parlamentarias, algo que jamás habría hecho su predecesora. No obstante, parece que la figura de la mujer con poder aún necesita ser entendida a través del trillado estereotipo de la dama de hierro, a costa de obviar diferencias ideológicas fundamentales y mermar su individualidad política, a menudo apoyándose en similitudes tan banales como el corte de pelo o la forma de vestir. Los hombres se comparan en función de sus ideas o políticas; en el caso de las mujeres, muchas veces basta con que pertenezcan al mismo sexo.

Países que han sido gobernados por mujeres y años con mujeres al frente del Gobierno. Fuente: Statista

Para ampliar: “Handbags and kitten heels – how not to write about prime ministers”, Laura Bates en The Guardian

Para muchas políticas, exhibir dureza e inflexibilidad es una manera de no mostrarse como un objetivo fácil ante el posible acoso de sus opositores políticos o de los medios de comunicación. Así lo afirmaba Helen Clark, ex primera ministra de Nueva Zelanda, que admitía que consideraba necesario cultivar cierta imagen para evitar sufrir el mismo destino que Julia Gillard, ex primera ministra de Australia, que tuvo que renunciar al cargo tras perder el voto de confianza del Parlamento. La decisión de apartarla del poder se vio rodeada de polémica, puesto que muchos consideraron que la campaña de desprestigio, abiertamente sexista, por parte de la oposición había jugado un importante papel en la erosión de su imagen pública.

Hillary Clinton acerca de su imagen pública. Fuente: Humans of New York (Facebook)

El caso de Gillard probablemente sea la confirmación de que, en materia de normalización de las mujeres en puestos de liderazgo político, los tiempos no han cambiado mucho: el líder de la oposición le reprochaba estar soltera diciéndole que “hiciera una mujer honesta de sí misma” y la acusaba de ser “deliberadamente estéril” por no tener hijos. La situación llegó hasta el punto de que resultara aceptable servir un menú basado en sus cualidades físicas en una recaudación de fondos del Partido Liberal, la principal oposición, o crear una serie llamada En casa con Julia que se mofaba de su vida sentimental y sexual. Gillard afirma que siempre intentó, en la línea de otras mandatarias anteriores, simplemente ignorar estos ataques, pero acabó denunciando las actitudes sexistas que tenía que tolerar en un apasionado discurso que dio la vuelta al mundo.

Vídeo: Fragmento del discurso de Gillard en el Parlamento australiano

Juzgando el liderazgo femenino

Gillard se enfrentó a expectativas y presiones añadidas a la ya de por sí difícil tarea de gobernar un país. La izquierda le reprochaba que no se ocupara lo suficiente de los derechos de las mujeres y los intereses feministas; la derecha, que, al haberse dedicado principalmente a su vida profesional, estuviera fuera de contacto con las preocupaciones y quehaceres diarios de la mujer australiana media, que incluían hijos y familia. Expectativas, legítimas o no, que difícilmente hubiera afrontado un hombre.

Las denuncias de que a las mujeres se las juzga más duramente que a los hombres en política se han visibilizado considerablemente a raíz de la campaña de Hillary Clinton, en la que muchos medios progresistas alertaban del peligro de equiparar el escándalo de los e-mails de Clinton con la retórica machista y racista y las acusaciones de abusos sexuales de Trump. Según un estudio del Pew Research Center acerca de los impedimentos que afrontan las mujeres para conseguir puestos de liderazgo, la percepción de que eran juzgadas con mayor severidad ocupaba el segundo lugar, por delante de las responsabilidades familiares, su capacidad para recabar apoyos entre su partido o la percepción de que la sociedad no estaba lista para asumir el liderazgo femenino. Para las mujeres encuestadas, este era el primer y principal motivo.

Asimismo, ciertos estudios afirman que es mucho más probable que el acceso de mujeres a puestos de responsabilidad se produzca en momentos de profunda crisis, de cuya gestión difícilmente se beneficiarán: es lo que se ha bautizado como el barranco de cristal. Sirva de ejemplo que ha sido necesario el difícil reto de gestionar el Brexit —con la sociedad británica profundamente dividida al respecto y una Unión Europea poco dispuesta a hacer concesiones que faciliten la renuncia al mercado único— para que otra mujer llegara a primera ministra de Reino Unido, nada menos que 26 años después.

Para ampliar: “The Woman on Top Theory”, Suzzane Nossel en Foreign Policy

Thatcher quería ser recordada por sus políticas y no por su sexo. Los titulares tras su muerte demuestran que solo lo consiguió en parte: pocos políticos han dividido más a la sociedad, pero ni siquiera sus brutales políticas de recortes sociales y sus controvertidas acciones contra la industria y los sindicatos consiguieron ensombrecer el hecho de que hubiera sido la primera mujer en gobernar Reino Unido. Paradójicamente, su deseo incumplido nos confirma la sociedad sexista que ella nunca quiso reconocer y que ha sobrevivido hasta nuestros días, una en la que, por desgracia, el sexo sigue afectando a la capacidad de conseguir puestos de responsabilidad, marca la percepción de la mujer política y su capacidad de liderazgo y los juicios en torno a sus logros y fracasos.

Acerca de Sandra Ramos 5 Articles
Alicante, 1993. Graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada. Máster en Gestión Internacional de la Empresa de ICEX-CECO. Con vocación por todo tipo de cuestiones internacionales y especialmente interesada en las zonas de Asia y Oriente Medio.

3 comentarios en El sexismo en la cima: mujeres, liderazgo y poder político

  1. “Cuando estas características se contrastan con aquellas socialmente asociadas a la masculinidad —agresividad, competitividad, independencia y disposición para defender sus creencias— y a la feminidad —compasión, honestidad, sensibilidad, empatía y disposición para cuidar de los demás—, se comprueba que, a pesar de que el liderazgo está en teoría al alcance de todos por igual, la visión de este se inclina en gran medida hacia el lado de la masculinidad: es lo que se conoce como la masculinización del liderazgo.”

    El problema, y craso error, es creer que los conceptos aquí mencionados pertenecen a un determinado género, que ser compasivo tiene que ver con la feminidad y que ser agresivo tiene que ver con la masculinidad.

  2. Buen artículo. La salida a esta visión de los géneros es el empezar a pensarnos como personas y lo que por ello nos define y cualifica.

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