“El Partido Demócrata y la clase media”, por Alana Moceri y Astrid Portero

AP Photo/Genevieve Ross

Que nadie se esperaba el resultado de las últimas elecciones en Estados Unidos es una realidad. Desde entonces, se ha discutido en distintos medios acerca de una figura como la de Donald Trump para dirigir el país; se han publicado otros tantos artículos que tratan de comprender cómo ha sido posible que saliera vencedor en unas elecciones en las que cualquier escenario daba como ganadora a Hillary Clinton.

No obstante, nos guste o no, ese ha sido el resultado y ningún análisis posterior sobre por qué han fallado las encuestas va a cambiar la situación. Los escenarios daban alrededor de un 20-30% de probabilidad de victoria a Donald Trump, es decir, lo que ha ocurrido no ha sido un milagro. Restar importancia a esa probabilidad y al poder que escondía el mensaje populista del candidato fue un error. Sin embargo, lo que sí podemos hacer ahora es analizar y tratar de comprender lo que puede venir en un futuro. No cabe duda de que la última campaña estadounidense ha sido una de las más duras recordadas hasta hoy y ha dejado una brecha en la sociedad que solamente desaparecerá con mucho trabajo, paciencia y tiempo.

La división entre los norteamericanos es profunda y nos lanza un mensaje claro: hay personas cuyas voces se han ignorado en los últimos tiempos y esta vez han querido gritar con fuerza que no se sienten identificados con un sistema que los condena al olvido ni con sus representantes. La clase trabajadora ha hablado porque culpa al sistema de su pérdida progresiva de poder adquisitivo. Este desajuste entre instituciones y representados, que comenzó a principios de la crisis, cuando golpeó a los dos lados del Atlántico, y que ha desembocado en una clase trabajadora enfadada y harta, encuentra su origen en una ausencia grave de acercamiento político.

Si bien no podemos olvidar que Hillary Clinton ha ganado el voto popular —por el momento, por más de dos millones de votos, pero está por ver si el margen será más amplio—, tampoco podemos perder de vista datos sobre el voto que, a posteriori, nos ayudan a perfilar al votante de Trump, a esa clase media enfadada con el sistema. Según la encuesta de The New York Times, el futuro presidente se llevó más del 60% del voto de las zonas rurales o ciudades pequeñas y la mitad del voto masculino. Un 67% de sus votantes no tiene título universitario, un 58% son votantes blancos y un 53% supera los 45 años de edad. En algunos estados, Trump ganó por un margen menor al uno por ciento. Significativo, ¿verdad? Y esperanzador al mismo tiempo, porque la otra cara de la moneda es la siguiente: Hillary Clinton lideraba los votos femeninos, hispanos y negros y concentraba a un votante con educación académica —en su mayoría, universitaria—, joven y liberal.

Cuando tenemos en frente estos datos, nos damos cuenta de que, inevitablemente, hablar de clase media se vuelve un asunto complejo. Porque no solamente es la clase media de mayor edad y sin educación académica la que preocupa, sino también —y especialmente— aquella gente joven que no se siente representada con el sistema, que optó por no votar o votar a un tercer candidato. Ese grupo de personas que forman parte directa de los próximos años de Estados Unidos y que, sin embargo, sienten que el sistema en el que viven no atiende sus demandas ni los entiende como colectivo; los aísla.

¿Es este el principal motivo que ha llevado al Partido Demócrata a la situación actual? Posiblemente. Después de que el gobernador Howard Dean dejara de ser el presidente del Comité Nacional Demócrata, hubo un cambio en la estrategia electoral que, tiempo después, ha resultado no ser la más acertada. Howard Dean entendía que lo importante no eran las elecciones que se producían cada cuatro años y que, en consecuencia, el foco de la actividad no podía concentrarse solamente en ese momento. Las elecciones son —o deberían ser— el momento en que un político rinde cuentas, pero el verdadero trabajo se encuentra en el fragmento de tiempo entremedias, cuando el partido no puede alejarse de las bases ni olvidarlas hasta la siguiente votación. Esta manera de ver las cosas le llevó a crear un programa estratégico que tenía una visión a largo plazo: la “50-State Strategy” o “Estrategia de los 50 estados”. Este plan tenía como objetivo final tener personal y una organización estructurada en literalmente “cada esquina del país”, de manera que el partido estuviera inmerso en una especie de “campaña permanente” y preparado para movilizar a los ciudadanos en cualquier momento. Los resultados saltaban a la vista: antes de estar Dean al mando, los demócratas no controlaban ni el Senado ni el Congreso; después, lo controlaban todo.

Sin embargo, no todos los líderes del partido estaban de acuerdo con la manera en la que se estaban gestionando los recursos y Howard Dean tuvo que defender su programa contra viento y marea frente a algunas personas, como el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel. En aquel momento, como presidente del Comité de Campaña Demócrata en el Congreso, Emanuel entendía que una estrategia de ese estilo en ciertos estados que consideraba imposibles de ganar suponía un gasto inútil del dinero del partido, el cual debía destinarse al apoyo de candidaturas demócratas en el Parlamento. A pesar de que trataron de limar estas asperezas, tras el nombramiento de Emanuel como jefe de personal de Obama en 2009, el nivel de tensión aumentó de manera exponencial. Dean fue especialmente crítico con ciertas leyes que trataban de aprobar desde la Casa Blanca, como la Affordable Care Act, tachándolas de despilfarro de dinero. Ese mismo año, el actual senador de Virginia, Tim Kaine, pasó a ocupar el lugar de Dean como presidente del Comité Nacional en una ceremonia a la que este último tuvo prohibido asistir debido a las órdenes de Emanuel y el jefe de comunicación de Obama, David Axelrod.

En una de las últimas entrevistas que ha concedido Barack Obama, en concreto a la revista Rolling Stone el día después de las elecciones, el presidente puso de relieve la importancia de fortalecer el partido y el comité fuera de los límites de Washington promoviendo una estructura que organice las bases ciudadanas a través del país y haciendo causa común con la clase trabajadora. Resalta también lo crucial de dirigir el mensaje hacia la población más joven del país, aquellos que se están formando y creciendo y que suponen el futuro de Estados Unidos. De esta manera, propone una línea que continúe la labor de sus campañas en lo que a movilizar a la gente se refiere, pero sus declaraciones suponen, cuando menos, una sorpresa. El plan que quiere impulsar se parece en gran medida al “50-State Strategy” de Howard Dean; qué irónico resulta, pues, que el presidente Obama no tuviera ningún puesto para este último en su Administración a lo largo de todos estos años.

No cabe duda, por tanto, de que la búsqueda en la que se encuentra ahora mismo el Partido Demócrata tiene que pasar necesariamente por volver a esas bases, y saldrá del caos en el que se encuentra actualmente cuando entienda el funcionamiento de la sociedad tal y como lo entienden personas como Dean u Obama. El partido no puede permitirse seguir siendo visto como una estructura rígida y cerrada que no levanta la vista de Washington; así, el camino que está recorriendo para recobrar el orden debe ser, básicamente, renacer de sus cenizas y volver a lo más simple: a las personas, al día a día de esa gente que no entiende por qué tiene menos dinero o sus hijos tienen menos oportunidades, a parar la sensación pesimista de que el país se dirige a un punto peor que el actual, a pesar de que la economía está mucho mejor que hace ocho años.

Los líderes de los demócratas tienen que remangarse la chaqueta y, en la búsqueda de sí mismos, encontrar a los ciudadanos; explicarles las medidas que toman, el trabajo que hacen, la dirección hacia la que se dirige el país; escuchar sus demandas, sus necesidades, y formar parte de la comunidad haciéndoles sentir de nuevo cerca de las instituciones que los representan.

Es tarea del Partido Demócrata volver a sus orígenes. En ese camino, debe ser no solamente el partido que tiene espacio para todas las minorías e identidades, sino también aquel que sea capaz de atraer a toda la población blanca o sin estudios cuyo voto ha perdido, ese 58%. Ahí está la verdadera clave para unir al país. Muchos dicen que ahora más que nunca existen dos Américas, y el reto que tiene por delante tratar de unirlas no es fácil, pero la demografía juega a su favor. Estados Unidos cuenta cada vez con más población latina y el porcentaje de mujeres aumenta exponencialmente, grupos importantísimos en las elecciones estadounidenses y que dirigieron su voto hacia Clinton. Todo parece indicar que, si el partido realiza un trabajo impecable para atraer el voto blanco, el futuro se mueve en la dirección demócrata, desde donde ya resuena un nombre: Elizabeth Warren. Aunque el liderazgo en el Partido Demócrata resulta ahora un tanto difuso, la senadora de Massachusetts, considerada una de las líderes de centroizquierda más influyentes en la actualidad, podría tener una oportunidad real en 2020. Tendremos que esperar hasta entonces para verlo.

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Alana Moceri es profesora de Relaciones Internacionales y Comunicación Política en la Universidad Europea de Madrid. Analista de política estadounidense. Colaboradora habitual en el periódico El Español y bloguera en The Huffington Post. Twitter: @alanamoceri. Web: www.alanamoceri.com.

Astrid Portero es politóloga con especialización en Comunicación Política y Relaciones Internacionales. Experiencia en Spain for Hillary e investigadora en aquienvoto.org. Twitter: @astridportero

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