Un país, dos sistemas: Hong Kong y la República Popular de China

Fuente: SCMP

La revolución de los paraguas y la irrupción parlamentaria de sus principales representantes han puesto en jaque el concepto “Un país, dos sistemas” por el que se rige la relación entre Hong Kong y China. Su resolución supone un gran desafío para la segunda potencia del mundo, cuyo crecimiento se ha encontrado directamente relacionado al desarrollo de este y otros enclaves capitalistas que, con cierta autonomía, han logrado un desarrollo sin parangón respecto al resto del país.

Tres décadas después de que Deng Xiaoping situara el concepto “Un país, dos sistemas” como base de las negociaciones con el Reino Unido de Margaret Thatcher para la reincorporación de Hong Kong y, posteriormente, Macao —por aquel entonces colonia portuguesa— a la República Popular China, su éxito ha sido puesto en entredicho.

A finales de septiembre de 2014 se produjeron en Hong Kong una serie de movilizaciones masivas que han pasado a la Historia como la revolución de los paraguas. Un mes antes, la Asamblea Nacional de Pekín aprobaba una reforma de la ley electoral para la elección del jefe ejecutivo de Hong Kong, figura equivalente a presidente de la región. Si bien esta reforma establecía el sufragio universal para su elección, restringía y condicionaba de facto la presentación de candidaturas al visto bueno del Partido Comunista de China (PCCh). Más de dos meses de protestas terminaron con el desalojo de uno de los mayores centros financieros del mundo y con la detención de centenares de manifestantes.

Dos años después, los principales líderes de la nueva oposición, abanderados de la democracia y del derecho a la autodeterminación, han irrumpido en el Consejo Legislativo de Hong Kong tras las pasadas elecciones legislativas, que tuvieron lugar en septiembre de 2016. Las elecciones presidenciales previstas para 2017, así como las reglas que rijan su convocatoria, decidirán el destino de Hong Kong.

Hong Kong, un puente entre dos mundos

En la actualidad, China es el tercer país más grande del mundo por extensión, pero la consolidación de sus límites fronterizos ni siquiera ha terminado. La historia de la China milenaria estuvo marcada tanto por la pugna entre reinos combatientes como por la amenaza exterior. Una de las consecuencias de estos factores ha sido la variación de su extensión territorial, así como de las relaciones de poder entre los diferentes actores protagonistas.

A mediados del siglo XIX, bajo el mandato imperial de la dinastía Qing, China tuvo que hacer frente al avance de las potencias europeas, que comenzaron a emplazar enclaves comerciales en las costas del Imperio chino. Entre otras, la actual ciudad de Hong Kong, por entonces un pequeño territorio no muy codiciado, fue adquirida en propiedad por el Imperio británico tras la derrota china en la Primera Guerra del Opio (1839-1842). El acuerdo que puso fin a la guerra, el Tratado de Nanking (1842), forma parte de la larga lista de tratados desiguales firmados entre potencias europeas y entidades asiáticas. Junto a la cesión en propiedad del territorio, también se recogieron indemnizaciones relacionadas con la confiscación de opio y otras reparaciones de guerra.

Tanto el origen como la consolidación del dominio británico de Hong Kong se encuentran en el contexto de la batalla comercial que se materializó en las Guerras del Opio. Si fue en la primera cuando el Imperio británico adquirió la propiedad del pequeño territorio, será tras la derrota china en la Segunda Guerra del Opio (1856-1860) cuando comience la expansión de la colonia británica. El Tratado de Pekín (1860) contempló en su contenido el arrendamiento a perpetuidad del territorio de Kowloon. Casi cuarenta años después, en 1898, un nuevo acuerdo firmado en Pekín concedió a los británicos los Nuevos Territorios, anexionados por arrendamiento a la ciudad durante un periodo de 99 años.

Hong Kong, la isla originaria, Kowloon y los Nuevos Territorios. Fuente: Fronteras
Hong Kong, la isla originaria, Kowloon y los Nuevos Territorios. Fuente: Fronteras

Para ampliar:China y la guerra del opio”, Roberto Celaya, Dina Ivonne y Beatriz Ochoa en Itson

Durante el primer siglo de dominio colonial, la ciudad creció de forma paulatina y se consolidó como principal avanzadilla británica en la región. Fue el encadenamiento de los diversos conflictos bélicos que siguieron a la inestabilidad generada tras la caída de la dinastía Qing el factor determinante para el desarrollo de Hong Kong. Si la guerra civil entre el Gobierno de la República de China y los revolucionarios comunistas liderados por Mao Tse-Tung comenzó en 1927, diez años después ambos bandos se alinearon frente a la ocupación japonesa. Tras la derrota de Japón en la II Guerra Mundial, la guerra civil continuó hasta 1950, año del triunfo de la revolución comunista.

Como consecuencia de más de veinte años de guerra ininterrumpida, Hong Kong se convirtió en uno de los principales destinos de refugiados chinos, mano de obra barata que garantizó un rápido crecimiento industrial en un contexto más estable que el continental. No obstante, no fue hasta la apertura comercial iniciada por Deng Xiaoping a finales de los años setenta cuando Hong Kong consolidó su desarrollo y se convirtió en el nexo entre el mundo occidental capitalista y China. La región se erigió entonces como uno de los principales centros del comercio internacional y, por extensión, como una de las ciudades más ricas del mundo bajo un paradigma capitalista.

Para ampliar: El proceso de reforma económica de China y su adhesión a la OMC”, Ana I. Salvador

Un país, dos sistemas

En la década de los ochenta, el final del periodo de arrendamiento de los territorios adquiridos en 1898 era inminente. El Gobierno británico se encontraba ante una verdadera tesitura: Hong Kong no podía mantenerse sin su periferia y, según lo acordado, tan solo el territorio en propiedad y Kowloon seguirían perteneciendo a la colonia tras 1997. Por otro lado, parecía poco probable que la China de Xiaoping cediera ante una antigua potencia a la que ya no tenía nada que envidiar.

Durante décadas, el desarrollo de Hong Kong generó el caldo de cultivo idóneo para el surgimiento de una élite empresarial local con gran incidencia a nivel internacional. Al fin y al cabo, la ciudad se había convertido en el principal punto de acceso a un mercado chino que comenzaba su expansión. Fue precisamente esta élite la que consideró la oportunidad que les abriría formar parte de dicho mercado. No obstante, para mantener su posición, consideraban inamovible el derecho a la propiedad privada, así como el resto de derechos y libertades garantizados por la Administración colonial. El rumbo de las negociaciones entre Londres y Pekín estuvo marcado por los intereses de este grupo.

El resultado final fue la Ley Básica de Hong Kong, acordada en la Declaración Conjunta Chino-Británica (1984), que actualmente rige en la región como estatuto de autonomía desde 1997 durante un periodo de 50 años. Esta condición de autonomía se asentó sobre el concepto “Un país, dos sistemas”, defendido por Xiaoping. En definitiva, se construía una China a dos velocidades, dicotómica en lo económico, lo social y lo político.

Si bien el nuevo modelo para China fue un éxito, en sus inicios estuvo rodeado de escepticismo debido al riesgo que entrañaba. El primer paso fue crear tres zonas económicas especiales en torno a ciudades cercanas a Shanghái, Macao y Hong Kong. Su éxito no solo abrió la puerta a la integración de las colonias de Hong Kong (1997) y Macao (1999), sino que favoreció el desarrollo de Shanghái —entonces la ciudad china con mayor inversión extranjera— y la expansión del modelo a lo largo de la costa del país. El intento de seducir a las autoridades de Taiwán —también conocida como República de China— ante una hipotética unificación de las dos chinas en un único país estuvo subyacente a lo largo de todo el proceso.

Zonas económicas especiales de China. Fuente: Wikimedia
Zonas económicas especiales de China. Fuente: Wikimedia

Ante la consolidación de nuevos puentes entre el mercado chino y el mercado internacional, las élites de Hong Kong aprovecharon la experiencia y renombre adquiridos en el ámbito comercial internacional para apostar por la creación de un enclave bancario y financiero que, a nivel interno, se convertiría en el gran impulsor del desarrollo de la China continental.

En el plano político, si bien durante el mandato británico no existía un sistema democrático en Hong Kong, la Ley Básica determinó la creación de un Consejo Legislativo compuesto por 70 miembros, de los que la mitad serían elegidos por sufragio universal, mientras que el resto sería elegido por un grupo cerrado formado en la práctica por empresarios y afines a Pekín. Por otro lado, el jefe ejecutivo, máxima autoridad de la región, sería elegido por un comité compuesto por 1.200 individuos con intereses comerciales o políticos relacionados directamente con el PCCh y los intereses de Pekín. Es precisamente la reforma de este sistema de elección, que según lo acordado en la Declaración de 1984 debía asentarse sobre el sufragio universal a partir de 2017, donde se encuentra el centro de la polémica actual y la llama que ha alimentado unas movilizaciones nunca antes conocidas en Hong Kong.

De la integración en China a la revolución de los paraguas

En 1989, la población de Hong Kong tomaba la calle como acto de repulsa hacia las matanzas de Tiananmén, con un sentimiento a medio camino entre la solidaridad y el temor. La condición de excepcionalidad que mantenía la región, por entonces todavía colonia británica, permitió la protesta de su población en contraposición a lo ocurrido en la China continental.

La década de los noventa comenzó de manera convulsa. A las protestas iniciales, de índole política, que rechazaban la actuación de Pekín y veían con temor su futura anexión a China, se les sumaron cuestiones económicas. Durante aquellos años, Hong Kong se conectó al resto del que pronto sería su propio país mediante una red de infraestructuras que menguaron las arcas públicas e hipotecaron los años venideros.

Para ampliar: El movimiento de mayo de 1989 en China”, María Teresa Rodríguez

Tras la incorporación a China, el crecimiento económico de ambas partes dilucidó cualquier tipo de enfrentamiento de grandes dimensiones en un ambiente de aparentes buena convivencia e integración. La política de Pekín hacia Hong Kong, proyectada con un margen de 50 años de autonomía, siempre ha estado basada en una paulatina asimilación de su población. Como elemento añadido, con el estallido de la crisis económica mundial, muchas empresas de la región se vieron afectadas debido a sus relaciones comerciales con socios occidentales. La solución fue incrementar los vínculos con el mercado interior chino, fortalecer las relaciones con Pekín para salvar los baches internacionales y, consecuentemente, profundizar en la dependencia entre ambas partes.

Con el paso del tiempo, la consolidación de las élites económicas de Hong Kong y su alineamiento con los intereses de Pekín han chocado con nuevas generaciones de jóvenes que buscan, por encima de todo, una garantía real de sus derechos y libertades. El 31 de agosto de 2014 la Asamblea Nacional de Pekín emprendió la reforma de la ley electoral para las elecciones a jefe ejecutivo de Hong Kong de 2017. Sin embargo, la inclusión del sufragio universal, contemplada en el acuerdo de autonomía, no ha eliminado las restricciones a la presentación de candidaturas: la reforma seguía contemplando la existencia del comité de 1.200 individuos cercanos a Pekín, que deberían elegir entre unos pocos candidatos seleccionados y solo después votados por toda la población.

El 23 de septiembre de 2014, menos de un mes después del anuncio de la reforma, que aún debía ser aprobada por el Consejo Legislativo de Hong Kong, fue convocada una huelga de estudiantes en protesta por la misma. La movilización se mantuvo durante varios días hasta la detención de los principales cabecillas. Después, la respuesta de la población ante las detenciones no fue otra que una gran movilización espontánea, aunque hábilmente coordinada, que ocupó el centro neurálgico de la ciudad y, por extensión, uno de los grandes centros del comercio internacional. Ante la represión policial, que se basó en el lanzamiento de gas lacrimógeno y gas pimienta, la población respondió, junto al empleo de toallas y mascarillas, abriendo sus paraguas para mitigar el efecto de los gases. Así se fraguó la denominación popular de las protestas como la revolución de los paraguas.

Manifestantes ante la policía durante la revolución de los paraguas. Fuente: RUSI
Manifestantes ante la policía durante la revolución de los paraguas. Fuente: RUSI

El resultado fue un movimiento de desobediencia de carácter no violento duramente reprimido y al que ni Pekín ni el Gobierno de Hong Kong hicieron concesión alguna. Las protestas se alargaron durante 79 días entre llamamientos a la calma de las élites locales en busca de estabilidad y seguridad. Si bien las protestas se apagaron con el paso del tiempo ante la impotencia y la ausencia de resultados, en febrero de 2015 volvieron a convocarse manifestaciones de protesta. Varios meses después, el Consejo Legislativo rechazó la propuesta de reforma electoral, aunque Pekín todavía tiene la última palabra.

Para ampliar: Hong Kong, paraguas por la democracia”, Pilar Requena en En Portada

De la calle a las instituciones

En las pasadas elecciones del 3 de septiembre, a las que estaban llamados casi cuatro millones de ciudadanos para la elección de 35 de los 70 escaños de la cámara, han sido elegidos parlamentarios cinco de los líderes de las protestas de 2014. Con una base social cuyo grueso se compone por la juventud, los líderes de la revolución de los paraguas han entrado en el órgano legislativo con un discurso prodemocrático y, en algunos casos, a favor de una consulta por la autodeterminación del territorio. Es un hecho histórico en una ciudad en la que ha sido la norma la estabilidad y continuidad de un modelo que a principios de siglo era considerado casi unánimemente exitoso.

En cuanto a las elecciones a jefe ejecutivo, Pekín no contempla otro sistema que no sea el aprobado por la Asamblea Nacional en agosto de 2014. Si con anterioridad ya era difícil para los candidatos poder presentarse, ahora su número no solo será más reducido, sino que el visto bueno del PCCh seguirá siendo condición sine qua non.

Parte de la población de Hong Kong sigue reclamando unas elecciones con sufragio universal verdaderamente democráticas, en las que pueda presentarse cualquier candidato, aunque la opinión pública se encuentra dividida debido a la conveniencia o no de trastocar un sistema que ha funcionado durante los últimos años. La gran diferencia es que hoy no es en la calle, sino en el propio Consejo Legislativo donde resuenan las exigencias de democracia.

Un futuro incierto

Con representantes políticos democráticamente elegidos contrarios a las tesis de Pekín, la situación se vuelve más compleja para el gigante asiático. La convocatoria electoral de 2017 para determinar quién será el jefe ejecutivo marcará un antes y un después en las relaciones entre Hong Kong y China, aunque, ya sea mediante una u otra fórmula, las distancias seguirán siendo insalvables.

La pregunta principal es: ¿puede Hong Kong subsistir y seguir desarrollándose sin el gigante chino a sus espaldas? Durante los últimos años, se han planificado inversiones y mejoras en la gestión de la región orientadas a consolidar Hong Kong como una metrópoli a la altura de las grandes capitales mundiales. No obstante, sus limitaciones son evidentes: su crecimiento ha estado ligado al de China y una ruptura abriría un futuro marcado por la incertidumbre. Por otro lado, Pekín no permitirá la independencia de la región por razones obvias, desde el posible efecto contagio a otras regiones administrativas especiales hasta la importancia geoestratégica del enclave, ubicado frente al disputado Mar de China.

Para ampliar:Geopolítica en el Mar de China”, Adrián Albiac en El Orden Mundial

Acerca de Fernando Rey 10 Articles
Madrid, 1994. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en desarrollo, cooperación y resolución de conflictos, especialmente en África y América Latina.

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