Los drusos, solo fieles a sí mismos

Un grupo de drusos de los Altos del Golán israelíes se manifiestan en apoyo de sus hermanos sirios (junio de 2015). Fuente: RIAC

La secta de los drusos se escindió del islam chií en el siglo XI. Señores de su reino en las montañas y férreamente unidos a su comunidad, desde entonces han maniobrado de manera hábil para asegurar su supervivencia posicionándose como aliados o como enemigos de los grandes poderes según les era más conveniente. En la actualidad, aunque olvidados por los medios, continúan presentes en los distintos contextos políticos en los que se insertan, configurándose como actores fundamentales para entender las dinámicas de la región y determinantes para su futuro.

En la primavera del año 411 de la Hégira (1021 d. C.), los acontecimientos se sucedían, caóticos y sangrientos, en las calles de El Cairo. La espiral de violencia culminaría de noche con la desaparición del califa Al Hakim en extrañas circunstancias. Lo que podría haber sido el inicio de una profunda crisis política, común tras la muerte de los califas en todo el mundo islámico, a la que sigue un período de ansiedad para los fieles, fue sin embargo una época de inusitada calma. La mayor parte de los cairotas aceptaron en silencio la noticia y los subsiguientes tejemanejes de la corte, que llevarían a la regencia de facto de una mujer, Sitt al Mulk, durante los siguientes cuatro años. Si los Gobiernos controlados por mujeres son raros, aunque no inexistentes, en el mundo islámico, más curioso todavía era que esta crisis de poder supondría el advenimiento de una nueva secta dentro de la religión mahometana: los drusos.

Su nombre deriva de Muhammad bin Ismail Nashtakin al Darazi, uno de los primeros en concebir la nueva doctrina influenciado por la filosofía griega y el misticismo asiático. No obstante, Darazi fue luego considerado herético por sus seguidores y sería gracias a las maquinaciones del místico chií Hamza ibn Ali ibn Ahmad, llegado a Egipto en el año 1014, por las que la fe drusa conseguiría desarrollarse por completo. Hamza consiguió iniciar un movimiento junto a otros estudiosos de la fe islámica y líderes políticos, logrando penetrar en la corte del califa Fatimí al Hakim (985-1021 d. C.). Hamza convencería a un ya enloquecido califa de que era Dios en persona y de que por ello podría librarse de la muerte. La deificación se tornaría en una declaración pública de obligada y exclusiva idolatría a Al Hakim, proclamada a bombo y platillo desde los minbar —púlpitos— de todas las mezquitas de la ciudad del Nilo.

La mayor parte de los creyentes egipcios se rebelaría contra lo que parecía una obvia y flagrante herejía llenando —tal vez por primera vez— los muros de El Cairo de mensajes insultantes contra su jefe de Estado y colapsando los buzones de palacio con cartas amenazadoras. No obstante, Al Hakim no retrocedería y el endiosado califa respondería mandando hacer arder la medina entera, núcleo de la insubordinación, hasta los cimientos. El califa finalmente desaparecería, dejando tras él tan solo unos ropajes desgastados y unas huellas en medio del desierto, pero un pequeño grupo de seguidores haría propias las ideas de Hamza, considerando que la desaparición del califa era transitoria y que permanecería velado hasta que regresara para asegurar el gobierno de la fe.

Tras la desaparición de su imán, el movimiento dirigido por Hamza entró en la clandestinidad, negándose a aceptar al hijo del difundo, Ali al Zahir, como nuevo califa, por lo que sufrieron una intensa persecución por parte de los nuevos regentes, empezando por Sitt al Mulk en el 1021 d. C., que proclamaría su voluntad de hacerlo desaparecer. Tras una sucesión de masacres y de conversiones forzosas, los drusos supervivientes marcharon a las zonas montañosas de Líbano y Siria. Aquí, durante el periodo de las cruzadas, se tornarían en una de las principales fuerzas de choque de los gobernantes mamelucos de Egipto contra los cruzados, ganando el respeto de los califas suníes a pesar de no ser ni siquiera considerados musulmanes. Sin embargo, en 1305, una fetua del reconocido académico Ibn Taymiya —conocido por su rigorismo y actual inspiración de los movimientos salafistas— puso a los drusos, junto a otras minorías religiosas, en el punto de mira de los gobernantes musulmanes, iniciándose un nuevo período de persecución. A pesar de todo, en las regiones montañosas meridionales de lo que actualmente constituirían Líbano, Siria e Israel, los drusos se harían fuertes, consiguiendo que las autoridades otomanas los reconocieran como un poder autónomo, en lo que terminaría llamándose Jabal al Druze —Montaña de los Drusos—.

Sería en su feudo montañoso donde se terminaría de conformar la fe drusa, caracterizada por un fuerte sentimiento comunitario, altamente espiritual y endogámica, y que renunciaría al proselitismo desde el siglo XI. Los drusos se autoproclamarían los muwahhidin —monoteístas— y continuaron su andadura como secta al margen del islam incluyendo creencias como la reencarnación o la unidad de Dios, carentes de clero y con solo un 10% de sus miembros con acceso a los textos sagrados.

Los drusos en Siria: el poder en la montaña

Con la fragmentación de lo que en su día fue el Imperio otomano y la imposición del modelo de Estados nación, los drusos —como el resto de pueblos de Oriente Próximo— debieron aprender a moverse en un nuevo contexto político marcado por los intereses de las potencias coloniales y la aparición de fronteras. Su población —alrededor de un millón de personas— quedaría distribuida entre Líbano, Siria, Israel y, en menor medida, Jordania, siendo reconocidos como una comunidad religiosa independiente. Aunque los drusos han conservado hasta hoy una fuerte conciencia comunitaria de alcance transfronterizo, lo cierto es que actúan de manera muy pragmática, apostando siempre al caballo ganador y desarrollando una férrea lealtad hacia sus Estados de acogida con el fin de asegurar su supervivencia como secta y mantener ciertos privilegios que se les negarían a otros grupos religiosos, aunque cuando fue necesario también se manifestaron como una potente fuerza militar y política contra poderes que consideraban ocupantes.

La influencia de la comunidad drusa sería especialmente determinante para la política siria, donde participarían de manera activa en la lucha nacionalista contra el colonialismo francés, sirviendo asimismo de nexo con el Gobierno de Israel —especialmente tras la ruptura formal de las relaciones tras la guerra de los Seis Días en 1967 y la subsiguiente toma de los Altos del Golán— y como fuerza de apoyo al régimen baazista.

En los años 50, sin embargo, con la independencia ya conseguida en 1946, el Gobierno, en manos de Adib al Shikshali, situaría a los drusos como una fuerza peligrosa que debía ser abatida tras haber amenazado el líder druso Al Atrash con invadir la propia Damasco si se atrevían a cuestionar el poder de la comunidad en las montañas. En 1953, una fuerza de 10.000 soldados sería enviada a las zonas de mayoría drusa a bombardear decenas de poblaciones y asesinar a miles de civiles. No obstante, este ataque sería el inicio del fin para Al Shikshali, que sufriría un golpe de Estado en 1954 y que en 1964, ya en el exilio, sería asesinado por un vengativo Nawaf Ghazaleh, un druso huérfano por los bombardeos a Jabal al Druze. Con el tiempo, especialmente con la llegada de Hafez al Assad al poder, los drusos se integrarían profundamente en el sistema político sirio, tanto en el aparato militar como en el partido Baaz. Desde 2011 y el estallido de la guerra civil, constituyen uno de los pilares más firmes del presidente Bashar al Assad.

Un grupo de drusos observa los combates de la guerra de Siria desde la frontera con Israel. Fuente: Al Jazeera
Un grupo de drusos observa los combates de la guerra de Siria desde la frontera con Israel. Fuente: Al Jazeera

Israel y los drusos sionistas

Durante el mandato británico sobre Palestina, cuando empezaron a exacerbarse las tensiones por la cada vez mayor penetración de población judía y del movimiento sionista, la comunidad drusa, a pesar de ser étnica y lingüísticamente árabe, se proclamaría neutral. Esta posición llamó la atención de las fuerzas sionistas, que vieron en los drusos a un potencial aliado y enviaron un representante, Ben Tzvi, para iniciar los contactos. Su estrategia consistía en aprovechar las divisiones internas de la comunidad drusa para conseguir el favor de determinadas familias poderosas ofreciendo beneficios económicos a cambio de que convencieran a los miembros de la comunidad drusa, tanto de Palestina como de los territorios circundantes, de que no colaboraran con los árabes. Muchos ignorarían dichas órdenes y apoyarían a sus hermanos y hermanas árabes de todos modos. No obstante, la posición tomada por el liderazgo druso —que, aunque disfrazada de neutralidad, era, a ojos de los árabes, claramente projudía— llevaría a una escalada de tensiones y a un dilema de posiciones sin precedentes, que les llevaría a ser considerados traidores y, por ello, a ser atacados. Los desentendimientos y traiciones entre ambas comunidades no harían sino empeorar la situación. Diversas comunidades drusas fueron objetivo de ataques por parte de las milicias árabes rebeldes, lo que llevaría a los drusos a organizarse en autodefensas con suministros de los británicos e incluso a coordinarse con los sionistas en diferentes ofensivas.

El inicio de la alianza druso-sionista. Fuente: Etz Yoseph
El inicio de la alianza druso-sionista. Fuente: Etz Yoseph

Posteriormente, con el nacimiento del Estado de Israel en 1948, la comunidad drusa firmaría un acuerdo con las autoridades sionistas y conseguiría el reconocimiento como comunidad religiosa en 1957 a cambio de la lealtad al Estado y de su obligada participación en las fuerzas armadas, donde aún hoy gozan de un enorme porcentaje de participación —hasta 2015 contaban con su propia división dentro del ejército— y se les considera entre los peores en tratar a los palestinos en los puestos de control y las prisiones. La solidaridad para con el Estado judío sería tal que incluso se crearía el movimiento sionista druso, con miles de afiliados, asentándose esta comunidad como fuerza social fuertemente nacionalista y patriótica, que defiende a ultranza la idea de Israel como Estado judío y se opone a propuestas alternativas de tipo multiculturalista. A pesar de todo, no son pocos los alegatos de exclusión de los drusos, que afirman sufrir discriminación a la hora de recibir ayudas públicas, becas y créditos bancarios o en el acceso a puestos empresariales de alto nivel, a la vez que son tratados como inferiores por la élite dominante askenazí.

El batallón Herev —Espada—, integrado únicamente por drusos, antes de su disolución en 2015. Fuente: Times of Israel
El batallón Herev —Espada—, integrado únicamente por drusos, antes de su disolución en 2015. Fuente: Times of Israel

Por otro lado, la diversidad dentro de las fronteras del Estado de Israel no tiene límites y no todas las comunidades drusas vendrían a desarrollar este fanatismo por el Estado judío. Al norte, en los Altos del Golán, los drusos establecerían una relación totalmente distinta con los israelíes. La región montañosa, de un potencial geoestratégico sin igual —desde sus cimas se avistan tanto Damasco como las costas mediterráneas—, sería arrebatada a Siria por Israel en 1967, tras la guerra de los Seis Días, incorporando a su territorio a unos 20.000 drusos, que no se someterían a la autoridad soberana del nuevo Estado. Los drusos de Siria, como otras minorías étnico-religiosas del país árabe, se verían enormemente favorecidos por el régimen alauí de los Assad frente a la mayoría suní, desarrollando a lo largo de los años una estrecha lealtad con el partido Baaz. Así, a pesar de que tras la anexión formal de los Altos por parte de Israel en 1981 —no reconocida internacionalmente— se ofrecería a estas comunidades el acceso directo a la ciudadanía israelí y a todos los derechos asociados a ella, a día de hoy más del 90% se ha negado a aceptarla. Por otra parte, esta población creó un curioso vínculo entre dos Estados explícitamente enemigos estableciendo pequeños tratados comerciales para que los drusos pudieran vender sus productos o estudiar en las universidades sirias.

La guerra de Siria: el fin del equilibrio

Sin embargo, como ocurriría con los demás equilibrios de poder y las relaciones interconfesionales de Oriente Próximo, las relaciones de los drusos con sus Estados anfitriones se vieron alteradas por la guerra civil en Siria. En el caso de la propia Siria, aunque los drusos se han mantenido hasta ahora mayoritariamente fieles al régimen de Al Assad, viendo en los alauitas un aliado natural frente al extremismo suní, con verdaderos héroes drusos mitificados por los combatientes del régimen, los bombardeos sobre civiles y otros atentados contra los derechos humanos han llevado a la aparición de liderazgos críticos con el régimen, que no obstante han sido hasta el momento puestos bajo control mediante una despiadada y minuciosa represión.

Las relaciones entre los drusos del Golán e Israel tampoco quedaron indemnes ante el devenir de la guerra, con un cierto, aunque limitado, aumento de las solicitudes de acceso a la ciudadanía israelí. Tras los ataques yihadistas sobre las poblaciones drusas al otro lado de la frontera, los drusos iniciarían una serie de demandas, entre ellas la entrada de refugiados drusos de Siria y la protección a esta comunidad en el país vecino frente a ataques terroristas, además del cese de la ayuda médica y técnica a la oposición siria, todo ello llevando al primer encuentro en décadas entre el líder de la comunidad drusa del Golán israelí, el jeque Taher Abu Salah, y las autoridades israelíes. Asimismo, aunque algo divididos respecto a qué posición tomar, lo cierto es que diversos líderes drusos del lado israelí del Golán han prestado ayuda y armas a sus hermanos de Siria y un reducido número incluso ha marchado a combatir en apoyo al régimen de Bashar al Assad. Todo ello ha llevado al Gobierno israelí a considerar la guerra en Siria como una excelente oportunidad para ganar legitimidad en el Golán a la vez que influencia el desarrollo del conflicto vecino anunciando una enorme inversión en infraestructuras hasta 2017.

Benjamin Netanyahu y el jeque Moafaq Tarif, líder de la comunidad drusa de Israel, reunidos en 2013. Fuente: Times of Israel
Benjamin Netanyahu y el jeque Moafaq Tarif, líder de la comunidad drusa de Israel, reunidos en 2013. Fuente: Times of Israel

Por todo ello, los drusos se constituyen como un actor determinante tanto a nivel regional como en los respectivos contextos nacionales. En el caso de Siria, Assad deberá reforzar la seguridad en las zonas drusas y ofrecer beneficios a cambio de la lealtad demostrada por la comunidad parar reforzar la fidelidad a largo plazo. En caso contrario, los drusos podrían considerar tomar el camino de los kurdos de Rojava como forma de asegurar su supervivencia, algo que además gozaría seguramente del apoyo de Israel.

Al otro lado de la frontera, el Estado judío deberá también reforzar las buenas relaciones con los drusos. Los tiempos están cambiando y las disidencias internas parecen empezar a emerger en un Israel acostumbrado a vanagloriarse de su estabilidad interna, especialmente en comparación con la convulsa región en la que está inserto. Así, de la misma forma que las comunidades judías de origen etíope han iniciado su propia campaña contra la discriminación, los drusos han iniciado la suya propia, recuperando progresivamente sus vínculos con el pueblo palestino e identificándose con su sufrimiento.

No parece que ninguno de estos procesos vaya a provocar cambios inmediatos, pero sin duda alguna los intereses y demandas drusas deberán ser incluidos en la agenda política de los respectivos Estados anfitriones si quieren asegurar la estabilidad interna y mantener el statu quo en el medio plazo, teniendo siempre presente el pragmatismo de una comunidad que, ante todo, es fiel a sí misma, y que hará lo que sea necesario para asegurar su supervivencia. En el Estado de Israel en particular, la posible articulación conjunta de las demandas sociales de las minorías junto a las reivindicaciones del pueblo palestino podría llegar a atacar directamente la esencia ideológica de Israel como Estado judío y reforzar por tanto las visiones defensoras de una democracia pluralista no exclusivamente judía, lo que podría determinar el rumbo del conflicto palestino-israelí. Todo ello hace de los drusos un actor que, aunque generalmente ignorado en los grandes relatos sobre Oriente Próximo, será imprescindible para determinar el rumbo de la región en el futuro.

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Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

1 comentario en Los drusos, solo fieles a sí mismos

  1. Sobre: “los bombardeos sobre civiles y otros atentados contra los derechos humanos han llevado a la aparición de liderazgos críticos con el régimen, que no obstante han sido hasta el momento puestos bajo control mediante una despiadada y minuciosa represión”.
    ¿Tenéis fuentes que lo confirmen?

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