Suníes y chiíes: el mito de los odios remotos y el nuevo mapa de Oriente Próximo

© Paolo Pellegrin. Magnum Photos

¿Se encuentra Oriente Próximo sumido en una guerra total entre las dos grandes corrientes del islam? Indagar en los conflictos de la región es necesario para desmontar relatos que desligan la violencia actual de eventos contemporáneos y en su lugar la asocian a odios étnicos ancestrales.

¿Vienen suníes y chiíes luchando desde el cisma que dividió a los musulmanes tras la muerte de Mahoma en el año 632? Dando un vistazo rápido al mapa de los conflictos de la región, da la impresión de que en los países donde cohabitan suníes y chiíes acaban enfrentándose sin remedio. En Siria, el régimen de Bachar al Asad, dominado por la minoría alauí, una rama lejana del chiismo, se enfrenta a una oposición formada mayoritariamente por grupos islamistas suníes. En Irak, la caída del suní Sadam Huseín elevó al poder a la mayoría chií, que ahora debe hacer frente a una insurgencia liderada por el grupo terrorista Estado Islámico en las regiones suníes del país. Y, en el olvidado Yemen, los hutíes, una milicia perteneciente a la rama zaydí del chiismo, han tomado la capital del país y desde enero de 2015 sufren los bombardeos de una coalición liderada por Arabia Saudí. A todo ello debe sumársele la guerra fría que protagonizan la república islámica chií de Irán y Arabia Saudí, bastión del fundamentalismo suní, cuyas disputas se han esparcido por todos los campos de batalla de Oriente Próximo.

Las divisiones etnorreligiosas de Oriente Próximo. Fuente: The Gulf blog
Las divisiones etnorreligiosas de Oriente Próximo. Fuente: The Gulf blog

El sectarismo —entendido aquí como un enfrentamiento entre las distintas ramas del islam— es sin duda un componente pujante en los conflictos actuales. El autodenominado Estado Islámico y sus pretensiones genocidas han convertido en habituales los ataques suicidas en barrios chiíes de Damasco, Bagdad o Saná, que han dejado miles de civiles muertos. A ello debe sumársele la proliferación de milicias chiíes que a menudo vejan y aterrorizan a las poblaciones suníes, antes controladas por grupos yihadistas. La retórica sectaria también se ha asentado en el actual alboroto regional, promovida por clérigos y autoridades fundamentalistas y difundida a través de las cadenas por satélite y las redes sociales. El teólogo y figura televisiva Yusuf al Qaradaui, que presenta el programa más popular de Al Jazeera, la cadena más vista del mundo árabe, ha acusado a los alauíes de ser “más infieles que los judíos y cristianos”; por su parte, otro célebre locutor de la misma emisora ha pedido en más de una ocasión la limpieza étnica de chiíes y alauíes sirios.

Respaldados por este lenguaje sectario, los medios occidentales han asumido que los conflictos en Siria, Irak y Yemen forman parte de una guerra histórica de aniquilación étnica donde los Estados y las milicias se alinean en un bando u otro dependiendo de su afiliación religiosa. Esta lectura etnorreligiosa de la violencia que hoy sacude a Oriente Próximo es denominada “relato de los odios remotos” (ancient hatreds narrative, en inglés), pero, tal y como veremos, ese relato es en realidad un mito.

Para saber más: Faisal al Qasem aboga por la limpieza étnica de los chiíes sirios que viven en zonas mayoritariamente suníes (en inglés), Albawaba

El relato de los odios remotos: de Yugoslavia a Oriente Próximo

El origen de esta teoría sobre odios étnicos perennes se encuentra en el final de la Guerra Fría y no se ha aplicado solo a suníes y chiíes. El primer caso que se popularizó ocurrió tras la desintegración de la Yugoslavia comunista. Autores como Samuel Huntington o Robert Kaplan ayudaron a definir la guerra en Bosnia como un conflicto plenamente étnico-religioso entre croatas católicos, bosnios musulmanes y serbios ortodoxos. Asimismo, se construyó un relato que sugería que el comunismo fue solo un parche transitorio que unió unos grupos étnicos que realmente llevan odiándose desde hace siglos. El derrumbe del fuerte gobierno central precipitó la violencia, que solo había sido contenida, pero nunca erradicada.

Hoy en día, muchos artículos que pretenden explicar la violencia actual entre suníes y chiíes en Oriente Próximo siguen pautas similares. El relato suele repetirse así: tras morir el profeta Mahoma, se desató una crisis sucesoria. Por un lado, algunos musulmanes consideraban que Abu Bakr, amigo del profeta, debía ser el nuevo líder, mientras que otros fieles eran partidarios de su primo Alí. Los seguidores de Abu Bakr vencerían y acabarían convirtiéndose en los suníes; los partidarios de la línea familiar de Alí, los chiíes, serían derrotados, convirtiéndose en una minoría frecuentemente perseguida dentro del islam. Nacía así un odio eterno e inalterable, ahora desatado por la ausencia de una autoridad superior que los mantuviese unidos.

En su pretensión de responder a la pregunta “¿Por qué se matan suníes y chiíes?”, los medios occidentales a menudo consideran las guerras en Siria e Irak como de aniquilación étnica, con origen en las disputas sucesorias a la muerte de Mahoma, en la veneración de santos, en interpretaciones distintas del Corán y demás diferencias doctrinales. El impacto de los eventos históricos y políticos contemporáneos son erróneamente desechados.

06chappatte-master768En ninguno de los conflictos en Oriente Próximo hay solo dos bandos definidos por la confesión religiosa. El intento de explicar de forma simple la violencia por parte de algunos medios a menudo lleva a reduccionismos absurdos. Fuente: Chappatte (International New York Times)

Las guerras que vienen ocurriendo en Oriente Próximo desde hace 1.400 años no son fruto de antipatías sectarias, irracionales e imperecederas. Y tales odios no constituyen el motor de los conflictos, sino su consecuencia. El relato de los odios remotos está basado en conceptos erróneos, magnifica enemistades sectarias e ignora los elementos geopolíticos y sociales y los intereses de los Estados de Oriente Próximo.

Dicha teoría es heredera del orientalismo clásico, que presupone que el oriental, el musulmán, se guía por su identidad más primaria, la religión, en todos los aspectos de su vida. De este modo, los medios occidentales tienden a buscar explicaciones étnicas y religiosas en conflictos que estallan por problemas socioeconómicos y políticos y que se enquistan por los cálculos geopolíticos interesados de potencias exteriores. Los sirios no se levantaron contra Al Asad porque es alauí ni Irán salió a su rescate porque comparten ciertas creencias.

La principal consecuencia del relato de los odios remotos es la construcción en nuestro imaginario de dos grandes bloques monolíticos y antagónicos constituidos por suníes y chiíes. No existen matices nacionales, ideológicos, lingüísticos o socioeconómicos dentro de estos dos grupos y se presupone una enemistad y un fervor religioso a individuos, a milicias e incluso a países que en realidad carecen de ellos.

Rivalidad dentro de la secta y alianzas intersectarias

En realidad, los países y milicias que los medios adscriben dentro del sunismo o el chiismo no son ni se comportan como bloques homogéneos y por ello utilizar las dos sectas como las dos principales unidades de análisis en las relaciones internacionales de la región conducirá a más equívocos que a aciertos.

Suníes

Por un lado, el bando suní en realidad está resquebrajado en tres frentes visibles. De entrada, la wahabita Arabia Saudí ejerce de líder de un grupo de países que pretenden preservar el statu quo regional. Junto a Riad caminan el Gobierno secularista egipcio de Abdelfatá al Sisi y las monarquías de Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin. Entre sus prioridades figura diezmar el expansionismo iraní allí donde surge. Es por ello que derrocar a Al Asad, un fiel aliado de Teherán, es uno de sus principales objetivos. Además, dichos países vieron las revoluciones árabes de 2011 como un grave reto a su hegemonía.

No obstante, los partidarios del statu quo deben lidiar con rivales dentro de su propia secta. El pequeño reino de Qatar lleva años ejerciendo una política exterior potente, pero flexible, que le ha llevado a aliarse con los islamistas Hermanos Musulmanes y Turquía. Este grupo, que en teoría es ideológicamente cercano al islamismo de Arabia Saudí, supone a la vez uno de sus mayores dolores de cabeza. A diferencia de sus vecinos, Qatar percibió las malogradas Primaveras Árabes como una oportunidad para extender su influencia. Es por ello que celebraron la caída del régimen de Mubarak en Egipto y la ascensión al poder del islamista Morsi. Su continuo apoyo a los ahora depuestos Hermanos Musulmanes egipcios acarreó en 2014 la peor crisis entre las monarquías del Golfo: Arabia Saudí, los Emiratos y Bahréin retiraron temporalmente sus embajadores de la capital qatarí.

Para saber más: “Oriente Próximo, alucinación y la imaginación cartográfica” (en inglés), Discover Society

Libia es un caso que evidencia las fisuras dentro del denominado bloque suní. El país es abrumadoramente suní, pero se encuentra profundamente dividido y sumido en una guerra civil desde las revueltas populares y la operación de la OTAN que acabaron con Gadafi en 2011. Actualmente, Libia está divida entre dos Gobiernos. Por un lado, los Emiratos y Egipto dan apoyo a un Ejecutivo secularista al este del país, mientras que Turquía y Qatar respaldan a un Gobierno de corte islamista en Trípoli. Libia es la prueba de que el enquistamiento de la violencia tiene menos que ver con inquinas sectarias que con cálculos geopolíticos de países vecinos.

Estas disonancias también se evidenciaron durante el golpe de Estado contra Erdoğan en verano de este año. Arabia Saudí tardó 15 horas en condenar la acción del ejército y algunos medios han acusado a los Emiratos de financiar a los responsables del fallido golpe. Mientras tanto, Irán, que lleva años batallando indirectamente con Turquía en Siria, fue el primer país en condenarlo.

Finalmente, existe un tercer grupo dentro del sunismo que en realidad está compuesto por centenares de organizaciones que merman la supuesta unidad suní. Se trata de las numerosas milicias yihadistas que, a pesar de recibir apoyo logístico o financiero por parte de los Estados suníes, siguen considerando dichos regímenes ilegítimos.  La relación entre los Gobiernos y los grupos yihadistas debe entenderse más como de mutuo beneficio y no basada en una concepción similar de la religión. El Estado Islámico, por ejemplo, ha dedicado más tiempo y recursos a derrotar a otros grupos rebeldes suníes que a luchar contra Al Asad.

A pesar de los evidentes sentimientos sectarios que poseen, estos grupos son capaces de acciones pragmáticas para perseguir sus intereses. En 2016, el exjefe de los servicios secretos israelíes admitió que su país asistió a los yihadistas del Frente al Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, en los Altos del Golán. Esta pasmosa alianza obviamente no está basada en un sentimiento de afinidad, sino en intereses comunes; en este caso, arrebatar posiciones claves a la milicia libanesa Hezbolá, que combate junto al Gobierno sirio y supone uno de los mayores riesgos para la seguridad de Israel.

Chiíes

El denominado bando chií tampoco está exento de disonancias. Recientemente se ha popularizado la expresión “media luna chiita” para referirse a la alianza entre Hezbolá, Siria, Irak e Irán.  Aunque ciertamente estos actores son estrechos aliados, los motivos de dicha unión no deben buscarse en simpatías dogmáticas. La coalición original entre el régimen laico, baasista y panárabe de Siria con la teocracia persa de Irán nunca se ha basado en el credo, sino que es heredera de la amenaza común que suponía el régimen laico, baasista y panárabe de Sadam Huseín.

La rivalidad entre Arabia Saudí e Irán que se esparce por todo Oriente Próximo no se basa en diferencias religiosas surgidas tras la muerte de Mahoma, sino en intereses regionales opuestos. Fuente: Kal (The Economist)
La rivalidad entre Arabia Saudí e Irán que se esparce por todo Oriente Próximo no se basa en diferencias religiosas surgidas tras la muerte de Mahoma, sino en intereses regionales opuestos. Fuente: Kal (The Economist)

Es común también reducir a los alauíes o a los zaydíes a una rama del chiismo, pero sus credos heterodoxos son bastante distintos al chiismo mayoritario. En realidad, las creencias de los alauíes han permanecido ocultas durante siglos a los principales clérigos del chiismo. No fue hasta 1948 cuando los primeros estudiantes alauíes atendieron por primera vez a seminarios religiosos en la ciudad iraquí de Nayaf, centro de la teología chií. Los alumnos fueron insultados y humillados por sus creencias y, al cabo de poco, la mayoría de ellos volvieron a Siria. Recientemente, un grupo de líderes religiosos alauíes emitió un comunicado donde negaban su condición de “rama del chiismo” con el objetivo de distanciarse del régimen de Al Asad y de Irán.

Para saber más: “Los alauíes y chiíes de Siria” (en inglés), Martin Kramer

Tampoco es extraño encontrar alianzas entre grupos suníes y chiíes que no encajan en el molde del relato de los odios remotos. Irán lleva décadas siendo el principal proveedor del islamista Hamás y Al Qaeda y los talibanes también han colaborado con Teherán cuando ha sido necesario. En Siria, grupos palestinos suníes luchan junto a Al Asad y su ejército sigue estando formado mayoritariamente por suníes, y en Irak varias tribus suníes del oeste colaboran con Bagdad para frenar a los terroristas del Estado Islámico.

Si bien es verdad que afinidades religiosas o ideológicas pueden ayudar a la hora de confeccionar alianzas y, sobre todo, justificarlas discursivamente, la geopolítica de Oriente Próximo sigue rigiéndose mayormente por los intereses particulares de los Estados.

Implicaciones políticas: un país para cada grupo étnico

Podría parecer que el mito de los odios remotos es simplemente una ocurrencia de periodistas o pretendidos expertos sin un conocimiento profundo de la región, pero su propagación no es inocua y tiene consecuencias políticas. Bill Clinton, influido enormemente por un libro de Robert Kaplan, planeó la política estadounidense en la guerra de Bosnia basándose en la creencia de que musulmanes, católicos y ortodoxos llevaban linchándose desde hacía siglos. Barack Obama también actúa influido por el relato de los odios remotos entre suníes y chiíes. Durante el último discurso sobre el estado de la Unión, aseguró que parte de la actual agitación en Oriente Próximo está “originada en conflictos de hace miles de años”, y en más de una ocasión ha manifestado su preocupación por los odios sectarios entre países.

La percepción de que los distintos grupos etnorreligiosos no pueden coexistir debido a los odios eternos es en primer lugar errónea y en segundo lugar peligrosa. Por un lado, pretende velar cualquier atisbo de culpabilidad europea y estadounidense sobre el estado actual de la región. Dado que llevan luchando desde hace miles de años, el apoyo occidental a dictadores represores, a grupos rebeldes partidarios de limpiezas étnicas o la calamitosa guerra de Irak que oxigenó el sectarismo, no son responsables del estallido sectario actual.

Asimismo, la consolidada imagen de los orientales como seres empujados por pasiones étnicas y religiosas propensos a matarse entre sí conlleva otra grave consideración: la corriente —creciente— de opinión que pide redibujar el mapa de Oriente Próximo basándose en las fronteras de la secta. Desde la invasión iraquí, pero especialmente tras las revoluciones árabes de 2011, se han popularizado varios mapas que pretenden rediseñar las fronteras de la región para así salvarla de estos odios étnicos. Numerosos políticos y expertos han abogado por el desmembramiento de Irak o Siria, a pesar de que tales pretensiones secesionistas no figuran en las agendas de los grupos suníes, chiíes o alauíes. Estos cartógrafos amateurs culpan al acuerdo Sykes-Picot, que partió las provincias otomanas tras la Primera Guerra Mundial, de todos los males de la región. A su parecer, el gran error de las potencias coloniales fue crear Estados “artificiales” donde las sectas y otros grupos étnicos se mezclaban, imposibilitando así la concepción de un Estado homogéneo a la europea. Lo que muchos de estos artículos olvidan mencionar es que la creación del Estado nación europeo se basa en siglos de limpiezas étnicas y genocidios culturales para lograr tal nivel de uniformidad.

En 2006, un teniente coronel del ejército estadounidense, Ralph Peters, publicó su versión de lo que debería ser la región arguyendo que, “sin esta revisión considerable de las fronteras, no conseguiremos un Oriente Próximo en paz”. Más recientemente, el New York Times publicó un mapa donde troceaba cinco países en 14 pedazos.

Propuesta de Ralph Peters. Fuente: Wikimedia
Propuesta de Ralph Peters. Fuente: Wikimedia

Es ilusorio pensar que la única vía para la paz en la región es meter a cada grupo étnico en su propia caja, sellada y separada de las demás. La Historia de Oriente Próximo está plagada de violencia dentro de la misma secta; solo hace falta mirar a países como Argelia, Libia o Egipto, que, a pesar de no tener minorías chiíes relevantes, poseen un pasado reciente con abundante violencia. Este artículo no pretende argumentar que cualquier tipo de modificación fronteriza en la región es perjudicial ni niega la existencia de la violencia sectaria. Su intención es evidenciar el peligro de que las políticas occidentales en la región estén basadas en los mismos principios orientalistas de hace cien años, que reducen la identidad y los intereses de los actores de la región a la secta hasta un punto absurdo. Paradójicamente, el uso del prisma sectario acostumbra a conllevar políticas sectarias. Establecer cuotas de poder confesionales, como en Irak, o confeccionar un país para cada etnia solo comportará la creación de nuevas minorías a las que se les negará la plena consideración de ciudadanos por no pertenecer a la nación.

Acerca de Martí Nadal 4 Articles
Periodista por la FCC Blanquerna y Máster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Edimburgo. Interesado en comprender los intrincados juegos geopolíticos de Oriente Próximo.

18 comentarios en Suníes y chiíes: el mito de los odios remotos y el nuevo mapa de Oriente Próximo

  1. Chaval te has lucido!!! Muchas gracias por este artículo. Lo he podido entender bastante bien, suníes y chiíes nunca se han llevado bien, es cierto, pero lo que ocurre en esos países es mucho más complejo. Felicidades y adelante!!!

  2. Mil gracias! Se aprecia el entusiasmo aunque me gustaría matizar una cosa. El tema no es que suníes y chiíes nunca se han llevado bien. Lo que intento transmitir es que esa identidad de la pertenencia a la secta, tan relevante hoy, no siempre ha existido. Por ejemplo, la definición de chií por pertencer a la secta zaydí o alauí es un fenómeno reciente y que se ha moldeado a través de eventos políticos. Uno de los aspectos que he querido enfatizar en el artículo (puede que sin demasiado acierto) es el carácter extremadamente flexible y fluctuante de las múltiples identidades del individuo pero también de las visiones que tenemos nosotros de ellas, a menudo demasiado rígidas. A Asad hoy siempre le acompaña la coletilla de “alauí” pero hace quince años era la de “líder árabe” y a su padre el de “socialista” y su afiliación religiosa era considerada irrelevante.

    Un saludo y gracias otra vez por tu comentario.

  3. Muy buen artículo. Siempre que se agradece que alguien aporte algo de claridad a lo confuso y enmarañado que nos resulta a los occidentales el mundo árabe, y desde este medio os lucís en ese aspecto.

  4. Creo que se sigue confundiendo. Pues la confusión siempre estará presente si no se aclara de donde viene lo de “shiismo” y el “sunnismo”. Desde el origen. La razón y la lógica dice que en este caso no pueden ser ciertas dos posturas diametralmente opuestas. O son los shiitas o son los sunnitas quienes en lo esencial siguen lo revelado, enseñado y practicado por el Profeta del Islam. Uno de los dos está fuera de foco. Así como no se puede decir que dos más dos es cuatro pero también es siete y medio, tampoco se puede decir que shiitas y sunnitas están en lo cierto. Uno de los dos tiene errores centrales. Si quieres haqblar de esto te dejo mi mail: verttuti@gmail.com. Roberto. Saludos

    • Por curiosidad, ¿quién “sigue lo revelado”?.

      Aunque unos tuviesen una interpretación más acertada del Corán y los hadiths y siguieron el auténtico camino sucesorio tras la muerte de Mahoma, esto no cambiaría nada. La tesis del artículo es que es completamente irrelevante el conflicto sucesorio o las diferencias doctrinales para analizar conflictos plenamente contemporáneos.

  5. Ciertamente ayuda a entender el conflicto. Pero se le debió dar un mayor énfasis a cómo las potencias occidentales antes del 45 y luego EEUU ha penetrado el territorio alimentando la falacia del “sectarismo religioso”para cimentar el control de esta zona rica el petróleo. El petróleo no aparece como esa dimensión geoestratégica qu alimenta el conflicto. ¿Quién vende las armas a Arabia Saudita? es más relevante para el análisis que pa fe religiosa. Hay un refrán persa que dice: “cuando el dedo apunta la luna, el imbécil mira el dedo”

    • No todo tiene que ver con el petróleo. Líbano es el país de la zona que ha sufrido más violencia sectaria y no tiene petróleo. Siria es el país más castigado por las injerencias del Golfo + Occidente y de Irán + Rusia y su producción de petróleo es irrisoria en comparación con sus vecinos. No acabo de entender como las potencias occidentales pueden lograr “cimentar el control de esta zona rica en petróleo” mediante la propagación de los mitos sectarios o directamente de la violencia sectaria.

      Además, hasta 1979 el principal país de mayoría chií, Irán, estaba controlado por el Sha, un firme aliado de Washington, a la vez que los países del Golfo, Egipto y Turquía, las grandes potencias “suníes” de la zona, se encontraban en el mismo bando. El control mayoritario del petróleo ya lo tenían gracias a gobiernos amigos de países suníes y chiíes. Si que es cierto que tras la primera Gurerra del Golfo (1990-1), desde los EEUU se azuzó el sectarismo entre los chiíes de Iraq para que se levantaran contra Saddam Husséin, aunque al final se les abandonó en su lucha por temor a que el Irán ya revolucionario se hiciera con el control del país.

      A mí parecer, la consolidación de narrativas sectarias tiene más que ver con el intento de agarrarse al poder de regímenes autoritarios que se sienten débiles. Así, la monarquía suní de Baréin ha inducido al sectarismo tildando las protestas de 2011 como parte de una conspiración de la mayoría chií avivada desde Irán.

      Esto también se evidencia en Yemen, el país árabe más pobre y sin apenas recursos naturales, dónde los intereses geopolíticos de los principales actores de la región están activamente enfrentados a pesar de sus insignificantes reservas de petróleo. Es este enfrentamiento el que está llevando a la propagación de discursos sectarios, a menudo reduciendo las identidades de los rivales políticos a su fe. Para deslegitimar a los hutíes, de creencia zaydí, sus rivales les tachan de “persas” o “chiitas duocecimanos” y a la vez los mismos hutíes vilipendian a sus opositores -que a menudo son seculares- de takfiríes para asociarlos con lo peor del sunnismo radical.

      Quién vende armas a Arabia Saudí es más importante para un debate sobre la geopolítica regional que los análisis de amistades supuestamente religiosas, sí. A pesar de ello, en este artículo lo que se discute es la narrativa tóxica de los “odios remotos” entre suníes y chiíes, en la que yo considero que la geopolítica del petróleo juega un papel residual.

      PD: si no me equivoco el refrán que mencionas es de Confucio.

      Un saludo

  6. Estoy de acuerdo con lo que expones en el artículo, es importante que la gente sepa que suníes vs. chiíes es una simplificación muy usada por los occidentales. Sin embargo, no hay que olvidar que hubo conflictos que sí encajan en la guerra entre las dos vertientes del Islam. Me refiero a las guerras entre los otomanos (suníes) y los safávidas (chiíes), que incluso sirvieron Selim I para reprimir a los kızılbaş, súbditos del sultán cercanos al chiísmo, que se rebalaron contra él a favor de los safávidas. Lógicamente, no era una guerra puramente ideológica pero sí una en la que la división entre suníes y chiíes estaba muy acentuada, algo que usaron entre ellos como arma arrojadiza. Por ejemplo, el şeyhülislam (máxima autoridad religiosa en el imperio otomano) Ebussuud justificó la guerra contra los safávidas por “herejes”, que tomó el cariz de guerra santa.

    Algo de esa mentalidad todavía queda en la región, con el gobierno turco actual marginando a la minoría aleví (cercana al chiísimo) en favor de la mayoría suní.

    Saludos.

    • A mí parecer en tu ejemplo mezclas la parte discursiva de una guerra con los verdaderos motivos detrás de ella del mismo modo que mucha gente que escribe sobre sobre los odios remotos.

      La fe es una herramienta poderosísima para la movilización y legitimación popular en tiempo de guerra. Tal y como indico en el artículo, el uso de la narrativa sectaria está creciendo, sobretodo entre milicias chiíes o grupos yihadistas que enmarcan su presencia en Iraq y Siria en una cruzada para salvar su credo. Este conflicto y esta narrativa encaja en un marco superior que es el de la Guerra Fría entre Arabia Saudí e Irán, que sí, tiene algún tinte sectario, pero la principal causa del enfrentamiento siguen siendo dos políticas exteriores expansivas. Del mismo modo es probable que las guerras entre la Persia safávida y el imperio Otomano estuviese definido como guerras religiosas pero el conflicto general se debía a dos potencias vecinas en expansión. Y en estos conflictos donde la religión se usa como arma arrojadiza siempre quedan en medio minorías étnicas o religiosas acusadas de ser quintas columnas del enemigo.

      La distinción entre los motivos velados de las guerras y los usos discursivos también se pudo apreciar en la invasión de Irak de 2003 que la administración Bush intentó legitimar como una cruzada (Bush usó esa palabra en una ocasión).

      Para acabar, me parece interesante compartir este fragmento de una entrevista reciente a un adolescente de Hezbolá que lucha junto a Asad en Siria: “what is happening in Syria today is a repetition of what happened over 1,000 years ago during the battle of Karbala, which ended with the killing of [Imam] Hussein, the grandson of the Prophet Muhammad. Imam Hussein was killed by the Umayyad Caliph, which heralded the schism between Sunnis and Shiites. We will not allow that to happen another time”.

      Podemos asumir que Hezbolá realmente se encuentra luchando en Siria por que lo que pasa hoy es lo mismo que pasó en Karbala hace siglos o bien lo hace para mantener un poderoso aliado de vecino y que es el principal nexo hacia Irán, su gran aliado.

      Un cordial saludo

  7. Excelente artículo, lo resume una de tus líneas: “los medios occidentales tienden a buscar explicaciones étnicas y religiosas en conflictos que estallan por problemas socioeconómicos y políticos y que se enquistan por los cálculos geopolíticos interesados de potencias exteriores”, me recuerda que “los países no tienen principios, sino intereses”

  8. Hola.
    Me parece un excelente artículo, muy lejos de las simplificaciones que se leen habitualmente. Quiero, sin embargo, aportar otra idea: no olvidamos que el eje del chiismo está en uno de los estados más antiguos, Persia, y que frente a él surgió un recién llegado con sedes más al suroeste? Persia casi siempre ha intentardo mantener su independencia política y lingüística respecto al mundo árabe suní. No habrá que valorar esa idea como complementaria?

    • Hola, Gerardo

      Sin duda el enfrentamiento entre persas y árabes es más común históricamente que el ahora predominante entre sunníes y chiíes. A pesar de ello consideré que un artículo que principalmente pretende desmontar teorías identitarias en los conflictos actuales debía apartar también este aspecto étnico por poco significativo. Irán está aliado con Assad, Hezbolá, Bagdad, los hutíes de Yemen, Hamás, la Yihad Islámica palestina… todos ellos árabes.

  9. Olá! Parabéns pelo artigo. Gostava pudesses achegar alguma referência bibliográfica sobre esta afirmaçao: “Lo que muchos de estos artículos olvidan mencionar es que la creación del Estado nación europeo se basa en siglos de limpiezas étnicas y genocidios culturales para lograr tal nivel de uniformidad”. Nao é que nao esteja dacordo com ele, só que gostava de ver exemplos (entre outros casos ocorrem-se-me exemplos como a expulsao dos judeus ou mouriscos na Península, as guerras de religiao na Europa, as múltiples guerras contra as heregias -os albigenses na França-, etc). Muito obrigado!

  10. El sectarismo sustentado en esencia por una religión obsoleta y con rasgos barbáricos, sumado a las ansias de expansionismo y ventaja geoestratégica propia de los estados, son caldo de cultivo para rencillas que justifican la presencia de Occidente y también, que si bien es considerado una potencia europea pero que en intereses difiere mucho, Rusia, que en artículo no es mencionado ni aludido ni una sola vez y que, al igual que EE.UU, comprende el conflicto en medio oriente como un territorio de guerra subdidiaria que no solo brinda a sus dirigentes réditos políticos sino que alimenta​ el sector productivo de armamento del cual estas dos potencias lideran mundialmente.
    Intereses de carácter ideológico político, sí; intereses económicos, sí; apelando a creencias religiosas caracterizadas por un fundamentalismo exacerbado de prolongación milenaria, también, no seamos condescendientes

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