India e Irán: reconfigurando Asia del sur

India e Irán son dos actores centrales en la redefinición del escenario regional de Asia del sur. Antaño lastradas por controversias nucleares y presiones de terceras potencias, las relaciones bilaterales viven ahora un nuevo impulso. Por ello, ambos países buscan profundizar su cooperación a través de proyectos conjuntos en materia de energía, comercio o seguridad. ¿Se tratará de un espejismo o del renacer dorado de las relaciones indo-iraníes?

Hubo un tiempo en que las delicadas coplas persas del poeta mogol Mizra Ghalib auguraban, optimistas, que cuando India e Irán se decidiesen a cooperar la distancia entre Kaashi y Kaashan se reduciría a la mitad de un paso. Sin embargo, el tormentoso siglo XX pareció enterrar tales premoniciones, fruto del atrincheramiento ideológico y nuclear de la Guerra Fría, el divorcio geográfico indo-iraní tras el surgimiento de Pakistán y la creciente influencia de EE. UU. sobre India con el declive de la URSS.

Desde entonces, Nueva Delhi arrastra un intrincado dilema. Por un lado, desea mantener su alianza con EE. UU. e Israel y profundizar su influencia en el golfo Pérsico; por el otro, como potencia reemergente, le urge explotar sus intereses y sus milenarios lazos históricos con Irán . ¿El problema? Que Teherán se presenta a ojos occidentales como un amenazante e imprevisible Estado canalla desde tiempos de la revolución iraní de 1979. Esto, sumado a sus buenas relaciones con Rusia y al desarrollo de un programa nuclear con probables fines militares, ha impedido cualquier acercamiento con EE. UU., maniatando en consecuencia las relaciones con India. Aun así, tras la implementación del Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA) entre Irán y el P5+1 (EE. UU., Francia, Reino Unido, Rusia, China y Alemania) en abril de 2015, el tablero estratégico se ha transformado radicalmente. La transición hacia un reequilibrio en los balances de poder regionales es más profunda que nunca. Y ni India ni Irán están dispuestos a desaprovechar las oportunidades que ha abierto la suavización de la cuestión nuclear para realinear sus numerosos intereses compartidos.

El Despacho Oval, o la brújula de las relaciones nucleares indo-iraníes

¿Cómo se frena con coherencia a un país no signatario del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) de 1968 que decide emprender el camino hacia la nuclearización? En Occidente, la respuesta a esta pregunta no siempre ha estado clara. Los casos de India e Irán son quizá los más paradigmáticos y contradictorios de este rompecabezas atómico. Aunque ninguno de los dos países ha ratificado hasta la fecha el TNP, ambos iniciaron un controvertido dueto nuclear bajo el ala del Tratado de Cooperación Nuclear indo-iraní de 1975. De este modo, sentaban las bases para una colaboración que, pese a la desaprobación internacional y la revolución iraní, encontraría una cierta continuidad en los 90 por las necesidades disuasorias que ambos países tenían sobre sus rivales en Irak, Pakistán o China.

Durante los últimos años, Irán ha desarrollado numerosas instalaciones nucleares. Fuente: BBC
Durante los últimos años, Irán ha desarrollado numerosas instalaciones nucleares. Fuente: BBC

No obstante, el siglo XXI cambió radicalmente este panorama. El 11S y la “guerra contra el terror” fueron las principales plataformas narrativas que armaron el imaginario del Eje del Mal en EE. UU. El efecto colateral fue la aplicación de una nueva diplomacia coercitiva hacia India con la que evitar su cooperación nuclear con Irán. Sin embargo, en Nueva Delhi las desconfianzas también estaban a flor de piel al destaparse las presuntas relaciones de Teherán con la red pakistaní liderada por Abdul Q. Khan, afín a Al Qaeda. No extraña así que la posición de India fuese evolucionando como resultado de una mezcla de presiones externas y percepciones de seguridad internas. La consecuencia fue un endurecimiento de su tono con Irán, al que comenzó a exigir respeto a las normas internacionales marcadas por el TNP y la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA). Ni que decir tiene que Irán no solo no prestó atención a estas advertencias, sino que cuestionó los argumentos indios criticando sus ensayos nucleares en 1998 y su no pertenencia al TNP o al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCEN).

Esta crítica no era en absoluto baladí, puesto que ponía de manifiesto las propias contradicciones de la política exterior estadounidense: un ojo tuerto para la cooperación nuclear con India y una mano muy dura para Irán.

Fuente: Dana Summers
Fuente: Dana Summers

La ambivalente actitud de EE.UU. se explica, en teoría, por su mayor cercanía ideológica con una democracia que con una teocracia. Pero esta proximidad no fue óbice para que Washington intensificase sus exigencias sobre India en lo que respecta a su estratégica relación con Irán. Si Nueva Delhi no cumplía, el Gobierno neoconservador de George W. Bush echaría por tierra el pacto nuclear indo-estadounidense de julio de 2005. Un año más tarde, el Acta de Cooperación en Energía Nuclear Pacífica entre EE. UU. e India de 2006, conocida como Hyde Act, expresaba rotundamente lo que se esperaba del subcontinente:

“India debe disuadir, aislar y, si fuese necesario, sancionar y contener a Irán por sus esfuerzos para adquirir Armas de Destrucción Masiva (ADM), incluyendo capacidades nucleares, capacidades para el enriquecimiento de uranio o el reproceso de combustible nuclear y los medios para utilizar ADM”.

En resumen, represaliar a Irán, el nuevo hombre del saco de los halcones de Washington, bajo la vieja premisa neocon de que la paz se alcanza a través de la fuerza.

Esta narrativa forzaría a India a votar a favor de llevar las presuntas actividades de desarrollo nuclear iraníes ante la AIEA en 2005 y ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en 2006. Así, el caramelo de una mayor cooperación nuclear con EE. UU., endulzado con la firma del polémico Acuerdo 123 de 2008, sería capaz de seducir a India y hacerle dar la espalda a su histórico socio iraní. Esto provocó que algunas voces del Gobierno en Teherán tildaran de “traición” la actitud india, empezando a cuestionar proyectos comunes de cooperación energética. Una situación que afectó indudablemente a las relaciones bilaterales, decepcionando de manera considerable a los iraníes por un lado y a la propia izquierda india, celosa de su independencia nacional, por el otro.

Desde entonces, la diplomacia india, preocupada al verse entre la espada y la pared, ha intentado que la cuestión del programa nuclear iraní se tratase de resolver por la vía del diálogo en lugar de la confrontación. El cambio de gobierno en Irán y la mayor predisposición negociadora de la Administración Obama allanaron algo el camino. Aprovechando este viento a favor, India trataría de recuperar la confianza iraní con una política de gestos que incluía el rechazo a las sanciones unilaterales impuestas sobre Irán en 2012 y una posición muy favorable a las negociaciones con el P5+1.

Sin duda, Nueva Delhi estaba deseosa de un acuerdo que permitiese suavizar los choques de intereses y valores del triángulo EE. UU.-Irán-India. Su objetivo era claro: desatascar los cauces de cooperación bilaterales con Teherán y favorecer la no proliferación de armamentos nucleares, tal y como reclamaba Barack Obama en su discurso Global Zero de Praga en 2009. Así, tras la implementación del reciente JCPOA y el levantamiento de las sanciones económicas, los escenarios de colaboración han extendido sus horizontes de manera significativa en un amplio abanico de dimensiones.

Comercio, energía e infraestructuras: conectando el Índico y Asia central

A nadie le ha pasado desapercibido que el pacto nuclear ha supuesto el pistoletazo de salida para que numerosos actores regionales y extrarregionales se hayan apresurado a reforzar lazos con un Irán que se está dejando querer. India es consciente de ello y, mediante la apelación a una fecunda historia y cultura compartida entre ambos países, su primer ministro, Narendra Modi, buscaba explotar durante su visita oficial a Teherán en mayo de 2016 —la primera en quince años— los intereses recíprocos en materia de comercio, energía o infraestructura. No en vano, todo apunta a que el levantamiento de las sanciones sobre Irán hará disminuir los precios del petróleo a escala internacional, con India como una de las principales beneficiadas.

De  hecho, el combustible importado por India supone la mayor partida de la balanza comercial con Irán. Esto es consecuencia de la incesante demanda de energía que enfrenta el país. No obstante, estas importaciones de Nueva Delhi se habían visto limitadas hasta la fecha por las sanciones de Occidente, por lo que el Gobierno indio ha buscado diversificar la obtención de fuentes de energía negociando con países incómodos para las relaciones con Irán, como pudieran ser Arabia Saudí o Israel. Además, la utilización política que Teherán había realizado de su balanza comercial con superávit de combustibles para evitar el alineamiento indio con Occidente en la AIEA hizo que el Gobierno indio no quisiese depender exclusivamente ni de Irán ni de cualquier otro país para garantizar su seguridad energética.

Los proyectos de conexión energética entre el Índico y Asia central poseen un gran potencial, si bien limitado por los complejos entornos de seguridad regional. Fuente: X. Houdoy/Noria
Los proyectos de conexión energética entre el Índico y Asia central poseen un gran potencial, si bien limitado por los complejos entornos de seguridad regional. Fuente: X. Houdoy/Noria

Por esta razón, India necesita alcanzar urgentemente espacios de coordinación interregionales en el teatro energético del sur y centro de Asia con los que satisfacer sus necesidades y frenar el reforzamiento de la presencia china, su principal socio comercial, en países rivales como Pakistán. En esta dirección, se está intentando conectar Asia central con el océano Índico a través de proyectos reconfigurados a partir de las cenizas del oleoducto Irán-Pakistán-India (IPI), vetado en su momento por EE. UU. al considerarlo como una forma de reducir el impacto de las sanciones sobre Irán. Algunos ejemplos hasta ahora han sido las rondas de negociaciones celebradas en 2009 para impulsar el campo offshore de gas Frazad B en el golfo Pérsico o la iniciativa del oleoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India (TAPI), con la que se ha pretendido, sin demasiado éxito a causa de las rivalidades indo-pakistaníes, frenar la imparable influencia china en la región.

Además, las restricciones nortamericanas a empresas como Reliance Industries en las exportaciones de hidrocarburos han sido bastante acusadas, dificultando unas relaciones comerciales fluidas entre Irán e India. Caso muy contrario al de China, que ha aprovechado las circunstancias para convertirse en el mayor socio comercial de Irán y consolidar su presencia en Pakistán a través de la puesta en marcha del puerto de Gwadar y del ambicioso proyecto global One Belt, One Road (OBOR).

India ve con preocupación las ambiciones chinas y sus proyectos de infraestructuras o energía. Irán, en cambio, se adapta más bien a un cálculo de coste-beneficio. Fuente: Mercator Institute for Chinese Studies
India ve con preocupación las ambiciones chinas y sus proyectos de infraestructuras o energía. Irán, en cambio, se adapta más bien a un cálculo de coste-beneficio. Fuente: Mercator Institute for Chinese Studies

El puerto de Chabahar: ¿navegando hacia un nuevo escenario regional?

Llegados a este punto, la alternativa más viable y ambiciosa parece ser la recuperación del megaproyecto del puerto Chabahar, inicialmente planteado durante la cumbre del Movimiento de No Alineados celebrada en Teherán en 2003. Su principal ventaja para   India reside en que permitiría sortear el escollo de Pakistán facilitando el acceso al mercado afgano y favoreciendo la obtención del gas natural de la costa de Makran y la provincia de Baluchistán. Además, EE. UU. tampoco vería con malos ojos esta iniciativa, con la que espera que India ofrezca una respuesta firme al presunto revisionismo chino en la región. Irán también posee enormes intereses en explotar sus reservas de gas natural —las segundas más abundantes del planeta—, aunque ello le exigirá sin duda una fuerte modernización de sus infraestructuras, muy subdesarrolladas como consecuencia de las sanciones económicas prevalecientes hasta la fecha. En esta línea, Irán no ha dejado pasar la oportunidad para proponer un proyecto submarino, presentado como el Oleoducto de Aguas Profundas del Oriente Medio hacia India (MEIDP, por sus siglas en inglés), como alternativa al frustrado IPI.

La rivalidad indo-pakistaní dificulta la transnacionalización de los flujos de energía con Irán. Fuente: Domain-b
La rivalidad indo-pakistaní dificulta la transnacionalización de los flujos de energía con Irán. Fuente: Domain-b

Todas estas cuestiones estuvieron sobre la mesa de negociaciones de Modi y Rohani durante la visita oficial de mayo de 2016, donde se alcanzaron importantes acuerdos —algunos trilaterales con la presencia de Afganistán— para implementar la construcción de las infraestructuras necesarias para activar el proyecto de Chabahar y del Farzad B en el campo de gas de Farsi. Del mismo modo, se discutieron posibles inversiones en la terminal de contenedores del puerto de Chabahar o en la consolidación de una red ferroviaria que mejorase la interconectividad regional a través de Afganistán e incluso Tayikistán o Uzbequistán.

India y China se disputan la influencia en Asia del sur a través de grandes proyectos energéticos y rutas comerciales terrestres y marítimas.
India y China se disputan la influencia en Asia del sur a través de grandes proyectos energéticos y rutas comerciales terrestres y marítimas.

No obstante, en esta amalgama de intereses confluyen otras variables que podrían suponer una dificultad añadida. Una de ellas es que Irán ha coqueteado con la multilateralización del proyecto de Chabahar extendiendo la posibilidad de acuerdos a inversores chinos o pakistaníes. El otro factor es la más que probable competencia con el puerto pakistaní de Gwadar, donde China posee inversiones muy superiores a las de India en Chabahar. Algunos analistas ya han afirmado en este sentido que, por experiencia y seguridad, el puerto de Chabahar, presupuestado en unos 500 millones de dólares, no tendría capacidad para hacerle sombra al de Gwadar. Otros, en cambio, sostienen que las posibilidades de éxito del proyecto dependen de la habilidad de Nueva Delhi para cooptar a países como Japón y Corea del Sur para que inviertan en el puerto. Sea como fuera, lo que está claro es que el requisito previo para impulsar cualquier proyecto es asegurar las rutas para proteger las inversiones. Y para ello India e Irán tienen todavía importantes escollos que superar.

Un último obstáculo: superar el ajedrez del miedo

Los entornos de seguridad en los que se mueven los intereses económicos y energéticos indo-iraníes están configurados sobre una de las líneas de falla políticas más inestables del mundo. Por el lado iraní, los pulsos regionales con Arabia Saudí, la guerra de Siria o el conflicto en Yemen suponen las preocupaciones más acuciantes. A India, en cambio, le preocupan las amenazas emanadas de las tensiones con Pakistán, el terrorismo transnacional convencional o nuclear y el futuro de la cuestión de Cachemira. Entremedias, en el terreno bilateral, el principal enclave de cooperación indo-iraní parece seguir siendo la resolución del conflicto en Afganistán y la erradicación del terrorismo islamista.

No sorprende, por tanto, que en India vean de forma favorable una mayor cooperación militar con Irán en la lucha contra los talibanes, aun cuando Israel o EE. UU. hayan mostrado su descontento al respecto. Con las complejas relaciones con Pakistán como telón de fondo, Afganistán es una pieza clave tanto para el subcontinente indio como para Irán. Por ello, la progresiva retirada de tropas estadounidenses y de las ISAF, lideradas por la OTAN, en 2014 ha supuesto un importante incentivo para repensar los siguientes pasos hacia la reconstrucción del Estado y el fomento de un marco económico de prosperidad regional.

Para India, este cambio de escenario es crucial, puesto que hasta ahora se había visto constreñida en sus acciones en suelo afgano por unos EE. UU. que, como aliados pakistaníes, habían dificultado la persecución explícita de los intereses indios en su política de vecindad. Por si fuera poco, Pakistán ejerce una considerable influencia sobre numerosas etnias afganas. Irán, en cambio, observa con pragmatismo la situación y, a pesar de considerar que una colaboración en Afganistán podría resultarle beneficiosa, también ve con recelo el acercamiento indio al Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCEAG).

Quizá una mayor cooperación de Nueva Delhi con los adversarios suníes de Irán podría dañar las expectativas creadas por las recientes cumbres bilaterales, aunque lo cierto es que el cóctel de intereses compartidos todavía parece tener recorrido para cobijar a India e Irán bajo un mismo paraguas. Aun así, con las trepidantes transformaciones que se están sucediendo en esta parte del mundo, la inestable relación de fuerzas regionales e internacionales entrelazadas en el área parece augurar un horizonte tan apasionante como impredecible.

 

Acerca de Diego Mourelle 7 Articles
Vaduz (Liechtenstein), 1995. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y beneficiario de la beca Erasmus+ en la Universidad de Manchester. Ha realizado prácticas en la embajada de España en Berlín. Interesado en temas de Diplomacia y Seguridad Internacional, especialmente en el área de Asia-Pacífico y Unión Europea.

2 comentarios en India e Irán: reconfigurando Asia del sur

  1. Clave y fundamental para comprender la intención iraní en materia nuclear es y ha sido el sujeto Israel.
    También se podría analizar la influencia de las identidades religiosas en la relación entre los estados.
    Muy buen artículo, un saludo.

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!