La estrategia contra el terror en Irlanda del Norte

Bogside, Derry/Londonderry, Irlanda del Norte. Don McCullin/Tate and National Galleries of Scotland.

Los eventos de Bogside en agosto de 1969 marcaron el inicio de un periodo conocido como The Troubles y llevaron a la reactivación de la estrategia contraterrorista británica en Irlanda del Norte. Un análisis de la eficacia de esta estrategia, basado en la actuación de los servicios de inteligencia y la legislación de emergencia, permitirá extraer ciertas lecciones para las estrategias contraterroristas de hoy.


Nota inicial: La denominación del IRA (Irish Republican Army) aparece por primera vez en 1866, cuando aún se estaba gestando el conflicto por la independencia de Irlanda. Unas décadas más tarde, en 1919, el IRA emprendería una guerra de guerrillas contra las fuerzas del Gobierno británico por el control de la isla. Al cabo de un año se crean dos parlamentos irlandeses, uno en Belfast y otro en Dublín, y en 1921 la guerra finaliza con la firma de un tratado que reconoce la independencia de la República de Irlanda. Los desacuerdos sobre si aceptar o no el tratado que dividía la isla provocaron una guerra civil entre republicanos y nacionalistas, y estas posiciones se trasladaron también a las filas del IRA, dando lugar a la primera de muchas escisiones de la organización. Tras la guerra civil, la facción antitratado del IRA abogaría por continuar con la lucha armada contra el Estado británico.

El análisis presentado a continuación no se remonta a los orígenes de la respuesta británica a las actividades del IRA, sino a la reactivación de la estrategia contraterrorista en la década de los 70.

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12 de agosto de 1969. Amanece en el barrio de Bogside, más allá del histórico muro de la ciudad de Derry/Londonderry, en Irlanda del Norte. Hacía varios meses del inicio de una campaña de desobediencia civil que respondía a la discriminación de la comunidad católica en la región. Hubo disturbios ocasionales y marchas de protesta que a menudo eran atacadas por las fuerzas del Ulster (Royal Ulster Constabulary o RUC), desencadenando la violencia en las calles. El RUC era un cuerpo policial creado con el fin de asegurar el cumplimiento de la legislación contraterrorista y el control de la región ya desde el inicio del conflicto por la partición. No era una etapa de especial estabilidad, pero aquel día el conflicto alcanzaría otras dimensiones.

El 12 de agosto era la fecha del desfile anual de los Aprendices de Derry, una conmemoración históricamente conflictiva por sus tintes religiosos y políticos. Serían alrededor de las cuatro de la tarde, en el cruce de Waterloo Place con Williams Street, cuando comenzarían a volar las primeras piedras entre los manifestantes católicos y protestantes. Las fuerzas del RUC no tardarían en entrar en el conflicto, dando comienzo a lo que pasaría a conocerse como la batalla de Bogside. El episodio duraría hasta la tarde del día 14, cuando el ejército británico tomó el control del lugar y consiguió frenar la violencia.

Fotografía de la batalla de Bogside (agosto de 1969). Fuente: Your Irish
Fotografía de la batalla de Bogside (agosto de 1969). Fuente: Your Irish

Sin embargo, la cosa no acabó ahí. Las protestas se extendieron rápidamente por otros lugares de Irlanda del Norte, especialmente en Belfast, la capital. Algunos miembros del IRA no dudaron en salir a la calle portando sus armas de fuego; hubo policías que creyeron estar enfrentando una insurrección armada. El resultado: docenas de casas y establecimientos quemados, expulsiones, varias víctimas mortales y cientos de heridos. Estos eventos empujaron a Irlanda del Norte a una nueva escalada del conflicto que tardó varias décadas en resolverse, periodo conocido como The Troubles (“Los Problemas”).

La mayoría de los que perdieron la casa o la vida pertenecían a la comunidad católica. Muchos militantes del IRA, que llevaba una década de acciones infructuosas y creciente impopularidad entre la población irlandesa, pidieron al jefe de la organización Cathal Goulding que distribuyera armas entre los católicos y nacionalistas de los barrios más afectados. Cierto es que los protestantes y unionistas tenían el apoyo ilícito de las fuerzas del RUC y algunos grupos paramilitares, pero Goulding se negó a tomar partido en los hechos y comenzó a perder credibilidad entre las líneas del IRA. Esta y otras decisiones fruto de su ideología acabarían rompiendo nuevamente a la organización en dos: el IRA oficial (OIRA) y el IRA provisional (PIRA). Esta última se convertiría en la mayor amenaza al Estado británico hasta la firma del acuerdo de Viernes Santo en 1998.         

Para ampliar: El Sinn Féin de 1970: la escisión entre oficiales y provisionales”, Innisfree

La lucha contra el terror (I): el papel de los servicios de inteligencia

La experiencia británica en Irlanda del Norte demostró lo complejo que podía ser para un Estado destruir a un enemigo interno fuera del campo de batalla “tradicional”. El PIRA era un grupo paramilitar muy resistente y adaptable que consiguió poner en jaque al Estado británico gracias a su sofisticación y su capacidad de operar con precisión. Además, la táctica del escondite y la mezcla entre la población hizo que los miembros del grupo armado resultaran muy difíciles de encontrar y neutralizar.

Sin embargo, hubo otra serie de factores relacionados con la estrategia británica que contribuyeron a la extensión —e intensificación— del conflicto. Del análisis de la eficacia de los servicios de inteligencia podemos extraer lecciones muy valiosas para las luchas contraterroristas de hoy. Dos cuestiones fundamentales: el grado de organización y el enfoque que utilizaron a la hora de planificar la ofensiva.

En primer lugar, hubo múltiples organizaciones involucradas en la lucha de inteligencia contra el PIRA, incluyendo organizaciones nacionales como el Secret Intelligence Service o el Security Service (SIS/MI6 y MI5, respectivamente). Sin embargo, a medida que las nuevas agencias y unidades se involucraban en operaciones, se prescindió del esfuerzo de tejerlas todas bajo una misma organización coordinada. Eso requeriría un tiempo que no se dirigiría al adversario, además de que podría dar lugar a conflictos entre agencias que impidieran la coordinación. Esto resultó ser un gran error, porque la falta de integración entre los propios servicios de inteligencia y entre estos y las fuerzas policiales y de seguridad conllevó costes operacionales, el mal uso de capacidades y esfuerzos paralelos que generaban ineficiencia.

Un voluntario del IRA armado con un rifle de asalto de patrulla en Irlanda del Norte (2004)
Un voluntario del IRA armado con un rifle de asalto de patrulla en Irlanda del Norte (2004)

En segundo lugar, la decisión de encomendar a las fuerzas armadas la responsabilidad principal de la estrategia demostró tener graves implicaciones. Por un lado, porque, desde la perspectiva militar, normalmente la clave es actuar lo más rápido posible desde la recogida de información hasta la actuación. Pero las estrategias basadas en actuar rápidamente y apuntarse un tanto táctico inmediato suelen producir resultados insatisfactorios y, a menudo, bastante dañinos para los intereses de ambos bandos. No debemos olvidar que el término paramilitar se refiere a organizaciones que, como el PIRA, tienen una estructura y entrenamiento similar al de un ejército, pero no forman parte —al menos no oficialmente— de las fuerzas militares de un Estado. En consecuencia, estas organizaciones pueden cometer este mismo error y acabar incurriendo en el “terror por el terror”, olvidando la causa inicial.

En materia de contraterrorismo, los objetivos principales son frustrar los planes del adversario, capturar a los terroristas y desarticular las células, es decir, objetivos a largo plazo. Por ello, es importante hacer un buen balance entre ganar una victoria local y “continuar observando” en un intento de construir un mapa lo suficientemente detallado de las actividades y planes terroristas. Pero los británicos calcularon mal y se convirtieron en uno de esos ejemplos en los que las agencias de inteligencia empiezan buscando victorias rápidas y acaban sumergidas en operaciones a largo plazo. Al principio, las tropas británicas no esperaban estar involucradas en el conflicto durante décadas y creyeron que un conjunto de acciones consistentes ganaría la lucha contra el terror en un corto plazo de tiempo.

Lo mismo pasó con el PIRA. Al principio, este se aproximó a la lucha desde la perspectiva de que solo una acción consistente echaría a los británicos de Irlanda del Norte. La organización cambiaría su perspectiva mucho después para centrarse en mantener la vigilancia en el largo plazo e integrar las acciones violentas con una estrategia política más concreta.

VER: “Counterinsurgency Intelligence in a ‘Long War’. Learning from the British experience in Northern Ireland”, Brian A. Jackson, RAND Corporation

Por tanto, podemos decir que los servicios de inteligencia no deben priorizar el objetivo de destruir a los miembros de la organización terrorista, sino prevenir que estos conformen su entorno a través de la violencia. Otorgar prioridad a los asuntos militares puede frustrar la búsqueda de soluciones políticas, económicas o sociales. Estas podrían consistir, por ejemplo, en instaurar el diálogo con el Sinn Féin, en agotar las vías de financiación del PIRA o en tratar de restarle apoyo social. Es importante recordar que las acciones de seguridad no siempre producen resultados militares tangibles, que se pueden medir en bajas del adversario o material destruido, pero que pueden funcionar mejor.

Por otro lado, la experiencia probó que la participación de las fuerzas militares permite mayores márgenes para los abusos, como las torturas en los interrogatorios o la política de disparar a matar. Estos son actos no previstos por la ley, pero encubiertos por ella, ya que la capacidad de control democrático sobre la actuación de las tropas se ve en estos casos muy reducida, resultando en una mayor impunidad por las violaciones de los derechos humanos.

INTERESANTE: “Gerry Conlon, uno de ‘los cuatro de Guildford”, El País

La lucha contraterrorista (II): legislación de emergencia

Otro potente instrumento de combate contra el terrorismo en una democracia liberal como la del Reino Unido es la legislación y el sistema judicial. Es evidente que la legislación nacional normal no es suficiente para este tipo de actos, ya que, aunque incluya crímenes —como los asesinatos o los secuestros— que bien pueden ser perpetrados por terroristas, no contempla las motivaciones políticas ni el alcance social de este tipo de violencia. Sin embargo, una legislación creada especialmente para juzgar los actos terroristas también tiene sus riesgos, que estuvieron muy presentes durante todo el espectro del conflicto en Irlanda del Norte.

Las primeras medidas legislativas para combatir al IRA y asegurar el control de la provincia quedaron recogidas en el Special Powers Act de 1922. Este fue el instrumento legal básico de la estrategia contraterrorista británica durante el siglo XX, siendo renombrado y ampliado en 1973 bajo el Northern Ireland (Emergency Provisions) Act, a su vez revisado varias veces, siempre con el fin de endurecer las medidas.

Soldados británicos armados retienen a un civil en las calles de Belfast, 3 de julio de 1970. Imagen: Malcolm Stroud/Getty Images
Soldados británicos armados retienen a un civil en las calles de Belfast, 3 de julio de 1970. Imagen: Malcolm Stroud/Getty Images

La legislación de emergencia concedió extensos poderes a la policía y los nuevos cuerpos de seguridad, como imponer toques de queda o cerrar locales, carreteras y rutas de transporte. Se cerraron periódicos y estaciones de radio, se prohibieron reuniones y marchas y las fuerzas de seguridad tenían permitido entrar en las casas, registrarlas, capturar personas y hacer cuanto fuera necesario para mantener el orden. Numerosos derechos fundamentales se vieron suspendidos para dar paso a las detenciones y cacheos injustificados, los internamientos prolongados y la ausencia de representación legal de los detenidos. Y esto, poco a poco, fue impregnando los procedimientos normales del sistema de justicia. A pesar de anunciarse repetidamente como temporales, los poderes especiales —special powers— y las disposiciones de excepción —emergency provisions— acabaron extendiéndose a lo largo de todo el siglo XX.

La orientación política y religiosa de la legislación se tradujo en el acoso constante de las comunidades obreras católicas y republicanas y de algunas comunidades de las áreas periféricas. Rara vez se llevaban a cabo detenciones de población protestante, aun siendo a menudo un foco de agitación. Cualquiera que fuera irlandés o tuviera conexión con Irlanda o parientes o amigos irlandeses se convertía en sospechoso. A veces era simplemente su acento, su apariencia o su pasaporte lo que hacía que aumentasen las sospechas en las mentes del público o la policía. Esto contribuyó a tensar las relaciones entre ambas comunidades y entre estas y las fuerzas de seguridad, a tiempo que disminuía la confianza pública en la ley.

Quedó demostrado que las medidas no funcionaban. A corto plazo, la violencia se reducía significativamente, lo que contribuía a la percepción de su efectividad y a la retención de la legislación. Sin embargo, en el largo plazo, no solo no prevenían el conflicto, sino que lo exacerbaban y contribuían a la radicalización de la población afectada. El acoso constante, la intimidación y el comportamiento al margen de la ley por parte de las fuerzas del Estado animaron a muchas personas a implicarse en el conflicto a distintos niveles, cosa que de otra forma no habrían hecho o incluso, de alguna manera, habrían colaborado con las fuerzas de seguridad y de inteligencia aportando información importante. Según un informe de 2009 de la Comisión Internacional de Juristas, cientos de hombres jóvenes de comunidades nacionalistas se unieron al IRA, “creando una de las fuerzas de insurgencia más eficientes del mundo”.

Los nuevos poderes y procedimientos acabaron socavando la legitimidad política del Estado precisamente cuando uno de los principales objetivos del grupo terrorista era desestabilizar el Gobierno. Con toda probabilidad, la presión sostenida por las fuerzas de seguridad y la privación de apoyo popular y político al IRA podría haber sido más efectiva —y democrática—. Hay argumentos suficientes para sostener que lo que acabó con el conflicto no fue la respuesta militar y de las fuerzas de seguridad, sino el reconocimiento de la necesidad de entablar el diálogo político y de tratar de restaurar el respeto por la ley y la protección de los derechos humanos.

Para ampliar: Counterterrorist Law and Emergency Powers in the United Kingdom, 1922-2000, Laura K. Donohue, 2001

El balance entre la seguridad y las libertades fundamentales

Un aspecto de los debates públicos y de la postura adoptada por muchos Gobiernos es que hay una tensión entre la protección de los derechos humanos y el mantenimiento de la seguridad de la gente a la hora de enfrentar una amenaza terrorista. No obstante, no existe ninguna contradicción inherente entre la protección de los derechos de las personas y su seguridad; de hecho, el contraterrorismo tiene como objetivo primordial la protección de los derechos humanos.

No debemos olvidar que la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) fue adoptada por el reconocimiento a las naciones de la necesidad de comprometerse con unas obligaciones mínimas para no volver a vivir los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Esas obligaciones fueron recogidas en la Declaración, y el consenso reflejado en ella establece que no hay excusa para suspender estos derechos mínimos, esenciales. Los Estados deben aceptar que su deber de proteger se aplica tanto a los que están en riesgo de sufrir el terrorismo como a aquellos que pueden ser sospechosos de terrorismo y que no tienen la autoridad legal para determinar que los derechos de estos últimos no pueden ser respetados.

Tras los atentados del 11 de septiembre, las dinámicas del terrorismo cambiaron y es importante reconocer la necesidad de adaptarse y responder de manera efectiva. Aun así, el caso de Irlanda del Norte nos enseña que su cumplimiento es, además de un compromiso moral de los Estados, la forma más efectiva de acabar con estas amenazas.

Fuente: Flashbak
Fuente: Flashbak
Acerca de Esther Miranda 9 Articles
Madrid, 1992. Grado en Relaciones Internacionales y Máster en Gobernanza y Derechos Humanos. Interesada especialmente en las cuestiones de género y las identidades y la ciudadanía. Twitter: @EstherMirandaZ

2 comentarios en La estrategia contra el terror en Irlanda del Norte

    • El terrorismo en el Norte de Irlanda ha estado impulsado por el Imperio Británico y las fuerzas paramilitares unionistas.
      La población autóctona no tenía cómo defenderse y en numerosas ocasiones fueron violados los DDHH de los irlandeses.
      No perdamos la perspectiva que en realidad el Ejército Británico y sus policías son una fuerza de ocupación por lo que la lucha estaba perfectamente legitimada.
      SAOR EIRE!!!

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