“Burundi, la guerra silenciada”, por Lola Hierro

Jennifer Huxta/AFP/Getty Images

Guerra, según la Real Academia Española, es una lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación. Burundi, un diminuto país de la región de los grandes lagos, en África occidental, vive su peor momento desde la guerra civil que vivió entre 1993 y 2005 por las diferencias entre los dos principales grupos étnicos del país: los hutus y los tutsis. Ahora está a las puertas de otro nuevo conflicto al que los pocos medios de comunicación que le dedican espacio llaman crisis.

Los ingredientes de esta crisis son, de una parte, el presidente Pierre Nkurunziza, que decide presentarse por tercera vez a las elecciones, pese a que la ley marca un límite de dos mandatos. Él interpreta la Constitución burundesa a su gusto e ignora los acuerdos de paz de Arusha de 2005, y afirma que su primer mandato de cinco años no cuenta porque no estuvo precedido de elecciones (fue el inmediatamente posterior a la guerra civil). Esto ocurre un 25 de abril de 2015 y, desde ese día, la tensión va en aumento.

Aquí entra en juego el segundo ingrediente: la sociedad civil, que sale a las calles a protestar ante una medida que no comparte. Y comienza la represión, el tercer ingrediente: se cierran varios medios de comunicación, algunos líderes políticos de la oposición son arrestados, la violencia policial se dispara, se suceden los asesinatos y los burundeses comienzan a huir hacia países vecinos, como Tanzania, Ruanda, República Democrática del Congo y Uganda.

Esa misma semana, cuando Nkurunziza se encuentra en Tanzania, el general Godefroid Niyombare lidera un golpe de Estado y anuncia la destitución del presidente. Pero no pasan ni 24 horas cuando miembros del Gobierno confirman el fracaso de tal golpe. En el mes de julio, Nkurunziza gana unas elecciones boicoteadas por la oposición y que Estados Unidos, sociedad civil, ONG, líderes de la oposición y activistas por la paz y la democracia consideran nulas.

Desde entonces, los atropellos a los derechos humanos se suceden. Nkurunziza fue líder de los rebeldes hutus en los tiempos de la guerra civil y sabe cómo atacar a sus oponentes. Acalla cualquier voz disonante valiéndose de la policía, el ejército y las juventudes de su partido, agrupados en una milicia armada de nombre Imbonerakure (‘los que ven lejos’, en lengua kirundi). Estos últimos han sido acusados de utilizar la violación como arma de guerra, entre otros abusos.

Sin gran revuelo y con cuentagotas, Nkurunziza masacra a su pueblo. Ya han sido asesinadas casi 500 personas, según las Naciones Unidas, una cifra que el reconocido activista y defensor de derechos humanos Pierre Claver Mbonimpa asegura que es el doble y añade 800 desaparecidos y 5.000 encarcelados. El mismo Claver fue herido de gravedad el año pasado por unos hombres que le dispararon desde una moto.

Por otra parte, la ONU también ha documentado 651 casos de tortura entre abril de 2015 y el mismo mes de 2016. “Golpean a los detenidos con martillos, clavan barras de acero afiladas en sus piernas, hacen gotear plástico fundido sobre ellos, atan cuerdas alrededor de los genitales de los hombres y utilizan descargas eléctricas. A los que fueron torturados o heridos se les ha negado la atención médica y muchos han sido encerrados en celdas malolientes y sin ventanas”, detalla el último informe de la organización Human Rights Watch, publicado el pasado 7 de julio.

La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) también revela datos preocupantes: unas 300.000 personas han cruzado la frontera y se hacinan en campos a los que ya se les saltan las costuras. Familias que se habían acostumbrado a la paz y a la rutina de su día a día ahora malviven en tiendas de campaña pese a la buena voluntad de los países de acogida, pues nunca hay suficiente para todos y apenas se cubren las necesidades básicas.

Estados Unidos y Europa exigen que los prisioneros sean liberados, se ponga fin a la violencia y se reabran los medios de comunicación cerrados, imponen sanciones y retiran las ayudas al país. La Unión Africana amenaza con enviar fuerzas armadas para restablecer la paz y el orden, pero Nkurunziza no hace concesiones.

Y, más allá de estos datos casi invisibles para la prensa, para los dirigentes internacionales y para la opinión pública, no parece que nadie se atreva a preguntar en voz alta qué está pasando en Burundi. En mayo de 2015, Zedi Feruzi, líder de la Unión para la Paz y el Desarrollo, el principal grupo de la oposición, es asesinado a tiros junto a sus guardaespaldas en un suburbio de la capital, Bujumbura. Meses más tarde, el portavoz del mismo partido, Patrice Gahungu,  muere a balazos en la puerta de su casa. Más tarde, han asesinado al hijo y al yerno de Claver, exiliado en Bruselas para escapar de los intentos de homicidio. Una mañana de diciembre, Bujumbura amanece con 87 cadáveres en la calle, todos maniatados y disparados por la espalda… Uno de los últimos episodios ha sido la desaparición del periodista Jean Bigirimana, del diario independiente Iwacu, de quien no se sabe nada desde el 22 de julio. Son mínimos ejemplos.

Todas las desapariciones forzadas, los ajusticiados, los refugiados, los exiliados, los torturados, el cierre de medios, las torturas y hasta fosas comunes que se han localizado recientemente… ¿Eso no forma parte de una guerra? Quizá no lo llamamos así porque odiamos tener que reconocer otro conflicto. O porque dan miedo los fantasmas de aquella otra guerra civil que dejó 300.000 muertos entre sus poco más de 10 millones de habitantes. O por no querer pensar en el genocidio en la vecina Ruanda, que más de 20 años después sigue siendo una herida sangrante en la conciencia de Occidente. O porque, simplemente, Burundi, un país que figura entre los diez más pobres del mundo, es poco importante en el tablero de juego internacional.

Sea cual sea la razón, tenemos encima de la mesa un fenómeno grave que ya dura año y medio y en el que las víctimas caen con cuentagotas, pero casi cada día. Podemos llamarlo guerra, conflicto interno, crisis o escalada de violencia, pero, si aplicamos a rajatabla la definición de la RAE, una guerra no es, porque aquí no hay dos grupos armados, sino un presidente represor y una población civil desprotegida. Podemos seguir pensando un nombre mientras seguimos sumando muertos y desaparecidos. O podemos empezar a tomarnos a Burundi en serio.

El Orden Mundial en el Siglo XXI no se hace responsable de las opiniones vertidas por los autores de la Tribuna. Para cualquier asunto relacionado con esta sección se puede escribir a tribuna@elordenmundial.com

Acerca de Lola Hierro 1 Article
Reportera en la sección Planeta Futuro de El País y coordinadora del blog Migrados en el mismo periódico. Se licenció en Periodismo en la Universidad Complutense y cursó el Máster de Periodismo UAM/El País en 2012 y desde entonces está vinculada a este periódico. En 2015 ha recibido el Premio Manos Unidas de Periodismo, el Premio Joan Gomis de Periodismo y el Premio Joven de Comunicación de la Universidad Complutense.

Be the first to comment

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!