Podemos, la revolución a fuego lento (2/2)

El Periódico

Para leer la primera parte del artículo “Podemos, la revolución a fuego lento (1/2)” aquí

Todos aquellos meses fueron un laboratorio de ensayos para la formación morada. Las autonómicas, pero especialmente las municipales, servirían primero para medir sus fuerzas pero también para experimentar con el poder de las confluencias. Podemos buscaba la centralidad, pero en el camino hacia mayo de 2015 era necesario comprobar hasta qué punto marcas minoritarias de izquierda eran susceptibles de ser atraídas hacia la matriz y, sobre todo, qué éxito tendría una amalgama de formaciones remezcladas en una nueva marca de tipo municipalista. Así, en los meses previos surgirían nuevos partidos como Ahora Madrid, Barcelona en Comú, Zaragoza en Común o las Mareas Atlánticas para distintas ciudades gallegas. Cada formación se adecuaba a los partidos y los movimientos sociales de la zona para realizar una convergencia ad hoc, generar un proyecto ganador y posibilitar un gobierno que no dependiese de pactos con infinitas formaciones. Bien es cierto que Podemos era la columna vertebral de todos ellos, pero a estas marcas se le unieron otras formaciones de izquierda, ecologistas o regionalistas que posibilitaron la concentración del voto. Así, todas las formaciones antes citadas acabaron ganando las alcaldías en sus respectivas ciudades –Madrid, Barcelona, A Coruña, Santiago, Zaragoza o Cádiz– gracias a pactos con otras formaciones.

Algunos de los proyectos municipalistas surgidos por la geografía española. Fuente: Diagonal
Algunos de los proyectos municipalistas surgidos por la geografía española. Fuente: Diagonal

De los ayuntamientos al Congreso

Con las victorias municipales, Podemos abría dos vías: la primera, demostrar que una victoria suya no significaba la resurrección de la Unión Soviética y el colapso de la civilización occidental –en aquel 2015 el discurso del miedo fue una constante a la hora de atacar a la formación morada–. La segunda, vender el mensaje de que un gobierno con la impronta de Podemos podía suponer una forma distinta y exitosa de gestión. En definitiva, hacer ver que si había capacidad para saber gobernar las dos ciudades más importantes de España también eran capaces de llevar las riendas del país.

Para entonces, el repliegue centralista impulsado por Iglesias en el partido ya se había producido. Si por algo se ha caracterizado Podemos es por su adaptación constante a los distintos escenarios que quería enfrentar. Como es lógico, una estrategia así ha erosionado su imagen por veleta y ha expuesto a la formación a considerables tensiones internas al tener que repensarse varias veces en muy poco tiempo. La idea asamblearia era útil cuando había que pujar por los miles de ayuntamientos españoles. Ahora el punto de mira estaba puesto sobre las generales de fin de año, y para ello Iglesias quería tener el control total de la formación, imponer una estrategia a seis meses y ganarle la partida al bipartidismo.

En líneas generales, Podemos había perdido algo de fuelle. Los días como primer partido en las encuestas habían pasado, y ahora se encontraba basculando entre la segunda y la tercera posición, a tortas con el Partido Socialista por colocarse a la zaga de los Populares. En otro giro de timón, el partido –o más bien Iglesias– había abandonado la estrategia de amplio espectro para buscar la hegemonía en la izquierda. Por medio quedaban dos partidos muy tocados pero no hundidos, Izquierda Unida, en mínimos históricos y al borde del colapso, y un PSOE inmerso en refriegas internas que veía acercarse a la locomotora morada sin posibilidad de apartarse. La intención podemita era apuntillar a los primeros para forzar su desaparición –o su absorción– y relegar a los socialistas a la tercera plaza, un lugar que en la práctica también supondría la muerte de la formación.

Por aquellos meses entra también con fuerza la cuestión de Cataluña. Los llamados partidos soberanistas –partidarios de la independencia– cada vez tienen más fuerza ante el declive electoral de las formaciones ‘constitucionalistas’. Este desequilibrio en la balanza a favor de los independentistas contrasta con la inacción que se tiene en el  Gobierno. El camino de los independentistas no tiene demasiado recorrido y electoralmente al Partido Popular le beneficia la situación para vender un mensaje de miedo con la ruptura de España y la necesidad de estabilidad como centro. Sin embargo, Podemos entra en semejante barrizal para plantear una tercera opción: el referéndum. Avalado por el caso escocés, la formación morada comienza a defender una votación de autodeterminación en Cataluña para zanjar el debate. Saben que constitucionalmente es imposible –hace falta una reforma de la Carta Magna y no tienen mayoría para ello–, pero abren una lata que si bien les hace perder apoyos en el centro peninsular, catapulta su popularidad en las llamadas “comunidades históricas”, más proclives a sentimientos nacionalistas, como Cataluña, País Vasco y Galicia. Se empieza a producir así la segunda ruptura de Podemos: centro-periferia.

La campaña electoral que vendría entonces sería una guerra sin cuartel. Podemos juega constantemente las cartas de la connivencia del PP y el PSOE con los grandes poderes económicos, los recortes sociales, el interminable abanico de casos de corrupción y la responsabilidad de haber dejado un país de desempleo desorbitado, empleo precario, pobreza y dos millones de emigrados. Sus deseos de sustituir al PSOE como referencia en la izquierda son evidentes y a la vez discretos. Desempolva el manual de la socialdemocracia de los setenta y ochenta y genera un mensaje que apela a las emociones, a la construcción de lo que Podemos llama “pueblo” –eso sí es un discurso populista– frente a un Partido Socialista sin rumbo y lo que es peor, sin identidad propia diferenciable del Partido Popular.

El debate televisado a 4 fue un hito en la historia política española, ya que nunca se había celebrado uno.
El debate televisado a 4 fue un hito en la historia política española, ya que nunca se había celebrado uno. Fuente: La Vanguardia

De igual modo, ante unas encuestas que les daban una tendencia ascendente, Podemos enlaza un mensaje de remontada para no verse confinados a la tercera plaza. Su postura de máximos –el mensaje desde 2014 es que su objetivo es ser primera fuerza– les ponía en una situación complicada como medalla de bronce, y cualquier intento de adelantar a los socialistas era un balón de oxígeno. Con todo, en las generales del 20 de diciembre el PSOE mantuvo a raya a Podemos con veintiún escaños de diferencia –90 de los socialistas frente a los 69 de los morados y las respectivas confluencias–y medio millón de votos. La ley electoral había dejado con vida a los socialistas, que con un reparto proporcional sólo habrían sacado seis asientos de ventaja a los morados. Los de Iglesias se fortalecían en las ciudades y la periferia estatal, mientras que el bipartidismo aguantaba con vigor en el entorno rural español, sobrerrepresentado en el Legislativo en detrimento de las circunscripciones con más peso urbano.

Para ampliar: La España que nació el 20D en 25 gráficos”, Eldiario.es

Aquellas elecciones invernales fueron una decepción general. Los unos porque habían comprobado su enorme retroceso electoral; los otros porque habían recibido menos votos de los que su apetito político demandaba. Además, las matemáticas hablaban solas: tocaba pactar. Y no era un pacto a la vieja usanza, con un gran partido valiéndose de una formación catalana o vasca a cambio de alguna concesión puntual. Era un pacto entre opuestos. Izquierda o derecha, “casta” o “nueva política”, alguien tenía que cruzar al otro lado para que hubiese un gobierno. De igual manera era mucho suponer que el deseo general era que hubiese un gobierno. Quienes aspiraban a sacar más en unas segundas elecciones, Populares y Podemos, marearon la situación esperando que Socialistas y Ciudadanos, quienes más tenían que perder, se desgastasen con pactos que no sumaban e investiduras condenadas al fracaso.

Queda por saber cómo el electorado se tomó aquel juego de los morados con los socialistas. En otro movimiento de estrategia, Podemos apelaba a un gobierno de mayoría de izquierdas. Abandonaba así el eje vertical que ellos mismos inventaron para recaer en el horizontal con la intención de empujar al PSOE por el barranco.

Esta misma intención se plasmó en las segundas elecciones, programadas para el 26 de junio de 2016. Sobrepasar a los socialistas se convirtió entonces en un fin y no en un medio. En diciembre habían quedado tan cerca que con un puñado más de votos la ley electoral pasaría de perjudicarles a beneficiarles, facilitando el augurado sorpasso y condenando a la formación socialista a una vergonzosa tercera plaza. Además, la única opción honrosa del PSOE entonces sería la de apoyar un gobierno de Podemos. La maniobra era, sobre el papel, perfecta. Hacía falta el aporte extra de los números, que provendrían de la coalición con Izquierda Unida en una nueva formación llamada Unidos Podemos.

Podemos e Izquierda Unida formalizaron el preacuerdo electoral con el llamado 'Pacto de los Botellines'. Fuente: Huffington Post
Podemos e Izquierda Unida formalizaron el preacuerdo electoral y crear Unidos Podemos con el llamado ‘Pacto de los Botellines’. Fuente: Huffington Post

Las encuestas confirmaban el adelantamiento. Podemos se enfundó el vestido de lechera y comenzó a reafirmar un escenario que daban por hecho a pesar de tener que pasar por las urnas. En la formación morada se adjudicaban la medalla de plata ante un Partido Socialista que se veía con la soga al cuello y el liderazgo de un Pedro Sánchez que comenzó a apelar a lo poco de socialdemócrata que le quedaba al partido, logros pretéritos incluidos.

Y aquí vino la sorpresa: en la noche electoral, Unidos Podemos no superó al Partido Socialista. Por medio quedaba un millón de votos haciendo de barrera a pesar de que la distancia en escaños se había reducido. Noche infausta para la formación de Iglesias que recibía una doble bofetada: no haber superado al PSOE y haber generado una sensación de optimismo tal por un escenario que no se había producido que la imagen de derrota se multiplicaba. Quién, y sobre todo, por qué había ocurrido esto, eran las preguntas a responder.

Del Congreso al… ¿Cielo?

Algunos achacaban el fracaso a la confluencia –se suponía que tenían que ganar un millón de votos y acabaron perdiéndolo–, otros al cambio de mensaje entre campañas, alguno más al papel de Podemos jugando al tira y afloja con los socialistas en las negociaciones de gobierno, y hasta alguna voz se atrevió a poner en tela de juicio la estrategia del partido. Todo el mundo tenía su parte de razón; el cohete morado se había quedado sin gasolina en pleno ascenso y corría el riesgo de empezar a caer como un peso muerto.

Bien es cierto que en el Día de la Marmota particular que vive España en el plano electoral, Podemos, como las otras formaciones, podría tener una tercera oportunidad de asaltar la segunda plaza. Sin embargo, ya se ha instalado en parte esa sensación de techo de cristal, una barrera invisible que forma la ley electoral, el bombardeo mediático y las trincheras demográficas impermeables al mensaje de Podemos, caso de la tercera edad. El partido, tras dos tropiezos relativamente severos en su trayectoria, se enfrenta ya a varios dilemas internos, a una deslegitimación parcial de su líder y a profundas luchas internas –con atisbos de purga– por reorientar el rumbo de la formación.

El principal debate sobre la mesa tiene como centro el llamado “carril largo”, una necesidad imperiosa para Podemos dentro de su construcción del mensaje populista pero un proyecto totalmente incompatible dentro de un escenario de continuas citas electorales y repetidos intentos de asalto del poder. Tiempo, en definitiva, es a lo que aspira tener el proyecto morado y tiempo es precisamente de lo que carece en sus objetivos más inmediatos y más importantes en la agenda del partido. Ese lento pero inexorable avance a largo plazo es lo que siempre ha planteado Errejón, el número dos de la formación y mente pensante del partido. Sin embargo Iglesias ha priorizado ante todo la racha de victorias electorales, el ganar a toda costa y en el espacio más corto de tiempo posible.

En el fondo las dos posturas esconden dos maneras de entender la política –el cambio político más bien– diametralmente opuestas. El discurso de Errejón es una constante apelación a la construcción de un pueblo, a la generación de un nuevo nacionalismo a caballo entre el modelo francés –en torno al Estado– y el alemán –en torno a la cultura–. En definitiva, motivar en la sociedad un pensamiento nuevo con otros valores, símbolos y sensibilidades con los que se identifique la inmensa mayoría de la población. La hegemonía cultural, vaya. Ahora bien, sus ideólogos son conscientes del tiempo que requiere semejante maniobra. Como si de erosión geológica se tratase, es el lento gotear a lo largo del tiempo el que acaba modelando el objeto. Pueden ser años, incluso décadas, lo que se tarde en realizar esa transición a nivel social y cultural. La ventaja para Podemos es precisamente que es la formación que lideraría ese cambio social, una guía acorde a sus intereses que acabase por hacer coincidir el discurso del partido con las demandas y valores que tiene la sociedad, favoreciendo la consolidación de los morados como partido hegemónico.

La forma de levantar el brazo (Errejón con la V e Iglesias con el puño), un detalle tan evidente como masivamente inadvertido. Fuente: Ara
La forma de levantar el brazo (Errejón con la V e Iglesias con el puño), un detalle tan evidente como masivamente inadvertido. Fuente: Ara

En cierto sentido esta visión tiene un lado perverso. Moldear la sociedad al antojo –o al menos intentarlo– ha sido una constante a lo largo de la historia en gobiernos de toda condición, a menudo amparados en el nacionalismo o en un ideal marxista superior. En absoluto quiere decir esto que sea una causa efecto irremediable; es una posible salida, no la única. Y es que sería tremendamente ilusorio pensar en la perversión de esta posibilidad sin considerar que ya existe una hegemonía cultural plenamente asentada en los países del mundo occidental como es la del neoliberalismo globalizador, con sus pros y sus contras. La reacción a esta hegemonía explica en buena medida tanto el fenómeno de Podemos como el auge del Frente Nacional en Francia o el de Trump en Estados Unidos.

La contraparte de esta postura es la de Iglesias, favorable al Blitzkrieg electoral y mediático que permita un rápido posicionamiento en las instituciones y generar el cambio político a través de las mismas. De alguna manera es la postura más tradicional de todas las formaciones políticas occidentales, la más cortoplacista y rentista. El peldaño a peldaño del habitual juego político. Sin embargo, la idea de la que surge Podemos trasciende el clasicismo de los partidos, y por tanto, esa postura le es insuficiente.

Así, la formación morada, haya terceras elecciones o no en España, necesita compatibilizar las dos visiones para no avanzar en direcciones opuestas. La confluencia hacia la izquierda parece haber sido un rotundo fracaso y se ha castigado el abandono de la centralidad. En Podemos no se ha llegado a interiorizar que en un partido tan joven dos convocatorias electorales seguidas con profundos cambios en el guion son algo enormemente desorganizador. Los morados quieren asaltar los cielos, pero primero habrá que ver si pueden organizarse en la tierra.

Acerca de Fernando Arancón 68 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
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