“Brexit: Inglaterra siguió su instinto”, por Emili J. Blasco

Nadie se esperaba el Brexit, pero nadie debía haber esperado que el Reino Unido aguantara el ritmo de progresiva integración seguido por la Unión Europea. A raíz del referéndum del 23 de junio hubo quien comentó que Winston Churchill no habría permitido que su país saliera de la Unión Europea. Yo no estaría tan seguro. Lo que Churchill hizo en su tiempo fue aplicar sin contemplaciones la regla suprema del interés nacional británico: impedir que en el continente se consolide una potencia dominante. De la crisis económica de 2008 ha surgido una UE en la que Alemania sobresale con claridad. Era previsible que así sucediera, pues Alemania es la potencia central europea, llamada por ubicación y posibilidades a ejercer de hegemón continental. El compromiso europeo y las sinceras precauciones alemanas limitan esa preponderancia, pero las condiciones geopolíticas de Europa empujan en esa dirección.

Ciertamente que los británicos han votado de modo visceral, influidos por argumentos muy simplistas y a veces engañosos. Pero eso no quiere decir que no votaran también de modo instintivo: por cuestiones de supervivencia, en el ADN británico hay un anhelo connatural de soberanía insular, poco dispuesto a aceptar directrices llegadas desde el exterior y siempre reactivo ante cualquier desequilibrio de poder en el continente. El Reino Unido ha sido históricamente el gran oficiante del equilibrio entre potencias en Europa. En su clásico tratado Diplomacia, Henry Kissinger lo cataloga como “el país madre de la política del balance of power”.

A lo largo del tiempo, en unas ocasiones Inglaterra se movilizó de modo preventivo, como cuando combatió en España en la Guerra de Sucesión para impedir una hegemonía borbónica, y en otras intervino contra una expansión ya efectiva de Francia (guerras napoleónicas) y de una Alemania unificada (las dos guerras mundiales). En las últimas décadas, a Londres le ha interesado más hacer de contrapeso interno en la UE, inclinándose en favor de políticas de Francia o de Alemania , según las circunstancias, y sobre todo aliándose con la periferia; hoy, sin embargo, parece llegar a la conclusión de que quizás la mejor manera de contrarrestar un proyecto de estado multinacional europeo —el federalismo deseado por Berlín— sea salir de él para así debilitarlo.

Una decisión preventiva

Con el Brexit, los británicos han actuado de manera preventiva, al percibir una Unión Europea que está traspasando el umbral de la mera unión de estados y que además gira cada vez más en torno a Alemania. Seguramente en el voto también influyó de modo decisivo el castigo al establishment, tan propio del momento populista que vemos en la escena internacional. Sin embargo, hay que admitir que solo era cuestión de tiempo que el Reino Unido pusiera definitivos reparos al proceso de continua integración europea, percibida al otro lado del Canal de la Mancha como una permanente huida hacia adelante, sin opción a un diseño final intermedio que dé por cerrado el traspaso de soberanía.

Creo que en el referéndum de junio el pueblo británico siguió de modo instintivo su interés nacional, en términos geopolíticos (en lo económico no le beneficia, pero podrá recuperarse). Ni siquiera un triunfo del Bremain, que igualmente habría sido por estrecho margen, habría dejado las cosas como estaban. Ya antes del referéndum el premier David Cameron arrancó algunos compromisos a la Comisión Europea y se habría visto obligado a negociar algunos más aunque el Brexit no hubiera ganado, porque en cualquier caso habría tenido un apoyo robusto. Ello posiblemente habría empujado a reconsiderar una UE de varias velocidades, que después de todo quizás sea hacia lo que nos encaminamos.

 No es muy aventurado concluir, como advirtió George Friedman en Next Decade (2011), que “ya hemos visto la línea de pleamar de la integración europea”. A partir de la crisis económica que acabamos de atravesar y de la crisis política en curso en muchos lugares, la pertenencia a la UE ya no tiene el atractivo de club democrático y de bienestar que en su día sedujo a tantos nuevos socios. Podría decirse, pues, que además de instintivo el voto británico ha sido intuitivo, en tanto que estaría avanzándose al desarrollo a la baja que puede tener el proyecto comunitario europeo.

 Una EFTA con los restos

Castigar en exceso al Reino Unido no sería inteligente por parte de Bruselas. Algún precio, desde luego, debe suponer abandonar el club. Pero Gran Bretaña también puede contraatacar jugando ciertas cartas. Ya en su día, antes de decidirse a entrar en la CEE, Londres impulsó la alternativa de la EFTA, que aglutinó a varios países periféricos. La EFTA en parte fracasó porque el interés de Estados Unidos estaba en apoyar al corazón de la Europa Occidental, directamente amenazado por la URSS. Pero acabada la Guerra Fría, Washington se ha desinteresado de la Unión Europea —de Bill Clinton a Barack Obama, sin excepción— y es justamente ese alejamiento el que ha dejado a Londres solo en el papel de contención del eje París-Berlín.

 Es previsible que, de poner de nuevo su atención en el continente, Estados Unidos lo haga más al este, que es donde hoy se cierne la amenaza rusa y donde la OTAN se está movilizando: el Intermarium, el espacio que va del Mar Báltico al Mar Negro. Ahí se encuentran precisamente países como Polonia o Hungría, cuyos gobiernos están deslizándose por la pendiente del euroescepticismo, por lo que podrían ser candidatos para una nueva colaboración periférica alternativa, más económica que política. Por otra parte, Londres siempre podría desarrollar una zona de libre comercio en el Mar del Norte, con Noruega, que no forma parte de la UE, y con Dinamarca, hoy un socio no muy satisfecho con Bruselas. Así que a la Comisión Europea puede interesarle que el Reino Unido no se aleje demasiado.

 Geopolíticamente, el principal inconveniente del Brexit para el Reino Unido es la posibilidad de una independencia de Escocia. Es algo que dependerá sobre todo de dos asuntos: del éxito que tenga el gobierno británico en la negociación con la UE y del futuro mismo de esta. Si Londres arranca privilegios que casi dé lo mismo estar dentro que fuera del club, o si la UE entra en un proceso de ablandamiento que permita grados de integración diversos, entonces la cuestión europea no será el punto determinante en el futuro de Escocia.

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Acerca de Emili J. Blasco 1 Article
Emili J. Blasco ha sido corresponsal de ABC en Londres durante siete años. También ha sido corresponsal del mismo diario en Berlín y en Washington. Es consultor de Inter-American Trends, compañía con sede en Estados Unidos. Acaba de publicar la versión en inglés de su libro “Bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela”, cuya segunda edición española apareció en junio. Ha recibido el Premio Vocento por su labor informativa. Es doctor en Comunicación y profesor de Información Internacional del máster UCM-ABC.

5 comentarios en “Brexit: Inglaterra siguió su instinto”, por Emili J. Blasco

  1. Conclusión : los demás europeos somos tontos todos. Artículo demasiado anglófilo para mi gusto. Reino Unido era un lastre para la Unión Europea, que además no despertaban muchas simpatias. Están mejor fuera. Por cierto, hay más mundo aparte de EEUU y UK.

  2. “Ciertamente que los británicos han votado de modo visceral, influidos por argumentos muy simplistas y a veces engañosos.”

    No os cansáis los “preparados” de llamar siempre ignorante al pueblo?

  3. La gente sabía muy bien lo que se jugaba. La permanencia en una UE cada vez más criminal y opresiva era una mala noticia para todos los británicos.

  4. Los británicos quieren su soberanía de vuelta, por eso votan Brexit y seguramente tengan que seguir aportando al presupuesto europeo, aplicar la normativa comunitaria sin voz ni voto y aceptar el libre movimiento de trabajadores, por no hablar de lo que supondría aprobar TLC con medio mundo, fomentando la desregularización y afectando a la mayor de Brexiters, o sea trabajadores de cuello azul y perdedores de la globalización. Muy listos…. me soprende como pasa de puntillas por los argumentos de la campaña del Brexit, xenofobía, mentiras relativas al presupuesto europeo y al NHS, efectos económicos y sociales de una salidad, etc.

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