Rainbow is the new black: A la caza del homosexual

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Cada año, la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB) de España elige un ámbito en el que centrar sus esfuerzos. 2016 ha sido declarado Año de la Visibilidad Bisexual en la Diversidad por esta organización. No obstante, no conviene dejarse arrastrar por la conclusión de que la situación de este colectivo ha avanzado lo suficiente como para poder ocuparse solamente de las necesidades de algunas de sus ramas más desatendidas. Justas como son las demandas sociolaborales de transexuales, bisexuales y el resto de la comunidad denominada LGTB, lo cierto es que se constata todavía la falta de un consenso de mínimos entre los actores del panorama público.

En general, los primeros años del siglo XXI supusieron un avance en los derechos de la comunidad en Occidente y, tímidamente, también en algunos países orientales y de África, donde identidades distintas a la del heterosexual aún son perseguidas, a menudo con devastadoras consecuencias. Sin embargo, la crisis financiera de la última década ha obligado a relegar el asunto a un segundo plano y ha fortalecido la posición de la derecha occidental, conservadora por definición y alejada de las demandas de colectivos como el considerado.

La cuestión del heteropatriarcado

Se denomina heteropatriarcado a un sistema de dominación en todas las facetas de la vida en sociedad (derechos, cultura, trabajo, etc.) que justifica el rol predominante del varón heterosexual sobre otras identidades o géneros. A pesar de la percepción por miembros del sector conservador de la sociedad de que actualmente existe un “imperio gay” y feminista tratando de imponer sus intereses en Occidente, el maltrato hacia las mujeres y la comunidad LGTB ha sido sistemático a lo largo de la Historia. Según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (conocida por sus siglas en inglés, FRA), una de cada diez mujeres europeas ha sido víctima de violencia sexual y prácticamente la mitad de los homosexuales, transexuales y bisexuales han sufrido discriminación por razón de su identidad sexual.

Para ampliar: “European Union lesbian, gay, bisexual and transgender survey”, FRA, 2013

En el estudio pionero ¿Hay armarios en las aulas?, los autores detectaron una aparente contradicción entre las respuestas de los encuestados: pese a que el 68% había sido testigo de violencia homofóbica en las aulas, casi tres cuartos se declaraban no homófobos en absoluto. De ser así, el acoso hacia alumnos LGTB lo ejercería una minoría constituida por quienes no se encuentran cómodos frente a estas identidades y aquellos manifiestamente opuestos a ellas. Es más, sería previsible que el acoso lo ejercieran fundamentalmente estos últimos, apenas un 2% en la muestra. O quizá, como apuntan los encuestadores, existen personas que no se consideran homófobas pero sí lo son o manifiestan tendencias en tal sentido.

La mayoría de los homosexuales europeos sufren discriminación habitual, especialmente en el colegio
La mayoría de los homosexuales europeos sufren discriminación habitual, especialmente en el colegio

He aquí la clave para comprender el funcionamiento del heteropatriarcado. No es casualidad que prácticamente cada agresión homofóbica sea descartada como crimen de odio o, en todo caso, se considere anecdótica e irrelevante. Tampoco es de extrañar que aceptemos sin discusión clichés como la pluma, la promiscuidad o la falta de una figura paternal o maternal en homosexuales. Hasta 1992, la Organización Mundial de la Salud (OMS) consideraba la homosexualidad una enfermedad y la tercera acepción de pederastia en el diccionario en 2015 era ‘Práctica del coito anal’. En este mismo año, algunos periódicos revelaron que el piloto kamikaze Andreas Lubitz se encontraba “poseído por demonios gais”, y tras la reciente masacre en un local gay de Orlando se especuló con toda clase de explicaciones: una venganza yihadista, una consecuencia de la venta indiscriminada de armas, simple locura…

Reconociendo el origen multifactorial de la mayoría de los problemas, no deja de llamar la atención que la causa, la culpa última, se encuentre siempre en el otro, ya sea este el enemigo nacional o político o la propia víctima. En concreto, el recurso a la locura como explicación se ha establecido como un lugar de tránsito común gracias a su enorme potencial liberador. Al fin y al cabo, la locura no tiene culpables, causas, explicación o cura, por lo que constituye el perfecto deus ex machina, la resolución capaz de responder todas las preguntas. Ante cualquier alteración del orden establecido, la sociedad demanda una solución rápida y contundente que restaure la paz; en semejante contexto, resulta enormemente más sencillo diluir la responsabilidad que atribuírsela a todo el sistema social y, por ende, a sus miembros. Los ciudadanos encuentran mayor satisfacción en su exoneración de toda culpa que en la identificación con las ideas del antisocial.

Para ampliar: LGTB: logros y retos en el siglo XXI“, Borja Lucas en El Orden Mundial

Política y religión: Los gestores de la moral colectiva

España y otros países europeos encabezan el listado de países con mayor aceptación de la homosexualidad. Fuente: Pew Research Center
España y otros países europeos encabezan el listado de países con mayor aceptación de la homosexualidad. Fuente: Pew Research Center

Sería injusto señalar la religión judeocristiana como el origen del sistema heteropatriarcal en Occidente. En cada época de la Historia, el hombre —y, en particular, el hombre heterosexual— ha ejercido el poder de manera exclusiva y absoluta, y solo recientemente de forma preeminente. No obstante, es innegable que una creencia sustentada en el pecado original de la mujer, nacida a partir del hombre primigenio, ha contribuido destacablemente al apuntalamiento de su ideario. Asimismo, la identidad entre religión y derecha política es simplista y tópica, pero ciertamente debe existir una afinidad entre los defensores del conservadurismo y los valores tradicionales. No es sino en este mutuo entendimiento y reciprocidad que los partidos de izquierda frecuentemente se han alineado en su política social con las causas laicistas, feministas, pro-LGTB y ecologistas. Así, conforme la sociedad se sensibiliza progresivamente con estas luchas, las organizaciones tradicionalmente conservadoras deben optar entre la adaptación, la oposición frontal o el mutis por el foro.

Mientras el actual papa católico reconoce el deber de la Iglesia para con todas las personas, expresamente incluidos los homosexuales, Rusia vive uno de sus peores momentos desde la despenalización de la homosexualidad en 1993. Los estados de Carolina del Norte y Misisipí han aprobado sendas leyes de gran perjuicio para la comunidad LGTB y en Madrid el colectivo Arcópoli contabiliza ya 110 agresiones a homosexuales en seis meses. Ello no obstaculiza, en cambio, un argumentario en contra de las leyes antidiscriminación por la aparente ausencia de problema alguno. Entretanto, el discurso del odio se asienta en las calles entre manifestaciones “profamilia”, marchas neonazis y la propaganda homofóbica desplegada durante los Orgullos de Madrid y Sevilla.

Durante las épocas de recesión económica, este discurso se intensifica. La falta de trabajo y de ayudas sociales es redirigida por los responsables políticos hacia las clases bajas, los inmigrantes y las minorías, cuyas demandas supuestamente obligan a la inversión de un dinero que de otra forma se destinaría a la creación de empleo. Como explica Owen Jones en su ya canónico libro Chavs, se impone un discurso del miedo y la demonización de los desfavorecidos por el funcionamiento del sistema. Umberto Eco lo llamaba “la máquina del fango” y Naomi Klein, “la doctrina del shock”: mediante la desinformación y la alarma social, se crea un clima de tensión en el que propuestas como el Brexit consiguen prosperar. Y con ese éxito nace algo aún más terrible, que podríamos denominar ya efecto brexit: el enardecimiento de sus defensores al verse respaldados por la mayoría.

Es justamente en este fenómeno donde se explica la paradójica aceptación mayoritaria de la homosexualidad a pesar de la actual escalada de la violencia homofóbica. Casi todos los países occidentales cuentan con legislación dirigida a la protección contra los delitos de odio; sin embargo, su aplicación en la práctica es dubitativa y esporádica, por no mencionar que solo uno de cada diez agredidos interpone denuncia. Sin la amenaza de un castigo penal y la condena unánime de la sociedad, los agresores homófobos no encuentran motivación para cohibirse y justifican sus actos conforme a la moral de un discurso ideológico específico. Pero a un nivel casi subliminal operan fuerzas incoercibles que afectan a todos por igual, homófobos o no. En algunos casos, la trampa es detectada, evitada y denunciada; en otros, sortea todas las barreras intelectuales y se instala, convenientemente camuflada, en el imaginario personal y social.

Prejuicios interiorizados y autodiscriminación

Para entender el mundo, el ser humano idea y propaga constructos mentales a los que acude al juzgar como “atajos” cognitivos. Opera, así, un principio de economía que ahorra tiempo y esfuerzo al sujeto, quien suele tener que tomar decisiones instantáneas en su día a día. Algunos de estos prejuicios son reevaluados durante el proceso de maduración; otros permanecen en la psique como criterios de juicio inconscientes y acríticos. Los sistemas de pensamiento colectivo como el heteropatriarcado ejercen precisamente su mayor influencia mediante estas generalizaciones a priori, que pueden parecer inocuas, pero son las que conducen a considerar que la “anormalidad” del homosexual puede tratarse o a justificar al violador porque la víctima —hombre, mujer o niño— “iba provocando”.

La fuerza de estas ideas preconcebidas es tal que no solo se instalan en la mente de los heterosexuales, sino de los propios homosexuales y el resto de identidades LGTB, cuya representación en los medios y la ficción ha tenido como nota unísona el estereotipo. En una deliberada analogía con la religiosidad, los sectores conservadores de la sociedad han argumentado que la homosexualidad es una opción de carácter privado, estrictamente sexual, y que por ello no tendría por qué verse reflejada en la superficie. De ese modo, una comunidad definida por su heterogeneidad es alentada a adoptar un código discursivo, una serie de prácticas estéticas, que le es ajeno. Las personas no heterosexuales acaban interiorizando su desviación de la normalidad establecida y desarrollan, si no un sentimiento de culpa, sí la repulsa hacia quienes hacen ostento de su diferencia.

Para ampliar: “EndoLGTBfobia: discriminación interna desde las identidades no heterosexuales”, Ignacio Elpidio Domínguez Ruiz, 2016

Desde que en televisión aparecen “mariquitas de verdad y mariconeando”, se ha tendido a presentar una imagen asexuada de la homosexualidad con el fin de mitigar la incomodidad del público heterosexual. Esta “castración mediática” alterna en la pantalla con una “extravagantización” de la diferencia, que insiste en los aspectos más excéntricos e impactantes, como cada año demuestra la cobertura del Orgullo en los medios de comunicación. Ambas tácticas de trivialización, utilizadas contra otros colectivos —como el movimiento 15M—, revelan una estrategia casi bélica, consciente o no, de “Divide y vencerás”: los homosexuales ‘normalizados’ reprochan a sus congéneres que muestren una imagen no representativa e “indeseable” para el resto del colectivo, que busca integrarse pacíficamente. Por su parte, la facción ‘resistente’ acusa a los anteriores de claudicación y de simplificar la necesaria diversidad del colectivo, impidiendo una efectiva educación en la diferencia.

En el fondo, el sistema heteropatriarcal se sustenta en una especie de paternalismo. Es lo que la literatura feminista conoce como mansplaining: la irrefrenable necesidad de algunos hombres heterosexuales de orientar a los demás. Tras esta superioridad moral se escudan las repetidas falacias en torno a la actual persecución heterofóbica y las demandas de un Día del Orgullo Heterosexual. Asimismo, encuentra sustento en ella la denuncia del impropio alineamiento político con la causa LGTB —mediante la exhibición de banderas durante las fiestas del Orgullo, por ejemplo— y de la exclusión de los partidos conservadores del escenario. Pero es también la causa de la homofobia interiorizada de muchos homosexuales, de su miedo a salir del armario e incluso a la calle, de que inconscientemente llamen mariquita o maricón al cobarde o perpetúen el mito de los roles masculino y femenino en las relaciones homosexuales, con el consiguiente tabú hacia el hombre “pasivo”, en su caso.

Por qué no existe el Orgullo Hetero

De acuerdo con Amnistía Internacional, entre 2008 y 2014 se documentaron 1731 delitos de odio solo hacia transexuales, de los cuales la mitad se dirigieron hacia menores de 30 años. Brasil es el país con más asesinatos contra miembros de la comunidad LGTB, según varias organizaciones iberoamericanas, con 312 asesinatos en 2013, la mitad también de transexuales. La homosexualidad es ilegal en unos 80 países y se castiga con la pena de muerte en diez de ellos. Desde 2014, el autodenominado Estado Islámico o Dáesh ha ejecutado a más de 120 hombres homosexuales. Hasta la fecha, la adopción homoparental se encuentra reconocida en 25 países y algunas jurisdicciones de Australia y el matrimonio entre personas del mismo sexo, en 15 países —solo uno africano y ninguno asiático— y regiones de otros seis. Además, cerca de 50 países impiden a los hombres homosexuales donar sangre.

La situación de la homosexualidad en el mundo en febrero de 2017. Fuente: Wikimedia

Mientras los homosexuales y el resto de colectivos LGTB intentan sobrevivir en el panorama esbozado, el número de países donde la heterosexualidad está prohibida coincide con la cantidad de agresiones heterofóbicas de las que se ha tenido noticia: cero. Se trata de una comunidad en proceso de visibilización, pero que ha debido enfrentar desde la persecución por los fascismos y comunismos hasta iniciativas de ley en un país como EE. UU. para legalizar su matanza. Los homosexuales parecen haber ocupado el vacío dejado por el afortunado retroceso —paulatino y reticente— del racismo y la xenofobia. Ocultarse en guetos de facto o refugiarse en establecimientos con la etiqueta de gay-friendly no es suficiente; el apartheid no frena las críticas ni evita el asesinato de homosexuales hasta en su propio medio. Sin duda, hay todavía mucho que hacer, empezando por la educación. Pero no debemos errar el tiro: la culpa no es de ciertos sectores de la sociedad ni de determinadas políticas ni mucho menos de las víctimas y sí del heteropatriarcado.

Acerca de Ignacio Esteban 2 Articles
Castellonense de nacimiento, madrileño por adopción (1992). Graduado en Derecho y Periodismo por la URJC y estudiante de Lengua y Literatura Españolas y el Máster en Ciencia del Lenguaje por la UNED. Sé muy pocas cosas, pero me interesa todo lo que tenga que ver con la lengua, medios de comunicación y discriminación. Twitter: @Demonacho

8 comentarios en Rainbow is the new black: A la caza del homosexual

  1. En primer lugar, quisiera puntualizar que, si bien no coincido en muchos puntos del artículo, comento con el único ánimo de debatir razonablemente y, por supuesto, tratando de evitar toda ofensa o falta de respeto.

    En primer lugar, no queda nada claro qué es el “heteropatriarcado” (el artículo dice que “Se denomina heteropatriarcado a un sistema de dominación en todas las facetas de la vida en sociedad (derechos, cultura, trabajo, etc.) que justifica el rol predominante del varón heterosexual sobre otras identidades o géneros”).

    ¿Sistema de denominación? ¿Qué es exactamente? ¿Quién forma parte? Cada vez que en la universidad o cualesquier lugar veo manifestaciones o stands informativos que se declaran “anti-patriarcado” les pregunto si yo formo parte de eso que ellos combaten… Y nunca me saben contestar.

    La verdad, en mi opinión es una gran película imaginada, no se puede reunir bajo una misma palabra a todo el racimo de visiones y opiniones no coincidentes con la del colectivo LGTB y achacarle los males que padece este colectivo, tal y como hace el artículo en su última afirmación. Ojo, no digo que no existan vejaciones totalmente injustificadas contra los LGTB que se deben combatir y erradicar, sino que el “heteropatriarcado” no existe, que se trata de un reduccionismo simplista y populista. Los frentes que tiene esta minoría deben ser individualizados de manera más profesional, correcta y precisa en aras de ser combatidas con eficacia y sin excesos de celo, cosa que ocurre cuando se encuadra bajo una misma bandera a todos los que tengan algún tipo de oposición, sea cual sea, contra los LGTB.

    Por otro lado, me hubiera gustado poder encontrar en el artículo una delimitación del concepto “homófobo” (y, ya de paso, de lo que es “agresión homófoba”… ¿si un sujeto mira mal es agresión?). Entiendo que los impulsores de la ley en EEUU para legalizar la matanza de homosexuales son homófobos, pero existe una interminable gradación entre esa postura radical y aquellos que se alinean sin reservas con el colectivo LGTB. Si una persona acepta, respeta y defiende a las parejas homosexuales y, no obstante, no comparte su equiparación al matrimonio homosexual, ¿se trata de una persona homófoba? En resumen, ¿hay que estar totalmente de acuerdo con el colectivo, con todos sus extremos y posturas, para poder evitar ser tildado de homófobo? Ya de paso, voy viendo que poco a poco viene siendo peor ser tachado de homófobo que de “maricón”, “marica” o similar… ¿No estamos cayendo en el mismo error que tratamos de evitar?

    Por último, una cuestión. No termino de compartir la reiterada relación que se establece entre las manifestaciones (y el colectivo) pro-familia y el llamado “discurso del odio”. ¿Por opinar diferente al colectivo LGTB se puede decir que odian? Vaya, que depende de cómo lo miremos, es posible que en lugar de rechazar o ser anti, sean precisamente eso, PRO-familia. Cansa observar cómo caemos siempre en el mismo error: queremos que se respete al colectivo LGTB y se le preserve de discriminaciones y prejuicios… y en el camino cometemos precisamente los errores que criminalizamos.

    • Estimado Chencho:

      Creo que tu señalamiento inicial de que no coincidides con muchos de los puntos tratados resulta superficial por redundante, pues salta a la vista que no sólo es así, sino que tampoco albergas interés ni concibes la posibilidad de que sea de otro modo. En cualquier caso, manifiestas cierto victimismo que, con todos los respetos y sin necesidad de calificativos, te retrata a la perfección.

      Recogiendo una corriente académica bastante fuerte y asentada, con un consenso social considerable, llamo «heteropatriarcado» a un sistema de dominación social expresado a distintos niveles en variados aspectos de la vida en sociedad. Se trata de un sistema precisamente por ese carácter totalitario y totalizador, que abarca muy distintos ámbitos (si no todos) y afecta, en mayor o mejor medida, a todos los sujetos. Por tanto, dando respuesta a tu pregunta odiseica, sí, tú también eres el heteropatriarcado. Y Andrómeda, y yo, y la reina de Inglaterra, y Vigdis Finnbogadottir. Así que discúlpame si no he sido suficientemente claro en ese punto: perteneces al sistema como perteneces a cualquier otro sistema social, ya sea el de justicia o el paradigma capitalista.

      Por supuesto, pertenecer a un sistema no obliga a estar conforme con él, pero resulta muy complicado vivir al margen. Cualquier profesor de Publicidad, Retórica o Lógica podrá aleccionarte acerca de las estrategias de discurso sin que por ello se crean exentos de su influencia o inmunes a sus tentaciones. Por tanto, la homofobia es sólo uno de los múltiples resultados del heteropatriarcado y no afecta a todos por igual. Huir de los prejuicios y falacias no es sencillo, por lo que todos tenemos pensamientos o comportamientos homofóbicos puntuales, en distintos grados, al igual que podemos caer en comentarios racistas o sexistas sin serlo nosotros mismos por definición. Pero creer que «apoyar» a los homosexuales y a la vez oponerse a una equiparación de sus derechos con los heterosexuales (y no se pide otra cosa: lo mismo, no más) no es contradictorio ni discriminador me parece vivir una fantasía esquizoide que muestra la hipocresía y el afán de quedar bien de quien lo expresa.

      Pero donde el sesgo de tu comentario más se define es en la desafortunada elección de tus palabras. Por supuesto que es más grave calificar a alguien de homófobo que de maricón: el primero es un intolerante y, en el peor de los casos, un delincuente conforme a nuestros Código Penal y Constitución, pues discrimina por razón de la orientación sexual; el segundo es un hombre que siente atracción por otros hombres (lo que por suerte ya no se considera un delito, a pesar de tu condena) y que probablemente ha sido sistemáticamente machacado por el primero desde el colegio… hasta el punto de que lo identifica como «maricón» (no «gay» ni «homosexual») y aún se queja de que la sociedad repruebe más al acusado de discriminar que a quien le atraen las personas de su mismo sexo.

      No cabe duda de que sólo alguien con semejante visión del mundo erraría en comprender que los maliciosamente autodenominados «profamilia» raramente buscan promover cambios en favor de la familia, sino frustrar los intentos de otros colectivos por constituir sus propias familias. Porque, mal que te pese, una familia con dos madres no es menos familia, a pesar de que ‘sorprendentemente’ no entren en la definición de los «profamilia». Y si crees que me equivoco, te animo a buscar las consignas de este tipo de manifestaciones o los foros que organizan… Por desgracia, pocas veces tienen que ver con la familia y sí con la discriminación activa.

      En cualquier caso, agradezco enormemente tu respuesta, ya que no sólo me permite clarificar algunos puntos que quizá no se entiendan, sino que provee ese ejemplo insuperable de ‘mansplaining’ con el que terminas. Gracias por hacerle saber a la comunidad LGTB lo que debe hacer; estoy seguro de que tomará nota de tus consideraciones.

      Un cordial saludo.

      PD: Pido disculpas por posibles erratas; escribo todo esto desde mi teléfono móvil.

  2. Comparto la apreciación de de mi diferencia con algunos puntos del artículo, pero tus preguntas ¨retóricas¨ me parecen un tanto sesgadas (no pretendo en absoluto ofender).
    En primer lugar, creo que resulta evidente que tu lectura del artículo en relación con el hetero-patriarcado se ha focalizado sencillamente en una simplista definición. Tal vez el artículo no sepa llegar a la lectura de todos los lectores, pero el caso es que el heteropatriarcado no tiene que ver con un colectivo o un conjunto de actores específicos. El heteropatriarcado es el reflejo de una sociedad, de las conductas y comportamientos que puedes ver de las personas (especialmente de los hombres) sobre las mujeres en diferentes ámbitos sociales (laboral, universitario, doméstico, político, etc). El heteropatriarcado no consiste en el rechazo a cualquier opinión/pensamiento/conducta anti-LGTB, NO. La imposición del género masculino sobre el femenino ha sido (y sigue siendo, aunque evidentemente en menor medida) contundente, y es por eso que los movimientos anti-patriarcado han de ser colectivos fuertes y bien consolidados, donde la reivindicación de la eliminación de trabas de género es el principal objetivo. Decir que el heteropatriarcado es una ¨reducción simplista y populista¨ indica la falta de auto-reflexión y observación de la sociedad, la ausencia de implicación en el correcto y equitativo funcionamiento de la sociedad. Ese tipo de pensamiento ¨liberal¨ (el cual es compartido por muchos ciudadanos, y a la vez es erróneo) no lleva a cabo los principios de tal corriente (leáse a la feminista liberal Celia Ámoros o el utilitarismo de Stuart Mill para comprenderlo).
    Por otra parte, tu comentario de ¨voy viendo que poco a poco viene siendo peor ser tachado de homófobo que de “maricón”, “marica” o similar¨…sinceramente, te lo puedo confirmar: si, es peor. Una es un reconocida palabra proveniente del latín, las otras son palabras despectivas para menospreciar e infravalorar las corrientes sexuales del S XXI.
    Por último, estoy de acuerdo contigo en la necesario conceptualización del término ¨PRO-familias¨. Ahora bien, vete a una manifestación de esta índole, y te invito a hacer una estudio sociológico. Si, lo has adivinado, un alto porcentaje son persona (fuertemente) católicas que proclaman la defensa del no-aborto y por supuesto, la suspensión del DERECHO de los miembros LGTB para llevar a cabo una familia.
    En resumen, estoy contigo en que se cometen varios errores hacia el camino del respeto y la tolerancia hacia los colectivos LGTB realizando, como dices, los errores que criminalizamos. Pero también resulta evidente que la lucha LGTB (así como otras proclamas de corriente feminista, racial, étnica, cultural….) es una lucha contra lo que Marx denomino la ¨superestructura¨. Y para ello, amigo, las ¨acciones positivas ¨ son la mejor herramienta de defensa y de avance social.
    PD: un comentario sin ningún deseo de faltar el respeto; sencillamente de debatir algunos ¨issues¨ relevantes.

    • En primer lugar, agradecerte tu pronta respuesta. Si me permites, procedo con un par de ideas, siempre desde el profundo respeto:

      Sobre el “heteropatriarcado”: Afirmas -si no he entendido mal- que es una conducta generalizada a lo largo de la historia que en los diferentes ámbitos propugna una predominancia del varón sobre la mujer. No acabo de comprender: ¿estamos hablando de defensa de la mujer o de LGTB? Precisamente a esto me refería: a mi modo de ver, este término es demasiado ambicioso, partimos de un error base si bajo este concepto encuadramos a cualquier persona/mentalidad/idea/lo-que-sea que opine diferente en relación con el colectivo LGTB, la igualdad de la mujer, el aborto o, ya de paso, la educación laica.

      Comentas que aprecias falta de auto-reflexión y observación de la sociedad, pero a mí me ocurre lo mismo: veo un colectivo que, al defender sus derechos, decide atacar a un “ente” que se ha inventado y que, en definitiva, viene a ser “el que/lo que no piense como yo”.

      Por otro lado, el término patriarcado, si no me equivoco desde mi pobre experiencia y conocimiento, esconde clase alta social y económica. ¿Es posible que sea así, que se incluya en el mismo saco a todo ello junto, mezclado y agitado? En caso afirmativo, mi idea primera queda elevada al cubo y me veré abocado a creer que quien achaca al heteropatriarcado los “males” que halla en la sociedad, sencilla y llanamente no sabe contra quien o qué lucha (reitero: sin ánimo de ofender).

      Me ha sorprendido tu afirmación relativa al “correcto y equitativo funcionamiento de la sociedad”: ¿quién decide lo “correcto” o “equitativo”? ¿Tú? ¿Y por qué no un católico? Si me dices que el católico está condicionado por serlo, te diré que de igual modo lo estás tú por no serlo, o por ser ateo, agnóstico, evangelista, testigo de Jehová, musulmán, budista o lo que seas. O por ser hijo de obrero, o de empresario o de político. Algo falla. Lo mismo ocurre cuando hablas, a continuación, del “avance social”. Quién sabe, para otro será “retroceso social”.

      Al hablar de “Acciones positivas”: el argumento positivista de que los colectivos “históricamente desfavorecidos” tienen derecho a ser tratados con preferencia (creando el día del orgullo gay, obviando el maltrato de hombres, invirtiendo la carga de la prueba en los casos de agresión verbal o física a homosexuales, etc.) es simple y llanamente caer en los errores que condenas. Si quieres ser tratado igual… pues eso, trata igual. Es la diferencia (mutatis mutandis) que hubo entre M.L. King y Malcolm X, lo que antes me refería con “pasarnos de frenada”: en el camino hacia la erradicación de la desigualdad generamos otra.

      En fin, respecto al debate en general: en ambos lados (reduciendo, sé que no es tan simple) se ve una actitud que iza la bandera de la libertad para todos… los que comparten MI idea de libertad. Y ello es contradictorio.

      Gracias por la respuesta de nuevo. Un saludo.

      PD: By the way, me encanta vuestra web.

      • Una puntualización, a pesar de que has respondido a Andrómeda y no a mí: el sistema de dominación del hombre sobre la mujer es conocido como «patriarcado». Históricamente, ha sido una actitud que podríamos ver como vinculada con el sexo biológico; tras los avances académicos del siglo pasado, es más correcto afirmar que se trata de relaciones de poder de un género sobre otro, un poco al estilo de la Antigua Grecia. De ahí el heteropatriarcado: el mismo sistema patriarcal perpetúa un modelo en el que los miembros de la comunidad LGTB no encajan por «fracasar» en su acomodamiento a las expectativas de género. A menudo, los homosexuales no poseen todas las cualidades asociadas a lo masculino y femenino (respectivamente); en el mejor de los casos, tienen como mínimo una carencia en el plano afectivo-sexual, desde la perspectiva del patriarcado.

        No es casualidad que toda la teoría ‘queer’ proceda de la literatura feminista: el mismo sistema que sitúa al hombre sobre la mujer justifica la discriminación hacia cualquier identidad distinta a la del varón heterosexual. Y, por supuesto, en tanto que minoría, también encuentra coincidencias con la discriminación de otros colectivos, sin que por ello queden englobados en el concepto de heteropatriarcado. La cuestión no es quién opina diferente que los LGTB, sino quién se opone a la igualdad de derechos y es incapaz de identificarla. Quien crea que actualmente los homosexuales tienen las mismas oportunidades que los heterosexuales (o más) necesita una sincera dosis de realidad y desacomodarse un poco de su burbuja.

        • Apreciado Nacho Esteban,

          Disculpa porque no había visto tu primer comentario, por lo que he contestado a Andrómeda. Acabo de leerlo, así como esta última puntualización que has añadido.

          En primer lugar, y pese a que probablemente será poca la importancia que le otorgarás, manifestarte mi profundo pesar por el primer párrafo de tu primer comentario. Sólo quería plantear cuestiones a las que voy dando vueltas. ¿Cómo puedes afirmar, en respuesta a un comentario de finalidad pacífica de un lector y con tanta ligereza que no albergo interés ni coincido la posibilidad de cambiar de opinión? Tengo inquietudes, y las planteo. Busco la verdad, sea cual sea. Con todo el respeto y pese a hacer el esfuerzo mental de quitar hierro, tu comentario tumba gran parte de la visión extremadamente positiva que tenía de esta página web. No he plasmado mis opiniones sino que he expuesto algunas inquietudes, para lo cual en ocasiones considero pragmático hacer de abogado del diablo. Tal y como propugno, trataré de no caer en el mismo error.

          Respecto a que es peor ser tachado de homófobo que de “maricón”, creo que, aunque igual te sorprenda, estamos de acuerdo. Está clarísimo que lo primero es más grave que lo segundo (sencillamente porque lo segundo no reviste ninguna gravedad). Es simplemente que, pese a que se atribuye el llamado “discurso del odio” a los que no comparten la visión del colectivo LGTB, precisamente es eso, odio, lo que se vierte sobre ellos mismos, pese a que en ocasiones simplemente no opinen igual. Ejemplo: Dolce & Gabanna, siendo homosexuales, opinaron que un matrimonio homosexual no es equiparable a uno heterosexual (en resumen), y en consecuencia se desató un movimiento de boicot a sus productos. Habían manifestado su opinión, nada más (aquello de la libertad de expresión…). ¿Y si pagamos la disidencia con respeto y diálogo? ¿No es, quizás, más eficaz y coherente?

          Por último, respecto a los Pro-familia: no me has dicho nada, solo que alguien con “semejante visión del mundo” (la cual no tengo, aunque podría tenerla y no por ello ser reprobable por ser diferente a la tuya, mal que te pese) erraría en comprender que este colectivo raramente busca promover cambios en favor de la familia, sin más explicaciones. Lo siento, pero el rigor es mínimo. De todos modos, gracias por el consejo: buscaré algún manifiesto de organizaciones de estas características con base en el cual pueda forjarme una opinión, ya que soy un ignorante en el tema.

          Y por cierto, no me pesa en absoluto que una familia con dos madres no sea menos familia.

          Gracias de antemano por tu contestación.

          • Chencho, admito que el tono de mi respuesta es bronco porque estoy en profundo desacuerdo con cuanto has expresado en tu primer comentario. Aunque no seas consciente, has dicho un par de barbaridades, si bien tus últimas respuestas salvan en cierta medida tu imagen. No te pienses que todo lo que he dicho es un ataque personal; tengo muy claro que el enemigo no es quien hace preguntas, plantea inquietudes y fomenta el debate. Sí percibo que partes de una posición muy concreta y, tengo la sensación, inamovible, más dispuesto a señalar disconformidades que a buscar convergencias; si no es así, entono el ‘mea culpa’.

            En todo caso, no conviertas la opinión de una persona en la de todo el medio. EOM me da la libertad para expresarme sin restricciones más allá de la mínima cortesía y el rigor argumentativo. En la web escriben muchas personas con opiniones absolutamente dispares, así que, igual que yo no me responsabilizo de lo que escriban mis compañeros, mi opinión es solamente mía. De todos modos, aprecio a quienes guardan las formas y exponen educadamente su parecer, cosa que te agradezco. A pesar de que te sorprenda, es algo que respeto profundamente. Y no me malinterpretes: mi estilo de debate es belicoso, pero me ciño a lo que queda escrito, por lo que cualquiera puede leernos y juzgar maduramente los argumentos y posiciones de cada uno.

            Gracias por tus aclaraciones. Un cordial saludo.

      • Primero, agradecer tu sincera y educada respuesta. Hoy en día faltan debates donde el respeto y las críticas constructivas y reflexivas sean los pilares de estos mismos.
        Por un lado, quería dejar claro que, evidentemente, mi argumento se basa en una opinión plenamente subjetiva. Al fin y al cabo todas lo son. Por tanto,cuando me refiero al ¨correcto y equitativo funcionamiento de la sociedad¨ lo hago, lógicamente, desde mi perspectivas y mis ideas. En este sentido, resulta evidente que no habrá idea/pensamiento/política que sea apreciada de manera positiva para todos. Por eso, comparto tu planteamiento de que aquello para mi es considerado avance social, para otros sera considerado como un retroceso.
        Por otra parte, subrayar un par de ideas de las cuales difiero en tus argumentos. En primer lugar, las acciones positivas, inscritas en el ámbito jurídico, social, laboral, cultural, etc son necesarias para tratar de manera igual a las personas. Un caso (por ejemplo) al que te refieres es a la violencia de género. Evidentemente no hemos de obviar el maltrato hacia los hombres, pero, por favor, seamos serios. La discriminación hacia las mujeres ha sido (y es) un problema que, paulatinamente, ha entrado en la agenda políticas desde los 60´s; solo hace falta ver los programas de los principales partidos políticos en estos años. Es sencillo: si queremos comparar (y equiparar) las violencia de género a las mujeres con las de los hombres, por esa regla de tres, podemos comparar también la estructura económica española con la de varios países de África. Por eso es necesario el contexto en las comparaciones, y por eso son necesarias las ¨acciones positivas¨. Sé que este concepto no cabe dentro de tu estructura ideológica, pero te invito a profundizar en las lecturas de Hobbes y Locke (pensadores liberales), y a estudiar como estos autores tratan el cambio del Estado de Naturaleza al Estado Civil, y sobre todo, qué consideran hacer con las personas que no quieren adjuntarse al Estado del gobierno (básicamente, introducen el concepto de ¨acciones positivas¨).
        En segundo lugar, y focalizándonos mas en los conceptos claves y la temática del artículo, el heteropatriarcado, etimológicamente, consiste en ¨el sistema socio-político en el que el género masculino y la heterosexualidad tienen supremacía sobre otros géneros y sobre otras orientaciones sexuales¨ (Fundéu BBVA); por lo tanto, respondiendo a tu pregunta, hablamos tanto de la defensa de la mujer como del colectivo LGTB.
        En definitiva, cuando hablo de falta de ¨autoreflexión¨, claro que lo hago desde mi punto de vista. Y claro que mucha gente va a estar en desacuerdo con ello. Y por supuesto que defiendo tanto la libertad de expresión como las diferentes opiniones. Eso sí, la tergiversación/manipulación o parcialidad de los argumentos no la comparto.
        Saludos y gracias por el debate.

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