Jerusalén, bendecida por Dios, maldita por la guerra

La Puerta de Damasco, una de las entradas a la antigua Jerusalén. Foto de Daniel Rosselló

Los recién llegados atraviesan las fauces de la Puerta de Damasco, adentrándose en el entramado que forman las calles de la Ciudad Santa. Los vendedores de frutas y verduras gritan en todas direcciones anunciando sus productos, el falafel cae en la freidora, el pan y los dulces con pistacho se vislumbran allá donde uno posa la mirada. Judíos ortodoxos yendo en una dirección, tapándose los ojos al andar para evitar observar directamente a las mujeres; suena la llamada del almuédano desde veinte mezquitas diferentes, las mujeres veladas se dirigen a alguna de ellas para la oración de mediodía; una comitiva de cristianos reza mientras arrastran enormes crucifijos de madera sobre los adoquines; la policía israelí vigilante en cada esquina, los fusiles siempre a mano y bien cargados. La vorágine de iglesias, tariqas sufíes, sinagogas, campanas, sectas y conmemoraciones sagradas no termina nunca, combinándose con una actividad comercial en permanente ebullición y con riadas incesantes de turistas. Aquí se encuentran la tumba de Jesucristo y el lugar donde fue crucificado; la Cúpula de la Roca, desde donde Abraham se propuso, siguiendo la voluntad de Dios, sacrificar a su hijo, y desde donde, según la creencia musulmana, el profeta Mahoma ascendió a los cielos. Cristianos coptos, armenios, griegos ortodoxos y etíopes, judíos en todas sus vertientes y musulmanes. Todos tienen su lugar en un espacio que ocupa poco más de un kilómetro cuadrado.

La iglesia del Santo Sepulcro. Peregrinos de todo el mundo se acercan con sus objetos personales y prendas de ropa más preciadas y rocían este punto, donde se supone fue crucificado el mesías de los cristianos, con agua de rosas. Foto de Daniel Rosselló
La iglesia del Santo Sepulcro. Peregrinos de todo el mundo se acercan con sus objetos personales y prendas de ropa más preciadas y rocían este punto, donde se supone fue crucificado el mesías de los cristianos, con agua de rosas. Foto de Daniel Rosselló

No obstante, la enorme carga espiritual que contienen los muros de Jerusalén no es en vano. Así, algunos entran y simplemente se cargan de joyas, alfombras, sandalias de cuero, camisetas de las fuerzas armadas israelíes, y se marchan con cientos de fotos y con un bonito recuerdo. Sin embargo, otras personas se ven afectadas por Jerusalén de una manera mucho más profunda. Tras varios días recorriendo las calles de la antigua urbe comienzan a experimentar una extraña sensación de ansiedad. Poco a poco van buscando la soledad, y sienten la necesidad de cambiar su forma de vestir, adoptando ropajes que se asemejen a las descripciones de las viejas escrituras. Comienzan a practicar rezos y actos de purificación, a creer que el apocalipsis se acerca y que Dios les ha encomendado una misión profética. Estos pobres diablos no son locos cualquiera, sino victimas de lo que los psicólogos han identificado como el Síndrome de Jerusalén, un trastorno mental por el que los visitantes de la ciudad se ven sobrepasados, e intoxicados, por el carácter místico de la misma. El pico de crisis coincide, por supuesto, con las festividades religiosas más populares, tales como la Pascua, Navidad o Ramadán. Afectando a entre 80 y 100 personas al año de las formas más diversas, creyéndose la Virgen María, que deben limpiar la ciudad de alguna de las tres religiones predominantes o que la segunda venida de Cristo está próxima, y que por tanto deben recibirle con una taza de té.

Judíos ortodoxos danzan frente al muro de las Lamentaciones. Foto de Daniel Rosselló
Judíos ortodoxos danzan frente al muro de las Lamentaciones. Foto de Daniel Rosselló

La ciudad Santa

Cuando hace unos 4000 años un grupo de seres humanos decidiera asentarse por primera vez en lo que hoy es Jerusalén, sin duda sus integrantes no podían imaginar las pasiones que la ciudad desataría durante los siguientes cuatro milenios, la gran cantidad de lugares sagrados que sus muros vendrían a guardar, y la cantidad de sangre que fluiría por sus calles. Y es que pocas ciudades pueden jactarse de concentrar tantos templos y símbolos religiosos de tan diversas sectas como Jerusalén, al-Quds al-Sharif (la sagrada, la noble), como la bautizaron los árabes. No obstante, el poder espiritual de la ciudad santa, fuente de su grandeza, sería también el origen de una maldición que aún a día de hoy pervive, y que convertiría este punto de la tierra en un campo de batalla y de disputa política sin fin. La misma Biblia cita a los reyes de Israel como los primeros gobernantes de la ciudad, pero a ellos seguirían los asirios, babilonios, helenos, romanos, árabes, los cruzados, de nuevo los árabes, los mamelucos, los otomanos y, ya en el siglo XX, los británicos.

El siguiente paso sería la formación del Estado de Israel en 1948 y la consecuente expulsión de más de 700.000 palestinos de sus tierras, dando el pistoletazo de salida a un conflicto que aún permanece. Tras su expulsión de la ciudad por Nabucodonosor en el 538 a.C, los judíos ponían fin a su eterna vida en diáspora, en lo que ellos mismos consideran el día de la Independencia de Israel. Una diáspora que terminaba para ser sustituida por otra, la del pueblo palestino, que en lo que se conoce en árabe como la Nakba, la catástrofe, iniciaban un periplo por el mundo y una lucha por su soberanía que pronto cumplirá los 70 años de edad. Y es que, la ciudad de Jerusalén, como si de la punta de un iceberg se tratara, no es más que una pequeña parte de una batalla que a lo largo de casi siete décadas ha desarrollado múltiples ramificaciones y facetas. No obstante, sin duda alguna es de una importancia primordial para ambas partes y para el desarrollo del conflicto, y en el reducido espacio que ocupa se concentran todas las dinámicas del enfrentamiento entre palestinos e israelíes.

Mapa de la ciudad antigua de Jerusalen. Fuente: Palmap
Mapa de la ciudad antigua de Jerusalen. Fuente: Palmap

El mandato británico y la creación del Estado de Israel

El 9 de diciembre de 1917, tras la derrota de los otomanos en la IGM, las fuerzas británicas entraban en Jerusalén, convirtiéndose ésta en la capital de lo que a partir de 1920 seria el Mandato británico en Palestina. Un mes antes, el 2 de noviembre de 1917, el secretario de exteriores de Reino Unido, Arthur James Balfour, escribía una carta al barón Walter Rothschild, líder de la comunidad judía de gran Bretaña, prometiéndole el establecimiento en Palestina de una nación para el pueblo judío, siguiendo los deseos de un movimiento sionista que, desde finales del siglo XIX llevaba reclamando un estado soberano para un pueblo durante siglos perseguido y sometido a distintos episodios de exclusión y persecución. Este documento, la famosa Declaración Balfour, vendría a determinar el destino de los palestinos de una forma que ni siquiera los propios sionistas esperaban, condicionando la historia de Oriente Próximo en general y de la ciudad que nos incumbe en particular, pues serían las palabras contenidas en esta breve carta las que vendrían, varias décadas después, a convertir Jerusalén en una ciudad dividida.

El 29 de noviembre de 1947 la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en Nueva York, aprobó la Resolución 181, la cual recomendaba un plan para resolver el conflicto entre judíos y árabes en la región de Palestina, aún bajo administración británica. El plan de la ONU proponía dividir la parte occidental del Mandato en dos Estados, uno judío y otro árabe, con un área, que incluía Jerusalén y Belén, con un régimen particular bajo el control internacional de las Naciones Unidas. La comunidad judía, que bajo el amparo de las autoridades británicas y de los sionistas llevaba varias décadas emigrando a su tierra prometida, consideraría esta resolución como una base legal para la independencia y para el establecimiento del Estado de Israel. Sin embargo la población local árabe, así como los regímenes árabes circundantes, se opondrían a la misma.

Tras el término oficial del Mandato británico el 4 de mayo de 1948, y tras varios meses de guerra entre árabes y sionistas, la parte más moderna de la ciudad seria ocupada por los judíos, con la consecuente expulsión de sus pobladores árabes. Posteriormente, el rey Abdullah de Jordania desarmaría a las milicias palestinas que seguían resistiendo en la ciudad vieja y Jerusalén sería dividida en dos mitades: Jerusalén occidental y Jerusalén oriental. La parte oeste se convertiría, en diciembre de 1948, en la capital del nuevo Estado de Israel, mientras que la parte oriental sería anexionada al reino hachemita de Jordania. Con todo ello el nuevo Estado de Israel incorporaría el 85% de la ciudad –un total de 60 kilómetros cuadrados–, a la vez que un 11% sería tomada por el ejército jordano, quedando un 4 % como tierra de nadie. En estos eventos entre 65.000 y 80.000 palestinos serían expulsados de sus hogares en Jerusalén occidental y en 40 poblaciones circundantes, muchas de las cuales fueron totalmente destruidas para evitar el retorno de sus ocupantes y, posteriormente, consideradas como abandonadas y transformadas en propiedad del Estado.

Jerusalén, capital del conflicto

Desde el momento de la conquista, las autoridades israelíes iniciarían un proceso de limpieza étnica del área de Jerusalén, buscando desembarazarse de la presencia árabe-palestina. Hasta 90.000 personas serían expulsadas  de la ciudad, a lo que se añadiría una sistemática política de repoblación con personas de origen judío que, procedentes de todo el mundo, serían invitadas a establecerse en la nueva patria del pueblo judío.

Por otra parte, los límites de Jerusalén, que se supone vendrían a estar bajo protección internacional, ignoraron las áreas administrativas previas del distrito de Jerusalén. Así, la zona original sería ampliada, incluyendo dentro de ella incluso la propia ciudad de Belén. Asimismo, desde la creación de la capitalidad en 1950,  las autoridades israelíes expandirían la ciudad hacia el oeste construyendo sobre las ruinas de las casas y poblados destruidos en la guerra, o reocupándolos con población judía.

En 1967, la guerra de los 6 días supondría un segundo y temible capitulo en la interminable Nakba palestina, en el que Jerusalén oriental sería también anexionada a Israel. Siendo declarada en 1980 como “la capital unida y eterna de Israel”, incluyendo 64km2 de la Jerusalén este palestina, hasta el momento administrada por Jordania. A partir de ese momento, del total del territorio ocupado solo un 10%, perteneciente a áreas densamente pobladas, sería accesible para uso palestino, mientras que un 36% seria designado para la construcción de asentamientos judíos, o para “uso público”, y un 54% se calificaría como “zonas verdes” –susceptibles de pasar a la categoría anterior en el futuro–. 28 poblados palestinos o tierras circundantes a los mismos  se integrarían en la municipalidad, en algunos casos dividiendo pueblos por la mitad y excluyendo totalmente otros, creando un curioso mapa. A los asentamientos se suma un anillo de carreteras comunicantes entre ellos, el cual rompe la continuidad entre las poblaciones árabes.

Mapa de la expansión de Jerusalén. Fuente: http://www.palmap.org/
Mapa de la expansión de Jerusalén. Fuente: Palmap

Asimismo, se iniciarían las expropiaciones, y también la compra, de casas árabes tanto en el barrio armenio como en el musulmán –las cuales serían ocupadas por inmigrantes judíos, muchos de ellos ultraortodoxos– junto con la destrucción de barrios enteros, como fue el caso del antiguo barrio marroquí, y en cuya área se situaría la explanada del Muro de las Lamentaciones. De hecho el propio Ariel Sharon, siendo ministro de vivienda, ocuparía una casa en el barrio musulmán de la ciudad vieja en 1987 hasta su muerte en 2014 como símbolo de la dominación de Israel sobe Palestina. Como resultado de estas dos primeras fases el barrio judío cuadruplicaría su tamaño original de 1948. El objetivo era el de asimilar la máxima cantidad de tierra palestina no habitada y la menor población palestina posible, consolidando a su vez un anillo judío protector que rompiera la continuidad entre los árabes de Jerusalén y los del resto de Cisjordania. Con ello se marcaria el inicio de una estrategia clara por parte de las autoridades israelíes, que pretendían fragmentar progresivamente Palestina, impidiendo así la posibilidad de constituirse como Estado.

Una mujer recorre las calles del barrio musulmán de Jerusalén, frente a la antigua casa de Ariel Sharon. Foto de Daniel Rossello
Una mujer recorre las calles del barrio musulmán de Jerusalén, frente a la antigua casa de Ariel Sharon. Foto de Daniel Rossello

El proceso de judaización de las tierras conquistadas se repetiría como en los territorios conquistados durante la primera guerra, iniciando unas dinámicas de ocupación que continuarían hasta nuestros días, transformándose y evolucionando con el tiempo. Así, en 2002, y utilizando la seguridad como argumento para ello –todo ello en el contexto de la Segunda Intifada y con la campaña de atentados terroristas de Hamas en marcha– las autoridades israelíes aprobaron la construcción de puestos de control, vallas de alambre, muros y bloqueos de carreteras, que fueron aprovechados pare extender el área hacia el proyecto de la “Gran Jerusalén”. Éste, aunque concebido en 1983, comenzaría a implementarse en 1995, tras los acuerdos de Oslo, en forma de un plan de desarrollo a gran escala basado en la extensión del área metropolitana de Jerusalén hasta ocupar el 40% del territorio de Cisjordania. Actualmente se está llevando a cabo, e incluye ciudades como Ramallah o Belén. Con la Gran Jerusalén en marcha el proceso de construcciones se aceleraría, dando lugar al anillo externo de asentamientos que existe actualmente, con asentamientos como el de Ma’ale Adumin con hasta 30.000 habitantes. En total, tan solo un 30% de la Jerusalén metropolitana estaría dentro de los límites originales de la Línea Verde. Y si llega a completarse incluirá el 75% de los asentamientos judíos de Cisjordania.

Un combate demográfico

En la batalla por la Ciudad Santa, Israel lleva sin duda alguna la ventaja, y de hecho la población de los asentamientos judíos al este de Jerusalén ha alcanzado ya los 250.000, superando en 50.000 a la población palestina de la ciudad oriental, siendo la población total de la ciudad de 815.300, de los cuales un 63% son judíos. A pesar de todo, las autoridades israelíes han debido enfrentarse es a una realidad demográfica ineludible: las tasas de fertilidad de las poblaciones palestinas son mucho mayores que las de los judíos, algo que se ha unido además a una alta emigración judía de Jerusalén a otra ciudades israelíes, producto de las elevadas tensiones sociales que se viven en un espacio tan reducido. Esto ha hecho imposible que los objetivos planteados por Israel –que pretendía en 1973 hacer de Jerusalén una ciudad con un 73,5 % de población judía– se hayan ido recortando, calculándose de hecho que para 2020 los palestinos sean ya más de un 40% de la población de la ciudad.

Para luchar contra ello, el Estado ha ido desarrollando diversas estrategias, entre ellas la revocación del permiso de residencia de los palestinos con pasaporte israelí –los que quedaron dentro de las fronteras del estado de Israel–. Así, si los palestinos permanecen en el extranjero más de 7 años, si adquieren una segunda nacionalidad o si consiguen residencia permanente en otro Estado –algo que afecta por ejemplo a los estudiantes palestinos en el extranjero– pierden el derecho a regresar a su tierra, así como cualquier derecho sobre las propiedades dejadas atrás. Con este sistema, sólo entre 1967 y 2010 Israel revocaría los derechos de residencia de alrededor de 13.000 de palestinos nativos de Jerusalén, con un pico en 2008 cuando fueron expulsados más de 4.500. Este miedo a perder los documentos nacionales de Israel, que les permite acceder a puestos de trabajo en el más próspero Israel, ha llevado a muchos árabes a mudarse a las zonas interiores de la ciudad en los últimos años. Mientras tanto, las autoridades israelíes no han dejado de fomentar el traslado de población judía a Jerusalén oriental, con préstamos a bajo interés y ventajas fiscales. En cuanto a los permisos de construcción, también sus características varían para judíos y para palestinos. Así, las posibilidades de obtener un permiso de construcción siendo palestino son altamente improbables. Asimismo, las viviendas palestinas solo pueden alcanzar dos pisos, a los judíos se les permiten hasta ocho. Ante esta situación, y ante los prohibitivos permisos de construcción, muchos palestinos optan por la arriesgada construcción ilegal, lo que ha llevado a miles de demoliciones. Con todo ello, aunque un tercio de la población de la ciudad sigue siendo árabe, de facto, solo un 3,5% de la ciudad les es disponible para construir viviendas.

Las diferencias también se plasman en la calidad de los servicios. Y es que mientras los palestinos pagan el 30% de los impuestos totales de Jerusalén, menos del 11% del presupuesto municipal regresa a ellos en forma de servicios y sólo el 17% de los empleos municipales son para palestinos, la mayor parte de ellos los de menos cualificación. Muchos barrios palestinos no tienen las calles asfaltadas o han sido pavimentadas por los propios residentes, la iluminación es mínima y la recolección de basura irregular, produciéndose quemas de basura. También hay escasez de infraestructura médica y de instalaciones culturales.

De la misma forma, se produce una opresión sistemática hacia los palestinos, reprimiendo su libertad de expresión, negándoles la posibilidad de denunciar crímenes o ataques y protegiendo a los colonos. Además, participar en organizaciones políticas o partidos palestinos conlleva el riesgo de ser llevado a prisión o a perder el derecho de residencia en la ciudad, al estar la presencia de estos grupos prohibida en Jerusalén.

Antiguo mercado del algodón, en la ciudad vieja. Al fondo, tras la enorme puerta, se alza la Explanada de las Mezquitas. Foto de Daniel Rosselló.
Antiguo mercado del algodón, en la ciudad vieja. Al fondo, tras la enorme puerta, se alza la Explanada de las Mezquitas. Foto de Daniel Rosselló.

El tsunami de Israel no se detiene ante nada

En definitiva, muy a pesar del pueblo palestino –y pese a los continuados esfuerzos de sus activistas para reclamar el derecho a la autodeterminación, el fin de la ocupación y de las violaciones de los derechos humanos–, lo cierto es que a medida que Israel alza nuevos muros el archipiélago que resta de lo que en su día fue Palestina va hundiéndose inexorablemente en las aguas del Estado de Israel. Una estrategia impecable, precisa y paciente, un liderazgo cohesionado y prácticamente sin escisiones internas, y unos excelentes aliados en el terreno internacional –con EEUU como principal referente– que le suministran armamento, recursos y apoyo diplomático en las principales plataformas de negociación a nivel global, han hecho al Estado judío ganar todas las batallas, expandiendo sin cesar sus fronteras y su poder en Oriente Próximo.

Y es que aunque la hoja de ruta establecida por Oslo establece que Israel debe poner fin a la política de asentamientos, estos continúan, y desde 2007 se aceleraron los planes de construcción. Por otra parte, el levantamiento del muro persevera, y cuando se complete, 120.000 palestinos quedarán fuera de la misma, incluyendo a su vez más de 140.000 israelíes.

Por otra parte, las condenas internacionales no han cesado. En 2004, la Corte Penal Internacional reincidiría en el carácter ilegal de la ocupación de Jerusalén oriental en términos de derecho internacional, considerando el muro como una prueba de las alteraciones que el estado israelí estaba llevando a  cabo sobre los territorios ocupados palestinos. De hecho, a día de hoy, tanto las NNUU como organizaciones como el Comité Internacional de la Cruz Roja consideran Jerusalén oriental un territorio ocupado por causas militares, y sus residentes son protegidos por la cuarta convención de Ginebra, relativa a la protección de civiles en tiempo de guerra.

A pesar de todo, Israel no acepta ninguna de estas declaraciones, considerando aún a  día de hoy su extensión soberana en Jerusalén como un producto de una legítima defensa tras la guerra de Palestina contra los regímenes árabes en 1948-49, y configurando las autoridades israelíes un estatus para la ciudad que han considerado innegociable frente a las organizaciones internacionales y ante la propia Autoridad Palestina. Así pues, si nada cambia el conflicto seguirá prolongándose en el tiempo, todo ello bajo la atenta mirada de la Ciudad Santa.

Acerca de Daniel Rosselló 15 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

3 comentarios en Jerusalén, bendecida por Dios, maldita por la guerra

  1. No es mi ineteres hacer enfasis en las refencias historicas, pero puedo afirmarle que este escrito carece de estas. Creo que para el titulo que ostenta Usted falla en su intento de hacer un ensayo que muestre realmente la historia de los palestinos y de quienes son estos realmente. Queda un cierto tufillo a Propalestino.

  2. Demasiado Propalestino… tambien podriamos hablar de las guerras arabes-israelies incluyendo la del 48 que fueron inicidadas por los paises arabes y otros puntos que no se tocan y estan totalmente sezgados o porque el territorio se llamaba Palestina pero nunca ha habido un estado palestino… total…. seria interesante que contara ambas partes de la historia y no la que mas vende….. y que se remonte a datos historicos, biblicos y demograficos de las distintas epocas… ahi esta la clave.

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