Omán, la discreta potencia árabe

Ya han pasado dos días desde la muerte del sultán, sus restos reposan ya con los de sus ancestros, con la meca al frente. Dos días ya, y tan solo queda uno para decidir quién será el heredero al trono. Solo 24 horas para que el círculo más próximo al difunto, su más cercana familia, elija a un sucesor. Si no consiguen llegar a un consenso, será la voluntad del propio sultán, contenida en un sobre, la que decidirá. Tal vez tan solo haya un nombre, tal vez dos, tal vez una docena de ellos. Y de hecho, tal vez, no sea sólo una la carta, sino varias, con distintos nombres en cada una, las que conformen su legado. Sólo quedan 24 horas y la incertidumbre acerca de cual será el destino de esta nación, que ahora depende de la buena voluntad  de una familia y de las palabras guardadas de un sultán muerto, no deja de aumentar.

Así podría ser el inicio de un relato medieval, de un capítulo de Las mil y una noches, o de una novela plagada de intrigas palaciegas, pero lo cierto es que se trata de una realidad a la que Omán, el país siempre olvidado del extremo oriental de la península arábiga, deberá enfrentarse tarde o temprano. Y es que el Sultán Qaboos bin Said al-Said (1940), en el poder desde 1970 y pilar fundamental del régimen omaní, no ha engendrado ningún hijo. Más allá del aire novelesco con que se podría imbuir esta historia, lo cierto es que el sultán, que supera ya los 75 años y alrededor del cual vuelan sospechas de enfermedad grave, ha conseguido mantener la estabilidad del país prácticamente sin sobresaltos los 44 años que ha permanecido en el poder, haciendo de este estado árabe una potencia que, aunque discreta y en ocasiones totalmente desapercibida, ha logrado posicionarse como un actor fundamental en la región. Sin duda alguna la posición estratégica de Omán a las puertas del Golfo Pérsico, su rica historia y sus profundos vínculos con potencias como la India o Irán han constituido el nicho perfecto para esta situación. No obstante, es necesario comprender cómo se ha conformado el actual Omán para saber qué rumbo seguirá en el futuro.

Mapa de Omán. Fuente: Naciones Unidas
Mapa de Omán. Fuente: Naciones Unidas

La codiciada joya de Ormuz

Hasta la llegada del Islam en el siglo VII d.C, el territorio que ocupa el actual Omán estaría dominado por una sucesión de diversas dinastías persas, cuya influencia establecería unos lazos entre ambas orillas del Golfo Pérsico que más de trece siglos de historia no conseguirían disolver. Posteriormente, una particular comunidad islámica, los ibadíes, vendrían a hacerse fuertes en este rincón de la península arábiga, después de un fallido intento de rebelión contra el Califato Omeya. El poderoso imperio de los omeyas se disolvería en el año 751, pero los territorios dominados por los ibadíes, dirigidos por imanes propios, permanecerían, sentando las bases de lo que sería el actual Omán.

Así pues a partir de entonces dos dinámicas vendrían a determinar el destino de lo que sería Omán. Por un lado, su situación geográfica en el Estrecho de Ormuz lo convertiría en un puerto de obligado paso para todas aquellas embarcaciones que quisieran recalar en el Golfo Pérsico o recorrer las aguas del Índico, dándole una posición privilegiada para controlar diversos territorios y muchas de las rutas comerciales entre la India y el sudeste asiático, Oriente Próximo y África oriental.

Por otra parte la particularidad religiosa de los ibadíes vendría ya desde los inicios a marcar a los omaníes con diferencias de calado profundo en relación al resto de la Umma –la comunidad musulmana–, articulando de manera especial sus relaciones internacionales. Y es que si bien constituirían una escisión de otra secta, los jariyíes –un producto no tan conocido de la fitna islámica, la división entre suníes y shiíes– desarrollarían un culto diferenciado de éstos.

Los jariyíes vendrían a elevar el Corán como única instancia arbitral, de tal forma que cualquier desviación de la estricta interpretación de este texto vendría a ser considerada una señal de infidelidad, y quien no la llevara a cabo sería marginado de la comunidad, e incluso legítimamente eliminado. A raíz de esta concepción sobre lo legal y lo político, para los jariyíes el gobernante debía ser el mejor musulmán, y no era permanente, sino que podría ser depuesto si no aseguraba el cumplimiento de dichos preceptos.

De este grupo los ibadíes tomarían ciertos aspectos, pero se opondrían radicalmente a otros. Así, coincidirían en que el gobernante debía contar con el apoyo de la comunidad, debiendo ser un virtuoso musulmán. Ambos constituyendo aspectos que contrastan con la tradición shii –la cual considera que el legítimo gobernante debe proceder de la ascendencia de Ali– y también de la suní –para la cual los líderes políticos ideales deberían formar parte de la tribu de Quraish, a la que pertenecía el profeta–.

No obstante, frente a los jariyíes, los ibadíes desarrollarían un corriente del Islam mucho más abierta y tolerante, que imponía la unidad de la Umma frente a la ortodoxia de las fuentes religiosas. De hecho, en las actuales mezquitas omaníes todos los musulmanes, independientemente de la secta a la que pertenezcan, rezan juntos en las mismas mezquitas. Esto, unido a un total rechazo a la violencia y al extremismo, configuraría una fe despolitizada y una mentalidad muy respetuosa con la diversidad de credo.

El imperio omaní a mediados del siglo XIX
El imperio omaní a mediados del siglo XIX. Fuente: Wikia

Las ventajas geoestratégicas de este territorio, sin embargo, también lo harían muy codiciado por potencias extranjeras. En este caso, serían los portugueses los primeros en posar su mirada en  el tesoro que constituía el territorio omaní. En abril de 1515 tomarían la capital costera, Mascate, estableciendo un dominio que, salvo ciertos períodos en los que caería bajo control otomano, duraría hasta el año 1650. Ese año los omaníes restaurarían su poder expulsando a los ocupantes europeos, asentando el de nuevo el imamato.

A partir de ese momento los sucesivos gobiernos de Omán vendrían a extender su poder por las costas del Índico. Así, para mediados del siglo XIX, con el Sultan al-Said como gobernante, controlarían ya territorios costeros en el continente africano como Mombasa o Dar es-Salaam –muchos de los cuales arrebatarían a los portugueses– o la isla de Zanzíbar, y también en Asia, como la región de Gwadar, perteneciente al actual Pakistán y que no pertenecería a su actual dueño hasta 1958. Su principal fuente de riqueza sería el comercio de esclavos africanos, de cuyo negocio, hasta la ilegalización de la esclavitud en el siglo XIX, serían los amos de la zona. A pesar de todo, el fin del tráfico de personas sumió a Omán en una profunda crisis económica, la cual sería aprovechada por la potencia imperial del momento, Gran Bretaña, que arrebataría uno a uno muchos de los territorios omaníes de ultramar.

Así fue el tráfico de esclavos desde el continente africano entre 1500 y 1900. Fuente: Naciones Unidas
Así fue el tráfico de esclavos desde el continente africano entre 1500 y 1900. Fuente: Naciones Unidas

A partir de este momento Omán, aunque no sería colonizado como tal, permanecería bajo la influencia de la corona británica, cuyos intereses influirían en la política omaní hasta bien entrado el siglo XX, en 1951, cuando se reconocería a Omán como un Estado soberano plenamente independiente. Ejemplo de ello sería la mediación en 1861 en el conflicto sucesorio entre los aspirantes a sultán, y que terminaría con la separación del territorio en dos principalidades –la de Zanzíbar y la de Omán– o los numerosos tratados de amistad, navegación y  comercio que se establecerían entre la metrópolis europea y la nación árabe durante casi cien años.

Asimismo, durante el siglo XIX se haría patente otra dinámica de la política omaní: la rivalidad entre el poder secular de los sultanes y el poder religioso tradicional de los imames. Esta dicotomía venía fraguándose desde lejos, cuando en 1749 las tribus del interior de Omán se negaron a aceptar como legítimo gobernante a Ahmad bin Said al-Busaidi, que vendría a fundar el sultanato de la dinastía al-Said apoyado por la mayor parte de la población. Con ello en Omán vendrían a operar dos poderes, uno asentado en la costa, en Mascate, más cosmopolita, cuyo poder y legitimidad devendrían especialmente de las victorias militares contra los invasores persas y de la consolidación de Omán como potencia regional gracias al desarrollo del comercio, del ejército y de la potenciación del desarrollo económico –del que haría partícipes a los líderes tribales–. Por otro lado se conformaría un poder en el interior, en la ciudad de Nizwa, de tipo religioso, que se basaba en la figura de los imanes como únicos líderes legítimos, y al cual se adscribirían los más fervientes ibadíes.

El conflicto entre ambos poderes estallaría a finales del siglo XIX y se prolongaría en la centuria siguiente, hasta la ruptura del país en 1913. Esta situación se mantendría hasta 1920, cuando, de nuevo con la mediación de Gran Bretaña, se firmará el Tratado de Seeb, por el cual el Sultan reconocería la autonomía del imanato del interior, haciéndose cargo Mascate de las relaciones exteriores. A pesar de todo, la rivalidad entre imanes y sultanes no desaparecería, sino que permanecería dormida, despertado de nuevo en 1954, cuando se descubrieron yacimientos petrolíferos en las zonas interiores, dominadas en aquel momento por el Imam Ghalib bin Ali. El sultan Said bin Taimur rompería el tratado de Seeb, iniciándose un conflicto que se prolongaría durante más de cinco años. A pesar de la decidida resistencia del imanato, el sultán contaría con el apoyo del Sha de Irán y de Gran Bretaña, sumida ya en la carrera por el control de los recursos petrolíferos de Oriente Próximo. Así, tras ser derrotada la rebelión en 1959, el Imam Ghalib huiría al exilio en Arabia Saudí, donde permanecería hasta su muerte en 2009.

Ascenso y caída de un sultán

Tras afianzar su poder sobre todo el territorio de Omán, el sultán Said bin Taimur iniciaría una política de modernización del país, alimentada por el fuego que se alzaba de los pozos petrolíferos recién abiertos. Además, el gobernante se aseguraría de mantener las estrechas relaciones forjadas durante décadas con Gran Bretaña, y que habían sido claves para su victoria contra el imanato. Con todo, continuaría aproximándose los EEUU, que venían desarrollándose con fuerza desde los años 30.

A pesar de todo, a mediados de los años sesenta el gobierno del sultán sucumbiría. En primer lugar, por el surgimiento de una revuelta separatista de carácter marxista-leninista dirigida por el Frente de Liberación de Dhofar, el cual, apoyado por la República Popular China y por diversos estados árabes, –entre ellos la vecina República Popular de Yemen–, pretendería escindir la región meriodional de Dhofar. Por otra parte, el sultán sufriría un intento de asesinato en 1966. Esta serie de vicisitudes harían al gobernante dar un giro a sus políticas, obsesionándose con la seguridad y las conspiraciones. Una legislación del todo autoritaria comenzaría a imponerse, prohibiéndose fumar en público o hablar con alguien más de quince minutos. También su propio hijo, Qaboos bin Said al-Said, sufriría las consecuencias del cambio de rumbo de su padre, siendo confinado a arresto domiciliario cuando regresó a su país tras finalizar su educación en Gran Bretaña. Sin embargo, finalmente estas decisiones serían la perdición del sultán, que sería derrocado a manos de su propio hijo en 1970 tras la organización de un exitoso golpe de estado militar. Tras ello Said bin Taimur se exiliaría en reino Unido, y Qaboos bin Said al-Said ascendería como nuevo sultán.

El sultán Qaboos. Fuente: Celebfamily
El sultán Qaboos. Fuente: Celebfamily

El buen autócrata

El sultán Qaboos vendría a dar un giro radical a las políticas de su padre, a la vez que conseguía consolidar su poder de manera férrea hasta nuestros días. Para ello el nuevo sultán desarrollaría sus cualidades de hombre de Estado compaginando el refuerzo de las instituciones y de las fuerzas de seguridad del estado con una actitud negociadora con sus oponentes políticos. Así, confrontaría la aún persistente rebelión en Dhofar garantizando la amnistía a los rebeldes que aceptaran deponer las armas, a la vez que potenciaba programas de ayudas sociales, por un lado, e intensificaba su ofensiva en el sur con un ejército altamente mejorado, por el otro. Asimismo, los omaníes que habían huido del país durante el gobierno de su padre pudieron retornar, y el régimen promovió un gran número de políticas de desarrollo, especialmente en materia de educación y sanidad.

 No obstante, a pesar de la cierta apertura promovida por Qaboos y de la repartición de cuotas de poder entre los líderes tribales de cada provincia, el sultán también reforzaría su control sobre el país, haciendo girar todos los poderes fundamentales alrededor de su persona a través de un entramado institucional especialmente diseñado para ello. Así pues, los 26 miembros del Consejo de Ministros son directamente elegidos por el sultán y aunque existe una especie de parlamento –el majlis– este es sólo de carácter consultivo y al final la última palabra sobre todas las decisiones recae en la voluntad del sultán.

 El gran mediador de Arabia

Además de consolidar su poder a nivel interno, manteniendo unos niveles de desarrollo y de crecimiento económico constantes, el Omán del sultán Qaboos conseguiría, a lo largo de los más de cuarenta años de régimen, establecerse como la gran potencia media del Golfo Pérsico y como un remanso de paz en el mundo árabe, posicionándose como un actor no interventor y, generalmente, neutral respecto a los conflictos de la región. A su vez, buscaría posicionarse en un papel de mediador, fomentando el diálogo entre los actores regionales e internacionales, marcados por no pocas fracturas. Para ello el sultán se aprovecharía de los vínculos forjados con otras naciones a lo largo de la rica historia del país. Asimismo, aprovechándose del carácter mayoritariamente ibadí de Omán, conseguiría mantenerse al margen de la brecha sectaria entre shiíes y suníes, la cual dividiría la zona desde principios del siglo XXI.

Un claro ejemplo de esta particular política exterior se plasmaría en las relaciones con su vecino no árabe del golfo, Irán, cuyas costas separan unos escasos 35 kilómetros de océano. Así, Omán, pese a formar parte del Consejo de Cooperación del Golfo , lleva a cabo operaciones militares conjuntas con el gobierno de Teherán y en septiembre de 2015 ambos países   firmarían un acuerdo para construir un gasoducto submarino que permitiera la exportación  iraní de gas a través de Omán. Además, la diplomacia omaní cumpliría un papel fundamental en las negociaciones del pacto nuclear con Irán, lo que permitiría poner fin al bloqueo que sufrían los persas a raíz de las sanciones internacionales.

A todo esto se unen las buenas relaciones con Israel y con EEUU, reforzadas tras la implicación de Omán en el traslado de los presos Guantánamo, habiendo sido el receptor principal de la transferencia de presos desde la cárcel caribeña a Oriente Próximo. A su vez, sus buenas relaciones con los líderes tribales de Yemen  permitirían al régimen omaní negociar exitosamente la liberación de varios rehenes occidentales, un papel que repetiría con la autoridades de Teherán para liberar a varios estadounidenses presos en cárceles iraníes. Asimismo, tras los conflictos que desencadenarían las revueltas árabes, Omán hospedaría en muchas ocasiones las negociaciones de paz –por ejemplo con reuniones con representantes del régimen sirio o con líderes hutíes en el caso de Yemen– siendo el primer y único actor regional en proponer un plan de transición para lograr la paz en Yemen, no habiendo participado de la intervención armada dirigida por Arabia Saudí y acogiendo a 5.000 refugiados yemeníes.

Al borde del precipicio

No cabe duda de que el régimen del sultán Qaboos ha demostrado una enorme capacidad de adaptación y de resiliencia ante los embates de la política internacional, sabiendo elegir de manera adecuada a sus aliados. Además, y a pesar de que fuera, como otros tantos estados de la región, testigo de protestas sociales  alimentadas por el fervor revolucionario que recorrió Oriente Próximo tras las revoluciones de 2011, ha conseguido mantener la estabilidad con unas pocas reformas democráticas de carácter meramente cosmético. Por otro lado, aunque durante dichas protestas los omaníes sí que manifestaron una serie de demandas democráticas y sociales, lo cierto es que nunca se llegó a pedir la destitución del sultán, siendo la más radical de las propuestas la de convertir Omán en una monarquía parlamentaria.

A pesar de todo, en los próximos años deberá llevar a cabo una serie de reformas políticas y económicas si quiere evitar que en la próxima ocasión las protestas sociales alcancen el nivel revolucionario que se vivió en Egipto o Túnez. Acabar con los altos niveles de corrupción, diversificar una economía dominada por un petróleo con precios cada día más bajos –cuya venta aporta el 80% de los presupuestos estatales– o reforzar la educación pública serán pasos necesarios a implementar para asegurar el mantenimiento del statu quo. No obstante, si consideramos que casi el 40% de los omaníes tiene menos de 15 años, el cambio prioritario deberá llevarse a cabo en el ámbito del empleo, siendo necesaria la creación de al menos 45.000 puestos de trabajo cada año.

En definitiva, nadie sabe que ocurrirá tras la muerte del sultán. Tal vez las palabras contenidas en sobres o las intrigas familiares del clan al-Said lleven a la disolución del régimen existente. Sin embargo, lo que sí está claro es que mientras el sultán Qaboos viva será su voluntad política la que determinará la supervivencia de Omán tal y como lo conocemos.

Acerca de Daniel Rosselló 21 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

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