Asia-Pacífico en 2016: la calma que precede a la tormenta

Antes de que la Era de los Descubrimientos, allá por los siglos XV y XVI, seguida de las sucesivas revoluciones industriales, catapultasen a la zona del Atlántico norte a una época de progreso, riqueza y poder global, los estándares asiáticos no eran muy dispares a los occidentales, y en el caso chino e indio, se podrían decir que incluso superiores.

Sin embargo, los avances tecnológicos que los europeos implementaron hicieron, también por la propia incapacidad renovadora de los asiáticos, que los grandes imperios de este continente quedasen relegados a una posición secundaria en el panorama internacional, que acabaría traduciéndose en una sumisión y dependencia de los intereses políticos y económicos occidentales.

Afortunadamente para las naciones asiáticas, lejos quedan ya los días de irrelevancia global, y aunque sus consecuencias no han desaparecido en su totalidad, Asia-Pacífico está volviendo a recuperar el papel predominante que durante mucho tiempo tuvo en el mundo. China e India emergen con fuerza, acompañados de otros estados más pequeños en tamaño pero no por ello menos importantes, haciendo de esta región del planeta el nuevo y futuro centro de gravedad global.

A pesar de este nuevo estatus, 2016 se antoja complicado para el este asiático. El crecimiento chino ya da muestras de cansancio ante un modelo que ha forzado la máquina al extremo. Además, el “sinocentrismo” en el que se basa buena parte de la economía regional evidencia ahora sus debilidades. Sin China, o con menos China, en Asia-Pacífico la fiesta podría acabar, y eso es algo que, caiga mejor o peor Pekín, nadie quiere que ocurra, o al menos de una forma tan abrupta a la que podría abocarse el gigante.

Del Pequeño Timonel a las “Jinpingnomics”

El gigante asiático empezó su particular modelo de desarrollo hace dos décadas, combinando la economía de mercado con la estatal de una manera bastante particular. Esta elección le ha reportado un crecimiento sin precedentes, y ha permitido al país dotarse de una fuerza económica considerable, posicionándose en la actualidad como la segunda potencia económica global.

Sin embargo, todo modelo de crecimiento tiene sus limitaciones y por supuesto, su final. El Imperio del Medio se ha cimentado en la voracidad económica exterior, así como en las burbujas y distorsiones económicas deliberadas para estar siempre un paso por delante de lo que las dinámicas globales podían demandarle al gigante chino. En los últimos años, la República Popular ha ido ralentizando sus cifras de crecimiento en una clara alusión al desgaste del modelo económico que impera en el país. Si en un principio parecía que este proceso se realizaría mediante un aterrizaje bastante suave, 2016 podría evidenciar que esto no va a ser así, y que Pekín estaría cerca de sufrir un batacazo económico considerable.

El cambio de modelo, además de lógico, es necesario, y durante este año el debate será central en la potencia comunista. Vender masivamente al exterior productos industriales baratos ya no es una opción, como tampoco lo es importar ingentes cantidades de materias primas, algo que absorbía una parte considerable de la producción mundial de minerales, recursos agrarios e hidrocarburos. China, por tanto, empezará a pivotar sobre su pujante clase media, creada al amparo de estas décadas de crecimiento acelerado. Este sector de algo más de cien millones de personas será la base económica del nuevo Imperio del Medio, donde el consumo interno y los servicios sustituyan las ventas exteriores. Además, este giro no sólo está motivado por la progresiva pérdida de competitividad china, sino porque las perspectivas de consumo interno en los años venideros son muy prometedoras, haciendo innecesarias las aventuras en el extranjero cuando el mercado en China no hace más que aumentar.

Porcentaje de la producción mundial de distintos recursos naturales cuyo consumo es exclusivamente chino. Fuente: The Wall Street Journal
Porcentaje de la producción mundial de distintos recursos naturales cuyo consumo es exclusivamente chino. Fuente: The Wall Street Journal

Con todo, el replanteamiento económico chino no sólo tiene unas consecuencias para ellos mismos; el enorme poder que ha ido acaparando durante estos años y la red de dependencias que ha creado se dejan sentir con la desaceleración del país asiático. Uno de los efectos más visibles que esta ralentización de la República Popular está provocando es la presión a la baja de los precios de las materias primas, prácticamente sin excepción. Que el precio del petróleo, por ejemplo, siga un camino descendente durante este año o no repunte tanto como se espera tendrá un claro responsable en el gigante chino. Sin embargo, este efecto roza lo anecdótico. Lo que China ha provocado con esta reducción de consumo de materias primas es trasladar su crisis a numerosos países productores, especialmente de la Periferia global, que ven cómo el Imperio del Medio, hasta hace poco cliente fiel y buen pagador, ahora no compra tanto, invierte aún menos y espera vientos más favorables para adquirir materias primas. Muchos países confiaron su suerte al paso firme de Pekín confiando en que sus dos dígitos de crecimiento iban a ser eternos. Grave error.

Exposición comercial de distintos países respecto del consumo chino. Fuente: The Economist
Exposición comercial de distintos países respecto del consumo chino. Fuente: The Economist

Pese a todo, la propia China no se librará de sufrir los efectos negativos de una ralentización y un giro económico. Su crecimiento también ha estado íntimamente ligado a las burbujas, la especulación y la corrupción. Esas tres cuestiones se camuflan con cierta facilidad cuando la música suena, pero son las primeras en quedar al descubierto cuando la música deja de sonar, y en China cada vez se oyen menos notas. Así pues, el Imperio del Medio podría vivir durante 2016 el dominó de todas esas prácticas nocivas.

La burbuja inmobiliaria, ejemplificada en gigantescas ciudades fantasma; la burbuja de inversión –estrechamente relacionada con una de crédito– y la burbuja cambiaría, con el yuan devaluado artificialmente para hacer las exportaciones chinas más competitivas, debilitarán el poder económico de Pekín. No hay más que ver cómo empezó el año, bursátilmente hablando, para el índice de Shanghai; varios días cerrando prematuramente ante los desplomes en cascada, con un Estado preocupado –hay quien dice que es el propio Pekín quien está pinchando las burbujas de manera controlada– y las dudas sobre la buena marcha del país ampliamente extendidas.

Un año de creciente agitación

Tenga el Partido Comunista bien controladas o no las riendas de la economía nacional, lo cierto es que la situación cambiante requiere adaptación, y los logros económicos de los que sus antecesores podían presumir, Xi Jinping no los va a repetir. Así, tanto la formación comunista como su líder han de buscar otras vías de legitimación y, sobre todo, otros cauces para mantener la calma social ante un escenario económico presumiblemente no tan boyante.

Como consecuencia de esto, la desaceleración china redundará en un aumento de la retórica nacionalista para diluir las posibles demandas ciudadanas que pudiesen surgir como consecuencia de la marcha de la economía, y lo cierto es que puestos a elegir enconar la tensión con la vecindad, China tiene numerosos candidatos y varios escenarios en los que practicar.

El más claro y previsible de todos sería las Spratly, el archipiélago que China reclama en su totalidad y ha ocupado parcialmente con la finalidad de controlar la crítica ruta comercial que atraviesa el Mar del Sur de China, una autopista de portacontenedores y petroleros en la región. Además, la militarización a la que está sometiendo a las islas y arrecifes ocupados preocupa poderosamente a los estados ribereños, así como a Estados Unidos, que intenta disuadir –con cierto toque de provocación– las tentativas chinas. Por tanto, y aunque es altamente improbable una escalada de tensión o un conato de conflicto, las provocaciones, quejas y subidas de tono alrededor de las Spratly serán constantes durante 2016.

ARTÍCULO RELACIONADO: Las Spratly, el problemático capricho de Asia-Pacífico (Fernando Arancón, Diciembre 2015)

Otro vecino con el que podrían surgir roces sería Japón. El estado nipón, en perenne crisis desde los años noventa, se mantiene como aliado de Estados Unidos aunque cada vez representa menos en la economía global. También tiene sus propios y profundos problemas a los que no consigue dar salida, y el giro nacionalista se ha producido y fomentado igualmente desde Tokio. En muchos aspectos Japón siente que China puede acabar engulléndole antes o después, y el país ha pivotado para abandonar su tradicional postura aislacionista y pacifista, abrazando una doctrina donde el rearme paulatino y el abandono de las tesis de posguerra en la política exterior sean los nuevos ejes. Además, no conviene olvidar que ambos estados mantienen discrepancias por la soberanía del archipiélago de las Senkaku, que además del simbolismo territorial que representan, sus posibles bolsas de gas natural hacen de estas islas un preciado trofeo.
Tampoco podemos olvidarnos del vecino más molesto para China, su homónimo insular Taiwan. En las elecciones de principios de enero de este 2016, la vencedora Tsai Ing-wen prometió mantener el statu quo en su relación con la China continental. Aunque la tendencia en los últimos tiempos era de cierto acercamiento entre ambos estados, la victoria de la líder “chinoescéptica” aleja ligeramente a los dos países. Sin embargo, lo lógico sería que durante este año el pragmatismo dominase las relaciones taiwanesas con China, ya que el país, funcionando de facto, tiene mucho que perder y poco que ganar en un pulso con Pekín.

Situación de seguridad en Asia-Pacífico. Fuente: Cartografía EOM.

Sin duda, otro protagonista de este año en la región será la hermética Corea del Norte. Después de proclamar que posee una bomba de hidrógeno –aunque numerosos expertos lo dudan–, el régimen de Pyongyang ha vuelto a atraer las miradas de la comunidad internacional, que habían alejado su atención del país ante el surgimiento del Estado Islámico en Oriente Próximo y la proliferación del yihadismo por África. Así, en su línea retórica habitual, Corea del Norte necesita vender una hostilidad exterior para mantener una parte de su legitimidad, y esa línea política, si bien le ha permitido sobrevivir al país –y a su dinastía de gobernantes–, lleva evidentes peligros asociados.

No obstante, el protagonismo de Corea del Norte en 2016 debería provenir de un evento a priori más positivo e interesante. El Partido de los Trabajadores –hegemónico en el país– celebrará su primer congreso desde 1980, en lo que se presupone será un momento de cierto revisionismo político y donde se marcarán las líneas maestras de la política y la economía nacional para años venideros. El país, aunque cerrado prácticamente a cal y canto, está experimentando algunos cambios sociales y económicos de cierta magnitud, y lo lógico sería que tanto Kim Jong-Un como el Presidium del país quieran anticiparse a esta nueva situación.

Con todo, no solamente serán las amenazas económicas o militares las que puedan desestabilizar la región de Asia-Pacífico durante este año. Cuestiones como la transición democrática en Myanmar, extremadamente frágil, hacen caminar al país por el filo que separa la consecución del cambio liderado por Aung San Suu Kyi de volver a convertirse en un estado fallido. La infinidad de grupos armados, traficantes y la violencia étnico-religiosa son claros enemigos de la estabilización de un país que hasta ahora sólo ha conseguido mantenerse mediante un férreo régimen militar.

Por si esto fuera poco para la región, Asia-Pacífico no se va a librar de la sombra del Daesh. Los países con más musulmanes del mundo son asiáticos, y AlQaeda ya demostró a principios de siglo que es posible y efectivo realizar acciones en ellos, especialmente contra intereses turísticos. Así, en la nueva estrategia que presumiblemente el Estado Islámico empezará a tomar para compensar su retroceso en Oriente Próximo, los ataques en terceros países podrían volverse más habituales, algo que en absoluto excluye a los asiáticos. Estados como Indonesia, Malasia o Tailandia podrían estar en la mira de los yihadistas, ya que en el caso de este último Rusia les avisó a finales de 2015 de que un grupo de islamistas habría entrado en el país.

¿El principio de un cambio geoestratégico?

Lo que Asia-Pacífico está viviendo, más aún durante 2016, no es más que un proceso de decantación de las dinámicas regionales. En el acelerado ritmo de crecimiento que han visto los países asiáticos durante estos últimos años, las jugadas, aunque con sentido, no seguían una lógica demasiado ordenada, tanto por la escasez de recursos –políticos, económicos, técnicos– de los distintos estados como por el contexto regional.

En esa especie de “todos contra todos”, si bien existían procesos de alineamiento de distinta índole, caso de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda con Estados Unidos o la propia Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), la desaceleración china, unida al interés estadounidense por la zona, va a motivar que las caóticas relaciones pasen a una red regional de facciones más definidas, donde los intereses y los objetivos sean más claros. Esto, a priori, debería reducir las tensiones “menores” entre países en favor de incrementar los grandes pulsos geoestratégicos.

Esta deriva tendrá en 2016 dos ejemplos claros. El primero será la firma y la progresiva ratificación del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés), un macroacuerdo comercial apadrinado por Estados Unidos cuya finalidad, además de económica, es crear un nuevo equilibrio geoeconómico en Asia-Pacífico. Este tratado, obviando la polémica, es la primera gran apuesta norteamericana para contrarrestar la influencia china que, aunque de tendencia creciente, con su incipiente crisis particular probablemente aplaque sus intenciones y limite sus capacidades.
Sea como fuere, este acuerdo y su homólogo chino, el RCEP, ya están causando una fisura en los países asiáticos entre aquellos que prefieren probar suerte con Estados Unidos y los que se mantienen en la estela china, amén de un reducido grupo que si bien intenta jugar a ambas bandas, acabará por decantarse por una u otra opción –o al menos priorizándola en sus relaciones comerciales y políticas.

ARTÍCULO RELACIONADO: El TPP: un pulso geoeconómico sobrevuela Asia-Pacífico (Fernando Arancón, Enero 2016)

La otra ruptura a destacar en Asia-Pacífico en este año será el sorpasso indio a China en crecimiento económico. Aunque India se posicione como el primer gran país en cifras de crecimiento durante 2016, este liderazgo es una mezcla entre simbolismo y tendencia. Crecer unas décimas más que China no implica gran cosa, menos para India, cuyo aumento per cápita es relativamente bajo al ser el país una auténtica máquina de hacer humanos, algo que China dejó de ser hace mucho tiempo –y que ahora paga por el desequilibrio demográfico. De hecho, en esa relación entre riqueza y población, China apenas duplicaba a India en el año 2000, una diferencia que en 2014 ha pasado a ser de cinco veces en favor de Pekín, evidenciando que el progreso indio es extremadamente lento al tener que hacer frente constantemente a mayores necesidades poblacionales.

A pesar de esto, es indudable el potencial que tiene India. En este sentido, y obviando las limitaciones que le impone su disputa con Pakistán, el país ya no esconde sus intenciones de hacer de claro contrapoder asiático, y sin duda el traspiés chino será una oportunidad de oro para India de cara a hacerse más atractiva a los estados cercanos, que verían en Nueva Delhi una opción de futuro ante el declive de Pekín.

Comparativa entre China e India. Fuente: Foro Económico Global
Comparativa entre China e India. Fuente: Foro Económico Global

Este pulso muchos lo califican ya como el “Nuevo Gran Juego”, y lo cierto es que, aun estando en sus inicios, este tiene un largo recorrido por delante y dentro de algunas décadas será imprescindible para entender buena parte de las dinámicas regionales en Asia-Pacífico. Al igual que ocurrió con Europa durante el siglo XIX, polo económico indiscutible del mundo, la centralidad implica conflictos y luchas de poder. Si Asia se aboca a hospedar la deriva del centro de gravedad económico global, debe ser consciente de las amenazas que tal estatus lleva asociadas.

Acerca de Fernando Arancón 75 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
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