El Gran Oriente Medio en 2016: continúa el invierno árabe

Quién le iba a decir allá por 2011 a los tunecinos, los libios, los egipcios o a los sirios que su mundo en los próximos meses estaría patas arriba, y que unos pocos años después en sus países habrían pasado cosas impensables hasta entonces. Los sucesos de hace seis años, optimista y prematuramente denominados “Primaveras árabes”, que se suponía seguirían escenarios de transición democrática, derivaron en abruptas caídas del poder, golpes de estado y cruentas guerras civiles. Y eso cuando las limitadas reformas políticas emprendidas en otros estados afectados no mantuvieron en buena medida el statu quo existente hasta entonces.

Nunca en la historia, el Gran Oriente Medio –zona que incluye el Magreb y Oriente Próximo– se había enfrentado a una ruptura simultánea tan profunda. El flanco sur y oriental del Mediterráneo lleva varios años sumido en el caos y la violencia, y por desgracia no será 2016 el año en el que esta dinámica tenga fin. Y es que no es una zona en la que las cosas se puedan solucionar de manera sencilla, precisamente por la infinidad de actores presentes y especialmente por la enorme cantidad de intereses enfrentados entre sí. En 2016 la primavera queda ya muy lejos. Ahora es tiempo del duro invierno.

Una estabilidad que no vuelve al Magreb

Las protestas y revueltas sucedidas a partir de mediados de 2010 en el mundo árabe no dejaron intactos los países del Magreb. Con mayor o menor firmeza, desde Marruecos hasta Libia, en los cuatro países se exigieron nuevas condiciones de vida y un cambio político, respondidos desde el Estado con un grado de mano izquierda bastante variable.

En ese sentido podemos diferenciar a los países que consideramos avanzaron políticamente, caso de Túnez; retrocedieron, como en Libia, y de una manera u otra la situación se mantuvo como hasta entonces, véase en Marruecos y Argelia –Egipto lo consideramos Oriente Próximo. Así pues, lo que hasta entonces eran escenarios relativamente equiparables a los cuatro por los contextos políticos y sociales, ahora han quedado partidos según el camino por el que han discurrido sus destinos durante los últimos años.

Situación a diciembre de 2015 de los efectos de las “primaveras árabes” ocurridas a partir de 2011. Elaboración propia.
Situación a diciembre de 2015 de los efectos de las “primaveras árabes” ocurridas a partir de 2011. Elaboración propia.

De cara a 2016, por tanto, habrá que poner especial atención a Argelia, Túnez y Libia por motivos distintos y a la vez no tan diferentes. En Libia, como ejemplo más crítico, la imprevisibilidad total es su seña. El país es un estado fallido, y de facto se encuentra partido en tres zonas: al este, un autoproclamado estado libio –que es el reconocido internacionalmente– con centro en Tobruk; otro autoproclamado estado libio al oeste, en la antigua capital Trípoli, de corte islamista, y el tercero en discordia, el Estado Islámico, que se ha hecho fuerte en la ciudad de Sirte, en la zona central del país, a medio camino entre las dos Libias.

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Bajo esta caótica situación, los tres escenarios posibles pasan por la balanza de poder de las facciones implicadas. La primera iría encaminada hacia el resurgimiento efectivo del estado libio. Los dos autoproclamados gobiernos libios firmaron a finales de 2015 un acuerdo por el cual ponían fin a sus diferencias, al menos sobre el papel, y trazaban una hoja de ruta hacia la unidad nacional. No obstante, para el maltrecho país esta es la parte más sencilla. Durante 2016 se vivirá una fase extremadamente difícil de state building, en la que habrá que rehacer el estado libio, física e ideológicamente, además de combatir al Estado Islámico. La segunda posibilidad es que esta aproximación entre facciones acabe siendo infructuosa, volviendo cada uno a atrincherarse en sus demandas y legitimaciones, generando un todos contra todos que no beneficie a nadie salvo a los yihadistas. Por último, cabría perfectamente un escenario en el que el Daesh se haga fuerte en su bastión libio y comience a expandirse, algo que está dentro de las prioridades del grupo de Al Baghdadi, que considera Libia el próximo teatro de operaciones hacia el que debe expandirse su autoproclamado Califato.

Control del territorio y los recursos en Libia por parte de las distintas facciones. Fuente: Le Monde Diplomatique.
Control del territorio y los recursos en Libia por parte de las distintas facciones. Fuente: Le Monde Diplomatique.

Con este planteamiento, no sería extraña cierta imbricación de escenarios. El Estado Islámico irá a por los pozos de petróleo libios, que le podrían reportar importantes beneficios, al tiempo que empezará a desviar recursos –materiales y humanos– hacia Libia con el fin de fortalecer su posición y consolidar su filial en el país. Ante esta preocupante situación, las facciones libias aparcarán –o aplazarán, al menos– sus diferencias con el fin de combatir a los yihadistas, aunque las consecuencias de esto se extenderán más allá del propio 2016.

Sin embargo, la amenaza del Estado Islámico no es dentro del Magreb algo únicamente circunscrito a Libia. Su vecino noroccidental, Túnez, vive también horas complicadas. La delicada transición que ha vivido el país comienza a dar sus frutos gracias a los esfuerzos del Cuarteto de Diálogo Nacional, galardonado en 2015 con el Nobel de la Paz por sus esfuerzos para cohesionar a los distintos actores de la sociedad tunecina y evitar una ruptura política y social total. Sin embargo, la economía del país está muy tocada, y su sector principal, el turismo, más aún como consecuencia de diversos atentados que el Estado Islámico llevó a cabo a lo largo de 2015. Y es que la relación de este país con los fundamentalistas islámicos es considerable. El flujo de tunecinos que han acabado engrosando las cifras del Estado Islámico se estima en cerca de 4.000, si bien la cifra podría alcanzar los 10.000. De hecho, con estas cifras Túnez sería el primer país “exportador” de yihadistas hacia el Estado Islámico, lo que le confiere un estatus estratégico para el grupo terrorista. Así, se podría producir tanto un “efecto contagio” hacia y proveniente de Libia como un fortalecimiento de una filial o células propiamente tunecinas dentro del país. No va a ser 2016 por tanto un año demasiado sencillo para el pequeño país magrebí.

La situación en Argelia, aunque mejor, no es políticamente boyante. Con un ojo puesto en los islamistas del Daesh, Argelia no quiere volver a sumirse en otra guerra contra los yihadistas –recordemos la guerra civil que duró entre 1991 y 2002–, ya que la conocida Al Qaeda en el Magreb Islámico es la organización yihadista sucesora del grupo salafista que continuó la lucha en Argelia tras el 2002 y que acabó extendiéndose a los países colindantes.

El mayor problema en 2016 para el país norteafricano reside en su presidente, Abdelaziz Buteflika, de 78 años y que desde 2013 se encuentra bastante apartado de la vida política y el ojo público por sus problemas de salud, que a menudo se traducen en rumores de un notable deterioro físico. Con esta situación, el juego para sucederle está abierto, ya que Argelia es un régimen de partido único y el anciano presidente tiene mandato hasta 2019. De hecho, el año pasado Buteflika, ante los crecientes riesgos de un golpe de estado, decidió reformar los servicios de inteligencia del país. Por tanto, el año presente podría traer cierta inestabilidad política al país argelino si Buteflika se deteriorase más, tuviese que apartarse del poder o incluso falleciese.

¿Punto de inflexión en Oriente Próximo?

Cuando a finales de 1943 se reunieron Roosevelt, Churchill y Stalin en Teherán, y antes en El Cairo con Chiang Kai-shek en lugar del dirigente soviético, ya empezaron a perfilar el mundo de posguerra. Quedaría más de año y medio para la derrota de Alemania y Japón, pero se daba por sentada la victoria aliada, y se hacía necesario saber qué pasaría después.

Así ha sido el final de 2015 y así será en buena medida 2016, con el Estado Islámico como enemigo a derrotar. No será durante este año cuando el Daesh sea expulsado de Siria e Irak, pero convencidos de que ese día llegará, planificar el momento cada vez cobra mayor importancia, precisamente por los delicados equilibrios a conseguir.

Y es que a pesar de que la formación yihadista haya borrado de facto las fronteras entre Siria e Irak, la solución para ambos lugares ha de ser muy distinta, tanto por intereses políticos como por la mera conformación étnica, religiosa y económica de los países.

Mapa de Siria a 15 de diciembre de 2015

Mapa de Irak a 15 de diciembre de 2015

En el ámbito militar, el Estado Islámico ya ha agotado su avance y ahora se encuentra a la defensiva en todos los frentes, si bien sus contraataques son temibles por la contundencia y el poco apego a la vida que tienen los yihadistas. A pesar de ello, 2016 será un año en el que el Daesh verá poco a poco recortados sus dominios, bien por el avance del conglomerado que es ahora el ejército iraquí, bien por la presión kurda desde el norte de Irak y Siria o bien por el fortalecimiento de la posición de al Asad en Siria, siendo los tres actores apoyados por potencias externas como Estados Unidos o Rusia públicamente o desde la sombra.

En Siria, por ejemplo, el escenario pivota ya hacia una salida política de la propia guerra civil siria, para de ahí pasar a un frente común contra el Estado Islámico. En los últimos meses de 2015 se produjeron conversaciones tanto entre actores internacionales implicados como cumbres de los distintos grupos rebeldes sirios, que se cuentan por decenas y cuya cruz es su heterogeneidad. Así pues, 2016 será un año en el que Rusia y Estados Unidos acuerden la diferencia entre el grano y la paja en estos grupos, apoyen la destrucción de los considerados terroristas –algo que se supone Rusia ya hace desde que comenzó su intervención en el país– y posibilite una salida política a los grupos rebeldes que pudieran ser útiles en una posterior transición siria, así como en la lucha contra el Daesh. Igualmente, será el año en el que a ojos del mundo Bashar al Asad termine por legitimarse como el “mal menor” de Siria. Aunque para Estados Unidos no sea un trago agradable, tendrá que transigir con la continuidad de al Asad en el poder –quizá de una manera más discreta– al ser este el único elemento de cohesión que a día de hoy tiene el país, por autoritario que sea. Millones de ciudadanos han huido, Siria está arrasada, la sociedad civil desaparecida y los rebeldes desunidos. Y todavía será necesario ganar una guerra contra la mayor amenaza que Oriente Próximo ha tenido en muchos siglos.

Formaciones que componen la amalgama calificada como “grupos rebeldes” en Siria en función de su objetivo. Fuente: Centre on Religion & Geopolitics (http://tonyblairfaithfoundation.org/sites/default/files/If%20the%20Castle%20Falls.pdf)
Formaciones que componen la amalgama calificada como “grupos rebeldes” en Siria en función de su objetivo. Fuente: Centre on Religion & Geopolitics (http://tonyblairfaithfoundation.org/sites/default/files/If%20the%20Castle%20Falls.pdf)

En buena medida, la necesidad de apuntalar a al Asad provocará mayor presencia rusa en el país, en una apuesta militar y política unilateral que podría revivir los fantasmas de la intervención soviética en Afganistán durante los años ochenta. Sea como fuere, Siria para Rusia es un país estratégico, y es evidente que Putin no va a dejar pasar la oportunidad de posicionarse adecuadamente en la región.

ARTÍCULO RELACIONADO: Rusia en Siria: análisis de su intervención militar (Alejandro Márquez, Diciembre 2015)

Otra cuestión distinta es la de Irak. Los avances, más lentos por la escasez de medios y la precariedad de los efectivos militares –un ejército que es una amalgama de milicias étnicas y religiosas–, podrían arrebatar alguna ciudad de cierta importancia en el centro del país como Ramadi, que a finales de 2015 su control estaba siendo peleado con el Estado Islámico, o Fallujah, que quedaría rodeada de caer Ramadi en manos gubernamentales. Sin embargo, remontar el Éufrates, y sobre todo el Tigris, será una tarea mucho más complicada. En este último rio reside el verdadero reto para expulsar al Daesh de Irak: Mosul. La segunda ciudad más grande del país se ha convertido en un bastión de los islamistas, y para su asalto se necesitan de numerosos recursos materiales y humanos que a día de hoy ninguna de las facciones tiene.

Del mismo modo, los yihadistas han conseguido controlar con eficacia la carretera que une Mosul con sus dominios en Siria, posibilitando el tránsito de recursos entre una zona y otra. Estratégicamente, cortar esa vía de comunicación es fundamental para socavar el poder del Estado Islámico, pero de nuevo la carestía de medios de los kurdos no facilita ese escenario.

También se podrá evidenciar durante 2016 la creciente ruptura entre el gobierno autónomo kurdo y Bagdad. Las fuerzas kurdas están llevando buena parte del peso de la guerra y controlan una parte significativa de los recursos petroleros del país, unos logros que les han legitimado –o eso consideran ellos– a desligarse del gobierno central iraquí, que durante la primera ofensiva yihadista rozó convertirse en estado fallido. Así pues, en tanto en cuanto los kurdos logren afianzar más su posición en el norte del país, al mismo tiempo que ganen poder militarmente, conseguirán hacer valer más su posición, pero también entrarán en un juego de poder regional donde el listón geopolítico está más alto.

Las fronteras históricas del Kurdistán y la distribución de los kurdos en la región. Fuente: Le Monde Diplomatique.
Las fronteras históricas del Kurdistán y la distribución de los kurdos en la región. Fuente: Le Monde Diplomatique.

Y es que este actor tendrá que ser tenido en cuenta en el escenario de posguerra si no se quiere obviar una vez más el mapa de Oriente Próximo. Como decíamos, el Kurdistán iraquí funciona de manera prácticamente independiente respecto de Bagdad, y así seguirá siendo en 2016, al mismo tiempo que los kurdos sirios han establecido una zona de control propio en el norte del país, y su avance seguirá produciéndose a lo largo del año. Todo pasará por saber si estos reclamarán una autonomía respecto del futuro estado sirio, una independencia propia o una unión con el Kurdistán iraquí.

Continúa la partida de ajedrez

Aunque 2016 no va a ser un año de cambios sustanciales en Oriente Próximo, la situación del escenario regional va a sufrir alteraciones, y aunque se pueden observar tendencias, el juego geopolítico de la zona es, a un año vista, impredecible.
Turquía reordenará mínimamente su papel en el vecindario, enormemente deteriorado tras los años de persistente aislacionismo respecto a los asuntos de Oriente Próximo. Quien durante los primeros compases de la guerra en Siria y en Irak debía ser un interlocutor absolutamente necesario para los asuntos regionales ha acabado convirtiéndose en un país al que todos puentean y que ha perdido mucha capacidad de influencia, tanto hacia los socios de la zona OTAN como en sus países vecinos del sur.

La táctica de Turquía ha primado al extremo el interés nacional en detrimento de la estabilidad regional y cierto prestigio internacional. Su objetivo, efectivamente, lo ha conseguido, pero a costa de pasar a la segunda fila de la política regional, convertirse en un estorbo para todos los actores y de enfrentarse con Rusia en lo que pudo ser un desesperado –y evidentemente erróneo– intento de revertir la situación internacional a su favor.

Consciente de su estatus actual, intentará involucrarse más en Irak, apoyando de manera indirecta las acciones del Kurdistán iraquí, en lo que podría ser una maniobra para desestabilizar una futurible unión kurda. Y es que el rebrote de la guerra entre el estado turco y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) beneficia el papel hegemónico de la facción de Barzani a pesar de ser en el medio plazo un acierto estratégico turco dudoso al apostar demasiado fuerte teniendo una mala mano –muchos conflictos y pocos apoyos.

Otra cuestión a la que habrá que prestar especial atención durante 2016 será la creciente tensión entre Israel y Palestina. Lugar olvidado por los medios en favor de Siria e Irak, los altibajos entre ambos estados han sido constantes durante los últimos años. El reconocimiento de Palestina como estado observador en la ONU fue para Israel un cruce de línea roja, y desde entonces mantiene una postura más beligerante respecto a su vecino, continuando en la política de asentamientos israelíes en territorio palestino y la represión tanto en Gaza como en Cisjordania. Así pues, este año podrían darse momentos de gran tensión entre el estado israelí y la sociedad palestina, que irremediablemente se trasladaría al ámbito político. En este sentido, no se puede descartar una nueva intifada, especialmente si Israel no es prudente y proporcionado en sus respuestas.

Dentro de la gran liga regional, Arabia Saudí e Irán seguirán con su particular pulso, con el añadido de que durante 2016 este podría estar no tan desequilibrado como en años previos. El levantamiento de sanciones a Irán tras el acuerdo nuclear ha permitido la mejora en las perspectivas económicas del país persa, al mismo ritmo que los cada vez más bajos precios del petróleo están haciendo mella en Arabia Saudí, que está dilapidando sus reservas para contrarrestar sus menores ingresos y mantener así los niveles de vida y la paz social en el país.

El reino saudí no va a poder alargar por mucho más tiempo la estrategia de inundar el mercado de crudo para hacer caer los precios –2015 se cerró en torno a los 36$ el barril–, y durante este 2016 va a empezar a entrar en una fase peligrosa para su propia estabilidad económica y política, por lo que lo lógico sería que los precios empezasen a ascender para reducir riesgos. Y es que los saudíes no se olvidan de su objetivo de ser la potencia árabe. Ya intervinieron con contundencia, aunque con éxito moderado, en la guerra civil yemení en 2015, y lejos de estabilizar el país, la guerra camuflada entre Irán y Arabia Saudí sólo ha convertido Yemen en un estado fallido, entregando partes del mismo al control del Estado Islámico y Al Qaeda. Así, 2016 será también el año en el que encontrar una solución para Yemen.

Igualmente, por sus deseos de contrarrestar a Teherán, habrá que seguir la pista a las acciones de Riyad en torno a su anunciada alianza contraterrorista, que agruparía a un buen número de países –suníes, eso sí– en la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, y tras la sobreactuación al anunciar un brazo militar para la Liga Árabe, similar a la OTAN, todo podría quedar en otro farol saudí, si bien son acciones claras que apuntan a una búsqueda de hegemonía en el Gran Oriente Medio.

Las principales relaciones entre países en el contexto geopolítico actual de Oriente Próximo. Elaboración propia.
Las principales relaciones entre países en el contexto geopolítico actual de Oriente Próximo. Elaboración propia.

Con todo, no debería ser un año excepcionalmente imprevisible para esta zona del mundo. Al ser una etapa transitoria, los jugadores procuran arriesgar menos y ceñirse al guion “lógico” que marcan las necesidades. Evidentemente, si tuviésemos que hablar de consecuencias de todos estos hechos más allá del propio 2016, los escenarios serían muy difíciles de asegurar. Aun así, conviene estar atentos a cualquier actor o suceso que pueda modificar las dinámicas de la zona. Si Oriente Próximo fuese un lugar tranquilo no sería como es.

Acerca de Fernando Arancón 67 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
Contacto: Twitter

2 comentarios en El Gran Oriente Medio en 2016: continúa el invierno árabe

  1. Qué buen trabajo haces Fernando. Bueno, tú y todos. Os felicito por este gran blog, que me ayuda muchísimo. Os deseo lo mejor. Muchas gracias por los buenísimos artículos que tenéis!

  2. Sólo cuatro menciones a Túnez, y una de ella para intentar desprestigiarlo mencionando a sus peores ciudadanos uniéndose a estado islámico, pero ni una sola que sin disimulo mencione sus logros y los de sus ciudadanos más dignos, que recibieron el Premio Nobel de la Paz en 2015 por su “contribución decisiva en la construcción de una democracia plural”, que en el camino sí, ha tenido amenazas violentas, y también tres elecciones y una Constitución.
    Lamentable que el interés haya sido querer alimentar la conspiranoia estilo “el mundo es un tablero de ajedrez” y desprestigiar a potencias democráticas, y sólo a ellas, acusadas de ‘jugadoras’.

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