Estados Unidos en 2016: ¿El cambio continuista?

No creemos que todavía sea discutible afirmar que Estados Unidos es la nación más poderosa del planeta. En términos militares, económicos, políticos y culturales su hegemonía alcanza prácticamente todos los rincones del globo, y si bien en algunos ámbitos existen países, actores o comportamientos que resisten el empuje de Washington, su declive, tan anunciado en los últimos años, está lejos de pronunciarse.

Bien es cierto que su poder se ha visto mermado como consecuencia de la crisis económica y financiera global, al tiempo que el crecimiento de los países emergentes seguía imparable, aunque dando ya muestras de cansancio. Estados Unidos encara por tanto el ocaso de su edad dorada. Sin embargo, no será 2016 el año en el que podamos hablar de un relevo en la cúspide global. Y es que los norteamericanos tampoco llevan tanto tiempo en el trono. Hace solamente un siglo, mientras Europa dirimía en las trincheras qué imperios vivirían y cuáles morirían, Estados Unidos observaba desde la distancia y la neutralidad el conflicto. Retrocediendo medio siglo, hasta 1966, la situación ya sería radicalmente opuesta. Con Lyndon B. Johnson como presidente, Estados Unidos se encontraba en plena Guerra Fría contra la Unión Soviética, y el Movimiento por los Derechos Civiles estaba en su apogeo, en el sangriento y a la vez heroico pulso que significó la igualdad política efectiva de los estadounidenses negros en un país que, proclamándose valedor de la democracia, mantenía a la población negra como ciudadanos de segunda.

Paradójicamente, cortando dos segmentos de cinco décadas cada uno atrás en el tiempo, podemos obtener dos fotografías de aquellos Estados Unidos en auge, en el clímax de su poder, y hoy, avanzando inexorablemente hacia la compartición de poder en el mundo.

Objetivo: la Casa Blanca

2016 es año de elecciones en Estados Unidos. Barack Obama ha cumplido su doble mandato, por lo que la Constitución le obliga a ceder el testigo. Así pues, dos caras nuevas se disputarán su sucesión a lo largo del año con vistas a los comicios de noviembre. No obstante, el primer presidente afroamericano de Estados Unidos no será relevado del puesto hasta enero de 2017, por lo que durante estos doce meses las líneas políticas marcadas discurrirán por la misma senda que en el resto del mandato.

Sin embargo, es lógico preguntarse quiénes serán los adalides del Partido Demócrata y Republicano en la carrera por la Casa Blanca, como también quién será la persona que se alce como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. De igual modo, intentaremos vislumbrar qué temas van a ser cruciales en el devenir del país norteamericano a lo largo del año, tanto en clave interna como exterior.

A principios de año estaremos todavía con las primarias de cada partido. Por los Demócratas concurren, con opciones, dos candidatos: la ex Secretaria de Estado con Barack Obama, Hillary Clinton, y Bernie Sanders, un veterano senador por Vermont que se autodefine como socialista y que ha conseguido notables apoyos entre los lefties del partido. Sea como fuere, el espectro político-ideológico está delimitado entre el centro-izquierda de Hillary y el progresismo de Sanders.

No pasa lo mismo en la formación Republicana. En la pugna por la carrera hacia el 1600 de la Avenida Pensilvania se han mezclado los candidatos reales con lo que podrían llamarse freaks políticos. Así, las primarias del partido republicano están siendo en parte una caricatura de lo que deberían. Entre los candidatos “políticos” encontraríamos a Marco Rubio, Ted Cruz y Jeb Bush, mientras que los outsiders se ejemplifican con Donald Trump y Ben Carson. Y todavía nos quedarían otros nueve candidatos que directamente descartamos por sus bajas probabilidades en las encuestas. Y es que dada la rareza del escenario, a los candidatos realmente presidenciables les está siendo muy difícil abrirse paso en la pugna republicana, ya que la atención mediática, así como la popularidad en las encuestas, la monopoliza Donald Trump. El magnate se está caracterizando por unas primarias absolutamente populistas, con salidas de tono, declaraciones polémicas y propuestas de lo más peregrinas casi a diario. Sin embargo, se ha instalado cómodamente en el podio de la popularidad, y sondeo tras sondeo se le da como favorito en la formación del elefante.

No obstante, Trump tendría enormemente complicado ser presidente de ganar las primarias republicanas, ya que movilizaría sobremanera el voto demócrata y escoraría a los independientes –aquellos que fluctúan electoralmente entre uno u otro partido– lejos de los republicanos, y eso es algo que los halcones de la formación saben perfectamente. Después de ocho años de Obama y con mayoría conservadora en ambas cámaras, ganar la Casa Blanca o al menos dar la batalla por ella es un objetivo irrenunciable.

INTERESANTE: ¿Qué dice y propone cada candidato?

En febrero las formaciones políticas de los primeros estados en votar empezarán a elegir a sus favoritos para encumbrar a uno de ellos hacia la Casa Blanca. Como decíamos, Trump, por su perfil –y su nulo programa de gobierno– caerá de la carrera en ese momento, y es muy probable que en la convención del partido del 18 al 21 de julio sea Marco Rubio quien acabe siendo finalmente el candidato republicano. Agradable a la cúpula del partido, también a las bases y basculando entre la moderación y el radicalismo del Tea Party, se puede decir que Rubio es un candidato de cierto consenso dada la heterogeneidad ideológica existente en el partido y agradable al oído de la mayoría de perfiles del votante republicano.

Su rival en la formación Demócrata será, salvo imprevisto, Hillary Clinton. Su bagaje político y la línea continuista para con el programa de Obama la convierten en un candidato de solvencia más que sobrada. Es cierto que el discurso de Sanders, candidato al alza en los sondeos pero sin posibilidades electorales reales de alzarse con la victoria en el caucus demócrata, ha provocado que Clinton haya tenido que forzar un poco a la izquierda el suyo, aunque también es cierto que el ruido mediático organizado por Trump ha embarrado el terreno de las primarias.

Así, entre julio y el 8 de noviembre asistiremos a la carrera entre Hillary Clinton y Marco Rubio. Como siempre, aparecerán todo tipo de temas en donde los candidatos deban mostrar su postura, y lo cierto es que de cara al electorado, tanto el discurso de Hillary como las políticas de Obama favorecen la victoria de la ex Secretaria de Estado. Y es que casi todos los análisis concuerdan en que la cuestión del voto latino será crucial en estos comicios. Los ciudadanos estadounidenses de origen latino son cada vez más en el país, y los demócratas se han ido adaptando a esta nueva situación siendo más permeables a sus demandas e intereses. Los republicanos, sin embargo, se han atrincherado en una posición extremadamente conservadora a ojos de este sector poblacional, privándose de su apoyo electoral.

Candidatos y fases electorales en las presidenciales de Estados Unidos. Elaboración propia.
Candidatos y fases electorales en las presidenciales de Estados Unidos. Elaboración propia.

Independientemente de este factor, cuestiones como la marcha de la economía, el desempleo, la política exterior del país en regiones clave como Oriente Medio y Asia-Pacífico, el terrorismo islamista, el cambio climático, la reforma migratoria o la sanitaria serán aspectos donde ambos candidatos se deban retratar y qué decir tiene que serán fundamentales para convencer al electorado.

Así, lo más probable es que el 8 de noviembre veremos cómo Hillary Clinton se convierte, a falta de la toma de posesión el 20 de enero, en la presidenta de los Estados Unidos, consiguiendo así ser la primera mujer en hacerlo en los 227 años de historia del país y tras 44 predecesores masculinos.

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El último año de Obama

Antes de su sucesión, Barack Obama pretende abandonar la presidencia con al menos la sensación del trabajo bien hecho y, si puede ser, con el camino encarrilado para su sucesora demócrata. Es cierto que sus dos mandatos se han cimentado poderosamente en la esperanza de un giro progresista en Estados Unidos que, si bien se ha producido, ha sido menor del esperado, generando una sensación agridulce tanto en el electorado como en la opinión pública respecto a su presidencia. Sea como fuere, ni mucho menos han sido ocho años vacíos, y el cambio, especialmente político, en Estados Unidos se hace patente. Cuestiones como la legalización del matrimonio homosexual o los brotes de un sistema nacional de Seguridad Social son avances conseguidos bajo su presidencia, a los que se pueden añadir cuestiones como el deshielo con Cuba y la salida de la guerra de Irak.

Con todo, Estados Unidos afronta importantes retos en los doce próximos meses. En el aspecto económico la recuperación del país se hará patente a lo largo del año, aunque se esperan cifras modestas de crecimiento –un 2,8% según las previsiones del FMI–, en parte promovidas por la política monetaria expansiva que está haciendo la Reserva Federal. Sin embargo, los temores están relacionados con una subida de tipos que no se debería demorar más allá de este año –subió entre el 0,25% y el 0,50% el 15 de diciembre de 2015. Cuando esa subida se efectúe, la economía norteamericana tiene que haber recuperado mínimamente el aliento para no recaer, al mismo tiempo que la subida de tipos se ve necesaria para contener una inflación creciente –alcanzará el 2%– y alentar la apreciación del dólar, lo que beneficiaría a la estructuralmente maltrecha balanza comercial estadounidense.

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En este 2016 también serán importantes las cifras de desempleo para confirmar la recuperación de la todavía primera economía del mundo. Desde finales de 2009, después del batacazo económico provocado en 2008, Estados Unidos ha estado creando empleo de manera constante, pero a un ritmo tan lento que a inicios de 2016 todavía no ha igualado las cifras pre-crisis. No obstante, la tendencia es clara, y una aceleración de la economía repercutiría de igual manera en las cifras de empleo. Así, las predicciones apuntan a que a la hora de acudir a las urnas, los norteamericanos habrán visto cómo el desempleo baja algunas décimas del 5%.

Sin embargo, no todos son alegrías en el panorama laboral norteamericano. A pesar de estar en la senda hacia cifras de paro estructural, el empleo creado es de baja calidad –temporal, bajos sueldos– y la tasa de población activa no llega a alcanzar porcentajes óptimos. Por tanto, para 2016 esta situación puede ser un parche válido, mas no así para años sucesivos.

Los trabajos peor remunerados (por horas) en Estados Unidos. Fuente: Financial Times
Los trabajos peor remunerados (por horas) en Estados Unidos. Fuente: Financial Times

MÁS INFORMACIÓN: “Forecasters Expect a Strong Economy for the 2016 Presidential Election” (New York Times)

Otro caballo de batalla de Obama, que se ha convertido, literalmente, en una sangría para el país, es la cuestión del armamento en manos de civiles. Año tras año los asesinatos –o incluso muertes involuntarias– por arma de fuego permanecen en cifras muy elevadas, desorbitadas en comparación con otros países desarrollados. Relacionado con esto, las masacres perpetradas por extremistas de toda condición o personas con problemas mentales aumentan cada año, cobrándose más y más vidas. Ante esta nada agradable situación, 2016 será un año donde el debate sobre limitar la posesión de armas de fuego a los civiles estará más vigente y sobre todo más legitimado que nunca. Lamentablemente tendremos que seguir asistiendo a no pocos tiroteos con numerosos muertos y heridos a lo largo y ancho del país.

Los tiroteos masivos en Estados Unidos durante las últimas décadas. Cada vez son más numerosos y más mortales. Fuente: The Economist
Los tiroteos masivos en Estados Unidos durante las últimas décadas. Cada vez son más numerosos y más mortales. Fuente: The Economist

Esta facilidad para conseguir armas de fuego tiene, dentro del panorama internacional, otra consecuencia potencial que el gobierno estadounidense no quiere ni mucho menos facilitar: atentados yihadistas en suelo estadounidense llevados a cabo bien por células organizadas, bien por los llamados “lobos solitarios”. 2015 ya se cerró con una masacre en San Bernardino, California, a manos de dos jóvenes musulmanes radicalizados, uno estadounidense y su mujer paquistaní. Y es que el verdadero problema en este aspecto no viene de Siria, Irak o cualquier otro país del Gran Oriente Medio, sino de dentro de las propias fronteras estadounidenses. Los procesos de radicalización que pueden vivir musulmanes nacidos o residentes desde hace tiempo en Estados Unidos son la verdadera amenaza que engarza con el terrorismo yihadista, y uno de los puntos clave de su seguridad nacional en 2016 seguirá esa línea.

Un reposicionamiento todavía transitorio

La política exterior de Estados Unidos va a seguir siendo un tema capital a lo largo de 2016. La variedad de escenarios –geográficamente hablando– en los que se encuentra el país hace que su exposición a distintos acontecimientos que ocurran a lo largo y ancho del planeta sea amplia, y más aún cuando afecta a los intereses que tiene en medio mundo.

Durante este año, y al igual que los anteriores y probablemente los venideros, el gigante norteamericano tendrá tres zonas críticas en la mira: el Gran Oriente Medio, Asia-Pacífico y Europa, en descendente orden de importancia. La Doctrina Bush impuso en 2001 Oriente Medio como la primera prioridad de la política exterior norteamericana; años después, ya con Obama en el poder, aquella cruzada contra el terrorismo yihadista se ha demostrado infructuosa, y en 2009 el presidente norteamericano sabía que Estados Unidos no tenía demasiados motivos para imponer allí su presencia. Así, hubiera sido de su gusto intercambiar los puestos que ahora ocupan la primera y segunda prioridad. De no haberse producido las “Primaveras árabes” y la desestabilización de numerosos estados de la zona, los norteamericanos hubieran pivotado con cierta tranquilidad hacia Asia-Pacífico, pero el descalabro de Oriente Medio y la irrupción del Estado Islámico después les han dejado a medio camino.

Prioridades EEUU 2016

Así, Estados Unidos seguirá combatiendo al Estado Islámico en Siria e Irak desde el aire y mediante inteligencia. Su política de apoyar a grupos rebeldes moderados ha sido un fracaso rotundo, e igualmente parece descartada una invasión terrestre –exceptuando acciones de grupos de operaciones especiales. Dadas las limitaciones operativas y coercitivas que le imponen sus reticencias a implicarse con mayor profundidad en el avispero sirio-iraquí, durante 2016 tendrá que aceptar que la derrota del Estado Islámico pasa por una victoria de Bashar al Asad, y viceversa. Obama, opuesto a que el dirigente alauí siga en el poder en un escenario post-bélico, se niega a enfrentar el dilema, al mismo tiempo que Rusia presiona en favor de Bashar. Por tanto, a lo largo de 2016 y al ritmo que el apoyo ruso y los avances kurdos vayan haciendo retroceder al Daesh, Estados Unidos se verá obligado a transigir –o al menos a sentarse a negociar– con la postura rusa si no quiere enconar la tensión con Moscú o sufrir una abultada derrota política –y geopolítica– a manos de Putin.

Dado que sus únicos apoyos reales en la Coalición son fundamentalmente estados de la OTAN, la potencia norteamericana aprovechará el deshielo de las relaciones con Irán para fomentar una asociación en el nuevo escenario regional al no poder contar con la implicación de Turquía, cada vez más aislada internacionalmente y más preocupada de combatir a los kurdos que al Estado Islámico. Así pues, Estados Unidos se verá obligado a independizarse ligeramente de sus relaciones tradicionales y explorar acuerdos con países que hasta ahora no estaban en su órbita. Del mismo modo, promoverá la implicación de los países árabes en la guerra contra el Estado Islámico, si bien las diferencias entre estos harán casi imposible que los estados de la zona lleven el peso mayoritario del conflicto.

Estados Unidos - China - Poder - Portada The EconomistEn otro orden –regional– de cosas, en Asia-Pacífico también se comprobará la acción exterior de Estados Unidos. En febrero de 2016 se firmará en Nueva Zelanda el Trans Pacific Partnership, más conocido como TPP, un acuerdo de libre comercio tachado de neoliberal que en realidad es altamente proteccionista en favor de Estados Unidos. A partir de entonces, los países signatarios, incluyendo el norteamericano, tendrán dos años para ratificarlo, por lo que durante los diez meses restantes del año se comprobará el grado de adhesión y el interés de los distintos socios por implementarlo lo antes posible. En líneas generales este acuerdo no debería suponer una traba legislativa en Estados Unidos por ser uno de los países más beneficiados, ya que el TPP, más allá de las implicaciones meramente comerciales, es una amplia maniobra geoeconómica de Washington.

En esta estrategia a largo plazo diseñada por la potencia norteamericana para el escenario del Pacífico no debería haber durante 2016 cambios reseñables. Afianzar a los países aliados o afines y seguir tejiendo el cordón sanitario en torno a China, bien con la aproximación a otras potencias interesadas en el asunto, caso de India, o limitando la expansión de Pekín fuera de su entorno inmediato. En este último aspecto se puede destacar el disputado archipiélago de las Spratly como el gran punto de fricción regional, un lugar que tanto por su valor estratégico como simbólico es vital para intereses chinos y estadounidenses. Aunque puedan existir protestas y declaraciones subidas de tono por parte de Pekín, Estados Unidos mantendrá medios en las cercanías para apoyar a otros litigantes más afines a sus intereses.

En Europa, el escenario para Estados Unidos será similar en cuanto a sus intenciones estratégicas. Más allá de reordenar el tablero de la geoeconomía con nuevas alianzas e interdependencias, caso del TTIP, el homólogo europeo del TPP, Washington pretende que los asuntos europeos sean resueltos por estos, y sea la Unión Europea quien lidere el oeste continental. Así pues, conflictos todavía vivos como el del este de Ucrania no deberían ser del interés de Washington, principalmente porque necesita de una Rusia colaborativa –o al menos no confrontada– en Oriente Próximo. No obstante, sí se podría ver arrastrada a cierto enfrentamiento con Rusia dentro del marco OTAN, especialmente en la zona de las repúblicas bálticas y Polonia, donde el gigante ruso está sacando músculo en contrapartida a la ofensiva euroatlántica en el entorno del Mar Negro.

Aunque como tal no sea una prioridad en sus respectivas zonas de actuación, será interesante comprobar cómo reacciona Estados Unidos ante los cambios políticos que en los últimos meses de 2015 está viviendo América Latina, cuyas consecuencias empezaremos a ver en 2016. La victoria de los múltiples partidos de la oposición coaligados en Venezuela en las legislativas del pasado diciembre, la victoria de Mauricio Macri en Argentina o el impeachment contra Dilma Roussef en Brasil podría cambiar de lado la hegemonía en América Latina, haciendo más atractivo para Washington volver a interesarse y relacionarse con dicha región. Del mismo modo habrá que permanecer atentos al acercamiento con Cuba, ya que si bien el desbloqueo de relaciones ha sido un paso significativo, el deshielo total no se podrá producir hasta que no se levante el embargo sobre la isla, algo que tiene que aprobar el legislativo, de mayoría republicana.

MÁS INFORMACIÓN: ¿Qué rumbo debe seguir la política exterior de los Estados Unidos?

Sea como fuere, si por algo se va a destacar la situación en Estados Unidos a lo largo de 2016 es por la imprevisibilidad, especialmente en el ámbito externo. La cantidad y la complejidad de los lugares y escenarios en los que está inmerso el país hace que inevitablemente esté mucho más expuesto a los vaivenes que sacuden el mundo a diario. Nadie dijo que ser la primera potencia global fuese sencillo.

Acerca de Fernando Arancón 70 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
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5 comentarios en Estados Unidos en 2016: ¿El cambio continuista?

  1. Me parece acertado en muchos aspectos pero creo que la parte de las relaciones externas requieren mas profundidad…

  2. Calificar a Hillary Clinton de centro-izquierda, es una opción. Quizá sería más adecuado distinguir entre política doméstica e internacional. En este caso podríamos considerar, por ejemplo, que su posición respecto a la reforma sanitaria se sitúa en el centro izquierda. Por el contrario, las diferencias en política exterior entre Hillary Clinton y los republicanos son de mero matiz. Baste recordar su apoyo, incluso presencial en Afganistán e Irak, a las políticas de Bush y algunas de sus intervenciones como secretaria de estado, pongamos por caso, Libia.

  3. No esto de acuerdo acerca del mapa geopolitico en el que Rusia aparece como una prioridad baja cuando sabemos, que China su mayor influencia es en el área económica pero geopolíticamente Moscow tiene mas influencia en el mundo por sus relaciones y pasado histórico en el mundo partiendo de la iniciativa nueva de Vladimir Putin de convertir nueva mente a su país en una super potencia, ademas que militar mente es el país que ejerce el mayor contrapeso contra Washington

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