El África Subsahariana en 2016: intentando dejar atrás los fantasmas

Close up of world map with detail of African continent. Focus centered on Golf of Guinea and Atlantic Ocean

África da refugio a 54 países, con un par más si consideramos al Sáhara Occidental y Somalilandia, no reconocidos por la comunidad internacional –la Unión Africana sí lo hace con el primero– pero de facto tan operativos como cualquiera de sus vecinos continentales.

Impensable era hace un siglo observar un mapa y ver lo que hay ahora. África eran colonias y más colonias, repartidas descaradamente hacía tres décadas. Francia y Gran Bretaña tenían un control casi absoluto sobre el continente, si bien las primeras voces independentistas, casi marginales, se alzaban en plena Primera Guerra Mundial para dignificar el estatus de aquellos territorios que, aunque no envueltos directamente en la contienda, estaban soportando una parte considerable del conflicto con su producción y sus recursos humanos.

Hace medio siglo el panorama era radicalmente opuesto, y se encontraba en plena transición al de hoy. Las oleadas descolonizadoras se encontraban en pleno apogeo; el África francesa había obtenido masivamente la independencia en 1960, y en los años venideros serían los países del África Oriental los que se librasen oficialmente de las metrópolis. Sin embargo, no todo serían alegrías para estos jóvenes estados. Los proyectos federalistas y panafricanistas se mezclarían por aquellos años con atroces guerras de independencia, conflictos separatistas, golpes de estado y delirantes autocracias. Tiempo suficiente ha pasado desde entonces, pero no todo aquello es ya ajeno a las dinámicas africanas.

El siglo actual es el del Sur global. La hegemonía de Occidente está dando paso a un sistema multipolar, más equilibrado y con mayor protagonismo para los continentes asiático y africano. Este último, a pesar de llevar una posición más retrasada por sus todavía evidentes debilidades estructurales, tiene un enorme potencial. Así, fortalezas y flaquezas serán la cara y la cruz del continente africano en 2016.

La carrera por el despegue africano

En líneas generales, el crecimiento económico de África empezará a repuntar este año, dejando atrás las modestas cifras del lustro anterior, inferiores al 4,5% y muy distantes con la buena media mostrada en la primera década de siglo (5,7%). Sin embargo, conviene ser precavidos. La excesiva dependencia de los estados africanos respecto de los precios de las commodities puede suponer un importante lastre en el relanzamiento de muchos países. Los precios del petróleo se han desplomado, afectando poderosamente a muchas economías de la región, especialmente Nigeria y Angola, dos de los grandes motores africanos. Algo similar ocurre con los minerales, cuyo precio tiene una tendencia decreciente como consecuencia de la ralentización de la economía china, un país que absorbe ingentes cantidades –y proporciones– de la producción mundial de este tipo de recursos.

África - Economía - Producción - Recursos mineralesA pesar de esta coyuntura de los mercados internacionales, los datos que arroja el Banco Mundial sobre el África subsahariana son positivos, ya que la inversión en estas economías aumentará al mismo tiempo que la balanza comercial quedará equilibrada, salvando así uno de los quebraderos de cabeza del continente africano como es el de la debilidad cambiaria y el endeudamiento externo.

De igual modo, la pobreza seguirá reduciéndose. Es verdad que en la primera década de siglo el número de personas viviendo en extrema pobreza en África se ha mantenido constante, en torno a los 400 millones de personas, pero no es menos cierto que la población en el continente ha crecido cerca de un 40% en ese mismo periodo, pasando de 800 millones en el año 2000 a más de 1.100 en 2013. Por tanto, a nivel relativo la reducción ha sido significativa y se espera que la tendencia continúe, especialmente en aquellos países que combinen estabilidad política con un crecimiento económico real –que no esté enmascarado en la producción de petróleo, por ejemplo. En esta misma línea se enmarca el crecimiento de las “clases medias” en África, cuyo desarrollo, aunque lento, es sostenido, vertebrando de una manera enormemente fructífera los distintos estados que viven esta evolución.

MÁS INFORMACIÓN: Perspectivas económicas del África Subsahariana (Banco Mundial)

Con todo, es esencial destacar una cuestión mencionada anteriormente y que se vuelve primordial en el marco geográfico en el que nos movemos: la estabilidad política. África, por desgracia aunque no de manera inmerecida, lleva consigo la imagen de países altamente inestables, donde los golpes de estado y los conflictos armados están a la orden del día. Esta fama, de gran impronta post-colonial, ha mutado en otra forma, pero no por ello menos perniciosa. Los intentos de golpe de estado en África, aunque menos habituales –en 2015 únicamente se produjeron en Burkina Faso, Gambia y Burundi–, se han deslegitimado poderosamente a ojos de la comunidad internacional, y se ha asentado la costumbre de reaccionar con contundencia por parte de vecinos y organismos regionales a los gobiernos surgidos de un putsch no democrático.

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Así parece que ciertos valores democráticos se han consolidado, si bien la situación dista mucho de ser idílica. Además de las autocracias –que rozan llamarse cleptocracias– que todavía perviven en el continente, la nueva amenaza a la estabilidad política surge del reconocimiento y la aceptación de la derrota cada vez que se producen unos comicios en un estado africano. No ha sido ni será extraño que, ante la celebración de unas elecciones, uno de los candidatos, con motivos fundados o infundados, se niegue a reconocer la victoria del adversario, provocando profundas crisis internas que además deslegitiman a ojos de la ciudadanía el sistema democrático como canalizador pacífico de la política. Los observadores internacionales tuvieron que contener la respiración al producirse las elecciones presidenciales en Nigeria en 2015, ya que con el clima de violencia y crisis que vivía el país, se creía probable una negativa del perdedor a reconocer la derrota, siendo esto un desencadenante atroz en una región crítica de África. Afortunadamente esto no se produjo, pero en 2016 tendremos que volver a pasar por semejante trance en varios momentos y lugares. Níger, Benín, Chad, Uganda, la República del Congo, Angola, Zambia, Ghana o la República Democrática del Congo se juegan el legislativo o el ejecutivo, y países como la República Centroafricana, Ruanda o Tanzania enfrentan referendos constitucionales. Bien es cierto que en algunos de ellos la celebración de elecciones es un trámite meramente cosmético, y la competitividad electoral se ve suplida por la candidatura única o el amaño electoral. No obstante, los procesos en el África Occidental y el litoral oriental africano habrá que observarlos detenidamente.

El giro geopolítico: ocaso de potencias regionales y nuevos aspirantes

Geopolíticamente, la apolaridad parece haberse adueñado de África. Hace unos pocos años se tenía a Nigeria como el gran país emergente que serviría de faro en el África Occidental y Central. Sin embargo, las expectativas se han visto ampliamente superadas por la realidad. Nigeria, a día de hoy, se encuentra como Estado asediado en numerosos frentes, y sus escasas capacidades actuales le han privado del estatus de potencia regional. Aun siendo una potencia demográfica, el apuntalamiento de su economía en el petróleo, la fractura entre el medianamente próspero sur del país y el abandonado norte seguirán pesando en la gestión de Abuja, y eso sin contar con que Boko Haram seguirá causando estragos tanto en el norte de Nigeria como en la vecindad más próxima, al mismo tiempo que la piratería será una amenaza considerable para el comercio y la estabilidad del flanco meridional del país.

En detrimento de Nigeria, quizá tengamos que poner la vista en otro país algo más al sur con mayores capacidades de proyección a lo largo de 2016. Hablamos de Angola. A pesar de su déficit democrático y de haber construido la prosperidad del país sobre el petróleo –Luanda es una de las ciudades más caras del mundo– parece que el país está viviendo un auténtico boom económico, y el sector inmobiliario, el petroquímico o el energético gozan de excelentes perspectivas en el país. Sin embargo, el estado que ha sido llamado a ser el próximo “león africano” podría verse envuelto en algunas turbulencias al depender excesivamente de los hidrocarburos, o si la inestabilidad volviese al país durante o después de los comicios generales que se esperan se produzcan este año –aunque no sería extraña su postergación a 2017. Además, tampoco conviene olvidar del conflicto que vive la región de Cabinda, separada del grueso del país y cuyos sentimientos independentistas, si bien han sido aplacados en los últimos años, no han desaparecido completamente, y la guerra podría volver en cualquier momento a este pequeño enclave angoleño.

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¿Y qué ocurrirá con Sudáfrica? El país más desarrollado de África sólo será visto en los escenarios internacionales como complemento a la estructura emergente global, bien como parte de los BRICS o en el G77, y su impronta en África seguirá limitada a su vecindario más inmediato. Y es que el país entre dos océanos tiene importantes problemas económicos, sociales y de salud pública que arrastra desde hace tiempo, impidiéndole un despegue total, un estatus quizá sobrevalorado internacionalmente pero que ha conseguido vender adecuadamente ante la necesidad de otros países emergentes de encontrar y legitimar un par africano. En ese sentido, Sudáfrica, que mezcla las modernas ciudades del continente con la pobreza endémica y el VIH, busca un lugar en el mundo sin querer empezar por encontrar su sitio en el propio continente.

Así pues, parece que África clama por una referencia regional. Los poderes zonales tradicionales –o al menos los candidatos a serlo– se encuentran en fases desacompasadas de la idoneidad: Nigeria deshaciéndose entre la corrupción y la violencia; Angola fraguando su futuro sobre el clientelismo y los hidrocarburos y Sudáfrica mirando en todas direcciones excepto al norte. La respuesta, quizás, la encontramos a ambos flancos del continente, con dos modelos distintos pero no por ello incompatibles.

En el África Oriental observamos una serie de países con cifras de crecimiento muy altas y que en cuestiones de desarrollo ya se situaban tradicionalmente por encima de la media del continente africano. Hablamos de Etiopía, Kenia y Tanzania. Este trío podría liderar tanto en 2016 como en años sucesivos el despegue económico de esta zona de África, y Etiopía ser una referencia tanto en el aspecto económico como en influencia regional. Sin llegar al mesianismo etíope del movimiento Rastafari, lo cierto es que este país ha vivido un desarrollo vertiginoso en los últimos años, con cifras que rondan el 10% de crecimiento anual, algo sólo reservado a estados terriblemente empobrecidos o a China, algo que no es el caso etíope. Además, este país, dentro de su limitado ámbito regional, ha participado de manera importante y relativamente exitosa en la eterna guerra de Somalia, combatiendo a Al Shabaab y a los grupos paramilitares que se refugian en la vecina –y escindida– Eritrea. Así pues, todo apunta a que 2016 va a ser un año importante para Addis Abeba.

Justo al otro extremo del continente encontramos la zona del África Occidental, que en buena medida coincide con la membresía de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO). En líneas generales, excluyendo a Nigeria o Níger, este conjunto de países se convertirá en otro polo de atracción, y especialmente los pequeños países presentes serán claves en la potenciación en la zona, incluyendo Senegal, que además tendrá presencia en el Consejo de Seguridad a lo largo de 2016 en un puesto rotatorio junto con Angola y Egipto.

Riesgos y amenazas, la pesadilla que no acaba

Con todo, hablar de nuevos escenarios en África es un esfuerzo estéril si no incluimos los grandes desestabilizadores del continente en el corto plazo, especialmente el terrorismo, la violencia étnica, religiosa o directamente sectaria y cómo no, el cambio climático. De por sí, estas tres cuestiones ya crean todo un abanico de desastrosas consecuencias para el desarrollo de los países africanos.

2016 seguirá siendo por tanto un año donde la violencia cope muchos titulares. Grupos como Boko Haram, Al Shabaab, Al Qaeda en el Magreb Islámico y por supuesto el Estado Islámico seguirán cometiendo atrocidades en un buen número de países. En este aspecto, los focos principales que sufrirán el terrorismo yihadista irán desde la zona circundante al lago Chad –confluencia de las fronteras de Nigeria, Camerún y el propio Chad–, donde Boko Haram seguirá haciendo de las suyas –el año 2014 fue el grupo terrorista que más vidas se cobró en el mundo. Es cierto que este trío de países ha empezado a contener la amenaza de estos radicales, pero la corrupción y la extrema pobreza son grietas demasiado grandes como para poder poner fin de manera definitiva a la hemorragia que supone este tipo de violencia en esta zona de África.

El terrorismo yihadista en África se ha cobrado miles de vidas en los últimos años, y en 2016 lo seguirá haciendo. Fuente: The Economist
El terrorismo yihadista en África se ha cobrado miles de vidas en los últimos años, y en 2016 lo seguirá haciendo. Fuente: The Economist

Algo similar ocurrirá en el África oriental y el oeste del Sahel, donde las capacidades de los distintos grupos y su vocación transnacional pondrán a prueba la resiliencia de países como Etiopía, Kenia, Malí o Níger. Al Shabaab, por ejemplo, encuentra refugio en la fallida Somalia, y desde ahí lanza mortíferos ataques a países vecinos con la simple intención de, además de causar un considerable daño, obtener unos buenos réditos mediáticos. No tan “publicitaria” es la estrategia de las distintas filiales de Al Qaeda en el Magreb, cuya puerta para acceder a la costa occidental africana pasa por Malí, un país que deberá fortalecerse –o ser fortalecido– para impedir que las acciones yihadistas se filtren al sur del Sahel.

Sin embargo, no todas las amenazas principales proceden de la violenta aplicación del salafismo, sino también del fantasma de ese África conflictiva e inestable, donde el fanatismo violento, el malestar social y las élites más centradas en enriquecerse que en dotar de un mínimo nivel de vida a sus conciudadanos son el pan de cada día. Este caldo de cultivo, en mayor o menor medida, es indiscriminado a prácticamente todo el continente. Las desigualdades son palpables en cada rincón de África, y el peso de la religión, las rencillas étnicas y la desconfianza en el gobierno una bomba de relojería aletargada en unos sitios y en plena cuenta atrás en otros. Para 2016, uno de los focos a observar lo tendremos en la República Centroafricana. Este país, rozando ser un estado fallido, se encuentra en los últimos años en una espiral de violencia que amenaza con desintegrar el país. Únicamente las misiones internacionales y recientemente la visita del papa Francisco han dado un respiro a los enfrentamientos que carcomían el estado centroafricano. Sin embargo, este año va a ser crítico para un país estratégico, y los apuntalamientos hechos por la comunidad internacional son tremendamente frágiles, por lo que en absoluto se puede descartar un recrudecimiento en la violencia sectaria.

A pesar de esto, no todas las miradas deberán dirigirse a la RCA. Otros países del continente como la República Democrática del Congo, Burundi, Sudán del Sur o Uganda enfrentan escenarios difíciles. En líneas generales, África Central sigue siendo un polvorín, y dado el marco geográfico en el que nos encontramos no sería raro que a lo largo de los doce meses sucesivos se prenda la mecha.

MÁS INFORMACIÓN: Real-Time Analysis of African Political Violence (ACLED, Noviembre 2015)

Otra gran amenaza que se cierne de forma prácticamente indiscriminada sobre el continente es el cambio climático. Desde una perspectiva meramente anual, el impacto es bajo, pero no deja de ser un proceso que, como un lento goteo, año a año erosiona las estructuras económicas, sociales y políticas de muchos países africanos. 2016 no será una excepción en este sentido.

Según la FAO, África es el continente más afectado y que más se verá afectado por un cambio climático cuyos efectos se dejan sentir desde hace algunos años. Desertificación, una meteorología más agresiva e imprevisible o cambios en los ecosistemas son sólo algunos de los principales efectos. Como es de esperar, en este escenario, el deterioro económico, especialmente en el sector agrario, las enfermedades y los desastres naturales serán habituales a lo largo del año, con consecuencias muy negativas que serán un importante lastre para el crecimiento de los países, la reducción de la pobreza y la desigualdad y en líneas generales la progresiva mejora en la calidad de vida en la población. A partir de aquí, el camino lleva irremediablemente a migraciones descontroladas –buena parte de ellas dirigidas hacia Europa– y conflictos violentos, tanto con el gobierno nacional como con otros grupos dentro del país.

Con todo, 2016 se presenta para el África subsahariana como un año de claroscuros. En muchos aspectos podrá dar un importante paso hacia delante, alejándose de nocivas espirales de décadas pasadas, pero no por ello habrá desterrado muchos de los problemas que asedian a los todavía jóvenes estados africanos.

Acerca de Fernando Arancón 70 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
Contacto: Twitter

2 comentarios en El África Subsahariana en 2016: intentando dejar atrás los fantasmas

  1. He observado en los mapas de A’frica que justifican la ilegalidad de la ocupación marroquí y niegan la estatalidad del pueblo saharaui, La RASD en parte de la Unión Africana, ejerce el gobierno efectivo sobre el 20% de su territorio nacional ,quedando el resto ocupado ilegalmente por Marruecos, responsable además de graves violaciones al derecho

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