Yakuza: katanas, tatuajes y limusinas

Yakuza street fighter aggressively showing off his tattoo in Kabukicho, Shinjuku, Tokyo - 2010

A principios de septiembre de 2015 el anuncio se hacía oficial: el mayor sindicato criminal de Japón, el denominado Yamaguchi-gumi, quedaba escindido. La nueva banda surgida de la escisión, la Kobe Yamaguchi-gumi, criticaba en su manifiesto de inauguración a Kenichi Shinoda, líder de Yamaguchi-gumi, por su extremo egoísmo, el cual llevaría a la desaparición del legado de los antiguos líderes del grupo criminal. La Agencia Nacional de Policía de Japón no tardó en convocar una reunión de emergencia para tratar la situación. No se trataba de una reacción exagerada, pues la última escisión que se produjo dentro de la Yamaguchi-gumi, en 1984, derivó en cinco años de guerra en los bajos fondos de la nación nipona, con tiroteos, asesinatos y ataques con bomba.

Asimismo, las nuevas tecnologías preocupan a las fuerzas del orden de Japón, que temen una guerra en la que drones armados y pistolas fabricadas con impresoras 3D sean puestas en juego. No obstante, ¿quiénes forman la yakuza? ¿Y cómo una de las naciones más seguras del planeta ha dado lugar al grupo mafioso más grande del mundo?

Los orígenes: ronin, vendedores ambulantes y casinos

Los inicios de la yakuza se trazan alrededor de 1603, con el comienzo del Período de Edo (1603-1868). La estabilidad y la paz que llegaron con dicha época llevaron al desempleo a alrededor de 500.000 samurais, cuyas habilidades militares ya no eran necesarias. Sus opciones se limitaban a abandonar las armas y hacerse campesinos o convertirse en sirvientes de los nuevos señores feudales, los daimyo. No obstante muchos de ellos prefirieron elegir el camino del ronin, los samurais sin un señor al que servir, dedicándose al bandidaje y al saqueo de pueblos. Organizados en bandas, con un argot propio y una férrea lealtad, es probable que sembraran las primeras semillas de lo que hoy es la yakuza.

No obstante, las raíces más recientes de la mafia nipona aparecen a mediados del ya nombrado período de Edo, en forma de dos grupos situados en la parte más baja de la estricta estructura social de la época: los tekiya y los bakuto. Los primeros se dedicaban a la venta ambulante en ferias y mercados, muchas veces de mercancías robadas, ilegales o simplemente de mala calidad. Los segundos se dedicaban al negocio de las casas de apuestas. El juego, que se llevaba a cabo en templos y santuarios abandonados a las afueras de las ciudades, y considerado ilegal, les convertía en una casta aún más marginada que los primeros. De hecho, el nombre “yakuza” proviene de la pronunciación de 8-9-3 (Ya-Ku-Za) la peor mano en el juego de cartas japonés Oicho kabu. Sus actividades en los márgenes de la legalidad y su posición social como desheredados llevó a dichos grupos a nutrirse de criminales, de las castas marginadas y de los inmigrantes de origen coreano traídos a Japón como esclavos, desarrollando una serie de normas y una estructura organizativa propias.

A pesar de todo, se estima que el grupo más antiguo considerado oficialmente como yakuza, y aún existente a día de hoy, el Aizukotetsu-kai, data de finales del siglo XIX. Su creación coincide con los primeros años de la época Meiji, iniciada en 1867. Esta nueva era sumergió a Japón en un proceso de cambios acelerados que lo convertirían en la nación industrializada que conocemos a día de hoy. Los grupos yakuzas no se quedarían atrás, sino que se adaptarían a los nuevos tiempos, diversificando sus negocios e involucrándose en política, especialmente durante el auge del ultranacionalismo durante los años 30 e incluso participando en la invasión de Manchuria.

Sin embargo, sin duda alguna, la yakuza tal y como la conocemos a día de hoy se forjaría definitivamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando dichos grupos se involucraron directamente en la gestión del mercado negro de productos básicos y en la organización de apuestas, estableciendo incluso pactos con los estadounidenses para frenar la extensión del comunismo en Japón. A partir de ahí irían introduciéndose en el mercado inmobiliario de la postguerra, en actividades de extorsión, chantaje y fraude, hasta involucrarse en la política japonesa, aprovechándose del vacío de poder local durante los años de ocupación de los Aliados e incluso participando de la financiación del Partido Democrático de Japón, que vendría a gobernar durante los siguientes 50 años. El poder y la violencia desplegados por la yakuza se dispararon y fueron adquiriendo la estética que conservan aún a día de hoy: trajes de corte occidental, camisas blancas, gafas de sol oscuras, coches de lujo… Durante los años 50 su número se elevaría poderosamente, llegando a coexistir 5200 bandas por todo Japón, con alrededor de 184.000 miembros –más que el propio ejército japonés en aquellos momentos–, lo que llevaría a los primeros grandes y sangrientos enfrentamientos entre grupos.

El camino de la yakuza: disciplina y lealtad

A lo largo de su desarrollo, la yakuza iría desarrollando una estructura organizativa particular, basada en la dualidad oyabun-kobun, donde oyabun sería la figura patriarcal y protectora y kobun el hijo en el cual el primero deposita toda su confianza a cambio de una lealtad y un respeto ciegos y absolutos. Posteriormente, a medida que la yakuza crecía, los códigos de normas se harían más complejos y extensos hasta conformar el código jingi, configurando un modo de vida muy estricto basado en la lealtad, el deber y la justicia.

El resultado sería una jerarquía férrea de forma piramidal. En la cúspide se encontraría el kumicho, el oyabun supremo, cuya voluntad y decisiones permean hasta lo más bajo de la estructura, hasta el último de los kobun. Entre ambos extremos se sucederían una serie de posiciones de poder gobernadas por el mismo principio padre-hijo, tales como el saiko komon –el consejero supremo–, el ho sonbucho –el jefe del cuartel general– o numerosos wakashu –jefes inferiores–, cada una de las cuales con un determinado número de hombres y territorios bajo control. Las bases se nutren constantemente de jóvenes, generalmente pertenecientes a clases desfavorecidas, huérfanos o en riesgo de exclusión social. Los aspirantes a yakuza renuncian a sus lazos afectivos y familiares y los transfieren al líder de la banda, que a partir de entonces constituirá la espina dorsal de su vida. Es curioso cómo dicho vínculo con la organización de la que se es parte se reproduce de forma semejante en las empresas y compañías japonesas. De la misma forma, en la ceremonia de unión a la yakuza oyabun y kobun comparten sake para sellar su vínculo, una práctica común en otros ámbitos de la vida en Japón, que se realiza también, por ejemplo, para zanjar un matrimonio.

El vínculo con la banda se materializa también con otra práctica muy particular, el irezumi, consistente en tatuarse el cuerpo completo mediante la técnica tradicional japonesa. El procedimiento, muy doloroso y con un alto coste económico, simboliza no sólo la pertenencia a la banda grabada en la piel, sino también la resistencia física, la dureza y el poder económico del portador.

Por otra parte, contradecir una orden directa de un superior, el fracaso en una misión o cualquier acto que sea considerado una falta de respeto o una violación de la cadena de mando son acciones severamente sancionadas. Una de las fórmulas de castigo más particulares de la yakuza es la denominada yubitsume, consistente en cortar una o varias falanges de los dedos de la mano del miembro penalizado, empezando siempre por los meñiques. La tradición, que es llevada a cabo por el propio destinatario del castigo, hunde sus raíces en los orígenes de la yakuza, cuando seguían utilizándose katanas, o espadas samurai. El perder el meñique y el anular hace imposible blandir la espada con fuerza, haciéndote débil en el campo de batalla. Así, tu dependencia para con el kumicho se hace más fuerte. Con ello, la auto-amputación no es sino una muestra de sumisión ante el líder. Sin embargo, dicha práctica no está exenta de problemas, dado que al ser tan común y particular de los yakuza se convierte en un estigma difícil de ocultar en el caso de que, por ejemplo, un ex-miembro de la banda quiera reintegrarse en la sociedad o encontrar un trabajo en un entorno ajeno al grupo, lo que ha llevado a la proliferación de un rentable mercado de prótesis de dedos.

La yakuza hoy

Según la Agencia Nacional de Policía de Japón, entre 1992 y 2010 el número de miembros de la mafia nipona se mantuvo en alrededor de 80.000. A pesar de todo, distintas operaciones policiales a gran escala y el desarrollo de una legislación más estricta han llevado a la desintegración de muchos grupos yakuza en los últimos cinco años. Actualmente la mayor parte de la yakuza se divide en 21 grandes grupos con más de 53.000 miembros, siendo Yamaguchi-gumi el más numeroso de ellos, con entre 23.000 y 26.000 integrantes, si bien sus números se encuentran en declive. Es sin duda la banda más temida por las autoridades, y que controla directa o indirectamente más de la mitad de las actividades criminales de Japón.

De la misma forma se encuentran íntimamente vinculados con la clase política japonesa, participando no sólo en la financiación de campañas, sino también organizando la seguridad de los candidatos durante sus mítines. Así, por ejemplo, en 2012, el ministro de educación Hakubun Shimomura, ferviente defensor de una “educación moral”, se vio involucrado en un escándalo al revelarse que había recibido apoyo político y financiero por parte de Yamaguchi-gumi para su campaña de promoción como ministro. Su influencia alcanza todos los niveles, incluido el ministro de justicia, así como el mundo de la construcción, los ministerios de finanzas y el de industria y tecnología, o el comité de los juegos olímpicos, así como el mercado de divisas y el de trabajo, con una gran influencia en los sindicatos. Aportando una gran parte, por ejemplo, de la masa de trabajadores del sector nuclear, y lucrándose de crisis como la de Fukushima. Asimismo, los grandes bancos japoneses se han visto inmersos en los asuntos de la yakuza al revelarse que habían prestado dinero a entidades vinculadas al crimen organizado, que habían permitido abrir cuentas a conocidos miembros de la mafia o que habían facilitado información confidencial.

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Formalmente, las distintas organizaciones yakuza no son ilegales. Las direcciones de sus cuarteles generales se encuentran registradas por la Agencia nacional de Policía y sus líderes se relacionan y mueven como hombres de negocios cualquiera a través de compañías pantalla, totalmente indistinguibles de negocios legales, con tarjetas y logos empresariales propios. Además, la policía y las organizaciones mantienen ciertas relaciones formales poco usuales, siendo los detectives invitados a las sedes de la yakuza para tomar el té y mantenerse informados de cambios internos de las bandas, o concertando citas con antelación en el caso de que las autoridades vayan a registrar uno de los cuarteles generales. Asimismo, algunas como Yamaguchi-gumi, cuentan con fanzines, revistas semanales, comics y hasta himno oficial y una página web en contra del consumo de drogas. Todo ello, siguiendo fielmente el consejo de Kazuo Taoka líder de Yamaguchi-gumi entre 1946 y 1981: “Todos debéis tener un empleo legítimo”.

VÍDEO: Canción oficial de la Yamaguchi-gumi

Además, los líderes de la yakuza no se consideran a sí mismos criminales, y no cesan en sus intentos de demostrar su función solidaria y protectora para con la sociedad japonesa, buscando venderse como una suerte de organizaciones humanitarias destinadas a preservar el orden y las tradiciones en Japón. Todo ello a la vez que dan cobijo a los individuos tradicionalmente dejados de lado por la sociedad. De hecho, es notable su rápida actuación en situaciones de crisis, como en el caso del tsunami de 2011.

A pesar de ello, la inmensa mayoría de los ingresos de la yakuza derivan de actividades ilegales de todo tipo, incluyendo extorsión –especialmente en la versión llamada sokaiya–, lavado de dinero, chantaje, juego, pornografía y prostitución. Si bien es curiosa su postura frente al tráfico y consumo de drogas, consideradas ambas actividades perjudiciales para el individuo y la salud de la nación, aunque su vinculación con este tipo de negocios no es inexistente.

A nivel internacional la yakuza se vincula con otros grupos criminales para llevar a cabo sus actividades y se la ha acusado de tráfico de drogas y blanqueo de dinero. Por otra parte, en 2015, el Departamento del Tesoro de los estados Unidos los calificó de grupo transcontinental de crimen organizado, y Obama afirmó que no cesará en sus esfuerzos para limitar su influencia y cortar de raíz sus actividades a través de sanciones y otros medios, con el fin de asegurar su seguridad nacional.

La guerra que viene

En definitiva, la presencia de la yakuza no va a desvanecerse de la noche a la mañana. Han demostrado una enorme capacidad de adaptación a su tiempo desde hace más de un siglo y sin duda alguna venderán cara su extinción. A pesar de ello, el sindicato criminal deberá restructurarse y afrontar los nuevos retos, procedentes tanto desde el exterior, con los Estados Unidos situando a la yakuza en el punto de mira tras el olvido durante los años posteriores al 11 de septiembre; como desde el interior, con una población civil dispuesta a enfrentarse a las bandas y a denunciar sus actividades, y con un cuerpo policial cada vez menos dispuesto a colaborar y apoyada con “leyes anti-yakuza” que no dejan de proliferar y de endurecerse desde 1992.

Las reacciones están ya en marcha, si bien difieren unas de otras. Mientras algunas facciones dentro de Yamaguchi-gumi han terminado optando por el camino de la violencia, escindiéndose del grupo e iniciando una guerra por el poder la jefatura de la banda lleva realizando exámenes escritos desde 2009 para sus miembros, obligándoles a estudiar la ley japonesa para evitar ser procesados, así como distintos métodos para robar coches, para llevar a cabo el vertido de residuos o para realizar estafas telefónicas. Todo ello con el objetivo de aumentar la profesionalidad en sus actividades y reforzar la seguridad de los miembros frente a la ley.

Sin lugar a dudas, los cambios modificarán el funcionamiento de los bajos fondos japoneses y tal vez empujen a la yakuza fuera de Japón, buscando competir con las tríadas chinas en el Sudeste Asiático. Todo dependerá del camino que elijan las bandas, el gobierno nipón y la propia sociedad japonesa.

 

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Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

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