Malí, ¿el pivote geoestratégico del África Occidental?

Al repasar el mapa que año tras año realiza Freedom House –con su correspondiente informe– sobre la calidad democrática y el clima de libertad en los distintos países del mundo, una figura en verde permanece inalterable al oeste del Sahel. Desde que en 1991 un golpe de estado democrático acabase con el régimen autocrático de Moussa Traoré, Malí se ha convertido en uno de los países políticamente más desarrollados y estables del continente africano. Su transición democrática a menudo se cita como ejemplar, y durante dos décadas consiguió algo que en muchos lugares de África se había dado por imposible, como era la supervivencia de un régimen democrático y el pacífico desarrollo del juego político.

Sin embargo, en los últimos años, el cúmulo de dinámicas, a menudo delictivas y violentas, que sacuden el continente africano, se han sumado a las consecuencias de las ‘primaveras’ acaecidas en el Magreb, unas turbulencias demasiado fuertes para el estado maliense. Un golpe de estado militar en 2012 tras una reactivación tremendamente enérgica del conflicto tuareg por poco traslada a Malí al indeseado grupo de los estados fallidos. No obstante, la contundente reacción de numerosos actores internacionales ante lo que parecía una inevitable quiebra del Estado lleva a pensar si el país más grande del África Occidental tiene más importancia de la que se podía pensar años atrás.

Mapa de Malí. Fuente: Naciones Unidas http://www.un.org/Depts/Cartographic/map/profile/mali.pdf
Mapa de Malí. Fuente: Naciones Unidas http://www.un.org/Depts/Cartographic/map/profile/mali.pdf

Los retos de un país por construir

Las dos décadas democráticas que vivió Malí entre 1992 y 2012 sirvieron para empezar a derribar uno de los mitos con los que los estados africanos tienen que lidiar como es el de que la democracia es incompatible en el continente. No obstante, el periodo democrático distó de ser idílico, y mostró fragilidades que Malí como estado era incapaz de resolver, primero por cuestiones estructurales y también por la búsqueda constante –lógica por otra parte– de dejar contentos a todos los actores implicados en la política nacional, evitando así al máximo posible la confrontación política y los malos sabores de boca.

Malí, a pesar de su particular forma geográfica, tiene dos zonas muy diferenciadas en el aspecto étnico-religioso y económico, variables fundamentales en cualquier país africano y que a menudo influyen poderosamente en la política nacional. En este sentido, el país maliense no es una excepción, aunque sí ha sabido gestionar estos aspectos mejor que sus vecinos continentales. Al norte, en la zona sahariana, los bereberes y los tuaregs son la única presencia, aunque en el conjunto del país son muy minoritarios. Sin embargo, el sur saheliano es una mezcla de etnias negras. Como tal no hay ningún tipo de confrontación étnica en el país, y en líneas generales Malí es un lugar étnicamente inclusivo. El único punto de divergencia lo podemos encontrar en la concepción del Islam que tienen saharianos y sahelianos. El sur negro ha naturalizado desde hace siglos prácticas animistas que se han mezclado con el Islam, por lo que la corriente sufí ha acabado teniendo gran aceptación en la zona meridional, demográficamente más poblada y más densa. Como ejemplo, los musulmanes sufíes malienses veneran santos del Islam, recurren a hechiceros o tienen festividades relacionadas con acontecimientos naturales, como la lluvia o la cosecha. Esto, desde la ortodoxia islámica, donde se incluyen las corrientes salafistas que provienen desde Arabia a través del Sáhara, es aberrante, razón por la cual a ojos de los salafistas buena parte de la población maliense es infiel al Islam.

Respecto a su geografía económica, el tercer país más pobre de África tiene concentrada la actividad en torno al río Níger y los escasos núcleos urbanos existentes en Malí. Aunque el país tiene cierta riqueza mineral, especialmente aurífera, y cultiva importantes cantidades de algodón, en el norte, y en especial los tuaregs, viven de manera nómada dedicados al pastoreo que llevan siglos practicando. El escaso valor añadido de las actividades económicas llevadas a cabo en la zona septentrional expone poderosamente a sus habitantes a fenómenos externos indeseados, algo que como veremos acaban resultando determinantes en la situación política del país.

Y es que en buena medida, esa ruptura norte-sur ha modelado parte de la cultura política maliense, y ha hecho al gobierno central bastante receptivo a las reclamaciones provenientes especialmente de los tuareg, que aunque no tienen muy desarrollado ni articulado un nacionalismo propio, sí quieren dejar cierto espacio político en sus territorios respecto de Bamako.

La mayoría de países africanos se han vuelto políticamente inestables y han sufrido golpes de estado, revueltas, guerras civiles y polémicos desalojos de poder por una concepción patrimonial del Estado. En muchos territorios, la llegada al poder ha sido a menudo un instrumento para favorecer los intereses étnicos, tribales, religiosos, corporativos –el estamento militar, normalmente– y por supuesto, económicos. En Malí esto no ha ocurrido –o no tanto– principalmente por la prohibición de basar los partidos en la religión, impidiendo la aparición de partidos de corte islamista. Esto ha llevado la competición política al aspecto meramente “ideológico” –al menos como se entendería en Occidente–, pero por las características socioeconómicas del país, el electorado y las formaciones políticas se escoran inevitablemente hacia un espectro que orbita en torno al socialismo o la socialdemocracia, impidiendo que realmente haya pugna política. Además, para erradicar completamente cualquier signo de competición, y por extensión de potencial inestabilidad política, los gobiernos que se han sucedido en la etapa democrática a menudo son de concentración, por lo que no suele ser extraño que si el Presidente es del partido ganador, el puesto de Primer Ministro acabe recayendo en el segundo candidato más votado.

Al mismo tiempo que se fue generando un sistema político muy permeable a las demandas de los actores presentes en el juego por el simple hecho de evitar sistemáticamente el conflicto, la ausencia de competición acabó creando una burbuja en torno al mismo, reduciendo significativamente la resiliencia de este. Así, no tener un equilibrio entre la pretendida paz social y un pulso político medianamente vivo se ha acabado demostrando fatal para el país, si bien las dos décadas democráticas vividas han permitido crear cierta cultura política, por lo que el aletargamiento no ha sido en vano.

Azawad, el juguete roto sahariano

A mediados de enero de 2012, una insurrección tuareg –la tercera desde la independencia del país–, rompía la calma maliense. Sin embargo, esta no era como las anteriores, débiles en intensidad y sin capacidad de prosperar. En esta ocasión miles de tuaregs, con todoterrenos artillados, armamento pesado y hábiles en el combate, aparecieron en el norte del país. Además, no venían solos. Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y Ansar Dine, filial yihadista maliense del AQMI, acompañaban la ofensiva tuareg. La sofisticación de su armamento y la precariedad de medios con los que contaba el ejército maliense provocaron la caída inmediata de importantes ciudades como Kidal, Gao o Tombuctú en manos de la coalición proveniente del desierto.

Para encontrar el origen de esta repentina y potente ofensiva debemos viajar al noreste, a Libia. Cuando en octubre de 2011 Gadaffi fue asesinado, su bando rápidamente se desvaneció. Los apoyos militares del líder libio se basaban, a falta de un ejército regular potente, en las tribus afines y los mercenarios tuaregs a su servicio. Con la desaparición del Coronel, sus partidarios se retiraron de la lucha. En el caso de los tuaregs de alquiler, estos regresaron a donde habían vivido siempre, el Sáhara, sin entender de fronteras ni límites. Sin embargo, por el camino saquearon varios arsenales libios, cuyo armamento se sumó al que les había facilitado Gadaffi. Se vieron, por tanto, fuertemente armados y en condiciones de plantar cara a un débil estado como era el maliense y así conseguir de una vez sus ansiadas demandas autonomistas, desoídas en los últimos años a pesar de las fuertes sequías que había sufrido el norte del país, perjudicando fuertemente el pastoreo, su principal modo de vida.

Consecuencias geopolíticas en el continente africano de la caída de Libia. Fuente: Le Monde Diplomatique
Consecuencias geopolíticas en el continente africano de la caída de Libia. Fuente: Le Monde Diplomatique

Ante el empuje de yihadistas y tuaregs, el ejército malí acabó en desbandada, algo que molestó a los militares del país por los pocos medios a disposición de las Fuerzas Armadas. En marzo de ese año, el capitán Amadou Sanogo daba un golpe de estado, deponía al presidente Touré y reclamaba una mejora en la situación de los militares malienses para combatir a los tuareg. El Estado estaba a punto de colapsar por la inestabilidad interna. Con la finalidad de favorecer la vuelta al orden constitucional, los actores internacionales con influencia en el país cerraron filas para presionar al gobierno golpista. La CEDEAO cerró las fronteras de los países vecinos de Malí; la Unión Africana suspendió la membresía del país; FMI, Banco Mundial y los Estados Unidos cancelaron inmediatamente los programas de ayuda, y Francia y el Consejo de Seguridad de la ONU condenaron enérgicamente el golpe. Completamente aislado y con unos tuareg que en abril habían declarado la independencia de Azawad –lo que ellos consideran su hogar histórico–, el nuevo gobierno maliense tuvo que ceder y abrirse a una nueva transición democrática.

Sin embargo, el harakiri político ejecutado por Sanogo no fue sino un valioso tiempo ganado para la coalición rebelde, que pudo avanzar hacia el sur y tomar algunas ciudades clave mientras en Bamako desorientaban más y más a un país al borde de perder una guerra y, como mínimo, la mitad del territorio.

Para entonces, los tuareg se habían constituido en el Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad (MLNA), y aunque compartiesen objetivo bélico con los yihadistas de Ansar Dine, como era derrotar al estado maliense, la forma, pero sobre todo, el escenario post-bélico, distaba enormemente de converger. Y es que con el impasse otorgado por Bamako, tuaregs y yihadistas se dieron cuenta del abismo que les separaba. Los islamistas pretendían imponer la Ley Islámica en el territorio conquistado, mientras que el movimiento tuareg es eminentemente secular, en la línea con el promovido históricamente en Malí. Así, cuando los miembros de Ansar Dine empezaron a aplicar la Sharía en el norte del país, a imponer el velo islámico y a demoler tumbas milenarias en Tombuctú, los tuareg fueron conscientes de que su lucha había sido secuestrada por los salafistas. Por si quedaba alguna duda de la deriva islámica que se estaba produciendo, las acciones de Ansar Dine fueron bendecidas por Boko Haram y Al Qaeda.

Enero 2013 rebelión Malí - Wikipedia

Así, lo que en un principio era una revuelta de carácter independentista –no sería la primera en África–, por lo general más legitimada y con menor impacto mediático, se había convertido en el inexorable avance de un grupo yihadista hacia la capital de un país con una posición estratégica en el África Occidental; la puerta a la costa de esta región. A pesar de que las primeras medidas militares internacionales se habían tomado en septiembre de 2012, con la CEDEAO encargada de formar una misión militar conjunta africana, esta organización, así como los países africanos participantes, mostraban su faceta más débil al necesitar de meses de preparativos de cara a estar operativos y poder entrar en Malí. Tiempo, precisamente, era de lo que no se disponía en el África Occidental.

Cuando en enero de 2013 los islamistas toman la ciudad de Kona y amenazan Mopti, ciudad estratégica en el río Níger y a tan solo 600 kilómetros de Bamako –los yihadistas ya habían avanzado 1000 kilómetros–, todas las alarmas se encendieron. De caer Mopti, la antesala de Bamako, el desplome del país podía ser definitivo, convirtiéndose Malí en un estado fallido controlado de facto por los yihadistas. En aquellos días se hablaba de un “Afganistán africano”. Con este escenario, al día siguiente de la caída de Kona, Francia, con el apoyo de Naciones Unidas y el ya transitorio gobierno de Bamako, lanzaba la Operación Serval, un despliegue de medios aéreos y terrestres que castigaba duramente a los yihadistas de Ansar Dine. Aunque las críticas fuesen recurrentes en relación a la motivación imperialista francesa, lo cierto es que en unas pocas semanas la coalición franco-maliense había reconquistado todas las ciudades del país a excepción de Kidal, al este, y había obligado a los salafistas a refugiarse en las montañas del noreste del país, dando prácticamente carpetazo a la guerra y salvando in extremis la integridad de Malí –y por extensión la de una decena de países más.

Tal es la importancia de volver a vertebrar y fortalecer Malí que Naciones Unidas aprueba una misión de mantenimiento de la paz, la MINUSMA, así como la Unión Europea una misión de entrenamiento para el ejército maliense, la EUTM Malí. No es casual que hasta tres actores de alto perfil para la paz y la seguridad en la zona –ONU, UE y Francia– se encontrasen simultáneamente en el país. En gran medida gracias al respaldo internacional a Malí, el 20 de junio de 2015 se pudo firmar un acuerdo de paz entre los tuareg y el gobierno central. Aun siendo un pacto frágil –los tuareg no son un grupo homogéneo y centralizado– parece tener bastante respaldo de los rebeldes, lo que permitiría un regreso a un escenario de relativa calma, sin olvidarnos de los grupos yihadistas que todavía circulan por el desierto.

Míster Marlboro y un sinfín de ilegalidades

La rebelión tuareg, su éxito, y el secuestro de esta por un grupo yihadista desempolvó la teoría del dominó, esta vez aplicada a África. Si Al Qaeda tomaba el poder en un país tan grande y geográficamente central como Malí, fácilmente su yihad podía extenderse a lugares donde este problema no existía. Países de importancia económica para la región como Senegal, Costa de Marfil, Burkina Faso o el sur de Níger podían quedar seriamente expuestos a la propagación del islamismo de caer Malí en la órbita yihadista. Si AQMI conseguía enlazar su zona de control o influencia con la de Boko Haram en el norte de Nigeria, el caos en el oeste africano podía ser total.

Sin embargo, al mismo tiempo que se identificaba el terrorismo transnacional como una de las principales amenazas para la región, reflotaba una cuestión que no se puede pasar por alto a la hora de hablar de seguridad en muchos lugares de África: el terrorismo es sólo una pata del entramado criminal enraizado en el oeste continental.

Malí hace de puente entre cuatro zonas muy concretas e importantes de África, tanto a nivel latitudinal como longitudinal. En el eje Norte-Sur, situado mitad en el Sahel, mitad en el Sáhara, el territorio maliense divide lo que podríamos considerar el África mediterránea occidental –Marruecos y Argelia, principalmente– del África subsahariana abierta al golfo de Guinea. En un sentido Oeste-Este, el sector saheliano maliense divide la cara más atlántica de África del interior saheliano del continente. Dentro del cuadrante noroeste africano, Malí es la puerta para tomar cualquier dirección. Si a esto le añadimos la extrema porosidad de las fronteras en la zona, el país malí es lugar de paso para todo tipo de actividades lucrativas, especialmente delictivas.

MÁS INFORMACIÓN: Transnational Organized Crime in West Africa, UNODC

Mokhtar Belmokhtar era un comandante del AQMI curtido en casi todos los conflictos islamistas importantes desde Afganistán en los años ochenta. En el Magreb se movía con tremenda habilidad a pesar de ser tuerto, y su poder y popularidad acabó siendo tal que se desvinculó del AQMI para formar su propia brigada yihadista, al-Mua’qi’oon Biddam (Aquellos que firman con su sangre). Sin embargo, aquí nos interesa más su apodo, Míster Marlboro. Y es que Belmokhar se convirtió en todo un contrabandista de tabaco durante la década de los noventa, permitiendo así financiar su yihad. Hoy no es tanto tabaco sino drogas, armas y personas lo que circula en cantidades masivas –y bien remuneradas– por el Sahel.

Para el caso de los estupefacientes, estos proceden fundamentalmente de países latinoamericanos como Colombia, Venezuela o Brasil. Cruzan el Atlántico en avión o en barco, llegando a puntos de la costa en Mauritania, Senegal, Guinea o Sierra Leona; directamente a Malí si van vía aérea. Desde los países costeros africanos se traslada por tierra hasta ciudades malienses del centro y el norte del país, donde las tribus tuareg y los distintos grupos de crimen organizado tienen más control. Posteriormente, desde ciudades como Gao, Tombuctú o Kidal se envían los cargamentos por aire o por tierra hacia el norte, hacia la costa magrebí, con la intención de pasar la droga a Europa.

Algo similar ocurre con el tráfico de armas. Al no ser África un continente productor de armamento, todo el que corre por la zona es comerciado, legal o ilegalmente. Dadas las características geopolíticas del lugar, los flujos de armamento ilegal son de suma importancia, ya que en buena medida facilitan o dificultan el surgimiento y la finalización de conflictos armados, especialmente aquellos en los que están involucrados un estado contra un actor no estatal.

Así, la importancia de Malí dentro de estos flujos armamentísticos también es considerable, ya que la banda saheliana es uno de los grandes corredores por los que el crimen organizado y los grupos terroristas mueven los cargamentos de armas de un país a otro. Del mismo modo, la desestabilización de Libia ha supuesto que grandes cantidades de armamento, tanto en cantidad como en calidad, hayan quedado abandonadas, y grupos o facciones que estaban combatiendo en dicho conflicto se han apoderado de ellas, empleándolas para sus propios fines políticos o simplemente vendiéndolas a otros actores.

La situación de Malí también es clave en los tráficos ilegales de personas, pero además es un punto de paso casi obligado en las migraciones de la región, quedando el país altamente expuesto a los movimientos de población en la zona. El principal destino inmigratorio de los ciudadanos de países del Magreb y del África Occidental es Europa. Por ello, el objetivo prioritario de estos inmigrantes es llegar a un punto de la costa africana desde el que puedan embarcar para intentar entrar ilegalmente en un país europeo cruzando el Mediterráneo, España e Italia. Los puntos de partida más habituales en los últimos años son Mauritania, Marruecos y Libia, desde donde pasan a las Islas Canarias, la costa andaluza y el litoral italiano, respectivamente. Para llegar allí, especialmente los inmigrantes subsaharianos, el tránsito por Malí es casi obligatorio, puesto que supone el lugar de lanzadera desde el que atravesar el Sáhara y llegar a Argelia, desde donde podrán cruzar a Marruecos y de ahí a España, o a Libia, desde donde podrán intentar pasar a Italia.

Flujos ilícitos entre el Atlántico y el Mediterráneo a través de África. Fuente: Global Initiative http://www.globalinitiative.net/programs/governance/atom-illicit-trafficking-from-the-atlantic-to-the-mediterranean/
Flujos ilícitos entre el Atlántico y el Mediterráneo a través de África. Fuente: Global Initiative http://www.globalinitiative.net/programs/governance/atom-illicit-trafficking-from-the-atlantic-to-the-mediterranean/

 

MÁS INFORMACIÓN: Diagnóstico geoestratégico del conflicto en Malí, IEEE

Así, con toda la inestabilidad que protagoniza actualmente el Mediterráneo y el Magreb, no conviene olvidar que los problemas en África son contagiosos, muchas veces con un origen a cientos de kilómetros y nunca aislados. El Sahel es la siguiente zona geoestratégica a considerar, y dentro de esta, Malí se ha convertido en un territorio de importancia vital. El país no ha conseguido volver a la calmada etapa prebélica, y es probable que tarde en hacerlo con tantos ojos y, sobre todo, tantos intereses en el país.

Acerca de Fernando Arancón 71 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
Contacto: Twitter

3 comentarios en Malí, ¿el pivote geoestratégico del África Occidental?

  1. Al principio vi con buenos ojos el alzamiento de los touareg, que no tienen un país propiamente suyo pero como muy bien has escrito, la caída de Gaddafi provocó que los islamistas tomaran la delantera en la rebelión exactamente como ha pasado en Siria. Una pena.

    • La cuestión tuareg viene un poco por lo comentado (criticado implícitamente) en la serie de artículos sobre fronteras. Sacralizar el estado-nación ha tenido como consecuencia que muchos grupos étnicos que eso del estado o la nación ni les va ni les viene hayan acabado forzando uno propio porque no tienen cabida en las unidades políticas en las que les ha tocado vivir. Y eso, desde una perspectiva internacional, es un desastre, porque especialmente en África te lleva a la “balcanización” del continente.
      Los tuareg nunca han tenido ni han querido un estado, pero han acabado por tener casi exclusivamente esa salida si quieren hacer valer sus intereses (y eso que el estado maliense es bastante comprensivo con la descentralización de las regiones de mayoría bereber y tuareg)

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