Los caprichos fronterizos de África

Si por un casual nos encontrásemos en el norte de Malí y mantuviésemos un rumbo septentrional, no seríamos conscientes de haber pasado a territorio argelino a no ser que topásemos de manera casual con un cartel o poste que así nos lo indicase. La inmensidad del desierto sahariano seguiría siendo la misma, y la frontera atravesada tan imperceptible como real. Ahí, en los mapas, existe una línea perfectamente recta que se extiende durante cientos de kilómetros sin cambiar un ápice su rumbo, marcando el límite entre ambos países.

Este trazo cartográfico no es ni casual ni único en el continente africano. De hecho, las fronteras a escuadra y cartabón son numerosas y fácilmente identificables con un mapa delante. Aunque su influencia, por lo general, no es demasiado grande sobre las comunidades humanas del continente africano por estar delineadas a lo largo de gigantescas áreas desérticas, suponen un buen ejemplo del arbitrario ejercicio fronterizo que se hizo en África a finales del siglo XIX, y cuya perpetuación es explicativa de numerosos conflictos que ha sufrido el continente desde las oleadas descolonizadoras en la segunda mitad del siglo XX.

África, ¿capital? Berlín

El estado maliense, o más bien su cambiante historia, es un buen ejemplo del devenir africano a lo largo de los siglos, con sus luces y sombras. A caballo entre el siglo XIII y XIV gobernó el entonces Imperio de Malí, que se extendía por la zona occidental del Sahel y vertebrado por el río Níger, Mansa Musa, quien se estima es, todavía hoy, la persona más rica que jamás ha vivido en el planeta con una fortuna de 400.000 millones de dólares actuales. Su extrema riqueza, apuntalada por el oro –Malí fue durante muchos siglos el mayor productor de oro del mundo– y la sal, permeó al territorio que dirigía, y ciudades como Tombuctú aparecieron en los mapas medievales como un centro obligado para el comercio.

Con su muerte, el imperio que gobernaba entró en decadencia, así como el esplendor de su reinado. Los distintos reinos e imperios existentes en el África subsahariana se sucedieron sin demasiada gloria mientras los primeros puestos comerciales y las primeras colonias de países europeos empezaban a instalarse en las costas del continente africano.

África en 1880

Este modelo de coexistencia entre entes políticos africanos –reinos, imperios o territorios tribales– y las posesiones occidentales se sucedió durante cientos de años. No sería hasta el último cuarto del siglo XIX donde la carrera colonialista europea hiciera que el mapa de África cambiase radicalmente. Las revoluciones industriales, así como la búsqueda del ego patrio, propiciaron la extensión territorial de las potencias del Viejo Continente hacia el interior africano. Y es que para el año 1880, y obviando la situación en el Magreb, la presencia europea en África era escasa. Francia había conseguido alguna posesión a lo largo del río Senegal –que acabó resultando en el territorio homónimo–, un pequeño territorio costero bautizado como Costa de Marfil y un diminuto enclave situado en lo que hoy sería Djibouti. Reino Unido, entonces ya indiscutible potencia global, no andaba muy por delante. En la costa occidental africana apenas poseía pequeños territorios litorales como Gambia, Sierra Leona o Costa de Oro, y sus dos joyas africanas se situaban en cada punta del continente, véase el continuo entre Egipto y Sudán, vertebrado a través del Nilo, y la actual Sudáfrica, compartida entonces con los bóers. Otras potencias históricas en el continente africano de segundo nivel, bien conservaban posesiones insulares y costeras obtenidas siglos atrás, como era el caso de España y Portugal, o todavía su presencia no se había hecho efectiva, refiriéndonos a Alemania, Italia y Bélgica.

Así, a falta de dos décadas para finalizar el siglo, los europeos se lanzaron frenéticamente a la conquista del interior africano. Los criterios dictados por las necesidades de las metrópolis primaban la adquisición de territorios de fácil acceso, costeros o fluviales, en cuyos alrededores hubiese cierto potencial económico, como explotación mineral, forestal o agraria, además de un mercado para las manufacturas europeas. Sin embargo, en muchos casos ese proceso de expansión acabó derivando en un acaparamiento de territorios; tener más superficie que el vecino se volvió casi una obsesión, aunque fuesen densas selvas o interminables desiertos. Sobre un mapa quedaba bien, y eso, a finales del siglo XIX, era un espaldarazo al prestigio imperial de la metrópoli.

África - Historia - Poder - Repartición de África en la Conferencia de Berlín

No obstante, aquella lucha por el dominio sobre el último continente a colonizar no estuvo exenta de riesgos bélicos. Europa, en plena Paz Armada, se veía con demasiada frecuencia en el filo de la navaja, consciente de que cualquier malentendido o disputa en África solucionada mediante los rifles podía desembocar en una guerra en el Viejo Continente.

Para intentar poner solución a la locura colonialista que se estaba viviendo en África, Bismarck, quien desde Alemania manejaba los hilos de media Europa, se decidió a convocar una conferencia con la finalidad de tratar la expansión colonial e intentar encauzarla con el compromiso de todas las potencias. Además, con esta excusa intentaría que el Imperio Alemán obtuviese una parte del pastel africano. Así se inició a finales de 1884 la Conferencia de Berlín, cuyos objetivos primordiales eran establecer las reglas por las que una potencia colonial podría adjudicarse un territorio y acordar los límites territoriales o de influencia de cada metrópoli europea en el continente africano. Los mayores interesados y beneficiados de esta conferencia, además de la propia Alemania, serían Reino Unido, Francia, Portugal, Bélgica, España e Italia. Asistieron también otros países europeos con menores intereses y ninguna posesión, pero ninguno de los dos países africanos independientes del momento, Liberia y Abisinia, fueron invitados.

No obstante, la cuestión fronteriza sería la que a largo plazo más consecuencias tendría para África, ya que en buena parte los límites fijados entonces se han perpetuado hasta hoy. Se partió de la base de que había que respetar en la medida de lo posible los territorios adquiridos por las distintas potencias, especialmente Reino Unido y Francia, a la vez que esto se compaginaba con cierto control hacia dichos imperios de ultramar, con la finalidad de que no fuesen ni demasiado extensos ni territorialmente continuos. Francia quería un imperio africano de la costa atlántica al Índico, al igual que los británicos ansiaban unir El Cairo con la colonia de El Cabo –el sueño imperial de Cecil Rhodes. Sin embargo, todos los países presentes en la conferencia eran conscientes de la imposibilidad de aquellos deseos territoriales. La solución, casi salomónica, fue rediseñar el mapa africano de tal manera que los imperios africanos se fuesen intercalando territorialmente. Ninguno tendría continuidad territorial, ya que estaría taponado en uno o varios puntos por territorios de otra metrópoli.

Así surgieron territorios como el África Oriental Alemana; Camerún, también para los germanos, o el Congo Belga, un territorio gigantesco cedido no a Bélgica sino a su rey, Leopoldo II, que se encargó de explotar el lugar con mano de hierro, causando entre 5 y 10 millones de muertos, lo que ha acabado convirtiendo al monarca belga en uno de los mayores genocidas de la historia.

Los límites entre colonias fueron trazados igualmente bajo criterios totalmente políticos. Dado que la finalidad era crear una red de territorios taponados entre sí, muchos accidentes geográficos como ríos o lagos fueron aceptados como fronteras, al igual que otra considerable proporción de las mismas fueron un ejercicio de arbitrariedad sin ni siquiera considerar la propia geografía física. De ahí, por ejemplo, las fronteras rectilíneas o el hecho de trocear entre varias potencias un territorio más o menos homogéneo, como el Marruecos hispano-francés o la Somalia partida entre franceses, británicos e italianos. Y eso sin contar con los diminutos enclaves con los que gozaban algunas potencias, aislados del grueso colonial, caso de la Cabinda portuguesa o la serie de pequeñas colonias que se sucedían a lo largo del litoral del África occidental.

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Para un asunto a priori tan complicado como era la repartición de un continente entero, la Conferencia de Berlín dio por satisfechos sus objetivos a los tres meses; en febrero de 1885 la tarta africana había sido convenientemente distribuida, y asuntos secundarios como la libre navegación por los ríos Níger y Congo gozaban de la aceptación de los asistentes. Si en 1880 las posesiones europeas en África eran casi testimoniales, cinco años después raro era el territorio que no escapaba al dominio de alguna metrópoli. Aquel ordenamiento territorial no es que calmase completamente los ánimos, pero sí consiguió relajarlos y que se fraguasen más lentamente. Francia y Reino Unido, por ejemplo, estuvieron a punto de entrar en guerra en Sudán, aunque la cordura se impuso en París y Londres. Unos años antes Italia había pretendido sacar tajada del escenario post-berlinés invadiendo Abisinia, un territorio económicamente con mayor potencial y que daba más prestigio a Roma, ya que las únicas posesiones italianas en África se limitaban a Eritrea y Somalia. Sea como fuere, el ejército italiano sucumbió ante las tropas etíopes, viéndose obligado a firmar la paz en una de las derrotas más vergonzantes para un país europeo en los últimos siglos.

Nuevos soberanos y antiguos límites

Aquellas fronteras trazadas por británicos, franceses y otros vecinos europeos serían inamovibles durante décadas. Sólo habría cambios como consecuencia de las dos guerras mundiales en lo relativo a la potencia administradora de los territorios. Así, Italia arrebató a los otomanos el control de Libia en 1911, añadiendo otro espacio a lo que Mussolini calificaría años después como “colección de desiertos”. La Gran Guerra, sin embargo, despojó a Alemania de sus posesiones africanas, repartidas entre Francia, Reino Unido y la Unión Sudafricana –hoy Sudáfrica–, a quien se le otorgó la actual Namibia en forma de mandato. La anexión en 1935 de Etiopía por parte de Italia privó menos de una década de la independencia al imperio africano, ya que con la derrota del régimen italiano sus colonias desaparecieron con él, pasando tanto Somalia como Libia a manos británicas.

África - Historia - Fronteras en África

Con todo, los verdaderos problemas de los ejercicios de fronterización decimonónicos no se comprobarían hasta las oleadas descolonizadoras de la segunda mitad del siglo XX. Con la aparición de decenas de estados independientes, que heredaron sin ningún tipo de capacidad de modificación los límites impuestos en otro tiempo por la metrópoli, se hacían evidentes cuestiones que pocos años después comenzarían a resquebrajar los ya de por sí frágiles estados africanos.

Partiendo del hecho de que la consecución del estado-nación es prácticamente imposible en África dada su conformación sociocultural, la delimitación colonial no ayudaba a minimizar las contraindicaciones de estados étnicamente muy heterogéneos. Las nuevas fronteras, en muchos casos, habían separado a una etnia en dos o más estados, o habían dejado dentro de un mismo territorio grupos étnicos cuya relación no era cordial, a menudo por un desequilibrio demográfico entre ambos que en muchos casos se traducía en una inestabilidad del poder y desafección con la élite gobernante, bien por no respetar a las minorías, bien por no representar a la mayoría social del país, con la correspondiente pérdida de legitimidad.
Por si esto fuera poco, con la creación de la Organización para la Unidad Africana (OUA) en 1963 se institucionalizó la intangibilidad de las fronteras. Tanto la propia OUA como los estados signatarios –todos los estados africanos independientes en aquella época– se comprometían a respetar las fronteras heredadas de la descolonización. Desde la ventaja que da conocer la historia esta decisión puede parecer un error calamitoso, pero lo cierto es que en aquella época fue el menor de los males. De no haberse trazado esa línea roja, el número de conflictos intra e interestatales en África podía haberse disparado.

De hecho, la OUA nació en buena medida con el objetivo contrario, esto es, la superación de las fronteras nacionales a través del panafricanismo, ya que la mayoría de líderes fundadores eran fervientes partidarios de la integración continental. Incluso en los años sesenta hubo efímeras federaciones, especialmente en el África occidental, que hicieron vislumbrar una victoria en favor de la unificación, aunque acabaron diluyéndose por la debilidad estatal, los problemas estructurales económicos, políticos y sociales que asediaban a los jóvenes estados, y eso sin contar con injerencias externas estadounidenses, británicas, francesas o soviéticas en plena Guerra Fría.

A pesar de todos estos esfuerzos por hacer de los trazados fronterizos una cuestión menor, la realidad ha mostrado que raro es el país africano cuyos límites no están discutidos o directamente no se conocen con precisión. Y es que las cuestiones identitarias han sido un acicate constante por parte tanto de las élites centrales –los regímenes que se iban sucediendo en el poder– como de movimientos independentistas o autonomistas que han proliferado con el paso del tiempo en numerosos puntos de África. La diferenciación étnica, religiosa o los intereses económicos a menudo han servido para iniciar disputas territoriales, en muchos casos a través de la violencia.

La Guerra de Biafra fue uno de los casos más dramáticos. Cerca de un millón de muertos y millones de desplazados para que nada cambiase en un país con profundas rupturas internas. Y es que Nigeria también fue protagonista junto con Camerún en uno de los conflictos potencialmente más peligrosos del continente, ya que desde 1980 ambos mantuvieron un pulso sobre la península de Bakassi, bajo control nigeriano y con nutridos yacimientos petrolíferos. Finalmente, en 1994 Camerún decidió acudir a la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya para dirimir definitivamente la cuestión fronteriza. En 2002, la Corte dio la razón a Camerún, y el gobierno nigeriano poco a poco fue abandonando la región hasta que en 2008 la península pasó a estar completamente bajo soberanía camerunesa.

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Afortunadamente, dentro del centenar de disputas sin resolver que dejó la retirada europea de África, muchos casos se han resuelto o se están tramitando de manera pacífica –aunque no carentes de tensión. Delimitaciones marítimas entre Túnez y Libia, la controversia entre Tanzania y Malawi en el lago Nyasa o el reciente intercambio de aldeas entre Níger y Burkina Faso son ejemplos de que la herencia colonial poco a poco se va ajustando.

El largo camino de rediseñar un continente

Sin embargo, que el tabú de la inalterabilidad de las fronteras se esté relajando en el presente siglo es en buena medida gracias a la superación del mismo con tres excepciones, cuyas consecuencias, aunque no ideales, han demostrado que las precauciones de la descolonización pueden empezar a repensarse. Quien primero rompería las normas de la OUA sería Eritrea en 1993, votando a favor de la independencia tras participar en la eterna guerra civil etíope. El estado fue internacionalmente reconocido y a pesar de tener varios conflictos con sus vecinos –fronteras sin delimitar–, su independencia está internacionalmente legitimada. No pasaría lo mismo con Somalilandia y Puntlandia, escindidas de Somalia en 1991 y 1998 respectivamente en el perpetuo clima de guerra que vive el país desde hace un cuarto de siglo. Aunque estos estados son independientes de facto, son estables y se gobiernan con cierta solvencia, no son reconocidos a nivel internacional por el hecho de no sentar un precedente en la Unión Africana con una secesión surgida de una guerra civil sin acuerdo popular de por medio.

El último caso, quizá más legitimado por el precedente eritreo y por la guerra civil que llevaba décadas carcomiendo el territorio, fue el de Sudán del Sur en 2011. Su secesión del norte implicaba la primera independencia africana en el siglo XXI, en un momento en que los conflictos intraestatales se han relajado notablemente y los interestatales prácticamente han desaparecido. Entonces, y todavía hoy, la pregunta sería si el nacimiento de Sudán del Sur ha iniciado una nueva era en la territorialidad africana.

La Unión Africana sucedió a la OUA en 2002, y lo mismo pasó con su esencia fronteriza. Ahora bien, la nueva organización ha puesto el tema fronterizo en la primera página de la agenda. Desde 2007 se lleva desarrollando un programa sobre fronteras, y uno de sus primeros estudios estuvo dedicado a la simple delimitación de las mismas. Las conclusiones no podían ser más demoledoras: el 70% de las fronteras africanas, más de 40.000 kilómetros, no estaban bien demarcadas sobre el terreno o directamente el límite entre dos países es desconocido. Esto, lógicamente, afectaba a los más de cincuenta estados del continente; así pues, para hablar con rigor y conocimiento de las fronteras, el primer objetivo era conocer su situación con precisión, un asunto nada fácil dada la envergadura del kilometraje a estudiar.

Ahora bien, en África siguen existiendo “independencias congeladas”, cuyas reivindicaciones surgen cíclicamente, especialmente en momentos de inestabilidad política interna. Así, la ruptura de Somalia de iure sigue encima de la mesa, a la que se suman cuestiones como las reivindicaciones en la angoleña Cabinda, el recientemente pacificado conflicto en Casamance, que desde 1980 mantenía a Senegal en guerra, o el recurrente conflicto tuareg en el norte del Sahel, especialmente en Malí y Níger. Todos ellos, amén de algún otro, mantienen viva la herencia colonial, y a pesar de los esfuerzos tanto de la Unión Africana como de los propios países del continente en favor de la integración regional, no consiguen sofocar las demandas que llevan décadas arrastrando. No obstante, la naturaleza de las amenazas que en la actualidad ponen en jaque a los estados africanos, como el yihadismo o el crimen organizado, paradójicamente no conocen de fronteras. Otra realidad de África que enmascara los múltiples contextos en uno de los continentes más variopintos del mundo.

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Acerca de Fernando Arancón 72 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
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3 comentarios en Los caprichos fronterizos de África

  1. Sería interesante plantear cómo la existencia de estas fronteras es la generadora de inestabilidad en el maghreb. Concretamente, hablar de la desintegración de la Libia de Gadafi y sus efectos en las fronteras norte de Chad y Níger por parte de los grupos tribales de dicha región. Francia ya está realizando ejercicios con paracaidistas y fuerzas especiales con vistas a la protección de las (sus) minas de uranio de la región.
    Un saludo.

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