El ejército turco: el dique secular

La institución más respetada en Turquía continúa siendo su Ejército. Pese a que la fama de este entre la población turca ha caído en los últimos años siguen siendo vistos con buenos ojos por la gran mayoría. Los militares, desde la fundación de la República, han contado con el beneplácito de la sociedad civil, al menos de gran parte de ella, en cada una de las acciones que han llevado a cabo, incluso cuando estas han significado un cambio en la política del país.

No podemos dejar de preguntarnos acerca de la razón que hace que el ejército turco posea esa legitimidad para actuar sin que sea visto como una violación del espíritu democrático del Estado. Esto sólo puede comprenderse cuando se analizan los valores que conforman la República de Turquía y en particular el proceso y participantes que fundaron el país. Los militares siempre se han visto, en especial durante la segunda mitad del siglo XX, con el deber de velar por los valores e ideales del Estado turco; esta situación ha llevado a diversas intervenciones y a una relación cívico-militar cuanto menos peculiar.

Las obras de contención comienzan

La relación entre el ejército y el gobierno se remonta al Imperio Otomano, donde los jenízaros –la unidad con mejor formación dentro de la fuerza militar del imperio– llegaron a alcanzar un papel relevante en la política exterior e interior del sultanato. Y es ahí donde está el origen, o más bien las chispas, que avivarían un fuego que iluminará la política del país a lo largo de todo el siglo XX.

A finales del siglo XIX, ante el progreso y carrera armamentística de otros estados, el gobierno otomano invirtió en la modernización de la gran mayoría de sus instituciones, centrándose en particular en el campo militar, al igual que muchos de los países vecinos. El proceso de modernización hizo que numerosos militares entraran en contacto con tácticas occidentales y recibieran una formación más europea, lo que fue generando una base de militares intelectuales críticos con el sistema.

Es este un punto relevante en el que la fuerza opositora se fue trasladando desde una clase intelectual exiliada hacia aquellos jóvenes militares dentro del territorio otomano. Uno de los factores que más favoreció la vinculación político-militar fue el que muchos de aquellos entre las filas de los Jóvenes Turcos –partido de corriente nacionalista progresista– pertenecían a las fuerzas armadas. Esto, junto a la frustración existente por la mala gestión y la falta de apoyo, favoreció que muchos militares alentaran la revolución de 1908.

En líneas generales ese era el caldo de cultivo que ayudó a la posterior presencia militar en la vida política; aun así, no podemos dejar de hablar de cómo Mustafa Kemal –conocido como Atatürk, que traducido del turco significa “padre de los turcos”–, cuya presencia inunda toda dimensión dentro del Estado turco, influyó en el pensamiento de los militares con respecto a su relación con el gobierno y su deber para con los valores de la República.
Dentro del ejército Atatürk adquirió relevancia, fue la institución que ayudó a darle a conocer, a afianzar su dominio y leyenda, pero sobre todo la que más cerca estuvo de sus ideas y, por consiguiente, mejor interiorizó estas. La relación entre el padre del país y los militares hace que para muchos la institución sea una herencia del propio Kemal. El ejército estaba destrozado, en un momento de decadencia tras una Gran Guerra desastrosa y una terrible derrota contra Grecia; por un lado los militares sufrían de una desmoralización general y por otro, las filas se llenaron de nuevos reclutas. Esos jóvenes cadetes estaban, al igual que la mayoría de los mandos, descontentos con la gestión del sultán. Para cuando la guerra de independencia estalló el modelo presentado por Kemal les había convencido, no sólo porque eran tenidos en cuenta y comenzaban a tener las victorias tan ansiadas en batalla, sino porque además el líder era un compañero, un miembro de la clase castrense.

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En cuanto la guerra terminó, Mustafá Kemal comenzó a implementar sus reformas manteniendo al ejército alejado de la política; los nuevos líderes eran conscientes de la necesidad de un ejército fiel para mantener el statu quo, por lo que se les utilizó tanto como recurso para implementar medidas como para acabar con obstáculos en el afianzamiento del Partido Republicano del Pueblo, lo que hizo que nunca dejaran de estar presentes en la vida política, vinculados al kemalismo y al propio Ataturk. Desde este momento los militares fueron instruidos de acuerdo a las nuevas ideas del Estado, y sobre todo en que ellos eran el último garante de la nueva Turquía y sus valores.

La Marea no supera la barrera

Tras la revolución los líderes sabían que no se podía permitir una democracia multipartidista, ya que la fuerza del islam y el rechazo al secularismo haría que los partidos religiosos acabaran por superar a las fuerzas seculares; consecuentemente se implantó un sistema unipartidista con el Partido Republicano del Pueblo como único jugador.

Ya en los años 50 y tras la reforma democrática con el consiguiente multipartidismo, controlado con lupa, todo sea dicho, el Partido Demócrata obtuvo la victoria, hecho que influiría sobremanera en el intervencionismo militar. Las políticas de este partido no agradaron a ejército ni oposición, por ir en contra de los intereses de kemalistas y seculares; si añadimos el desajuste económico fruto del resurgir de las potencias europeas y la reforma que el Partido Demócrata intentó llevar a cabo sobre la estructura de mandos militares, nos topamos con una tensión difícil de sobrellevar.

Como consecuencia, el 27 de mayo de 1960 el primer golpe militar tuvo lugar. No se parece a los que le seguirían; si algo se ha de resaltar es la relevancia de la clase media de mandos, el generalato de tendencia kemalista había perdido su fe como reacción a la entrada en OTAN y el proceso democratizador. Ante esto, aquellos militares de medio rango en contacto con ejércitos occidentales y manteniendo la idea secular kemalista, decidieron actuar. Se caracterizó por la existencia de dos corrientes que representaban muy bien la idea general dentro del ejército: una de corte más autoritario y otra, la que triunfaría, con una idea más romántica, una visión en la que el ejército intervenía para acabar con el autoritarismo y devolver la democracia a los ciudadanos. Pese a que se siguió un proceso así, la presencia de los militares perduró hasta mitad de década, una vez habían fijado una buena estructura de control.

Captura de pantalla 2015-11-02 a la(s) 22.27.38La intervención de los 60 no impidió que el surgimiento de nuevos movimientos, sobre todo de izquierdas, y los problemas de gestión desestabilizaran la política interna. De nuevo, los militares, temerosos de que los movimientos revolucionarios calaran en el ejército, intervinieron: liderados por los altos mandos acabaron con el gobierno. Si bien no se hicieron con el poder ejecutivo, sí que consiguieron dos objetivos primordiales: por un lado prohibieron partidos que podrían suponer una amenaza para el Estado en el futuro y por otro llevaron a cabo reformas constitucionales que no hicieron más que aumentar su poder.

Tras este golpe la República de Turquía entró en la que puede ser considerada como la etapa más convulsa de su historia, que finalizaría una vez más con una intervención militar. A nivel internacional Turquía se vio afectada por el aislamiento; su intervención en Chipre no agradó a muchos de sus aliados e hizo que se quedara sin apoyos de muchos de sus colegas occidentales, además hay que tener en cuenta el impacto que la guerra del Yom Kippur tuvo en la economía energética de numerosos países de la región. Tenemos que añadir el conflicto interno que en el que estaba sumido el país; grupos extremistas se enfrentaban en las grandes capitales de la República, el conflicto llegó a tal nivel que la cifras de muertos y heridos superaron a las de la guerra de independencia contra aliados y griegos en 1923; todo esto aderezado con la consiguiente inflación y endeudamiento del Estado que incapaz de mantenerse por sí sólo se vio forzado a pedir créditos a terceros.

Sin embargo, el panorama varió a finales de los años 70, un cambio que volvió a situar a Turquía en la mesa de juego y que hizo que fuera necesaria su estabilización. Su vecino Irán en el este pasó por un proceso de revolución islámica que alteró el statu quo de la región, además los conflictos de la Guerra Fría llegaron a Oriente Medio con la intervención de la URSS en Afganistán. Esta convulsión hizo que Occidente presionara al estado turco para que se centrara y comenzara, como país miembro de la alianza, a jugar su papel de moderador de la política internacional del Oriente Medio. Este apoyo exterior sirvió para que el ejército pudiera intervenir sin que desde fuera sus acciones se juzgaran en exceso.

En 12 de septiembre de 1980 los militares volvieron a la palestra. En este momento se buscaba un nuevo comienzo. Para ello se prohibieron partidos políticos, se juzgó y encarceló a gran cantidad de seguidores que, de un modo u otro, fueron considerados subversivos, incluso se prohibió por ley que líderes de distintos partidos pudieran concurrir en las futuras elecciones. Con este golpe los militares promocionaron una imagen de estabilidad, una intervención con el fin de calmar una situación insostenible, de frenar las tendencias extremistas tanto políticas como religiosas que estaban afectando a los valores de la República. Pese a este discurso acerca de la necesidad de respetar la democracia y valores del Estado, la comunidad castrense se aseguró de dejar todo muy bien atado, creando organismos que les permitirían influir tanto en la vida política como educativa y periodística. Uno de los más conocidos fue el Consejo Nacional de Seguridad cuyas opiniones tenían que ser respetadas por encima de cualquier decisión o idea del ejecutivo.

Pese a su afán por frenar la política religiosa y étnica, esta demostró ser una corriente incontenible que erosionó cualquier barrera. El Primer Ministro resultante del golpe, Turgut Özal, supo vender la imagen de kemalista secular; sin embargo, su pasado tenía muchas conexiones con sectores religiosos muy fuertes dentro de Turquía. Incentivó políticas liberales al estilo de sus contemporáneos Reagan y Thatcher, y este éxito económico fue rebajando la presencia de los militares y sus barreras. Del mismo modo, hubo una gran migración de burguesía rural musulmana procedente de Anatolia, lo que favoreció la reaparición del islam político.

En la imagen el líder del golpe de 1980 el General Kenan Evren saludando al futuro Primer Ministro Turgut Özal.
En la imagen el líder del golpe de 1980 el General Kenan Evren saludando al futuro Primer Ministro Turgut Özal.

El regreso al poder de Necmettin Erbakan –uno de los líderes religiosos en los 80–, la inflación resultado de las políticas de Özal y la insurgencia kurda del PKK en el este, fueron percibidas por distintos sectores del ejército como una nueva amenaza no sólo a sus intereses político-económicos sino también a dos valores troncales del Estado turco: el secularismo y la unidad nacional. En consecuencia, el 28 de febrero de 1997 los militares se sentaron a la mesa con su antiguo conocido Erbakan y le plantearon una serie de condiciones a cumplir por el gobierno para que las Fuerzas Armadas se mantuvieran al margen. Ante esto Erbakan renunció al cargo y el ejército sin tomar el poder directamente, puso en marcha su influencia, prohibiendo el Partido del Bienestar y terminando con la presencia del islam en la política turca, intentando de nuevo que las aguas volvieran a su cauce kemalista.

La erosión hace mella

Si tanta influencia tenían a finales de siglo, ¿cómo es que ya no están tan presentes? ¿Llegó el efecto 2000 al ejército? En realidad, podríamos hablar de la llegada de un efecto 2000, no porque hubiera un cambio en el ámbito militar, sino más bien el islam político fue el que sufrió una modificación; se varió la retórica de estos partidos y aprendieron de su pasado. Sin embargo, los militares tuvieron que afrontar los errores cometidos en los golpes anteriores, que más que acabar con las amenazas las ocultaron en un pozo en el que continuaron creciendo.

La victoria del AKP en 2002 es la muestra del rápido aprendizaje de los anteriores partidos; con un discurso más moderado pero manteniendo fiel la base islámica alcanzó el gobierno. Desde entonces una serie de factores han ido jugando un papel fundamental en la pérdida de influencia de los militares; Erdoğan ha sabido mover sus fichas con agudeza situando al ejercito ante un jaque difícil de ganar.

El factor más importante, no sólo por sus repercusiones en la importancia del ejército, sino por las razones tanto oficiales como oficiosas que llevaron a iniciarlo, es el proceso de adhesión a la UE. Los requisitos democratizadores que la UE demandaba al gobierno turco para que su candidatura se tuviera en cuenta supusieron una serie de reformas que no hicieron más que incrementar el control civil sobre la administración. Sin embargo, se puede pensar que estas reformas fueron una excusa perfecta en la que el gobierno se amparó para que las élites islámicas fueran situando a sus seguidores en puestos relevantes dentro del sistema, reduciendo el poder militar. Esta cuestión hoy en día sigue pesando mucho, no tanto para los militares como para el propio Erdoğan, ya que dentro de estos seguidores han surgido corrientes muy críticas con el partido, como el conocido Movimiento Gülen, y que pueden acabar por ser, si es que no lo son ya, una nueva amenaza igual o más complicada de afrontar que los militares.

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El Consejo Nacional de Seguridad ha pasado a estar formado por un gran número de civiles tras las reformas de 2010 promovidas por el AKP. La población en las encuestas opina que la influencia política de los militares se ha reducido mientras que se ha apreciado un incremento directamente proporcional en la influencia del islam en las instituciones de la República.

Turquía en los últimos diez años ha pasado por un período de estabilidad, la percepción de los peligros ha cambiado, lo que ha favorecido el afianzamiento de los mecanismos democráticos. Si bien tras las revueltas árabes la situación tanto exterior como interior se ha tornado más compleja, no existe el mismo riesgo de años anteriores; la percepción del ejército como guardián del Estado ha ido desapareciendo, aunque no ha dejado de ser la institución mejor valorada.

A su vez, los militares han tenido que ir haciendo frente a una campaña de acoso y derribo, sobre todo a partir de abril de 2007, cuando lanzaron el conocido E-Memorandum. En este documento el generalato dejaba clara su posición con respecto a cualquier acción anti secular. La reacción política y social supuso un punto de inflexión en las relaciones cívico-militares turcas. Tras esto el escándalo del caso Ergenekon, en el que se detuvo a miembros de las fuerzas armadas por la planificación de un golpe contra el gobierno del AKP, debilitó aún más las filas seculares dentro de los militares.

La planificación de un golpe contra el gobierno del partido islamista AKP nos muestra que existe un descontento entre las Fuerzas Armadas, quedó aún más patente en la renuncia en masa de militares de alto rango en 2011. Pese a esta situación no podemos negar que el ejército turco ha perdido influencia en favor de otros grupos que han sabido situarse en lugares de dominio como son los medios, la élite político-económica y el sistema judicial, lo que les ha facilitado devolverles el golpe a las cúpulas castrenses.

¿Diques o mar abierto?

Uno de los problemas que muchos expertos encuentran en las relaciones cívico-militares turcas es la forma en la que el ejército se ha visto a sí mismo a lo largo de los años. Como hemos comprobado los militares se han posicionado del lado del Estado, siendo ellos sus máximos defensores y sus guardianes. Puede que se haya enarbolado la bandera de la democracia en alguna de las intervenciones, y es más que probable que en muchos casos se vulnerara dicha democracia; pero ¿es esa justificación suficiente para intervenir directamente en la vida política de un país? No debemos olvidar que no se puede intentar subyugar la voluntad de una nación en pos de los valores de un Estado. En el momento en el que una parte de dicho Estado obvia la opinión del resto de ciudadanos, se vulnera de algún modo la democracia.

Al estudiar la relación de las Fuerzas Armadas turcas con la política del país uno tiene que tener siempre en cuenta que estas han sido desarrolladas bajo los pilares ideológicos de la República; unos pilares, como el secular, que han intentado ser vencido en numerosos procesos electorales, no mediante la fuerza sino a través del ejercicio del libre voto. Nos topamos entonces ante una encrucijada en la que los militares eligieron un camino equivocado. La dificultad que conlleva todo intervencionismo militar recae en el saber cómo evitar tener que volver a intervenir; en el caso turco la sociedad civil, las ideas de la mayoría de dicha nación han chocado contra unos valores de un Estado que, bien por la mala gestión de dichas intervenciones, o bien por la falta de entendimiento a nivel político, no ha sabido crear un equilibrio entre los pilares fundadores de la República de Turquía y los valores y creencias de sus habitantes.

Es difícil reformar un sistema cuando el error se encuentra en el origen del mismo. La idea de que el ejército guarde los valores fundacionales de un Estado por encima de los que la nación quiera atribuir en cada momento a ese Estado del que son parte vital, no hace más que dificultar cualquier posible intento viable de calmar las aguas y hacer de él un Estado verdaderamente democrático.

Acerca de Eduardo Saldaña 15 Articles
Eduardo Saldaña. Madrid, 1994. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos y Derecho por la UNED. Apasionado de África, América Latina y Oriente Medio en particular. Especialmente interesado en la geopolítica y seguridad y defensa internacional. Twitter: @EduardoSaldania

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