Insectos para luchar contra el hambre

El hambre está considerado como la mayor pandemia a nivel mundial, ya que afecta a mil millones de personas, y constituye, por tanto,  una importante amenaza para la seguridad global. Pero tiene solución.

Hoy en día vivimos en una situación de inseguridad alimentaria global, donde hay una limitada o dudosa disponibilidad y acceso a alimentos nutricionalmente adecuados,  seguros y suficientes para cubrir las necesidades básicas y llevar una vida saludable. Las causas de esta inseguridad, que afectan sobre todo a los países más pobres y en vías de desarrollo, son la escasez de agua para cultivo y ganado, la degradación de los suelos debido a la agricultura intensiva, el incremento de la población mundial, el cambio climático, y la falta de iniciativa de los gobiernos. El hambre es un problema estructural; no es que se produzca una insuficiente cantidad de alimentos, sino que millones de personas tienen dificultades para acceder a ellos.

El hambre sigue siendo el mayor desafío al que se enfrenta la comunidad internacional y es por eso necesario que existan convenios políticos más coherentes y sólidos. Ya lo dijo John F. Kennedy en el primer Congreso Mundial de Alimentos de 1963: “En nuestra generación tenemos los medios y la capacidad para eliminar el hambre de la faz de la tierra. Sólo necesitamos la voluntad política para hacerlo”.

Unos tanto y otros tan poco

Cada día se cosecha el equivalente al consumo de unas 4.600 kilocalorías por persona, pero más de la mitad se desperdicia. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que cada año, la producción de alimentos que se echan a perder “genera 3,3 millones de toneladas de gases invernadero” y utiliza hasta “el 28% de la superficie agrícola del mundo”. Tirar comida no sólo significa desperdiciar alimentos, sino también el agua y la energía que se necesitan para producirlos.

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El agua es también un factor determinante en la seguridad mundial. Un 70% del agua dulce de la Tierra se utiliza para la agricultura. Los productos que más contribuyen a la huella hídrica son la fruta, los cereales y la carne, así que el despilfarro de alimentos va de la mano del malgasto de agua. Aparte de agua, se consume petróleo en casi todas las fases de la producción de alimentos, desde la el fertilizante, a la cosecha y hasta el transporte final. Además, los alimentos desechados liberan metano y dióxido de carbono debido a que se descomponen de manera anaeróbica –en ausencia de oxígeno. Si un solo país aglutinara, por ejemplo, todo el derroche de comida del planeta, ocuparía el tercer puesto en la clasificación de las principales naciones emisoras de CO2 a la atmósfera, por detrás de Estados Unidos y China.

Solamente en Estados Unidos, casi el 50% de todos los alimentos cosechados se desechan anualmente antes de su consumo debido, por ejemplo, a que no tienen la estética adecuada que demandan los supermercados. Alrededor de un tercio del suministro global de alimentos se desperdicia, lo que daría para alimentar a 3.000 millones de personas; de sobra para erradicar el hambre en el mundo.

En busca de una solución

Desde 2003, la FAO lleva realizando estudios y trabajando en equipo con universidades y expertos sobre el importante papel que juegan los insectos en la alimentación humana. A través de publicaciones y colaboraciones con medios de comunicación, la FAO está intentando atraer la atención mundial a la entomofagia humana o la ingesta de artrópodos como alimento.

Los insectos son vistos como un alimento clave del futuro, dado que pueden cubrir a largo plazo las necesidades alimentarias de los estimados 9.000 de personas que habrá en el mundo en 2050 sin dañar apenas el medio ambiente.

Se estima que actualmente unos dos mil millones de personas en el mundo comen insectos, sobre todo en África, Asia y América Latina. Es un alimento barato, fácil de conseguir y muy nutritivo ya que contienen proteínas de alta calidad, vitaminas y aminoácidos esenciales para los seres humanos. Más de 1.900 especies de insectos han sido calificados como comestibles, entre ellos escarabajos, orugas, abejas, avispas, hormigas, saltamontes, grillos, cigarras, cochinillas, termitas, libélulas y moscas.

Según la FAO, en países donde el consumo de insectos está enraizado, se debe seguir promoviendo y preservando esta práctica, ya que peligra con la llegada de la cocina occidental. Allá donde la seguridad alimentaria se tambalea, como en África, los insectos comestibles deben ser fomentados como un alimento clave en cuestiones nutricionales y económicas.

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Pero, ¿por qué insectos? Aparte de que son increíblemente abundantes y que forman el grupo de animales más diversos, tienen las características idóneas para poder producir grandes cantidades, en periodos cortos de tiempo y sin apenas dejar secuelas en el medioambiente, ya que emiten menos gases de efecto invernadero que la mayoría del ganado –aunque las cucarachas y termitas son las únicas que producen metano. Además, la cría de insectos no es una actividad agrícola y por ende, no se necesita destruir campos o bosques, como ocurre al cultivar soja o cuando son convertidos en granjas para alimentos o usados para criar ganado.

Debido a que son exotérmicos –de sangre fría–, los insectos transforman un mayor volumen de su alimento en masa corporal, al contrario de un animal de sangre caliente, ya que este último necesita grandes cantidades de alimento para mantener su temperatura corporal y sólo una pequeña parte es usada para convertirla en proteína. Por lo tanto, sale más rentable alimentar a los insectos que a cualquier tipo de ganado. Por ejemplo, los grillos necesitan doce veces menos alimento que las vacas, cuatro veces menos alimento que las ovejas y la mitad de lo que necesitan los cerdos para producir la misma cantidad de proteína. Además, los insectos se alimentan de residuos biológicos, lo que requiere menos agua que el alimento del ganado.

Son una alternativa saludable y nutritiva a proteínas establecidas como pollo, carne de res, cerdo y pescado. Son ricos en proteínas y grasas “buenas”, y tienen altos niveles de calcio, hierro y zinc. Se pueden comer enteros o molidos en polvo o en pasta para poder incorporarlos a otro alimentos. “Los insectos no son perjudiciales a la hora de comerlos, sino todo lo contrario. Son nutritivos, tienen una gran cantidad de proteínas y son considerados como un manjar en muchos países”, según Eva Muller, directora del Departamento de Forestal de la FAO.

Contigo no, insecto

En la mayoría de países de Occidente, la ingesta de insectos se percibe como una práctica primitiva, como último recurso de supervivencia en los países “pobres”. Cada vez que entra una mosca en casa, se gasta energía y tiempo en intentar matarla, dando palmas o utilizando insecticidas. Se pone mucho esfuerzo en luchar contra la presencia de los mismos, sobre todo contra las plagas en cultivos con plaguicidas y pesticidas. Tenemos una imagen muy negativa de los insectos, sólo vemos los cultivos que destruyen o las enfermedades que transmiten, pero en realidad solamente 5.000 del millón de especies descritas de insectos, son nocivas para los cultivos, el ganado o los seres humanos. Según la Universidad de Ohio, si los estadounidenses pudieran aceptar el añadir insectos a lo que comen, los agricultores podrían reducir significativamente la cantidad de pesticidas utilizados cada año.

La aceptación o rechazo de insectos como alimento es una cuestión cultural. Se cree que la agricultura proviene de las tierras del oeste Asiático y del noreste Africano, y de ahí se extendió hacia Europa. Además de la domesticación de plantas, unas catorce especies mamíferas fueron de interés ya que proporcionaban grandes cantidades de carne y a la vez productos lácteos, cuero, lana, tracción y medio de transporte. Los insectos no podían ofrecer los mismos beneficios, y además amenazaban la seguridad de la producción agrícola, por lo que perdieron importancia. Y esto ha persistido hasta nuestros días. El rechazo a los insectos como comida es una reacción innata.

La entomofagia provoca todavía un rechazo generalizado en la sociedad occidental y por tanto, para revertir este “asco” hacia la ingestión de insectos, los gobiernos, a través de sus ministerios de agricultura, tienen que tratar de romper esa barrera y promover este tipo de alimento como alternativa a las proteínas de carne y pescado, ya que la demanda de carne se ha quintuplicado en los últimos cincuenta años, a medida que la población mundial crecía y el consumo per cápita se duplicaba, de manera que ya no es sostenible.

Como motor económico

Los insectos aportan grandes beneficios tanto para la salud como para el medio ambiente, pero también para las sociedades más desfavorecidas. El 70% de la población mundial que pasa hambre vive en zonas rurales y dependen de bosques y árboles para su sustento alimentario y económico.

Aunque veamos la ingesta de insectos como un último recurso para sobrevivir, la realidad es que muchos eligen comerlos no por necesidad, sino por su sabor,  ya que forman parte de su cultura. Por lo tanto, el comercio de insectos es una fuente importante de ingresos para quienes solamente  los recolectan para la venta, y puede ser un paso adelante para mejorar la vida de los más pobres y vulnerables en países en vías de desarrollo, especialmente mujeres, niños y ancianos.

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Tal y como lo hace la FAO, llamemos a la cría de insectos “miniganadería” y veamos las ventajas que tiene. Al contrario que la ganadería tradicional, la miniganadería no necesita grandes extensiones de tierra, es una actividad que pueden llevar a cabo tanto los terratenientes como los que no poseen tierras, porque también se tiene en cuenta la recolección silvestre –aunque con cierto control por parte de las autoridades para proteger y mantener la disponibilidad de insectos.

La miniganadería requiere una pequeña inversión para mantener la actividad, por lo que el riesgo económico es reducido. Las inversiones en infraestructura pueden incluir contenedores, láminas de plástico o redes. Además, son una fuente de ingresos inmediata y a corto plazo debido a la rapidez con la que se producen y crecen. Tampoco generan mucho gasto. Esto significa que la crianza y cosecha de insectos es una actividad que apoya y contribuye a la igualdad de participación e implicación en el crecimiento económico.

Tal vez veamos la cría de insectos para alimento directo como algo nuevo, pero su utilización para obtener productos alimenticios o textiles lleva en vigor desde hace siglos. La miel y la seda son los más conocidos y su obtención se remontan al Antiguo Egipto y China. Cada año, las abejas producen 1,2 millones de toneladas de miel comercial y los gusanos de seda unas 90.000 toneladas de seda.

El carmín, que se utiliza como colorante rojo para alimentos, textiles y productos farmacéuticos, se obtiene del ácido carmínico producido por cochinillas.  Su cultivo se remonta al siglo X, aunque fue traída de América por los españoles a Europa en torno al siglo XVI. Hoy en día Canarias, Chile, Ecuador, Perú y Bolivia son los mayores productores de cochinilla. Debido al creciente interés por colorantes naturales en la industria de la alimentación, su producción mundial se ha duplicado.  En 2012, Starbucks hizo informó de que uno de sus cafés contenía extracto de cochinilla para darle color rosa. Esto causó controversia entre los consumidores, que no esperaban encontrar un compuesto extraído de un insecto en sus cafés, y al final Starbucks decidió retirarlo.

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Otro producto con importante uso es la resilina, una proteína elástica que permite saltar a los insectos y se ha utilizado en la medicina para reparar arterias. El chitosán o quitosano, es un material derivado de la quitan que forma el exoesqueleto de los insectos, se ha considerado para usar en el envasado de alimentos. También inspiran a la tecnología y la ingeniería; termiteros y su complicada red de túneles y sistemas de ventilación sirven como modelos útiles para la construcción de edificios donde la calidad del aire, la temperatura y la humedad puedan ser regulados de manera eficiente.

La doble carga de la malnutrición

De los 7.000 millones de habitantes que hay en el mundo, mil millones sufren hambre crónica. Pero a la vez, mil novecientos 1.900 millones sufren de sobrepeso, de los cuales mas de seiscientos son obesos.

Según la Organización Mundial de la Salud, “la obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas a nivel mundial. (…) Aunque anteriormente se consideraba un problema confinado a los países de altos ingresos, en la actualidad la obesidad también afecta a los países de ingresos bajos y medianos”.

Es una enfermedad crónica y “silenciosa”, que va ligada a la diabetes y problemas cardiovasculares, y que puede conducir a la discapacidad. Desde los años 80, la obesidad se ha duplicado en todo el mundo debido a un cambio en el estilo de vida, cada vez mas sedentario, y por la expansión del “estilo de vida occidental”, cuya dieta que es abundante en grasas saturadas, azúcar, alimentos refinados y productos de origen animal que son consumidas en exceso.

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El problema es que el sobrepeso y la obesidad no son vistos como problemas de importancia mundial. La sociedad en la que vivimos nos ha llevado a pensar que “uno es gordo porque quiere”. No es una estética aceptada y además el sobrepeso está ligado a actitudes pasivas,  de derrota, de negatividad que nos llevan a rechazar e incluso a olvidar a aquellos que la padecen.

Barreras

Así que, ¿por qué no intentarlo? El mundo es cada vez más pequeño y hay de todo en todas partes. Incorporar a los insectos a nuestra alimentación supone un cambio positivo para nuestra salud y para el medio ambiente, para combatir el hambre y el sobrepeso, para mejorar la calidad de vida de los más desfavorecidos y para impulsar un nuevo sector en la industria alimenticia.

En muchos países, la falta de un marco jurídico sobre el uso de los insectos para su consumo como alimento o pienso es considerado por los inversores una importante barrera. Hay regulaciones poco claras, y la legislación sobre la cría y venta de insectos para consumo humano son un obstáculo. Por ejemplo, en Estados Unidos, la FDA enumera en porcentajes la presencia admisible de fragmentos de insectos en los alimentos; sin embargo, los insectos como alimento no parecen estar en ninguna categoría. En la Unión Europa, el European Novel Food Regulation restringe el comercio de los insectos, incluso si se consumen en otros países. La falta de demanda de insectos en grandes cantidades en los países desarrollados y la poca creación de redes entre los productores, representan obstáculos adicionales.

Por lo tanto, es vital el esfuerzo de la FAO para atraer la atención a esta “mina de oro”, proporcionar información a los gobiernos y futuros inversores, romper las barreras legislativas y jurídicas y, sobre todo, concienciar a la población, con el fin de derribar los mitos en torno a los insectos comestibles.

Acerca de Andrea Merino 1 Article
Andrea Merino, Washington D.C., 1993. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Muy interesada en cooperación internacional, especialmente en seguridad alimentaria y en la conservación ambiental.

2 comentarios en Insectos para luchar contra el hambre

  1. felicidades por tu articulo ya que es de gran importancia conocer y consumir alimentos naturales para quitarnos esas ideas occidentales de que sus alimentos enlatados y transgenicos son mejores y mas saludables

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