Libia y los 42 años del Coronel

En las postrimerías del golpe de estado de 1969, la Libia que Muamar Gaddafi había heredado contaba con una tasa de alfabetización inferior a los 20 puntos. Ésta es tan solo una de las cifras que dibujaban el paisaje socioeconómico del que era uno de los países más pobres del continente africano. Unas cuatro décadas después, tras numerosas idas y venidas de socialismo árabe y de una posterior liberalización de la exportación de crudo, esta misma tasa alcanzaba el valor más alto de toda África, rozando el 90%.

Se cumplen ahora cuatro años desde que el mundo conociese la captura y ejecución del que se autoproclamara “Rey de reyes” en África. El 20 de octubre de 2011, todas las grandes cadenas informativas difundían las imágenes de un Gaddafi linchado y de camisa ensangrentada, cuyo cuerpo aún con vida se disputaba una exaltada muchedumbre de milicianos que registraban el momento con sus teléfonos móviles. El mismo, una vez masacrado en el lugar que también lo había visto nacer, Sirte, fue exhibido en la ciudad mártir de Misrata durante días, como si de un trofeo de caza se tratase. Simultáneamente, las multitudes libias se echaban a las calles de Trípoli y Bengasi para celebrar su muerte y el golpe de gracia a 42 años de poder ininterrumpido.

El Coronel en 1973
El Coronel en 1973

Tan solo un par de años después, se estima que casi un millón y medio de libios de los seis que tiene el país volverían a marchar sobre la Plaza Verde de Trípoli, pero esta vez en protesta ante los bombardeos de la OTAN. De este modo, con el asesinato extrajudicial y a bocajarro del que fuera su líder como prólogo, daba los primeros pasos la flamante democracia y el estado de derecho de la nueva República Libia. Hoy, es oportuno analizar lo que el régimen de la Jamahiriya –neologismo acuñado por Gaddafi traducible por “Estado gobernado por el pueblo”, una nueva forma de república creada por él mismo– supuso en este desierto con fronteras de estado, tanto en su configuración interior, como en su impacto desestabilizador en la región una vez desaparecido.

En otro turno, Gaddafi había sido para sus compatriotas un hombre revolucionario e idealista que les prometió el camino hacia la panacea y que en algunos aspectos, llegaron a rozar. Con este propósito, el Coronel instauraría un fuerte régimen militar reescribiendo la receta del socialismo, la cohesión ideológica y la propaganda para ello, lo cual no le impediría formular su propia utopía política y de organización de masas. .

Socialismo, Islam y el cierre del grifo petrolero

IInspirándose en el modelo soviético y utilizando Libia como laboratorio, Gaddafi produciría una vasta colección de personalísimas doctrinas ideológicas, muchas veces contradictorias entre ellas. A principios de los setenta publicaba el llamado “Libro Verde”, haciendo una clara alusión al Rojo de Mao Zedong. El militar formulaba así un ideario “verde” de porte universal, que sobrepasaba los límites de la nación, cuya fase final sería la reunión de todos los pueblos arabos musulmanes bajo un mega-estado unitario. Esta nueva teoría política a la que daba forma el “Libro Verde”, que recibiría el nombre de “Tercera Teoría Universal”, contaba con un significativo componente religioso –la destrucción de los límites territoriales en la marea del Islam. A pesar de ello, contrariamente a lo que podía pensarse, éste debía tener un carácter laico que pudiese eventualmente agrupar a diferentes naciones árabes bajo el yugo de una única administración estatal –esta fórmula haría plausible una potencial fusión con Siria en un momento dado, cuyo orden Baaz era fundamentalmente chií mientras que Gaddafi era devoto sunní.

Las bases doctrinales de las que se dotó la Jamahiriya harían de esta un modelo que rebatiría al resto de discursos políticos contemporáneos. Tanto el capitalismo occidental como el clientelismo comunista o incluso el derecho divino de las monarquías del Golfo, serían vistos por el coronel como estructuras dictatoriales en los que los intereses de las masas populares no eran escuchados. Igualmente, los sistemas democráticos que funcionaban a través del voto y la variedad de partidos constituían para el coronel otra manipulación heredada de la cultura europea, ya que “las dictaduras más tiránicas que el mundo ha conocido se han establecido a la sombra de asambleas parlamentarias”.

Esta nueva ideología establecía el derecho islámico –la ley Sharia– como la sola fuente de justicia social y de Estado, denunciando así el intrusismo de la codificación occidental, cuya validez poco tenía que ver con el sistema tribal beduino y tradicionalmente musulmán magrebí. La antipatía del líder por el dogma islámico se hacía patente en su desprecio por los ulemas y las autoridades juristas. Sus declaraciones sobre el poder de éstos, descalificándolos como exclusivos intérpretes del Corán, levantaron ampollas en los vecinos reinos del Golfo, siendo este uno de los factores angulares de la ruptura de las relaciones con Riad, con el que mediría fuerzas hasta el fin de sus días. Es en torno a este punto, que su rebeldía religiosa y sus afanes exteriores, le llevarían a protagonizar varios portazos y regresos a la membresía de la Liga Árabe.

En clave nacional, lo revolucionario de sus reformas se hizo manifiesto sobre todo en términos económicos durante sus dos primeras décadas de mandato, nacionalizando a todas las sociedades bancarias con participaciones extranjeras y procediendo a la expropiación de la industria petrolera occidental, siendo una de las afectadas la omnipresente British Petroleum. El resto de compañías se vieron forzadas por ley a pagar mayores impuestos por sus derechos de extracción de crudo libio. Siguiendo esta línea, el coronel pasó a hacerse con más del 70% de toda la producción petrolera. Con esta confianza depositada en la economía planificada, Gaddafi esperaba poder distribuir sus rentas en un país donde amplias capas poblacionales vivían sumidas en la precariedad y donde las áridas circunstancias geográficas hacían del oro negro una empresa fundamental. A través de esta reconfiguración económica, el coronel invirtió en vivienda pública, subsidió los alimentos básicos en sus primeros años y dotó de servicios sanitarios universales y gratuitos a la población, siguiendo el mismo canon con el sector de la educación, traduciéndose en reducciones drásticas de ciertas cifras que caracterizan al continente, como la tasa de mortandad infantil que cayó del 64‰ al 20‰.

El “Libro Verde” de Gaddafi
El “Libro Verde” de Gaddafi

No obstante, no todo fueron glorias sociales en el régimen Jamahiriya, que instauró un robusto aparato policial cuyo nacionalismo autoritario entusiasmó en un comienzo a las clases más populares, pero no a las élites que poblaban las grandes urbes. Progresivamente se fue cercenando el bienestar social logrado durante la etapa anterior, imprimiendo un giro al islam conservador y eliminando toda disidencia política, mientras que otros colectivos sociales veían sus derechos reafirmarse, como aquellos de la mujer –el séquito de escoltas personales de Gaddafi estaba compuesto en su totalidad por “amazonas”. Todo un símbolo del resultado de estas políticas de igualdad sería su hija Aisha, abogada de formación que lideraría la defensa en el juicio de Sadam Hussein.

Panarabismo y aventuras africanas

LLos proyectos de unidad árabe que persiguió en los albores de su mando culminaron en la creación del eje Trípoli-Cairo. El líder del Movimiento de Países No Alineados, Nasser, siempre había sido visto como un padrino político para el libio. La apelada Federación de Repúblicas Árabes (FRA), como la mayoría de los planes de unificación árabe anteriores y posteriores, nunca vería la luz para el pesar de Gaddafi. De este sueño panárabe se cayeron tanto el régimen Baaz sirio de Assad padre, quien proviniendo de la rama más bien secular alauí del chiismo, miraba con recelo la rigurosidad suní del coronel, además de no querer descolgarse del tutelaje soviético, como el de Sudán, que dio prioridad a sus motines internos. La fusión supraestatal reconocía como partido único gobernante a la Unión Socialista Árabe en ambos países y su primera capital administrativa sería El Cairo. Esta, cuya fecha de inicio formal era el 1 de enero de 1973, se vio ralentizada en etapas tras la guerra de Yom Kippur contra Israel de ese mismo año, en la que Egipto perdió el favor estadounidense y no logró recuperar la península del Sinaí. Por lo tanto, en la persecución egipcia de estas dos plazas se desvanecía irónicamente las ensoñaciones panarabistas de Gaddafi.

Inaugurando los 80, Gaddafi compensó sus fallidos intentos de expansión árabe con una propagación de su aventurismo africano, de nuevo bajo el estandarte verde del Islam que debía llegar al África negra cristiana. De esta manera, el panarabismo previo y laico por definición fue sustituido en la agenda exterior por el intervencionismo africano al estilo “panislamista”.

Este nuevo plan de acción le llevo a involucrarse en una serie de contiendas internas o fronterizas en las que el libio intuía un alto coste de oportunidad. Hasta los años 90, sus tretas y apadrinamientos se hicieron notar en lugares como Somalia, Burkina Faso, promoviendo la ascensión del recientemente depuesto Blaise Compaoré y del famoso criminal de guerra Charles Taylor en Liberia. En 1978 un contingente libio fue enviado a la guerra de Uganda, siendo el único oponente a la intrusión de la Tanzania cristiana que invadía el país desgarrado por las dos religiones. Otro fracaso se apuntó al marcador de las empresas militares de los libios. No obstante, el éxito africano le llegaría con su participación directa en la guerra civil de Chad, donde en 1980 logró asegurarse la franja fronteriza de Aouzou, dotada de uranio y petróleo. El coronel se encargó de anexionarse esta región norteña en 1973, cedida secretamente por el entonces dirigente chadiano. Patrocinó la rebelión musulmana alzada contra el Gobierno cristiano del sur, esto es, contra el recién juzgado en Dakar por crímenes contra la humanidad, Hissène Habré.

La contienda chadiana sería una de tomas y dacas que irían relevándose, en los que en un comienzo, un Gaddafi embriagado por su victoria, gobernaría en la sombra del ya presidente Oueddei, con el que entró en conversaciones políticas a fin de satisfacer nuevamente sus deseos expansionistas, esta vez en aras de una fusión estatal libio-chadiana. Este vasto estado representaría la primera pieza de una inmensa república islámica norteafricana, que abarcaría desde Senegal hasta Sudán. Hibré y Oueddei continuaron desangrando a la población, aunque los verdaderos directores de orquesta eran sus respectivos padrinos de armas, Gaddafi y el francés François Mitterrand. Trípoli llegó a establecer un auténtico protectorado libio más allá de la franja de Aouzou que ya controlaba, al norte del paralelo 16, forzando a Francia a intervenir en socorro de la que en otra época fue colonia gala. En 1987, Oueddei, tras firmar la paz con Habré, denunció el carácter interesado de la ayuda militar libia y su componente meramente anexionista, precipitando así el descalabro final de la ocupación gaddafista de Chad. Finalmente, la cuestión de la franja de Aouzou fue sometida al arbitraje del Tribunal Internacional de Justicia de la Haya en 1994, que falló a favor de la soberanía de Chad, lapidando así la campaña chadiana para el libio, que se convertiría en otro fiasco expansionista.

El tira y afloja con EEUU, sanciones y remate terrorista

El 2 de diciembre de 1979, siguiendo el ejemplo iraní e instigados por el gobierno, 2.000 libios asaltaron e incendiaron la embajada estadounidense en Trípoli. Los americanos se retiraron a casa e igualmente lo hicieron sus inversiones y los cables diplomáticos. El incidente ponía la guinda final a las nacionalizaciones revolucionarias, al “imperialismo verde” de Gaddafi y a su tradicional prosovietismo –aunque nunca se consideró un auténtico estado satélite como tal. Esta malquerencia americana del período Reagan chocaba con el beneplácito mostrado tras el golpe de 1969, dado su marcado antimarxismo y su discrepancia por el ateísmo soviético –como sucedió también en un principio con los baazistas de Sadam Hussein. Reagan reputó entonces al régimen de la Jamahiriya como un Estado patrocinador del terrorismo y lo acusó de no sólo dar cobijo a terroristas, sino de financiar atentados y albergar campamentos de instrucción de movimientos revolucionarios de todo el mundo en su territorio –entre ellos, las armas libias nutrían generosamente al IRA irlandés, la ETA vasca, y especialmente a los grupos extremistas de Palestina. Gaddafi no tardó en reaccionar al boicot estadounidense a las importaciones de crudo libio y al embargo impuesto en sus exportaciones, al que también se sumó Reino Unido, Francia y algún otro estado europeo. La escalada del acoso occidental y la instalación por parte de la URSS de misiles de medio y largo alcance en varios lugares estratégicos de la costa libia hizo que los acontecimientos se precipitaran en el tablero internacional, produciéndose un doble ataque terrorista en los aeropuertos de Roma y Viena en 1985. Trípoli fue señalado como el culpable de este recrudecimiento terrorista, presentando unos mensajes de télex como prueba en los que se congratulaba al Coronel por el éxito del atentado. Las fuerzas aéreas estadounidenses bombardearon contundentemente las bases militares concentradas alrededor de Bengasi y Trípoli, alcanzando así el reciento residencial de la familia del dictador.

De este modo, en la clandestinidad, un Gaddafi más comedido públicamente tras el ataque directo a su persona, siguió aferrado a la acción terrorista subversiva como arma indirecta de revancha a finales de los 80. Así, su mano criminal se posaría también sobre una serie de explosiones en aviones de pasajeros tanto de la aerolínea PanAm como de la francesa UTA, dejando tras de sí más de 440 muertos. Tales operaciones hicieron de Muamar Gaddafi una figura delirante e imprevisible que instalaba su haima presidencial allá donde fuese de visita oficial, un megalómano altamente demonizado en Occidente y en EEUU en particular, que se creía “capaz de pulsar el botón desencadenador de la tercera guerra mundial”, decía George Bush padre a propósito del mismo.

Muamar Gaddafi y Silvio Berlusconi en el aeropuerto de Roma, junio 2009
Muamar Gaddafi y Silvio Berlusconi en el aeropuerto de Roma, junio 2009

Sin embargo, ya entrados los 90, Gaddafi cosecharía su propio camino de redención con la máxima de poner fin a las sanciones y al embargo de armas, a pesar de que estas no tocaban las ventas de petróleo, la verdadera savia vital de la Jamahiriya, y que tenía como principales clientes a los vecinos occidentales. El fin del ostracismo del régimen se produjo en la antesala del milenio. El reparto de indemnizaciones y responsabilidades por los atentados terroristas de la década anterior, junto con la metamorfosis económica de privatizaciones que se había puesto en marcha –a pesar de que el esquema político estuviese igualmente petrificado– llevó al fin de las sanciones de la ONU y de la UE, así como al restablecimiento de los cables diplomáticos con Washington y el cierre de grandes acuerdos comerciales. Libia se convertía así en el único rogue state para EEUU que había formado parte del eje del mal y había conseguido comprar su salida de la lista negra.

Estas reformas apuntaban a un horizonte descentralizador y de libre mercado en Libia, medidas liberales que se proponían hacer del país “el tigre económico de África”. Al menos 400.000 funcionarios públicos fueron despedidos, esto es, más de un tercio de la población activa del país, para aliviar la gran carga fiscal que suponían y acelerar la suma de las privatizaciones.

Evolución del PIB per capita libio hasta el 2013 (en dólares americanos)
Evolución del PIB per capita libio hasta el 2013 (en dólares americanos)

En 2010, Libia ostentaba la posición 53 en el índice anual de desarrollo humano. Era el mejor índice de África y el quinto tras Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Qatar y Kuwait en el mundo árabe, situándolo por encima del reino saudí. Por otro lado, el PIB per cápita libio era de unos 16.500 dólares según el Banco Mundial –consecuencia del boom petrolero–, sólo superado por Guinea Ecuatorial y las Seychelles. Transcurridas cuatro décadas desde la ascensión de Gaddafi, la mayor parte de las poblaciones urbanas, así como de las rurales, tenían acceso a electricidad gratuita, a servicios de saneamiento y a agua potable en sus viviendas, sin olvidar que Libia es un país perennemente seco. Por si fuera poco, en un país falto de instituciones, cuya vasta extensión no respondía al orden centralizado y sin un firme entramado social, donde las capas sobrepuestas de asambleas populares hacían de la participación política directa un proceso constituyente permanente, la armonía entre las tribus y el reparto clientelista de la riqueza y las rentas adquirieron una máxima importancia articuladora.

En un escenario no estrictamente macroeconómico es probable que al examinar otros trazos de la realidad libia, el malestar social que desencadenó la revolución del 27 de febrero de 2011 se nos antoje más coherente. El desempleo real afectaba a un 30% de la población, pero el porcentaje entre jóvenes era bastante superior. Números al margen, las condiciones reales de vida de los libios se alejaban de lo digno en incontables ocasiones. La paralización de la política social que tanto se había impulsado en los 70 y 80, la eventual corrupción en la distribución de las remesas petroleras –causa perdida de Gaddafi–, el recorte en el sector público y el drástico endurecimiento de la represión tras la experiencia revolucionaria de Túnez, condujo inexorablemente al empobrecimiento y consiguiente descontento de amplias capas de la población que ahora reclamaban derechos como la libertad de prensa y de reunión.

En cuanto al balance de su herencia en la Libia actual, se torna esta una compleja tarea a realizar tras cuatro años de conflicto civil. Ciertamente, Gaddafi resultó ser un estadista puro, esencialmente nacionalista, y al mismo tiempo, un imperialista frustrado. El estrellato internacional recaería sobre él tras su papel como protagonista del cambio en el seno de la Organización de la Unidad Africana y su refundación en la Unión Africana, de la cual él es considerado padre fundador por sus pares africanos, siempre en su afán de unificación de los pueblos. En una dimensión distinta, el régimen gaddafista jugó fuerte por la promoción de ciertos sectores sociales y la igualdad de género, siendo este asunto el que más sufriría las consecuencias de la Libia posrevolucionaria. En contraposición a la mayoría de países árabes de la región, las mujeres libias eran lícitas portadoras de derechos civiles –tener propiedades, cuentas corrientes o divorciarse– sin necesidad de una autorización masculina de su entorno directo para ejercerlos. Así, una de las primeras leyes que las cortes Jamahiriyas decretaron fue la de su derecho a ir a la universidad y a recibir igual salario por igual trabajo; hasta el día de hoy más de la mitad de los graduados universitarios libios son féminas.

Ahora bien, el cambio de guardia que ha elevado el poder tribal al del Estado, ha puesto de manifiesto el carácter notablemente patriarcal de las raíces beduinas libias. Por otro lado, la naturaleza caótica del territorio tras la intervención de la coalición, ha permitido que allí se aposten los cuarteles generales del islamismo radical en el Magreb –Daesh y Amanecer Libio, entre otros. Es evidente que estas fuerzas extremistas ven la igualdad de género como una perversión occidental que no tiene cabida en la nueva república, o al menos en el pedazo que controlan de ella en la mitad oeste del país. Asimismo, la disfuncionalidad del dividido Estado libio actual se revela incapaz de remediar la permeabilidad absoluta de sus fronteras meridionales, que no sólo actúan como corredores libres para las mafias de inmigrantes que llegan al Mediterráneo, sino también para el tráfico de armas que asegura la continuidad de conflagraciones en el centro-este del continente africano y la criba por los intereses del botín petrolero.

ARTÍCULO RELACIONADO: La Guerra de Libia, el caos que amenaza el Mediterráneo (Pablo Moral, Febrero 2015)

Acerca de Isabel Alonso 2 Articles
Isabel Alonso, 1993. Toledo. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Fanática de lo que me gusta; la política, la fotografía y viajar. Me interesa la política internacional, especialmente en África y el mundo Árabe.

8 comentarios en Libia y los 42 años del Coronel

  1. Isabel mójate con la pregunta del millón: ¿Estaba mejor Libia con Gaddafi?

    Un saludo y perdón por el lío en que te he metido hahaha

  2. A mi no me hubiera gustado que me vinieran a “liberar”bombardeando y masacrando a mi familia,vecinos,paisanos o a mí mismo.Gadafi era un monstruo pero han venido otros peores,un país desecho y una legión de integristas imponiendo la saria y matando gente a cascoporro.No veo yo que han ganado,la verdad.
    Es siempre fácil analizar y juzgar siempre que uno no se ponga en el lado de los que han y están sufriendo.
    Por otro lado si es por dictadores hay un buen ramillete para elegir.¿Por qué Gadafi?La historia descubrirá muchas de las tramas e intereses ocultos.

  3. Gran árticulo Isabel. ¿Qué hay de cierto que Líbia tenia usd $ 200.000 millones en reservas internacionales hasta el día de la muerre de Gaddafi?

  4. TERRORISMO el de la Otan y la UE…y Turquía y Qatar…Los estados del Golfo…El imperialismo norteamericano y todas las potencias colonialistas como Francia y Gran Bretaña…TODOS los que lo financian. Eso es argumentar de terrorismo con conocimiento…Por lo demás el artículo emana el tufillo demonizante, campañas difamatorias a las que nos tiene acostumbrados la prensa capitalista…GADDAFI no fue quien apoyó el golpe de Burkina o el asesino de Sankara…Fue el propio Compaoré. Los grandes líderes revolucionarios han sido asesinados por el imperio…Que genera estas imposturas para limpiar su responsabilidad y sus manos ensangrentadas…Al igual que sus instituciones como la CPI que condena y desaparece a gobernantes legítimos que son obstáculo para la imposición de políticas neoliberales que llevan el hambre, el analfabetismo y en el subdesarrollo desde el mismo instante en que comienzan el genocidio de los Pueblos que invaden, para saquear sus riquezas y establecer líneas geoestratégicas para poder continuar sus itinerarios y conspiraciones criminales con sus ejércitos mercenarios caníbales ávidos de captagón y terror…ISIS, EI, ALQAEDA…Que son su creación monstruosa…¿O es que no lo estamos viendo en Siria también? ¿Queda aun alguna duda?…Iraq…Derrocan gobiernos a su antojo…Y les llevan la explotación, el saqueo y la guerra con sus “democratizaciones”…Los presidentes que abandonan su país en periodo de guerra son una vergüenza para su país…Y GADDAFI luchó por su pueblo hasta el final de sus días…Honor y Gloria le rendirán siempre el Pueblo Libio…

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