Somalia: el negocio de una guerra eterna

Mogadiscio es para muchos la ciudad más peligrosa del planeta. Entre su diezmada trama urbana se encuentran los restos de lo que en su día fue una monumental catedral de estilo italiano. A pocos metros de la plaza que precedía al pórtico del templo católico se izaba un minarete, un arco triunfal, palmeras y fuentes que acompañaban una gran avenida con vistas al mar.

Este lugar, que mezclaba influencias árabes con su pasado como antigua colonia italiana, fue conocido como “la perla blanca del Índico” por sus blancas paredes y su arquitectura. Sin embargo, hace ya más de veinte años desde que Siad Barré y su dictadura de corte comunista fueran derrocados, y con ellos la gran catedral y el minarete de la mezquita. Eso ocurrió un día de enero de 1991, sumiendo al pueblo somalí en un complejo conflicto interno de mil caras y facciones que se perpetúa en el tiempo desde entonces.

Mogadiscio en los años 70. SOMALI RESEARCH CENTER
Mogadiscio en los años 70. SOMALI RESEARCH CENTER

Son muchos y diferentes los elementos que hacen de este país el escenario perfecto para una guerra eterna, donde la principal problemática es identificar las fuentes de poder y del ejercicio de la violencia. Quién está al mando según dónde sería un planteamiento más acertado de la realidad del enfrentamiento, pues en Somalia uno se subyuga a las órdenes del clan y no de la autoridad central. Este hecho, que ha promovido la autoproclamación de independencia de varias de sus regiones, la expansión de los señores de la guerra en el territorio, así como la presencia de milicias de alquiler locales y de mercenarios occidentales, hacen que el país cuente con todos los epítetos que definen a un estado fallido.

A esta anarquía absoluta, se le suman otros factores como el problema de la piratería de sus costas, el tráfico de armas y el negocio de la ayuda humanitaria, las hambrunas, la sequía, el desplazamiento forzado externo e interno de sus ciudadanos…, que más allá de generar grandes titulares que parecen sonar ya a letanía, dejan cifras desorbitadas tras de sí que se traducen en datos turbadores, como la mayor tasa de mortalidad infantil del mundo, y lo que la organización Transparencia Internacional catalogó hace un par de años como el país más corrupto del mundo. Hoy, Somalia es modelo de Estado colapsado y Mogadiscio la capital mundial del caos.

El fracaso de las fuerzas internacionales de paz

El conflicto armado y la pérdida del control efectivo de la autoridad estatal se produce después de tres grandes conflagraciones bélicas, tanto interiores como de base fronteriza con países vecinos. En primer lugar, la guerra de Ogadén, que se desarrolló entre 1977 y 1978 contra Etiopía, provocando una grave derrota entre las filas somalís. Diez años más tarde estallaría la guerra de secesión de Somalilandia –una región al noroeste del territorio nacional–, que enfrentaría al ejército oficial y al Somali National Movement, finalizando con la autoproclamada independencia de ésta en 1991. Sin embargo, sería el eventual enfrentamiento entre las fuerzas gubernamentales y el conjunto de movimientos de liberación de origen clánico que habían ido aumentando enormemente su número entre 1988 y 1991, el que pondría punto y final a la junta militar de Barré y desembocaría en la guerra que conocemos hoy.

La sociedad somalí está cohesionada en términos étnicos, religiosos –Islam suní– y lingüísticos –somalí–. No obstante, como es característico en el resto del continente africano, el país fue en otro tiempo colonia de diferentes potencias occidentales –Reino Unido, Italia y Francia–, hallándose su territorio repartido entre éstas, dividiendo de este modo a la población, así como fomentando la segregación y la jerarquización social entre clanes y subclanes, asociaciones de base familiar que comparten vínculos de parentesco y consecuentemente clientelares. En este contexto de vacío de poder, estos grupos rebeldes de liberación clánica y a menudo, de idearios contrapuestos, conducirían al país a una destrucción imperiosa en su lucha por el control territorial, llegando a considerarse la mayor catástrofe humanitaria que el mundo ha conocido en los últimos 30 años.

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Ante esta crisis humanitaria sin precedentes para la Comunidad Internacional, la conflagración civil tomará una dimensión mundial al enviarse una misión de mantenimiento de la paz de Naciones Unidas y Estados entre 1992 y 1995, creándose la llamada UNOSOM (United Nations Operation in Somalia) mediante la RES 751 del Consejo de Seguridad, que conocería dos fases. Dicha injerencia extranjera finalizó con el fatídico incidente del Black Hawk Down en octubre de 1993, durante la Batalla de Mogadiscio y al que Hollywood daría de nuevo vida años más tarde.

Las tropas estadounidenses, que se encontraban reunidas bajo el llamado Unitary Task Force (UNITAF), tenían como tarea la creación de un entorno seguro que garantizase la distribución de ayuda humanitaria durante la gran hambruna que sucumbía al país en ese momento. A este grupo especial se le otorgó mediante resolución del Consejo de Seguridad la autorización del uso de “todos los medios necesarios” para la defensa del corredor humanitario. El entonces presidente Clinton llamó a la retirada “efectiva e inmediata” de la unidad tras el derribo del helicóptero Black Hawk, produciéndose el abandono de los cascos azules poco más tarde. Este sería el primer episodio fallido de la ONU en Somalia, al que se le sumaría el de la misión UNOSOM II, que le tomaría el relevo al UNITAF estadounidense y cuya actuación en el terreno terminaría tan solo dos años más tarde de forma también inefectiva. Ninguno de los objetivos iniciales de la misión acordada bajo el marco del Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas “La Responsabilidad de Proteger” fueron alcanzados. Tampoco se aseguró completamente la facilitación de ayuda humanitaria a los somalíes atrapados por la guerra y la hambruna, ni se consiguió un alto el fuego entre facciones.

La seguridad privada como solución para Somalia

La guinda final a esta guerra de todos contra todos, a este estado hobbesiano, se la vino a poner la Unión de Tribunales Islámicos o Unión de Cortes Islámicas (UCI), establecidas oficialmente en el 2000. Esta agrupación de tribunales islámicos defendía un sistema judicial basado en la aplicación de la ley Sharia como paradigma de Estado, en oposición al Gobierno Federal de Transición. En un país donde el 99% de la población se considera musulmana, la integración entre las cortes islámicas más significativas encontró un respaldo público notable una vez que éstas se hicieran con Mogadiscio. En su auto legitimación como dispensadores únicos de orden y justicia, los islamistas combatían a los diferentes señores de la guerra seculares que seguían controlando parte de la capital y del territorio somalí que restaba unificado.

Es en esta segunda etapa de la contienda civil, que los medios occidentales empiezan a referirse a la UCI como una amenaza yihadista de calibre internacional, sólo apoyada en el exterior por el gobierno de Eritrea. Entre 2006 y 2007, un ejército de coalición etíope y somalí, donde se reunían gran parte de los señores de la guerra de Mogadiscio y que contaba con el apoyo logístico del gobierno de G.W. Bush –denominado Alianza para la Restauración de la Paz y Contraterrorismo–, consiguió frenar el avance de las fuerzas islamistas y tomar de nuevo la capital en la Segunda Batalla de Mogadiscio. La UCI fue derrotada, pero las diferentes facciones que la componían se lanzaron a una guerra de guerrillas con el propósito de mantener el dominio de la parcela territorial que cada una de ellas poseía. Uno de esos grupos se erige como el más fuerte, Al-Shabab –o Harakat al-Shabaab al-Mujahideen –, “la juventud” o “Movimiento de los Jóvenes Muyahidines” en castellano.

La insurgencia islamista llamó a la Yihad en Somalia al resto de los musulmanes del globo, una llamada a la que respondieron sobre todo muyahidines afganos. Esto hizo que Al-Shabab diera el salto a las pantallas occidentales como la sucursal somalí de Al-Qaeda, pues ambas están inspiradas en el wahabismo radical. Sin embargo, fueron los atentados y ataques subversivos que perpetran desde entonces tanto dentro como fuera del país lo que catapultó a la milicia islamista al panorama terrorista internacional. Un ejemplo claro de este modus operandi de corte al-Qaediano tuvo lugar hace tan solo dos años en el centro comercial Westgate de Nairobi, siendo Kenia uno de los aliados tradicionales del Gobierno de Transición Somalí en el Cuerno de África.

El regreso de Washington no se hizo esperar, bajo el estandarte de la War on Terror característica de la política exterior intervencionista de la década post 11-S. El Departamento de Estado proporcionó un paquete de soporte financiero a la AMISOM, –acrónimo de Misión de la Unión Africana en Somalia–, que se destinó a las tropas ugandesas integrantes de la misión, seguidas del contingente de Burundi.

Al-Shabab exhibe cuerpos sin vida de peacekeepers. ASSOCIATED PRESS para New York Times
Al-Shabab exhibe cuerpos sin vida de peacekeepers. ASSOCIATED PRESS para New York Times

Se produce entonces, luego de más de 20 años de enfrentamientos continuos y del fracaso de las misiones internacionales de paz, la entrada de un nuevo actor en el tablero geoestratégico somalí: las compañías de seguridad privadas –mayoritariamente a sueldo estadounidense–.

Fundada originalmente como una pequeña empresa por un nativo de Virginia (EEUU), Michael Stock, en 1999, Bancroft Global Development comenzó proveyendo “expertos en misiones” extranjeros –que reciben el apodo de mentors en Bancroft, mentores en castellano– a las tropas de la AMISOM establecidas en Somalia. Sus servicios fueron inicialmente contratados por Uganda en noviembre del 2007 y seguidamente de Burundi en agosto del 2008, utilizando la financiación estadounidense para ello. Las primeras funciones de Bancroft en el terreno iban desde el aprendizaje de tácticas contrainsurgentes hasta la minimización del elevado número de bajas que experimentó en un principio la AMISOM, así como la puesta en práctica de ataques selectivos con el fin de evitar víctimas civiles.

El ejecutivo de Barack Obama identificó las actividades mentoras de la firma Bancroft como un factor determinante de éxito y comenzó a financiarlas directamente y no a través de países terceros de la misión africana. El contrato millonario entre el gobierno y la compañía de Virginia se cerró a comienzos de 2010. En el presente, la Associated Press estima que EEUU gastó unos 206.000 millones de dólares en subcontratos similares tanto en Iraq como en Afganistán, entre el 2002 y el 2011. No obstante, a pesar de la cada vez mayor oficialidad de este tipo de subcontratos privados en el ámbito de la defensa pública, que lejos de ser una práctica de excepción parecen establecerse como norma en los focos calientes del globo, se plantean varios interrogantes de cara a la opinión pública; ¿Qué son estas corporaciones de seguridad privada?, ¿cómo funcionan?, ¿se encuentran sus acciones por encima de la ley internacional?

Mr. Stock no es el único en proveer este tipo de servicios a los estados en guerra. De hecho los beneficios anuales de su firma se encuentran lejos de los que la compañía de seguridad privada de guerra por excelencia, Blackwater, registra. Ésta última alcanzó renombre internacional tras asesorar a las tropas occidentales que invadieron Iraq en 2001, así como por su involucración activa en la estratagema militar de las fuerzas de coalición hasta el fin de la contienda. En contraste, Bancroft, a diferencia de Blackwater, que arma a sus “mentores”, parece respetar el embargo de armas impuesto por la ONU en Somalia, ya que su personal –en su mayoría veteranos de guerra procedentes de cuerpos de élite norteamericanos o europeos– no porta armas, lo que según ellos les expone a un peligro aún más inminente que les hace confiar su protección a las fuerzas africanas que entrenan.

Normalmente, a pesar de las discrepancias pragmáticas, todas las empresas del sector tienen como común denominador la táctica contrainsurgente y el combate de guerrillas en zonas de conflicto que ocasionan alta mortandad o del complejo medio físico.

Empleados de Bancroft con en Middle Shaboa, Somalia. Twitter @tres_hoa
Empleados de Bancroft con en Middle Shaboa, Somalia. Twitter @tres_hoa

Por su parte, Bancroft es una compañía mucho menos significante en cuanto a número de ingresos y empleados –cuenta con un equipo de unas 100 personas en Somalia en comparación a los 17.000 soldados desplegados de la AMISOM– que apuesta por un plan de negocio peculiarmente inusual y arriesgado.

En realidad, su fundador y actual propietario de tan sólo 36 años decidió constituirla de dos firmas con misiones desiguales. Por un lado, Bancroft Global Development es una organización que se proclama sin ánimo de lucro, y busca la estabilización de una zona determinada en conflicto armado utilizando el ya clásico modus operandi de operar “por, con y a través” de las fuerzas armadas locales u oficiales –o más bien, aquellas que decidan contratar sus servicios importando poco su legitimidad–, lo que en Somalia significa asistir al personal de la Misión de Paz de la Unión Africana principalmente, y también a la policía nacional somalí –compuesta en gran porcentaje por antiguas milicias de ciertos señores de la guerra que ahora respaldan al Gobierno de Transición–.

En el otro extremo se halla la vertiente lucrativa de Bancroft, aquella que genera ingresos y mantiene al barco de Michael Stock a flote. La razón de ser de Bancroft Global Investment es la de, literalmente, capitalizar el éxito militar de las campañas que lidera en la AMISOM, invirtiendo en la reconstrucción del país o de la región una vez pacificada, en lugares donde nadie más se atrevería a arriesgar su dinero, como ya haya hecho en el pasado en Afganistán. Sin embargo, la inversión en Real Estate –inmobiliaria– no sólo se lleva a cabo a posteriori, sino también durante el momento de la conflagración, como así muestran las anteriores experiencias bélicas de la firma.

A finales de los años 90, Stock se marchó al Sahara Occidental donde le impresionó que el gobierno de Marruecos aún no se hubiera encargado de desmantelar las minas antipersona que permanecían enterradas bajo la arena, visualizando la idea mater de lo que sería Bancroft. En sus primeros pasos, operó en Afganistán donde mediante un socio local formó una pequeña sociedad –Mine Pro.- que entrenaba a perros detectores de minas al mismo tiempo que se dedicaba a hacer un poco de todo, desde reparar coches a cañerías.

En una reciente entrevista, Stock aseguraba que él no se dedica a hacer la guerra en el país más oriental de África, sino a “buscar la paz, reconstruir una ciudad, un país que lo ha perdido todo en términos de educación, economía y sanidad”, pues para él las posibilidades de negocio son infinitas en un lugar donde hay que empezar de cero, una idea que le ha llevado a levantar un monumental hotel fortificado al pie de la playa de Mogadiscio, donde se resguardan los altos cargos somalís y el personal diplomático. El resort, al que han llamado International Campus, cuenta con una piscina como la mayoría de los hoteles de playa del mundo, solo que en éste cuando llueve, llueven balas y metralla. Más allá de las vistas del Índico, también dispone de un búnker, un hospital y algo similar a un autoservicio de equipamiento y reparación militar a lo Mad Max. Entre los planes de futuro de Bancroft en Somalia, la única compañía de seguridad privada contratada por la AMISOM, se encuentra además de vencer definitivamente a Al-Shabab, la creación de una fábrica de cemento que se encargue de cimentar el nuevo Mogadiscio. Aun así, los ataques de la milicia islamista continúan siendo impredecibles, haciendo que la calma y la reconciliación del país se antojen hoy logros inverosímiles. En un plano que se ajusta más la realidad, al otro lado de la muralla que separa al nuevo hotel del caos total de la ciudad, uno de cada tres somalíes sigue necesitando ayuda humanitaria de forma inmediata, o lo que se denomina “soporte vital urgente para no morir”.

Oponentes de estos contratos claman que estas compañías no son más que mercenarios modernos a sueldo y que se hallan efectivamente por encima de la ley en los países en los que son contratados. Estos contratos se realizan siempre en un marco de dudosa legitimidad ética y moral, pues operan en los lugares más inestables del globo, en estados fallidos y débiles en los que el poder de estas corporaciones privadas y su capacidad organizacional pueden llegar a anular con creces al del gobierno local. Las operaciones de otro de los grandes proveedores de seguridad privada, G4’S, en Sudán del Sur, son un caso a tener en cuenta en este sentido. También se les acusa frecuentemente de implementar de manera tácita y encubierta las directrices de la política exterior estadounidense. Al mismo tiempo, la exitosa experiencia de Bancroft en su lucha contra Al-Shabab en Somalia, demuestra que un componente privado en la campaña internacional contra el ISIS puede resultar eventualmente inevitable. Dejando a un lado las controversias que suscitan entre la sociedad internacional, estas compañías están dotadas de un nivel de experiencia, financiamiento, equipamiento y especialmente, voluntad, con el que los actores públicos tradicionales en la materia, simplemente no cuentan. Su factor neoliberal y ajeno a las causas en las que participan, les permite asumir riesgos en su comportamiento que un gobierno extranjero o interno como el de Somalia, sencillamente no puede plantearse.

Acerca de Isabel Alonso 2 Articles
Isabel Alonso, 1993. Toledo. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Fanática de lo que me gusta; la política, la fotografía y viajar. Me interesa la política internacional, especialmente en África y el mundo Árabe.

5 comentarios en Somalia: el negocio de una guerra eterna

  1. Hola Isabel, enhorabuena por este artículo tan interesante. Me gustaría conocer tu opinión sobre las afirmaciones que sostienen que uno de los principales problemas para estabilización de Somalia se debe a la importante balsa de petróleo existente en las costas somalíes que provoca que Arabia Saudí y EAU continúen financiando a los diferentes grupos terroristas y tribales del país para impedir una extracción y desarrollo de infraestructuras que podría ser contrario a sus intereses y hegemonía en la región. Muchas gracias por tu artículo. Saludos, Jesús

    • Hola Jesús, disculpa la tardanza. Me alegra mucho que el artículo te haya resultado interesante.
      En cuanto al asunto que comentas, el desarrollo de una industria petrolera como tal es casi impensable actualmente dada la situación de desgobierno central. No obstante, eso no ha impedido que ya se hayan comenzado las operaciones de perforación allí donde se han descubierto pozos. El problema es que la mayoría de estos hallazgos se encuentran en el norte del país, es decir, en las regiones de Somaliland y Puntland, justo en el cuerno y en el mar que lo separa de la península arábiga. Es en este golfo de Adén que la piratería somalí lleva a cabo sus secuestros, siendo los buques petroleros árabes sus objetivos de preferencia.
      Estas dos regiones se han autodeclarado independientes y en términos prácticos funcionan de facto como dos quasi-estados, especialmente Somaliland. Por lo tanto, ambas emiten sus propias licencias a la hora de explotar estos recursos y firman acuerdos de explotación con diferentes empresas extranjeras sin que Mogadiscio tenga nada que decir al respecto. Ya pueden ser éstas saudís o de los Emiratos.
      El último acuerdo bilateral cerrado entre Riad y Mogadiscio, cede el uso del espacio áereo, territorial y de las aguas somalís al ejército saudí, en su lucha contra las facciones de rebeldes Houthi en Yemén.
      Esta es la información de dominio público respecto a la cuestión que planteas. Como ya sabes, la política de los intereses creados es una práctica al orden en cualquier foco caliente del planeta, pues el poder del estado en conflicto suele quedar anulado, y por lo tanto, incapaz de hacer frente a las “incursiones” o dictámenes extranjeros.

      Gracias por tu comentario,

      Un saludo,

      Isabel Alonso.

  2. Muy interesante el artículo, que recapitula lo que se ha dicho del caos, orquestado por los intereses extranjeros, habida cuenta de la importante posición geoestratégica que tiene Somalia, como quiera que es puerta de entrada al Canal de Suez, a través del estrecho de Bab el-Mandeb, uno de los siete cuellos, por el que transitan diariamente entre 3.5 y 4 millones de barriles de petróleo; y es ruta marítima para el comercio de la UE con Asia y África.
    En cuanto a lo que menciona Jesús, una de las dos mayores bolsas de petróleo descubiertas, se encuentra en la región de Ogaden (Etiopía) frontera con Somalia; la otra está en la llamada “Cuarta Parte Vacía” (The Empty Quarter) en el desierto de Rub’al-Khali , uno de los mayores desiertos de arena del mundo y situado en los territorios de Arabia Saudita, Yemen, Omán y Emiratos Árabes Unidos.
    Estoy acompañando un estudio relacionado con MISIONES DE PAZ Y COMPAÑÍAS MILITARES PRIVADAS EN EL CUERNO DE AFRICA BAJO LA INFLUENCIA DE LA
    UNION AFRICANA –UA- DURANTE EL PERIODO 2007-2013. EL CASO DE SOMALIA. Si tenés alguna documentación relevante que puedas indicarme, te lo agradeceré.
    Recibe un fraternal saludo desde Colombia.
    Eduardo Pedraza

  3. Srta. Isabel Alonso García ¿como estás? es posible que usted publique un articulo respecto el papel que Juega Rusia sobre Siria y sus implicaciones geopolítica en dicho país e incluso en la región, espero su pronta respuesta. Gracias y que Dios te bendiga, Me llamo Jonás Estrada soy Lic. Estudios Internacionales de Caracas, Venezuela.

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