El límite intermitente: las fronteras de la Polonia actual

Polonia ocupa en la actualidad una superficie de casi 313.000 km², constituyendo el sexto país más grande de la Unión Europea. Sus 3.500 km de frontera son el resultado de más de doscientos años de constantes cambios y revisiones, con épocas intermedias de relativa estabilidad, al ritmo de los eventos que han sacudido al país y a sus vecinos. Pocos límites de estados europeos reflejan tan bien como los de Polonia los vaivenes de la política internacional del siglo XX, y pocos han tenido tanto protagonismo e importancia en lo que el historiador británico Eric Hobsbawm llamó la “Era de los Extremos”.

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Lo cierto es que lo que actualmente consideramos “Polonia” no es sino resultado directo de los tratados que en 1945 pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial, la última fase de un proceso de evolución que ha tenido un final relativamente reciente si lo comparamos con la formación de otras fronteras como las de Francia, España o Países Bajos. La volatilidad de las fronteras polacas se ha debido en parte a la ausencia de barreras naturales claras al este o al oeste –sólo los Cárpatos y el Mar Báltico suponen una barrera infranqueable en este sentido–, lo que acompañado de la diversidad étnica característica de los espacios centroeuropeos ha favorecido la falta de estabilidad a la hora de establecer límites con sus vecinos tradicionales más directos, Alemania y Rusia.

Los antecedentes: de la Rzeczpospolita a la reconstrucción (1569-1918)

Desde el siglo XV, Polonia había estado virtualmente unida a su vecina Lituania, unión que se ratificó con la creación en 1569 de la Rzeczpospolita – literalmente, República – de las Dos Naciones, el estado más extenso de Europa en su tiempo, que perduraría hasta 1795. La República de las Dos Naciones, lejos de ser homogénea, estaba habitada por una gran cantidad de etnias y pueblos de orígenes muy diversos: junto a polacos y lituanos había una gran presencia de alemanes, judíos, rutenos, rusos e incluso tártaros, una cuestión que heredaría indirectamente la Polonia futura.

La época de mayor esplendor de la Rzeczpospolita quedó atrás en el siglo XVIII, cuando Polonia-Lituania fue cayendo progresivamente en la órbita de sus vecinos –que llegaron incluso a decidir quién se sentaba en su trono–, muy especialmente de Rusia. La injerencia de la zarina Catalina II en los asuntos polacos fue aumentando cada vez más, hasta el punto de colocar en su trono al que sería el último rey de Polonia, Estanislao II Poniatowski (1764-1795), procedente de una de las principales familias nobiliarias del país –y uno de sus ex amantes–. La progresiva influencia de Rusia y en menor medida de Prusia y Austria en los asuntos polacos culminaría en 1772 con la primera de las tres particiones que sufriría Polonia. A esta primera separación, que arrebató a Polonia casi un 30% de su territorio, que pasó a manos de Austria, Prusia y Rusia, siguieron otras dos en 1793 y en 1795. Ese mismo año, Polonia simplemente dejó de existir.

Durante todo el siglo XIX, los polacos –muchos de ellos en el exilio en París– buscaron la recuperación de su perdida independencia al calor del nacionalismo romántico imperante y las revoluciones liberales. Esto les llevó a apoyar a Napoleón –que estableció una efímera Polonia independiente bajo el pomposo nombre de “Gran Ducado de Varsovia”– y a llevar a cabo infructuosas insurrecciones en 1830, 1846 y 1863. Todas ellas terminaron en un rotundo fracaso, que no hizo sino avivar las ansias de independencia de la intelectualidad polaca en el exilio. Sería la Primera Guerra Mundial la que, al calor de la caída de los tres grandes imperios que se habían repartido Polonia, permitiera el surgimiento de una nueva Polonia.

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¿Qué forma había de tomar un estado que no había existido en más de un siglo, que nunca había tenido unas fronteras claras con sus vecinos y cuyos intereses chocaban de lleno con los de las nuevas nacionalidades aparecidas en su entorno? Este sería uno de los principales puntos que iban a tratarse durante las reestructuraciones del mapa europeo en 1919, y que condicionaría la política internacional europea de toda la primera mitad del siglo XX.

Abrirse paso a codazos: la frontera occidental de la nueva Polonia (1919-1939)

La cuestión acerca de las fronteras de la renacida Polonia se convirtió en uno de los puntos más polémicos de las negociaciones territoriales en Versalles, donde chocaron los intereses polacos y los de las potencias vencedoras de la guerra. El delegado en jefe de Polonia en las negociaciones, Roman Dmowski, proponía delimitar el nuevo país basándose en las fronteras anteriores a la partición –retomando el gigantesco y diverso estado de la primera Rzeczpospolita–. Esta propuesta no fue bien recibida por el resto de negociadores, que consideraban Polonia un estado menor que debía acatar las decisiones de las potencias y asumir un papel secundario ceñida a unas fronteras basadas en la etnia. Como los sucesos demostraron, ambas opciones eran inviables.

Uno de los puntos más peliagudos de la negociación fue definir el límite occidental del nuevo estado, que se trazaría a costa de las antiguas provincias orientales del Imperio Alemán y siguiendo criterios étnicos. Polonia recibió la Poznania, con capital en Poznań –Posen en alemán, ciudad que se había levantado en armas hacia el final de la guerra a favor de una Polonia independiente–, la mitad sur de la Alta Silesia –una zona codiciada por su riqueza minera, que votó en un plebiscito la anexión a la nueva Polonia– y el área alrededor de la ciudad de Danzig, que quedó como Ciudad Libre en una solución que no convenció ni a polacos ni a alemanes. Pese a todo, Polonia había logrado el que era uno de sus objetivos principales: lograr una salida al mar, un suceso que se celebró en 1920 con un evento militar conocido como Zaslubiny z Morzem –“los esponsales con el mar”–. Además de estos cambios principales, Polonia también recibió las ciudades prusiano-orientales de Allenstein, que pasó a ser Olsztyn, y Marienwerder (Kwidzyn). Con esta auténtica “partición de Prusia” comenzó un proceso de desgermanización que llevó a los alemanes orientales a emigrar progresivamente hacia el oeste, una escena que se repetiría a partir de 1945.

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No todas las polémicas territoriales de la frontera occidental de Polonia tuvieron a Alemania como principal rival; las fricciones comenzaron muy pronto con las recién creadas repúblicas vecinas por la imposibilidad de aplicar el criterio étnico que buscaban los reajustes de los Tratados de Versalles. En concreto, Polonia sostuvo una disputa con otra república completamente nueva, Checoslovaquia, por el dominio de tres comarcas fronterizas del antiguo Imperio Austro-Húngaro: Cieszyn –Těšín para los checos– Spisz (Spiš) y Orawa (Orava). El conflicto acabó resolviéndose en 1920 con la división de dos de estas localidades en dos partes, una polaca y otra checa, con la frontera estatal en medio.

La frontera imposible: el límite oriental de Polonia (1919-1939)

Con todo, la frontera más controvertida y disputada de Polonia será con diferencia su límite oriental, con una extensa área que abarcaba las actuales Ucrania, Lituania y Bielorrusia –el historiador británico Norman Davies emplea el término ULB Area– entre Polonia y la Rusia revolucionaria. Esta zona, sin mayoría de población rusa o polaca y sazonada por una serie de movimientos nacionalistas que buscaban la autodeterminación al calor del vacío de poder ocasionado por el fin de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en el campo de batalla entre las fuerzas de las recién creadas Segunda República Polaca y Unión Soviética. Las hostilidades comenzaron en 1919 con el avance del ejército polaco hacia el territorio soviético y concluyeron en 1920, tras una decisiva victoria polaca en la batalla de Varsovia.

El armisticio, firmado en Riga, propuso la creación de una frontera que perduraría hasta 1939 –la más definitiva de las siete propuestas de frontera oriental polaca realizadas entre 1914 y 1945–. La frontera entre la Unión Soviética y Polonia quedó establecida en un punto mucho más al este que la frontera actual, englobando a toda una serie de nacionalidades que convirtieron Polonia en un estado mucho más heterogéneo de lo que las potencias de Versalles hubieran deseado. A los territorios anexionados se sumó además la Galicia Oriental, con capital en Lwów, de población polaca en las capitales y ucraniana en el ámbito rural.

En su recién adquirida frontera oriental, Polonia entraría en disputa también con la nueva república de Lituania, que reclamaba para sí la ciudad de Vilna como capital. Esta ciudad había sido tradicionalmente la capital del Gran Ducado de Lituania, pero su población lituano-parlante no llegaba al 5% frente a una mayoría aplastante de polacos; esto creó una fricción entre ambos estados que culminó con la entrada de tropas polacas en la ciudad y la anexión a Polonia en 1922. La capital lituana seguiría siendo Kaunas hasta 1942.

Los reajustes de fronteras posteriores a la Primera Guerra Mundial convirtieron a la Segunda República Polaca en un estado multiétnico bastante alejado del estado homogéneo que buscaban los famosos catorce puntos de Wilson, una circunstancia que había sido posible sólo gracias a las acciones militares polacas en un momento de debilidad de los antiguos imperios ruso y alemán. Según el censo de 1931, en una población de 32 millones de habitantes sólo un 69% eran polacos étnicos, que compartían la República con ucranianos (15%), bielorrusos (4,7%), alemanes (2,3%) y hasta diez nacionalidades más.

Nacionalidades en Polonia, en 1931
Nacionalidades en Polonia, en 1931

Todo esto cambiaría en septiembre de 1939 con la invasión alemana y soviética de la República de Polonia, que dividiría el país en dos partes siguiendo lo estipulado en el Pacto Molotov-Ribbentrop: la oriental bajo influencia soviética y la occidental, bajo control del Reich. Finalizaban así veinte años de Polonia independiente, y comenzaba uno de los períodos más oscuros de la historia del país. La Polonia que saldría de la Segunda Guerra Mundial sería, con toda probabilidad, una Polonia diferente.

Una solución draconiana: las fronteras actuales de Polonia (1945-)

El fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 trajo una nueva reconfiguración del mapa polaco, en esta ocasión de manera definitiva, que a grandes rasgos se ha mantenido hasta la actualidad. Las fronteras de 1945 no solucionaron los problemas del período de entreguerras, sino que literalmente, y de nuevo en palabras de Norman Davies, los destruyeron.

La frontera oriental de Polonia, origen de inestabilidades y disputas territoriales durante la primera mitad del siglo XX, fue basada en la llamada “Línea Curzon”, que había sido propuesta por el ministro de exteriores británico George Curzon en 1919. En su día la propuesta de Lord Curzon había sido rechazada, pero la Conferencia de Yalta la retomó; esto privaba a Polonia de un 20% de su territorio que pasaba a las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Ucrania, Bielorrusia y Lituania. Era por lo tanto una solución sustancialmente ventajosa para la URSS, que sin embargo ignoraba a la minoría polaca al este de la Línea Curzon.

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Las grandes pérdidas territoriales experimentadas por Polonia en el este fueron recuperadas con creces en el oeste, donde se estableció una nueva frontera que seguía los ríos Oder-Neisse. Polonia compensaba así con 64.000 km² de la antigua Alemania la pérdida de 110.000 km² a favor de la URSS –una zona menos rica en recursos y menos habitada que la recién adquirida en el oeste–. El este de Brandeburgo, Silesia, Pomerania Oriental y el sur de la Prusia Oriental –el norte de la misma, alrededor de la recién bautizada Kaliningrado pasó a formar parte de la URSS– fueron anexionadas a la nueva República Popular Polaca.

Las fronteras de la nueva Polonia resultaron una imposición pragmática al calor de las circunstancias extraordinarias de 1945, sin tener en cuenta factores como la demografía o las nacionalidades. Esta situación crearía uno de los mayores problemas humanitarios del siglo XX europeo. En torno a seis millones de alemanes se encontraron en una nueva Polonia en la que, por obvias razones, no eran bien recibidos, y tuvieron que desplazarse hacia el oeste, a la Alemania Occidental, donde fueron reasentados. Esta trágica situación provocó un vacío demográfico en el oeste de la nueva Polonia, que fue compensado con la llegada de un millón y medio de refugiados polacos venidos de las tierras anexionadas a la URSS, que junto a dos millones de colonos del centro del país y a otro millón y medio de polacos venidos de Alemania, donde habían estado trabajando en régimen de esclavitud durante la Segunda Guerra Mundial, repoblaron las nuevas tierras occidentales de Polonia. Este proceso fue coordinado minuciosamente por la Państwowy Urząd Repatriacyjny (Oficina Estatal de Repatriación), un órgano creado a propósito para el reasentamiento de población polaca dentro de la nueva República. A estos ajustes demográficos se sumó la desaparición de más de dos millones y medio de judíos –un grupo especialmente abundante en Polonia– durante el dominio nazi.

Desde 1945 las fronteras de la República de Polonia han sido las más estables de toda su historia, delineando un país que está más cerca del territorio de la Polonia medieval bajo la dinastía de los Piast que de la Polonia de las particiones de 1772. Los durísimos reajustes realizados tras la Segunda Guerra Mundial han creado un país homogéneo étnicamente, tal y como hubiera sido el deseo de las potencias vencedoras en 1919, en el que actualmente –según los datos del censo de 2011– el 97,7% de los habitantes es de nacionalidad polaca. Como hemos podido comprobar, este es el resultado de una intensa ingeniería política internacional que tras la Primera Guerra Mundial redibujó las fronteras tratando de adaptarlas a las nacionalidades, y que tras la Segunda Guerra Mundial redistribuyó las nacionalidades de acuerdo con las fronteras. Literalmente, en 1945, las fronteras pasaron por encima de las personas con toda prioridad.

Este replanteamiento de lo que significa Polonia en la actualidad ha creado situaciones de reconstrucción del pasado para readaptarlo a los nuevos intereses, en ocasiones pasando por encima del pasado de regiones enteras para resaltar los aspectos de su historia en los que los polacos han sido protagonista. La toponimia refleja bien estos cambios: la histórica Breslau es conocida oficialmente como Wrocław, y hoy en día su fisonomía es la de una ciudad completamente polaca. Visto desde otra perspectiva, nadie diría hoy que en la lituana Vilnius (Wilno) hace apenas ochenta años sólo un 5% de la población sabía lituano, o que la ciudad ucraniana de L’viv era hace setenta años la polaca Lwów…Y hace un siglo la austríaca Lemberg.

Una peculiaridad de los reajustes fronterizos de Polonia desde 1772 es la ausencia de los propios polacos en la toma de decisiones, que les han venido impuestas siempre desde las potencias vecinas sin dar opción a la propia Polonia a decidir como parte contratante. Una de estas potencias, Rusia, uno de los principales actores internacionales que ha decidido sobre las fronteras de Polonia, que ya no limita con ella desde 1991 exceptuando la franja norte del oblast de Kaliningrado; pese a ello sigue formando parte principal de la política internacional de la nueva Rzeczpospolita, que ahora cuenta con un “cinturón de seguridad” de repúblicas menores –sus viejos vecinos bálticos y Ucrania– frente a su tradicional vecino del este.

Situación internacional de Polonia tras 1989, con los principales movimientos demográficos y medidas de defensa internacional. Fuente: Le Monde Diplomatique
Situación internacional de Polonia tras 1989, con los principales movimientos demográficos y medidas de defensa internacional. Fuente: Le Monde Diplomatique

En 1991 los ministros de exteriores polaco y alemán firmaban el “Tratado de la Frontera Germano-Polaca”, por la cual la República Federal Alemana reconocía la línea del Oder-Neisse como la definitiva entre las dos repúblicas –uno de los requisitos para el visto bueno estadounidense para la reunificación alemana–. Junto a él se firmó también un “Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa”, que garantizaba el respeto a las minorías a ambos lados de la frontera polaco-alemana. Atrás quedaban la brutalidad y las tensiones que habían dibujado los bordes de Polonia durante casi medio siglo.

Acerca de Ignacio García de Paso 2 Articles
Ignacio García. Nacido en Zaragoza, en 1991. Licenciado en Historia, con Máster en Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y un año de erasmus en Budapest. Interesado en la política internacional y los idiomas, muy especialmente en Centroeuropa, la Europa Oriental y los Balcanes.

1 comentario en El límite intermitente: las fronteras de la Polonia actual

  1. Me ha gustado bastante el artículo (quizás por razones personales). Muy bien resumido. Solo un par de detalles para complementar y corregir, muchos lemkos y ucranianos tambien fueron desplazados e instalados en el oeste del país despues de la IIGM https://es.wikipedia.org/wiki/Operaci%C3%B3n_Vistula en cuanto a la Prusia Oriental polaca y a su “germanidad”, (parte de ella incluso votó seguir en Alemania aunque en el artículo se dice erroneamente que Olzstyn y Kwidzyn pasaron a manos polacas tras el plebiscito del 20), existe una película bastante bonita llamada Roza que describe bastante bien las secuelas de la IIGM, la polonización de la población local (de dialecto masuriano), la expulsión de muchos polacos protestantes y germanizados, el odio hacia estos por votar en el referendum seguir siendo parte de Alemania, etc.

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