Andamán y Nicobar, la llave de India para el sudeste asiático

India es un gigante aprisionado entre enormes y robustos muros. Su situación como centro del subcontinente indio ha provocado que tradicionalmente haya tenido que prestar toda su atención a los vecinos que la rodean y a los enormes retos internos que enfrenta el país. El incesante aumento de la población, los enormes focos de desigualdad, la diversidad étnica, religiosa y política y el peso de la tradición en un país que intenta modernizarse son algunos de los lastres de los que India no se consigue librar. Por si esto fuera poco, las guerras con Pakistán, su gran enemigo, y China, la mayor potencia rival en el continente, ha acabado haciendo de la India un país con una enorme fijación por lo terrestre.

Con unas fronteras poco claras y a menudo amenazantes, India ha sido incapaz de expandir su influencia por el Índico a pesar de tener una posición absolutamente privilegiada para ello. Dos costas encaradas hacia mares completamente distintos que dan paso a dos mundos diametralmente opuestos son sus bazas. La costa oeste, con enormes capacidades de proyección hacia Oriente Medio y África; la este, mirando desde una prudente distancia a un cada vez más convulso sudeste asiático. En este último escenario India tiene una de sus mejores cartas de cara a la situación geopolítica de Asia-Pacífico. A más de mil kilómetros de la costa oriental del país, India posee una cadena de islas, Andamán y Nicobar, haciendo de puerta del estrecho de Malaca y a escasa distancia de incómodos rivales regionales como Myanmar, Tailandia o Indonesia.

Andaman

Puesto de avanzada en el Índico

Las islas Andamán y Nicobar pertenecen a India desde la fundación del país. En épocas previas también habían estado estrechamente relacionadas con el gobierno del subcontinente, primero con el Imperio Maratha hasta principios del siglo XIX y luego con la administración británica y su “joya de la corona”. Sólo con la expulsión de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial y la concesión de independencia por parte de Reino Unido en 1947, el archipiélago estuvo bajo control de India.

Sin embargo, durante décadas, la importancia de las islas para los sucesivos gobiernos de Nueva Delhi ha pasado desapercibida. Los comentados problemas con la vecindad y la escasa tradición naval de los indios no permitieron que Andamán y Nicobar cobrasen su vital papel geoestratégico hasta el siglo XXI. Ya sólo desde un punto de vista “territorial”, Andamán y Nicobar aportan a India un 30% de la Zona Económica Exclusiva –aquella zona marítima de explotación exclusiva para el país– y limitan, como es obvio, las respectivas proyecciones de Myanmar e Indonesia.

Fronteras India Tailandia Indonesia

Así, en 2001, se desarrolló en las islas una comandancia propia para organizar la cada vez mayor importancia del archipiélago y empezar a tomar posición en las dinámicas que durante este nuevo siglo se han ido desarrollando en el sudeste asiático. Para remarcar la importancia de Andamán y Nicobar, el mando es rotatorio entre los tres ejércitos –Tierra, Armada y Aire–, teniendo la base principal en Port Blair, la capital del archipiélago.

De momento, los medios militares destinados en las islas son escasos y no muy modernos, en gran parte causado por el perfil tradicional del ejército indio, orientado a la guerra terrestre y a la alta montaña, medios en los que se encuentran sus mayores focos de tensión actuales. Por tanto, y aunque Nueva Delhi ha emprendido un ambicioso proyecto para dotarse de numerosos y avanzados recursos militares navales, sólo unos quince barcos de guerra se encuentran en la actualidad destinados en Andamán y Nicobar, en su mayoría patrulleras y barcos anfibios, complementados por aviones de vigilancia marítima. No obstante, las intenciones son de agrandar lo antes posible las infraestructuras y los recursos militares presentes en las islas, como llevar un submarino nuclear –de momento India sólo tiene uno, el INS Arihant– o pasar de una brigada a una división en cuanto a medios terrestres se refiere.

En buena medida, los medios disponibles pretenden ser acordes con el papel que cumplen las islas. Hasta hace no mucho, India no tenía una estrategia para convertirse en una potencia global, como tampoco la tenía para contrarrestar el creciente poder chino. Sólo cuando la belicosa situación que históricamente ha vivido le ha dado un respiro, el gigante subcontinental ha empezado a articular ciertas medidas para posicionarse en un siglo XXI que cada vez le otorga más peso en detrimento de los poderes hegemónicos tradicionales. Así, Andamán y Nicobar han sido, dentro de la política de seguridad india, poco más que un puesto de avanzada a pocos kilómetros de países distantes de la India continental, con la función de vigilar amenazas transnacionales tan habituales en la zona como el tráfico de armas y droga –a menudo con India como destino–, la inmigración ilegal o la pesca no autorizada que birmanos, indonesios e incluso taiwaneses y chinos han practicado de manera recurrente en las aguas de Andamán y Nicobar. Sin embargo, el cambio en las dinámicas regionales ha provocado que las necesidades de Nueva Delhi sean otras, y el papel de las islas deba por tanto cambiar. Ya no importa de igual manera controlar el tráfico de armas; de hecho, Indonesia, Tailandia e India colaboran habitualmente en controlar esas situaciones nocivas. En la actualidad lo importante es tener un buen posicionamiento de cara a controlar las rutas comerciales y estar preparado ante el expansionismo de otros estados. Para eso, Andamán y Nicobar son oro puro.

El gran obstáculo para China

A pesar de que el gran rival indio sea históricamente Pakistán, la naturalización del conflicto y la tensión ha provocado que las reclamaciones sobre Jammu y Cachemira no tengan ninguna proyección a futuro, y la situación esté tan estancada que el statu quo sea la mejor opción para todos. En cambio, el pulso del presente siglo sí es para India de enorme envergadura y su desarrollo podría marcar las dinámicas de poder del continente asiático durante décadas. China es su contendiente, y lejos de la guerra entre ambos en 1962, los dos países son conscientes de la necesidad de controlar las rutas comerciales del Índico y el sudeste asiático, así como asegurar el suministro energético y de materias primas. El medio terrestre ha perdido casi todo su valor en la geopolítica de Asia-Pacífico, en cambio, la importancia del mar es ahora mayor que nunca.

Por el estrecho de Malaca circulan unos 60.000 buques al año. Junto con los canales de Panamá y Suez, además del estrecho de Ormuz, este es uno de los grandes embudos del comercio marítimo con un 40% del tráfico mundial. Si bien en Malaca los problemas residen en la boca oriental dada la estrechez del paso, los bancos de arena y la densidad del tráfico, la entrada desde el Índico está a menos de cien kilómetros de Gran Nicobar, la isla más al sur de toda la cadena. Aunque todavía no tiene las capacidades, en no muchos años India estará en posición de poder cerrar selectiva o totalmente la entrada al estrecho por el norte con una combinación de fuerza aérea y naval, provocando la desviación de las rutas y el consiguiente aumento de los costes para los afectados.

Este escenario es el que a toda costa China pretende evitar. Su excesiva dependencia de los recursos naturales procedentes de África, especialmente hidrocarburos y las malas relaciones que por lo general mantiene con sus vecinos del sudeste asiático por su agresiva política expansionista hace que no desee provocar en demasía al otro gigante asiático. Sin embargo, las políticas encaminadas a asegurar los flujos comerciales hasta sus puertos no generan tranquilidad en Nueva Delhi. La sintonía de Pekín con Pakistán, Sri Lanka y Myanmar, vecinos clave de India, y su estrategia del llamado “collar de perlas” tienen como objetivo colocar las piezas en el tablero antes que los indios, con la intención de disminuir la enorme desventaja estratégica que Andamán y Nicobar le resultan a la República Popular. Puertos como el de Kyaukpyu, en Myanmar, con gasoducto hacia China incluido; Hambanota, en Sri Lanka y Gwadar en Pakistán son el trabajo que ya han avanzado desde Pekín en sus intentos por controlar el Índico.

Gasoducto Myanmar China 

Por su parte, Nueva Delhi también maniobra políticamente para establecer apoyos que aíslen a China. Relaciones cordiales con potencias medias de Asia-Pacífico como Indonesia o Vietnam han sido sus primeros pasos, y no se descarta que en un futuro intente estrechar los lazos con países de mayor peso geopolítico, como Japón o Australia. Del mismo modo, tanto chinos como indios intentan ganarse el apoyo de Rusia, potencia interesada en estrechar lazos con China, tratando de no hacerse demasiado dependientes de Pekín mientras fortalece las sólidas relaciones con Nueva Delhi, basadas en una histórica sintonía –que se remonta a la URSS– y con vistas a mantener cierto equilibrio de poder en la Asia continental.

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Sin embargo, India no parece confiar demasiado en la capacidad de Moscú para nivelar el escenario asiático, principalmente porque salvando las relaciones interestatales, Rusia apenas tiene intereses económicos o de seguridad en la zona del Índico que supongan un incentivo a prestarle el apoyo que India necesitaría. Quien sí los tiene es Estados Unidos, un país que durante el doble mandato de Barack Obama ha estrechado lazos con la mayor democracia del mundo. A pesar del incondicional apoyo norteamericano a Pakistán desde hace décadas, India ha sabido entender las ventajas que le produce una mejora de las relaciones políticas y comerciales con la todavía primera potencia mundial. En esta especie de win-win de amplio espectro, India gana un poderoso aliado con el que comparte la mayoría de objetivos en relación al poder chino. Por la otra parte, Estados Unidos diversifica su cartera de aliados en Asia, ya que aunque se haya alineado tradicionalmente con Pakistán, especialmente en combatir a la URSS primero y el terrorismo islamista después, el juego a dos bandas que tanto gusta en Islamabad no genera demasiada confianza en Washington. A esto se le añade que unas mejores relaciones con India permiten ampliar los flujos comerciales entre ambos y generar un bloque periférico en Asia que encierre las ansias de Pekín.

India China Indico

Sin embargo, al mismo tiempo que compiten y se sacan músculo el uno frente al otro, China e India cooperan y trabajan conjuntamente en organizaciones como el Foro Regional de la ASEAN, la Organización de Cooperación de Shanghai y el sempiterno e informal bloque de los BRICS. Ambos son conscientes de que ahora toca comerciar y trabajar en común, pero también se preparan para un futuro en el que no necesariamente esa sea la tónica.

Con este escenario en los años venideros, Andamán y Nicobar se postulan como una pieza fundamental en el entramado geoestratégico del Índico y el sudeste asiático. Una aparentemente irrelevante cadena de islas es, además de un dolor de cabeza para una potencia global como China, la llave de otra potencia de cara al acceso a toda una región. Quizás India y China no se encuentren en rumbo de colisión al llevar direcciones distintas, pero no es menos cierto que pueda llegar el día en el que por ser dos gigantes recluidos en un espacio cada vez más pequeño, su inmenso tamaño les lleve a chocar.

Acerca de Fernando Arancón 72 Articles
Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92
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