El sistema de partidos español: Origen, desarrollo y ruptura (2/2)

Es común, casi inevitable, unir el sistema político español al bipartidismo. En el imaginario colectivo hasta hace bien poco las elecciones se basaban en una suerte de plebiscito entre dos grandes opciones. Si no gobierna el PSOE lo hará el PP. Un baile con una coreografía muy sencilla explicaba el voto del electorado, quedando reducida la competición a una disputa de dos jugadores.

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Sin embargo, un repaso histórico más atento nos lleva a descubrir que no fue hasta la década de los noventa cuando realmente se puede hablar de un segundo gran partido a nivel nacional. Muchos serán aun los que recordarán los años donde el PSOE ganaba de manera aplastante elección tras elección. Así, aunque desde la Transición ya había elementos que permitían intuir que España caminaba hacia un modelo estable de competición entre dos grandes partidos, no fue hasta los años noventa cuando este se hizo patente. Como apunte cabe recordar la estigmatización que durante mucho tiempo sufrió la derecha en gran parte de la sociedad, considerándose esta una heredera directa del franquismo. 

Hasta el 3 de marzo de 1996, la histórica oposición, ya fuera como Alianza Popular o Partido Popular,  no se convertiría en gobierno. El partido refundado tras años de crecimiento lograba derrotar al Partido Socialista Obrero Español. En palabras del propio Felipe González, una ¨dulce derrota¨ daba por apenas 300.000 votos la presidencia a José María Aznar. Este, con el apoyo de CIU, PNV y Coalición Canaria, iniciaba una nueva legislatura. Mientras, los socialistas se veían forzados por primera vez en mucho tiempo a reconocer los fallos que les habían llevado a la derrota y tratar de recomponer el partido como una opción ganadora. 

En 1997 Felipe González anunció de manera inesperada el abandono de la secretaría general del PSOE. El mando recaía ahora sobre el exministro Joaquín Almunia, el cual, tratando de dar algo de legitimidad al relevo, convocó unas primarias dentro del partido. Josep Borrell, otro exministro de la era González, también acudió a las mismas y las acabó ganando. A partir de ese momento lo que había pretendido ser un ejercicio de compromiso democrático se convirtió en un foco de tensiones constante en el partido. Al PSOE le costaba recuperar su fuerza y el avance de la legislatura, con buenos datos económicos y una política muy dialogante por parte del gobierno, no hacían más que consolidar el nuevo reparto de poder. 

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Fotografía de José María Aznar junto a los representantes sindicales de CCOO y UGT. A diferencia del gobierno anterior, el PP durante su primera legislatura logró importantes pactos con los distintos agentes sociales

Muy esclarecedor de la situación de los socialistas es cómo finalmente Borrell, pese a haber vencido en las primarias, presentó su renuncia. El candidato a las elecciones generales del año 2000 fue Joaquín Almunia, el cual no era demasiado bien percibido por el electorado. 

Por otro lado, en Izquierda Unida, la fuerza que podía disputar por la izquierda el electorado perdido al PSOE, tampoco acababan de cerrarse las tensiones. La idea de otro gran competidor electoral parecía no acabar de fraguarse. Las dificultades del sistema electoral español y la constante guerra interna se encargaron de alejar a IU de una posición de relevancia política nacional. Los críticos, ahora agrupados en torno a Nueva Izquierda y constituidos como partido dentro de la organización, no compartían la línea seguida por la dirección. En 1997 las tensiones eran ya irreconciliables y Nueva Izquierda optó por la escisión. También se rompía durante este año con IC, que hasta el momento había sido la marca de la coalición en Cataluña. En las elecciones y municipales de 1999 IU, hasta ahora en línea ascendente, perdía a gran parte de sus votantes. Julio Anguita, tras los resultados y con una condición física cada vez más deteriorada, anunciaba su retirada. Su sustituto fue Francisco Frutos, secretario general del PCE en ese momento y defensor de un cambio en la estrategia electoral del partido. Se iniciaba un giro de 180 grados que preveía un acercamiento al PSOE. Los electores no entendieron la nueva política y en las elecciones generales del año 2000 Izquierda Unida perdía a casi la mitad de sus votantes, demostrando lo que sería a futuro una constante del partido: la volatilidad de su electorado y la falta de implantación real de la coalición a nivel nacional.

Con esta situación tan precaria de sus rivales y tras un gobierno que había ayudado a que muchos olvidaran la imagen negativa y reaccionaria asociada a Manuel Fraga y Alianza Popular (AP), en las generales del año 2000 José María Aznar y el Partido Popular volvían a ganar las elecciones, obteniendo esta vez una clara mayoría absoluta (44,52% del voto). El PP lograba ampliar de forma considerable el número de sus electores, quedando clara la importante base social que había logrado congregar el partido.

No obstante, la nueva legislatura no fue tan apacible como la anterior y las políticas del gobierno tanto a nivel internacional, el polémico alineamiento con la administración norteamericana, como a nivel nacional tuvieron una fuerte contestación en la calle. Finalmente, tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y la actuación posterior del gobierno, la situación quedó vista para sentencia. El 14 de marzo de 2004 un renovado PSOE con José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza se imponía, sin llegar a la mayoría absoluta, en las elecciones. El modelo había funcionado a la perfección y lo perdido por el Partido Popular era ganado por el Partido Socialista, manteniéndose muy alejados el resto de partidos en la pugna electoral. 

José Luis Rodríguez Zapatero, que se había impuesto de manera sorprendente en el XXXV Congreso del partido, encaraba ahora una legislatura en minoría en la que tuvo que buscar apoyos fundamentalmente en los partidos nacionalistas y regionalistas de izquierdas. Esta primera legislatura estaría marcada por los buenos datos económicos y el avance decidido en políticas sociales. En las elecciones generales del año 2008 el PSOE volvería a ser el partido más votado, aunque de nuevo se vio obligado a conformar un gobierno en minoría. Sin embargo, ahora serían los partidos regionalistas y nacionalistas de derechas los que darían su apoyo al ejecutivo. Un cambio debido a que tras la mala gestión económica, el gobierno inició un duro conjunto de ajustes y reformas que condicionaban seriamente los avances sociales conseguidos durante el anterior mandato. En las elecciones de 2011, gran parte de los sectores que habían apoyado al gobierno durante los primeros años de legislatura habían cambiado su actitud. El candidato socialista, Alfredo Pérez Rubalcaba, designado tras la renuncia de Zapatero, obtuvo uno de los peores resultados en toda la historia del partido.

No obstante, aquellos años también se caracterizaron por la gran movilización que tenía lugar en calles y plazas, e inolvidable es ya para muchos la imagen de la Puerta del Sol convertida en el epicentro del movimiento 15-M. El engranaje bipartidista parecía funcionar a la perfección y el Partido Popular tras dos legislaturas de oposición y con Mariano Rajoy, exministro de Aznar, a la cabeza, lograba en 2011 un 44,62% del voto y una clara mayoría absoluta. 

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Imagen de la Puerta del Sol durante el desarrollo las protestas del 15-M

Ciudadanía y política, una relación complicada

La estabilidad bipartidista quedaba tras más de 15 años de alternancia electoral sobradamente probada. No obstante, una pregunta cobraba fuerza tras las masivas protestas: ¿Era real la gran resistencia que mostraban los dos grandes partidos en las urnas? ¿Estaban estos tan legitimados por la ciudadanía o sólo la mera inercia y la falta de alternativas explicaban su éxito? La relación entre los partidos y la ciudadanía saltaba de nuevo a la palestra. 

Todos los partidos españoles han entendido desde muy pronto que debían ser organizaciones de intermediación entre las instituciones y las demandas ciudadanas, y por tanto han desarrollado estructuras que les permitieran ser permeables a las mismas. Al fin y al cabo, la exigencia de la competencia electoral les hace tener siempre un ojo puesto en los movimientos y exigencias del tejido social. Una sociedad, no olvidemos, que en los últimos años se ha vuelto más heterogénea y compleja. El recurso de la demoscopia se ha vuelto fundamental en el diseño de los programas electorales. PP y PSOE tienen por costumbre realizar unas tres o cuatro macroencuestas anuales para tratar de sondear la opinión pública de la sociedad española. 

Sin embargo, la necesidad de asimilar demandas ciudadanas va más allá de realizar estas encuestas y los partidos también han buscado otros métodos para tratar de ser sensibles al sentir ciudadano. Uno de ellos ha sido intentar estar cerca de las grandes organizaciones sociales del país, teniendo una comunicación fluida con las mismas. Desde hace ya un par de décadas, una de las estrategias más comunes de los grandes partidos es incluir en su programa electoral propuestas provenientes de estas organizaciones, tratando incluso de cooptar a miembros importantes de estas para el partido. Todos los partidos han desarrollado órganos específicos centrados en esta función, aunque es cierto que no es igual el tejido asociativo sobre el que han centrado su atención. Mientras la derecha tradicionalmente ha preferido la relación con organizaciones de consumidores o de carácter asistencial los partidos de izquierdas han estado abiertos al trato de una gama más amplia de temas. 

Los partidos han buscado, por tanto, a la sociedad de puertas para afuera. Pero también en las últimas décadas han tratado, con mayor o menor fortuna, de incluir a la sociedad en su seno, es decir, aumentar los incentivos a la afiliación como miembros del partido. Si se lograba una militancia amplia y heterogénea el partido podría lograr en su seno una imagen parecida de la sociedad en su conjunto. España es tradicionalmente uno de los países europeos con menores tasas de afiliación partidista. Y aunque los grandes partidos, PP y PSOE, aseguran que el porcentaje de sus afiliados ha crecido con los años, es bastante difícil corroborar de manera efectiva estos datos. Lo que sí es cierto es que especialmente en los partidos de izquierdas se han ampliado tanto sus derechos estatutarios como las iniciativas para la participación de los mismos. Por otro lado, en el Partido Popular, aunque la figura del afiliado también ha ganado peso, no se han especificado tan explícitamente los mecanismos de participación del mismo.

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En esencia, los partidos han asumido que es necesario un feed-back constante con la ciudadanía, y aunque la necesidad de rendir cuentas ante la misma se asume como un principio fundamental por todos, muchas veces uno no deja de preguntarse si la cuestión realmente ha ido más allá del eslogan o la mera declaración de intenciones. Es evidente como en los últimos años la imagen de los partidos se ha deteriorado hasta límites insospechados. La tan buscada ciudadanía parece alejarse cada vez más de estas instituciones en el sentido tradicional, las cuales le generan desconfianza y antipatía. Una mirada rápida a los porcentajes recogidos por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) revela cómo los partidos y los políticos se mantienen de manera constante como una de las principales preocupaciones de la sociedad española, sólo superados por cuestiones como el paro, la corrupción o la economía. Ante estos datos la conclusión es inmediata a pesar de los más o menos profundos intentos la mediación de los partidos con la ciudadanía ha fracasado estrepitosamente. Por ejemplo, aunque el PP y PSOE han creado gabinetes parlamentarios de relaciones con la sociedad, desde los cuales se puede contactar con sus cargos electos, estos son totalmente desconocidos por los ciudadanos y por tanto inoperantes. 

Los ciudadanos se sienten excluidos de la alta política, la cual se transforma en problema y no en solución. No debe sorprendernos entonces que nuevas demandas y organizaciones irrumpan con fuerza en el escenario, planteando situaciones hasta ahora inimaginables. El paso constante del bipartidismo ha perdido su ritmo; lo imposible se torna posible. El año 2015 se vuelve un gran interrogante político donde sólo las sucesivas convocatorias electorales ayudarán a clarificar el futuro político nacional. 

El año 2015, entre la ruptura y la reforma

Ha quedado sobradamente demostrado cómo características tan celebradas en los manuales de ciencia política como la estabilidad del sistema electoral español o la concentración del voto en el mismo parecen hoy cosa de un pasado muy lejano. Nuevos actores que intentan entroncar de lleno con el sentir ciudadano amenazan este clásico reparto y el constante bipartidismo imperfecto. El sistema donde el PSOE y el Partido Popular siempre habían logrado ostentar el poder, excepto la primera legislatura democrática, solos o apoyados por partidos de índole no nacional, se encuentra hoy en entredicho. Y es que hasta los clivajes más básicos sobre los que los partidos construían su razón de ser parecen cosa de otro tiempo.

Pensemos, por ejemplo, en el tan característico eje de representación entre izquierda y derecha, donde un plano con un claro centro y dos extremos permitían situar a las diferentes fuerzas del espectro político, definiéndose incluso estas mismas fuerzas según estas categorías ideológicas. El centro era presentado en diversas ocasiones como el ideal y mayor aglutinador de consenso y voto posible. Partidos como UPyD, fundado en 2007 en torno a la figura de Rosa Díez, buscaron desde un primer momento arrogarse ese centro político negando ser de izquierdas o de derechas, pero no el eje de distribución mismo. 

No obstante, elementos ajenos al sistema de partidos parecen haber logrado dinamitar en buena medida esta dicotomía de identificación política. Primeramente acontecimientos como los acaecidos el 15 de mayo de 2011, donde los ejes de izquierda y derecha cedieron paso a la construcción de identidades políticas en torno a ideas como ¨somos el 99%¨, dando a entender que la disputa se centraba en unos muchos empobrecidos por otros pocos enriquecidos. O ¨Democracia Real Ya¨ exponiendo la disyuntiva de que el actual sistema de representación aleja a la ciudadanía de unas instituciones que ya no le pertenecen. O, por último, una impugnación absoluta a los dos grandes partidos, PP y PSOE, los cuales se consideran responsables y culpables de la situación. Estas proclamas, de las que se podrá estar de acuerdo con ellas o no, marcaron de una forma inequívoca nuevas fronteras sobre las que construir el campo político. El sistema de partidos, por tanto, también debía de adaptarse a ellas de alguna manera. Recordemos que como bien recogieron las encuentras, 2 de cada 3 votantes simpatizaban con el movimiento 15-M y 81% creía que tenían razón (barómetro de Metroscopia para El País de junio de 2011). 

El ciclo de movilizaciones continuado tras el 15-M no ha hecho más que ahondar en este nuevo eje de identificación política. Con miras a explotar esta dicotomía, han saltado a la palestra mediática diferentes partidos de reciente creación. Uno de los ejemplos más claros es sin duda alguna el caso de Podemos. Este partido desde un primer momento se ha encuadrado en las trincheras políticas ya comentadas: democracia versus oligarquía o ciudadanía versus casta son su terreno de juego. Como bien nos recuerdan sus líderes más mediáticos, Podemos es un proyecto de unidad popular y ciudadana que transciende las metáforas de izquierda y derecha. Lejos de constituirse como una expresión de rabia o descontento, y lejos de dejarse etiquetar como tal, el partido parece dispuesto a haber llegado para quedarse. Muestra evidente de ello son las muchas encuestas que auguran muy buenos futuros resultados electorales para la formación. Las cercanas elecciones andaluzas serán un buen medidor de la situación real del partido. 

Sin embargo, no sólo Podemos parece haber comprendido este nuevo tablero de juego y otras formaciones como Ciudadanos también se inclinan a competir en base a los nuevos ejes. Un rápido vistazo al ideario del partido, disponible en su web, nos aclara que la formación es un movimiento de ciudadanos libres que vienen a regenerar la política. Es decir, otra vez nos encontramos en la tesitura de lo nuevo frente a lo viejo, de unas tradicionales elites partidistas frente a una plataforma ciudadana. Una clara alternativa al sistema tradicional de partidos, representado en mayor medida por PSOE y PP, que no se deja encasillar en la derecha o en la izquierda. Extremadamente interesante será seguir los pasos de esta formación a nivel nacional, ya que todo parece indicar que puede disputar voto a todas las fuerzas políticas de índole nacional.

Bipartidismo España

El otro gran clivaje sobre el que se había desarrollado el sistema de partidos español es sin lugar a dudas el referido a la fractura existente entre centro y periferia, en el cual tradicionalmente se inscribían diversas formas de entender el desarrollo territorial del estado, y como consecuencia última la idea de España como nación. Desde la Transición y posteriormente en los años de consolidación democrática no se logró dar un cierre real a la cuestión. España se presentaba como una metáfora difícil de llenar de significado común. Además, la ambigüedad con la que la Constitución recogía el desarrollo territorial del estado no ayudaba a plantear un marco de construcción concreto. Una huida hacia delante ha marcado todo el proceso, en el que ingenuamente la concesión de nuevas competencias a las autonomías se creía que podía aliviar el complejo entuerto. 

El planteamiento actual de la ruptura definitiva por una de las partes no es más que el último paso de un modelo autonómico nunca resuelto, con la salvedad de que ahora sí se propone una respuesta concreta al mismo: la independencia. Probablemente sea aquí donde se encuentra una de las claves del proceso. Si no se responde de igual manera, con una idea concreta y definida de cómo debe ser la nación española y su entramado territorial, es probable que las ideas de independencia perduren y ganen peso con el tiempo. Sólo un modelo atractivo a todas las singularidades territoriales podría llevar el proceso por otros caminos. A este respecto es importante señalar que ni el Partido Popular con una idea muy exclusiva de lo que puede ser España ni el PSOE, abrumado por la incapacidad de dar una mera respuesta, parecen en este momento los partidos políticos mejor encarados para recoger el testigo lanzado. Puede que nuevamente otros actores que logren articular un discurso más preciso a este respecto salgan de nuevo reforzados. Es evidente que el hasta ahora construido no funciona; quien logre presentar una propuesta de solución realmente convincente tiene mucho que ganar en este terreno. No obstante, dar significado al porqué de un país no es una tarea sencilla, pero tampoco es eludible. El partido que logre construir una imagen hegemónica en el imaginario común de lo que es y que implica ser español tendrá mucho ganado en la batalla política actual. 

En definitiva parece que nos adentramos en un contexto inédito, donde sólo una cosa es segura, el sistema de partidos ya no volverá a ser el que era. Los hasta ahora grandes partidos tendrán que trabajar duro si quieren recuperar su antigua privilegiada posición. 2015 se presenta como un año apasionante, con un escenario abierto donde todo es posible. Es seguro, por tanto, que aún queda mucho por analizar y escribir sobre el sistema de partidos.

Acerca de Adrián Albiac 25 Articles
Madrid, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Estudiante de Ciencias Políticas en la UCM. Participante en proyectos de cooperación en Serbia, Armenia y Marruecos. Twitter: @AdriHickey
Contacto: Twitter

5 comentarios en El sistema de partidos español: Origen, desarrollo y ruptura (2/2)

  1. Muy buen artículo, sus dos partes, aunque con la situación política actual y el cambio que se ha pegado desde 2015 hasta ahora, bien podrías escribir la tercera parte, te lo agradecería.

    Un saludo.

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