Repaso a las biografías de los autócratas derrocados tras la Primavera Árabe: Ben Ali

Cuatro años han pasado ya desde que los tunecinos demostraran al mundo árabe que no era tan difícil hacer caer una dictadura. El régimen de cleptócratas, que bajo la batuta de Zine el Abidin Ben Ali había gobernado el país, marchaba entonces al exilio. Túnez, bajo proclamas de dignidad, trabajo y democracia iniciaba un camino hasta ahora inédito en su corta historia nacional. El optimismo, la euforia y el entusiasmo recorrían el país, y la gente, tras la exitosa revolución, imaginaba que la nueva libertad adquirida significaba la satisfacción directa de las viejas demandas. Un buen trabajo, hasta entonces escaso, no sería ahora un problema. 

Sin embargo, la transición política no ha sido ni apacible ni rápida. Por ejemplo, larga y compleja se mostró la tarea de dotar al país de una constitución verdaderamente democrática. Los tensos debates que acompañaron el proceso demostraron como una sociedad que se había pronunciado de forma unánime contra el dictador no encontraba tan fácilmente un modelo nacional de consenso. Además, los problemas económicos que acosaban a un país sin grandes recursos no ofrecían una fácil solución tras años de políticas económicas trazadas de espaldas a las mayorías. El paro sigue siendo muy alto en la actualidad, especialmente entre mujeres y jóvenes, los cuales fueron los primeros impulsores de la revolución. El gran sector turístico parece no ser capaz de atraer de nuevo visitantes extranjeros a las playas tunecinas y la inestable situación de los vecinos del país, en especial Libia, no ayudan en absoluto a resolver el problema. El día a día se presenta por tanto difícil para muchos tunecinos, los cuales siempre habían pensado que la democracia era otra cosa. El desencanto por las nuevas instituciones es palpable en Sfax, en Sousse o Túnez, la capital. Muchos excolaboradores directos del antiguo régimen aprovechan ahora, bajo la etiqueta de experimentados tecnócratas, para volver a probar suerte en el mundo político. No obstante, ante los viejos fantasmas y la apatía política, conviene, como en tantas ocasiones, realizar un ejercicio de memoria. Recordar quién fue Zine El Abidine Ben Ali, cómo llego al poder y en qué consistieron sus años de gobierno; tener siempre presente el expolio que sufrió Túnez bajo el tirano y no volver a caer en las viejas recetas autoritarias que tanto daño han hecho al mundo árabe. 

Zine El Abidine Ben Ali: el ascenso del hombre gris

Zine El Abidine Ben Ali, o sencillamente Ben Ali, como años más tarde sería conocido por todos los tunecinos, nació cerca de la ciudad de Sousse el 3 de septiembre de 1936. Procedente de una familia modesta, su padre era trabajador portuario, y con otros once hermanos en casa, Ben Ali tuvo la suerte de poder asistir desde muy joven al colegio en Sousse. Fue allí donde tuvo sus primeros contactos con la vida política del país, militando ya desde una juventud temprana en el movimiento independentista tunecino. 

Sus primeras labores consistían en ejercer de contacto entre el partido Neo-Destour de Sousse, fundado por la rama nacionalista más radical tunecina  en 1934, y las distintas guerrillas que operaban en la zona. Motivo de esta militancia Ben Ali fue expulsado de su escuela y sólo en Francia pudo el muchacho acabar sus estudios. Sin embargo, en 1955 Túnez obtenía el autogobierno y en 1957 la ansiada independencia. El partido Neo-Destour con el carismático Bourguiba de presidente tomaba ahora las riendas de la nación. 

Captura de pantalla 2015-01-06 a la(s) 21.38.02 Habib Bourguiba regresa triunfante a Túnez tras la firma en Paris del protocolo de independencia tunecina

Para Ben Ali lo que antes había sido un problema, su temprana militancia en el movimiento independentista, se convertía ahora en toda una ventaja. En 1957, contando sólo con 21 años, Ben Ali era seleccionado para volver a Francia y estudiar en la prestigiosa escuela militar de Saint-Cyr. Durante la estancia también cursaría diversos estudios en la escuela especial de artillería de Chârlons-sur-Marne. 

Comenzaba así una exitosa carrera militar en la que se irían sucediendo los ascensos. En 1964 Ben Ali obtenía su primer gran puesto en la administración, siendo nombrado jefe del recién creado departamento de seguridad militar. Los diez años que Ben Ali estuvo a cargo de dicho departamento cambiaron de forma definitiva la personalidad y la manera de entender la política del joven. El idealismo y la ilusión inicial con la que Ben Ali había entrado a formar parte del movimiento independentista dieron paso al pragmatismo y la cautela. No olvidemos que desde la oficina de seguridad militar Ben Ali tenía una visión completa del estado tunecino, apreciando su verdadera forma de funcionamiento, demasiado lejana muchas veces de las ambiciones e ilusiones previas a la independencia. 

Captura de pantalla 2015-01-06 a la(s) 21.38.16Imagen de un joven Zine el Abidin Ben Ali durante sus años en el servicio de seguridad militar

Tras una década en seguridad militar, en 1974 Ben Ali era designado como agregado militar en España y Marruecos. No obstante, tres años más tarde, era requerida su vuelta a Túnez. Ben Ali debía asumir los puestos de jefe de gabinete del Ministerio de Defensa y director general de la Seguridad Nacional tunecina.  A pesar de haber estado tres años fuera del país, Ben Ali seguía conociendo a la perfección las entrañas del estado. Una suerte de Lavrenti Beria, mítico jefe del servicio secreto soviético, a la mediterránea. Siempre en segunda fila, pero totalmente consciente del devenir político nacional.

En 1979 Ben Ali culminaba su ascenso en la jerarquía militar obteniendo el grado de general. Sin embargo, en 1980 volvía a abandonar Túnez. En este caso para ejercer como embajador en Polonia. Pasaría cuatro años en el país europeo, hasta que en 1984 regresaba de nuevo a Túnez, esta vez ya de manera definitiva. El regreso se debía a que Ben Ali se haría cargo otra vez de la Dirección General de Seguridad Nacional, puesto que compatibilizaría con el de Secretario de Estado. Fue este año durante el cual Ben Ali se ganó definitivamente la fama de hombre fuerte del régimen. En marzo de 1984 se produjo en Túnez la llamada revuelta del pan; durante aquel mes miles de tunecinos salieron a las calles a protestar contra la repentina subida que había experimentado el precio de los productos alimentarios básicos. La eliminación de los subsidios que había aprobado el gobierno de Habib Burguiba encontró una fuerte oposición, la policía se vio totalmente desbordada en pocos días y sólo la intervención del ejército salvó la situación al presidente. La represión tras el fin de la revuelta fue brutal y a Ben Ali no le tembló la mano en ningún momento frente a aquellos que pudieran suponer una amenaza para el régimen de Burguiba. Quedó claro que Ben Ali era alguien capaz de restablecer la ley y el orden. 

Sólo un año más tarde, en 1985, era nombrado ministro de seguridad, cargo que ejercería hasta el 28 de abril de 1986, cuando Ben Ali obtenía la importante cartera de ministro de interior. Muchos podían pensar que tras una vida vinculado a la seguridad nacional la carrera de Ben Ali había llegado a su cénit. Sin embargo, el ya veterano hombre gris del servicio de seguridad era plenamente consciente de que la posición de Habib Burguiba, tras casi 30 años en el poder, era cada vez más delicada. Durante los siguientes meses Ben Ali volcó todos sus esfuerzos y energías en consolidar y aumentar su influencia política dentro del régimen. Quería posicionarse como un claro candidato a la sucesión del viejo Burguiba. Otros ministros también hicieron movimientos a este respecto durante 1986 y 1987. Sin embargo, sería Ben Ali el que en octubre de 1987 obtenía el cargo de primer ministro y secretario general del Partido Socialista Desturiano. El PSD era el heredero del partdio Neo-Destur, que había sido rebautizado en 1964. A los 51 años de edad Zine el Abidine Ben Ali estrenó la jefatura del estado haciendo honor  a su reputación de hombre duro del régimen. Dos jóvenes presos, que habían sido condenados por su militancia en el Movimiento de Tendencia Islamista, prohibido en el país, fueron ejecutados. No obstante, el astuto veterano de la seguridad nacional tunecina pronto demostró que no estaba dispuesto a ser otro primer ministro más a la sombra de Habib Bourguiba. 

Habib Burguiba, un mártir necesario 

El 7 de noviembre de 1987, Ben Ali y sus más directos colaboradores organizaron un golpe de estado al más puro estilo palaciego. Aquella mañana Ben Ali se dirigió por sorpresa a todos los tunecinos a través de la televisión y la radio. En un discurso muy medido, el primer ministro anunciaba: 

¨Frente a la senilidad y el agravamiento del estado de salud de Bourguiba, el deber nacional nos impone declararle en la incapacidad absoluta de desempeñar el cargo de la Presidencia de la República” 

Ben Ali asumía desde aquel momento la suprema magistratura del estado, el mando total de las fuerzas armadas y la presidencia del Partido Socialista Desturiano. Ese mismo día era presentado un parte médico firmado por siete prestigiosos doctores donde quedaba recogido el grave estado físico y mental en el que Habib Burguiba se encontraba. ¨Tras la discusión y la valoración, constatamos que su estado de salud no le permitía ejercer las funciones inherentes a su cargo¨ afirmaba lapidariamente el equipo de doctores. Burguiba fue apartado de toda actividad política y sometido a arresto domiciliario en su lujosa residencia de Monastir. Una cárcel de oro para el padre del estado tunecino. No obstante, cabe aquí recordar que Burguiba vivió durante trece años más, falleciendo en el año 2000 a la edad de 96 años. Es inevitable preguntarse si su estado de salud era realmente tan malo.

En los días posteriores al golpe de estado los colaboradores más cercanos al anterior presidente fueron arrestados o huyeron del país. Por otro lado, la mayor parte de los tunecinos recibieron el cambio presidencial con cierta esperanza. Creían que el relevo podía conducir a una cierta apertura del sistema político nacional. Ben Ali, como siempre un paso por delante del sentir político patrio, centró su primer discurso oficial tras el golpe en las opciones de cambio que ahora se abrían en el país. Habló de una nueva ley de partidos: ¨Mayor participación ciudadana en la edificación de Túnez¨; habló de la necesidad de una reforma constitucional: ¨La época en que vivimos no puede sufrir presidencias vitalicias ni sucesiones automáticas a la cabeza del Estado de las que el pueblo esté excluido”. En definitiva, habló de lo que la mayor parte de los tunecinos querían oír. Sin embargo, la situación no dejaba de parecer un tanto esquizofrénica. El hasta entonces considerado hombre duro del régimen se convertía de la noche a la mañana en el primer demócrata nacional.

Captura de pantalla 2015-01-06 a la(s) 21.38.38Las fotos del nuevo dirigente se multiplican en todo el país tras el golpe de estado

Durante 1988 gran parte de lo prometido comenzó a hacerse realidad. Por ejemplo, la nueva constitución aprobada en julio de ese mismo año recogía la necesidad de la realización de elecciones para el cargo presidencial, estipulando además que este no podía ser renovado más allá de dos mandatos. También se reformó el Partido Socialista Desturiano, hasta entonces uno de los principales pilares del régimen, convertido ahora en el Partido del Reagrupamiento Constitucional. La idea era crear una organización política al total servicio de Ben Ali y sus proyectos nacionales. Además, la desaparición del término socialista del nombre del nuevo partido; Destur significa constitución, no era algo casual. El nuevo gobierno pretendía iniciar un proceso de liberalización económica a gran escala. La idea de un estado con gran control y presencia en todos los sectores económicos de importancia nacional era desechada por el nuevo ejecutivo. El cambio que Anwar el-Sadat había iniciado en Egipto alejándose del nasserismo era replicado en Túnez. 

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Los tunecinos, entre el escepticismo y la esperanza, iban conociendo las distintas reformas que acometía el nuevo ejecutivo. No obstante, todos esperaban que las elecciones convocadas a la cámara de diputados y la presidencia fueran una buena prueba para conocer el alcance real del cambio político en Túnez. En ellas se podría comprobar fácilmente si Ben Ali aceptaba incluir a la oposición, tantos años perseguida, en el juego político, o si por el contrario todo había sido simplemente una estrategia de mero maquillaje de lo existente.

Captura de pantalla 2015-01-06 a la(s) 21.38.52En abril de 1989 los tunecinos fueron por fin llamados a las urnas. Ben Ali concurrió en solitario a las elecciones presidenciales, por lo que su victoria no fue ninguna sorpresa. Sin embargo, mayor era la ilusión de cara a las elecciones a la Cámara Nacional tunecina (el Majlis al-Nuwab). En ellas, la oposición, tanto islamistas como distintos partidos de izquierdas y liberales, habían conseguido presentar candidaturas en varias circunscripciones. Y muchos eran los que pensaban que estas podían obtener un buen resultado. La decepción no pudo ser mayor, y a la mañana siguiente los medios oficialistas anunciaban una asamblea totalmente dominada por el Partido del Reagrupamiento Constitucional. Tanto la oposición como distintos observadores internacionales denunciaron el fraude masivo, pero Ben Ali, haciendo gala de su auténtica personalidad política, hizo oídos sordos a cualquier acusación. Los anhelos de democracia y cambio fueron rápidamente sustituidos por represión y mano dura, las viejas recetas del estado tunecino. Como si de una novela del escritor italiano Giuseppe Lampedusa se tratara, todo había cambiado para que todo siguiera igual. 

En el plano internacional Estados Unidos y las antiguas potencias coloniales europeas sí parecían algo más entusiasmadas por el rumbo que tomaba la política tunecina. En 1989, el centro de estudios políticos y sociales francés, recogiendo el sentir de los líderes europeos, concedía el galardón de ¨Hombre del año¨ a Ben Ali por su labor en la promoción de los derechos humanos. Sobra decir que la distinción rozaba el ridículo, pero sirve para constatar la buena visión que desde Europa occidental se tenía del dictador. En Estados Unidos en 1990 el Congreso aprobaba un importante aumento de la asistencia financiera a Túnez. El mensaje, para un observador perspicaz, era claro. El país mediterráneo era un buen lugar para hacer negocios bajo el gobierno de Ben Ali. 

Haz negocios, no política 

Durante la siguiente década, al tiempo que se apuntalaba la cerrazón política del régimen, el país experimentó una apertura económica sin precedentes. Organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM) calificaron en repetidas ocasiones a Túnez como un alumno aventajado, el cual no dudó en aplicar los planes de reestructuración de deuda externa o privatizaciones que dichos organismos recomendaban, aunque el tiempo ayudó a comprobar cómo ni la deuda externa decreció realmente, ni el estado obtuvo grandes ingresos por la venta de patrimonio público. El gobierno de Ben Ali optó claramente por una política cortoplacista, en la que los datos económicos sólo importaban como arma política. Pan para hoy, pero hambre para mañana.

El discurso oficialista del milagro económico era comprado de manera condescendiente por las potencias occidentales, gustosas del liberalismo económico tunecino y la mano dura del gobierno con los sectores islamistas. No obstante, de puertas para adentro, la mayor parte de la población no percibía en su día a día los flamantes datos económicos. El alto paro, especialmente entre los jóvenes y los titulados universitarios, parecía una constante sin solución. El gobierno presentaba el problema como si de una catástrofe natural se tratara, un enigma sin responsables y que sólo podía ser enfrentado con grandes dosis de solidaridad nacional. En los primeros años del siglo XXI el país veía atónito cómo el ejecutivo de Ben Ali proponía fondos especiales para luchar contra la pobreza o el paro, los fondos 21-21 y 26-26, con los que el estado obviaba sus responsabilidades y ponía el foco sobre la sociedad tunecina y sus aportaciones extrapresupuestarias. 

Otro de los grandes problemas que históricamente había afectado al país tampoco encontró solución durante los supuestos años de bonanza. La fractura regional que Túnez sufría entre las pobres zonas del interior y el más próspero litoral sólo se vio profundizada durante los años de Ben Ali. Los jóvenes sin empleo en el interior, donde el tradicional sector agrícola llevaba años en crisis, huían a las regiones costeras en busca de una oportunidad laboral, sobre todo en sectores como el turismo o la industria textil. Llego a ser una imagen habitual encontrar grandes masas de varones recién llegados a las ciudades costeras simplemente vagando por las calles a la espera de cualquier tipo de trabajo. Esta abundante mano de obra mantenía los salarios en constante caída, y aunque en algunos sectores fueran bien las cosas los trabajadores eran los últimos en percibirlo. 

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Distribución de la actividad económica en Túnez 

La desigualdad crecía año tras año en Túnez y una rabia larvada y sin una opción política que la canalizara se propagaba poco a poco por el país. Mientras Ben Ali y su camarilla gobernante, lejos de mostrar algún tipo de interés por la situación, se dedicaban al latrocinio y expolio de la riqueza nacional. Tras la revolución de 2011 se pudo saber que la fortuna del dictador y su esposa, Leila Trabelsi, ascendía a cifras entre los 15.000 y 60.000 millones de euros. Cantidades difíciles de precisar debido a la opacidad de muchos estados y paraísos fiscales.  

El cóctel era explosivo y la ralentización de los mercados europeos tras el inicio de la crisis amenazaba incluso con poner contra las cuerdas a los sectores más dinámicos de la economía tunecina. El desempleo, tradicionalmente alto, volvía a subir. Sin embargo, el gobierno siguiendo la vieja receta escuchaba a pies juntillas los consejos del FMI. Los productos de primera necesidad volvían a experimentar alzas de precios, con el objetivo de eliminar de forma definitiva los escasos subsidios que aún quedaban sobre ellos. La situación era cada vez más sofocante para la población tunecina, y el gobierno, sordo tras más de 20 años gobernando sólo para beneficio propio no ofrecía respuestas a la altura. Finalmente, como ya es de sobra conocido, la chispa saltó en la localidad de Sidi Bouzid, en una de las regiones pobres del interior del país. El 17 de diciembre de 2010, Mohammed Bouazizi, un joven sin empleo de 26 años, se prendía fuego en un acto de protesta desesperada. Durante los 28 días siguientes Túnez rompía con un silencio que duraba demasiados años. El 14 de enero de 2011, un Ben Ali acorralado lograba su última gran maniobra política. El ya viejo hombre del servicio de seguridad nacional conseguía acordar su huida, y él y sus más allegados escapaban del país. El primer ministro Mohamed Ghannouchi anunciaba en un comunicado a la nación que el presidente se encontraba ¨temporalmente incapacitado para ejercer sus funciones¨. Una escena que recordaba demasiado a ese 7 de noviembre de 1987 cuando Ben Ali había ocupado el poder. 

Captura de pantalla 2015-01-06 a la(s) 21.39.18 Miles de tunecinos celebran en las calles la caída de Ben Ali

El ya exdictador comenzaba un exilio dorado en Arabia Saudí, donde podría disfrutar de su gran fortuna y tenía la certeza de que no iba a ser extraditado. Por otro lado Túnez iniciaba un complejo proceso de transición en el que por fin se podían vislumbrar verdaderas oportunidades de participación política. Las últimas elecciones legislativas y presidenciales, celebradas en octubre y diciembre de 2014 respectivamente, dan cierto margen a la esperanza. No ya por los resultados, sino por el hecho de que han servido para constatar cómo el proceso democrático en Túnez sigue totalmente vigente. Tanto vencedores como derrotados asumen las nuevas normas de juego. Y aunque el país sigue sufriendo graves problemas, el día en que Túnez se pueda considerar una democracia consolidada parece cada vez más cercano. Sin duda toda una rareza de la mal llamada primavera árabe.

Acerca de Adrián Albiac 22 Articles
Madrid, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Estudiante de Ciencias Políticas en la UCM. Participante en proyectos de cooperación en Serbia, Armenia y Marruecos. Twitter: @AdriHickey
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